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Tuesday, December 31, 2013

2013 / Los diez mejores libros del año según Babelia


2013

Los 10 mejores libros del año de Babelia

La elección se realizó de entre todos los libros reseñados a lo largo del año en el suplemento. El primero de la lista obtiene 10 puntos y la puntuación continúa en orden decreciente

El País, 28 DIC 2013 


56 críticos y periodistas de Cultura de El País han participado en la votación para elegir los mejores libros del año. De la burbuja inmobiliaria a las redes sociales, de la Rusia de Putin a la tensión nacionalista en España, el resultado es el siguiente:

1- En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 

El escritor Luis García Montero recrea la obra ganadora. Considera al autor valenciano como uno de los novelistas españoles que mejor cuenta la realidad porque lleva muchos años persiguiendo su sentido. La intimidad de los personajes, el decorado de las vidas privadas y las historias públicas se tejen en un universo narrativo que ordena e interpreta ese argumento llamado España. La dimensión ética perfila la mirada y el vocabulario de Chirbes. Su poder es inseparable de la búsqueda de sentido, de la lucidez.



2- Limónov. Emmanuel Carrère.Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama
Limónov: he aquí un hombre que acumula, como los escritores malditos, experiencias (mayordomo, mercenario, político, poeta, mendigo, preso en campos de concentración, cabeza rapada) en distintos lugares (Ucrania, Nueva York, París, los Balcanes, Rusia) con una idea clara: no colaborar con las verdades oficiales. Es por eso por lo que podría ser el héroe que a él le gustaría, un Rimbaud possoviético, o el héroe que necesitamos nosotros, uno que dinamite este Sistema represor, pero gracias a Emmanuel Carrère, que le sigue la pista, le entrevista y se documenta exhaustivamente para construir este fascinante reportaje novelístico, nos damos cuenta de que, en realidad, Limónov es un pobre tipo carcomido por unas contradicciones que le superan. Y salvaje como un cable de acero suelto dando latigazos al azar, no como una fiera dueña de su musculatura y su energía. Pura fuerza impura que Carrère sabe domar con una prosa y un ritmo geniales.

3. Obra completa. Blas de Otero.Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Como su paisano Unamuno, Blas de Otero ha pasado por escritor bronco y de traza casi metalúrgica, siendo heredero de Juan Ramón, virtuoso del verso y, quizá junto a Ory, el sonetista más dotado de su generación. Como Antonio Machado, ha sufrido el mohín desdeñoso de los exquisitos, desconfiados de sus jaleadores antifranquistas, cantautores incluidos. Pero no se puede tapar el sol con el dedo de los prejuicios: Obra completaes fruto de un poeta excepcional. En sus primeros libros dislocó ritmo y sintaxis para poner música al estertor existencial. Antes de quedar fosilizado en el traje retórico para funcionarios de la desesperación, rebajó el patetismo en aras de la poesía coral, pidió la paz y la palabra y escribió En castellano (que publicó en francés para sortear la censura:Parler clair). Nunca desertó de la luz del lenguaje: sus últimos libros, varios de ellos inéditos, muestran al vivo la almendra de la conciencia personal y la fraternidad humana.

4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral
Entre las novedades bibliográficas sobre la crisis publicadas durante este último año, que casi están a punto de crear una nueva burbuja como la inmobiliaria, destaca el exitoso ensayo de Antonio Muñoz Molina en el que se realiza una reflexión —en clave de denuncia— de lo que no vimos o no quisimos ver antes de 2007. Es decir, y a modo de ejemplo, negocios fáciles al amparo del poder político y derroche del dinero público en infraestructuras superfluas y en exaltación de la fiesta y el ocio. La excelente prosa de este ensayo pone por escrito la situación traumática a la que hemos tenido que enfrentarnos el común de los mortales en los últimos seis años e incita a examinar los factores que han ido mermando el impulso que ha permitido a España, a pesar de la actual crisis, vivir el periodo más largo de prosperidad y democracia de su historia. Luis Perdices de Blas

5. Canadá. Richard Ford. Anagrama


El potente comienzo de Canadá —“primero comentaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después”— me hizo creer que leería sobre hechos, la intriga descifrándose y la letra deslumbrante de Richard Ford contándomelo. Me equivoqué, no en el brillo de la letra que seguía intacto, sino en la sencillez resolutiva que de antemano le atribuí a la novela y que se desvanecía según hablaba Dell Parsons, un sexagenario profesor regresando a la primavera de 1960, cuando comenzaron a fraguarse los sucesos, y él y su melliza Berner tenían 15 años. “No siempre vamos a sitios. A veces acabamos en ellos”. Great Falls, Montana. El atraco. Meses después, Fort Royal, Canadá: los asesinatos. Canadá en su intriga intimista y turbadora contiene una carga de profundidad imposible de esquivar. Está el desarraigo, la conversión de hechos decisivos en secundarios, los herrumbrosos paisajes que incluye casas y espacios interiores. Y duele el desvalimiento del presente. Sí, tomemos nota: “Hay que vivir como si cada día encerrara en sí mismo una pequeña existencia” o: “Asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder”. Un Ford imprescindible. María José Obiols

6.Mi vida querida. Alice Munro. Lumen
El noviazgo cruelmente abortado de una virginal profesora; el fugaz encuentro amoroso en un tren de una joven madre que huye de su matrimonio; ser poeta de provincias y asistir sola a una fiesta de intelectuales; celos mortales de una esposa setentona al aparecer en casa un ligue de juventud del marido octogenario: en cada uno de los 10 relatos de Mi vida querida Alice Munro asombra con la vertiginosidad con la que resume una existencia y la puntería con la que enfoca y amplía como con zum sus momentos clave. Sin preocuparse por la linealidad o la cronología, con artísticos saltos hacia delante o atrás, Munro llega al hueso del alma humana, y descubre con delicadeza el punto de inflexión de cada vida, su quebradura. La premio Nobel canadiense retrata personajes del montón, mujeres sometidas por familia, prejuicios de género o religión (estos últimos en una variante canadiense que pone los pelos de punta) y las salidas poco convencionales que encuentran. Lo extraordinario de su arte narrativo —el de una incontestada maestra de la elipsis— es su luminosa dimensión humana, con todas las aparentes pérdidas y dolores que contiene. Cecilia Dreimüler

 7. 14. Jean Echenoz. Anagrama
Elegante y poderosa es la nouvellecon la que Echenoz nos abisma en la Gran Guerra a las puertas de su centenario. Un cataclismo que el autor francés desgrana a lo largo de 15 capítulos con la eficacia narrativa y la ironía a las que nos tiene acostumbrados. Con la lupa sobre un puñado de personajes —cinco jóvenes de la Vendée francesa movilizados para la contienda y una mujer importante en la vida amorosa de dos de ellos— plasma con breves pinceladas esa catástrofe desencadenada por el hombre, sin el afán de elucidar las estrategias militares o los motivos por los que estalló la violencia. Muerte, devastación, mutilaciones: el horror bélico cabe en apenas un centenar de páginas cuya nítida prosa libre de hipérboles, ampulosidad o redundancias incide en el lector con la exactitud de un escalpelo. 14 es una pieza concentrada, sobria y delicada acerca del zarandeado destino de los individuos en tiempos de calamidades que deja el eco distintivo de la buena literatura. Marta Rebón

 8.Sociofobia. César Rendueles.Capitán Swing
Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, de César Rendueles, es una rara avis. Es una aportación de nuestro pensamiento a un debate actual dominado por autores anglosajones. La obra ha tenido una difusión sorprendente, para tratarse de un libro de ensayo, que aunque sea accesible exige atención y discernimiento de sus lectores, y ya va por su tercera edición. Por otra parte, ha recibido reseñas críticas extensas y razonadas, aunque no necesariamente de acuerdo con sus postulados.Sociofobia analiza y critica la ideología tecnófila que impregna nuestra sociedad, y muy concretamente sectores de ella empeñados en su cambio. Así, afirma que la tecnología no conduce automáticamente a transformaciones sociales liberadoras. En un contexto de relaciones sociales fragilizadas, los vínculos que crean las redes parecen insuficientes para hacer aquello que se espera de una sociedad: que sea un sistema de ayuda mutua entre sus miembros. José Antonio Millán

9.Intemperie. Jesús Carrasco.Seix Barral
Todo es furtivo y sin embargo todo sucede en la inmensidad de una llanura, en larguísimas travesías desérticas, en poblados abandonados como si la geografía de la desesperanza hubiese encontrado una nueva patria. Las figuras del cabrero y el niño huido se ligan con una inverosímil fibra emocional, pero el acoso al que esta novela somete al lector es frío y metódico, como si contar la rapiña humana y el desvalimiento solo pudiese hacerse contra el patetismo sentimental. Es novela de espacios sin metáfora, es fulgurante y precisa en su paisaje yerto, de vitalidad tan mineralizada que no queda rastro de ella y si existe se agosta hasta desaparecer. La violencia acecha con una pureza que equipara paisaje humano y moral a través de la mirada fríamente arrebatadora de un narrador que cuenta con un lector cobijado y protegido, e incomprensiblemente culpable de la vida calcinada.Jordi Gracia

 10. Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. José Álvarez Junco (coordinador). Crítica / Marcial Pons
 A veces,las medicinas llegan cuando los enfermos más las necesitan. En los últimos meses los trabajos de autores como los que firman este libro, pero también Andrés de Blas, Juan Pablo Fusi, Antonio Morales, Javier Moreno Luzón o Xosé Manoel Núñez Seixas, han visto la luz para iluminar un páramo aparentemente oscuro. Había importantes lagunas para asentar un conocimiento serio sobre los discursos y los mitos que han fundamentado el nacionalismo español y la construcción de las distintas historias de España, pese a los esfuerzos de clásicos como Vicens Vives, o los más recientes de Santos Juliá, Ricardo García Cárcel y Sisinio Pérez Garzón. En este libro hay rigor, exhaustividad, buena escritura, orden y hasta humor. Y habla de España sin olvidar sus “partes”. Hoy, más que casi nunca, un libro como este. Jorge Martínez Reverte




Monday, December 30, 2013

Antonio Muñoz Molina / Tan solo novelista

Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 
Tan solo novelista

El País, 29 de diciembre de 2013

Escritor tenaz, curioso impenitente e intelectual comprometido con su tiempo, este año su trabajo ha sido reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Por Elvira Lindo

Antonio es un hombre brillante y laborioso. También discreto, dedica muchas horas a la escritura y al estudio, pero jamás alardea del esfuerzo que en ello emplea. Siente curiosidad por mil cosas, lo que inevitablemente le ha convertido en un erudito, aunque jamás emplearía esa palabra para definirse a sí mismo, porque él solo se ve como novelista. Cuando algo le apasiona, se entrega a fondo: sea un cuadro del Bosco, un mes específico de 2007 o las rutas urbanas en bicicleta. Jamás se aburre. No tiene prejuicios, aprecia de igual manera una novela gráfica que un cuadro de Kiefer, una ópera que una canción popular. Habla con fluidez cuatro idiomas. Si le preguntas cómo los aprendió, te contesta que el inglés, en un curso por correspondencia que le regaló su padre; el francés, en el instituto, y el italiano, en los libros de historia del arte. Ahora lleva en la mochila un diccionario de portugués. Ni su cultura ni su inteligencia se traducen en un temperamento arrogante: es accesible y generoso con los alumnos que le piden consejo. Con los años, su carácter se ha dulcificado; ahora le gustan más los niños, los perros y los árboles, aunque conserva el sentido del humor áspero y sentencioso que dice haber heredado de su abuela Leonor. Jamás ha movido un dedo para asegurarse un reconocimiento, no es un escritor gregario ni dado a la chismografía literaria. Por tanto, si alguna vez le han atacado, ha tenido que defenderse solo. Los que lo conocen de cerca lo consideran un hombre bueno, en absoluto retorcido, cordial, considerado. Algunos que no lo conocen, elucubran sobre todo lo que habrá tenido que medrar para ser premiado tan generosamente. No es de extrañar que exista este tipo de razonamiento mezquino en un país tan habituado al amiguismo y al compadreo. Este 2013, Antonio recibió el Príncipe de Asturias, y a veces se le veía tentado de pedir disculpas. Cuando todo hubo pasado, volvió a su cuarto y a su rutina tan querida, a una intimidad de la que disfrutamos los que compartimos la vida con él y de la que acaban beneficiándose también sus lectores, porque en cuanto se le deja un poco en paz escribe un libro.


Elvira Lindo es escritora.

Lea, además
DE OTROS MUNDOS



Monday, December 16, 2013

Antonio Muñoz Molina / Los narradores



REPORTAJE: IDA Y VUELTA

Los narradores

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Babelia, El País, 16/04/2011

Quién sabe de dónde vienen las historias. De joven uno piensa que inventarlas, construir tramas brillantes, encontrar una forma original de contar, es un talento específico y más bien secreto que posee muy poca gente, los escritores, los maestros. Uno quiere ser literario sin interrupción, sublime sin interrupción, como el dandi de Baudelaire, y se enamora de libros que tratan de escritores y de escritores que ejercen de manera incesante como tales, que van vestidos de escritores y hablan como escritores con otros escritores y son tan literarios que los críticos literarios los adoran, sabiendo que pisan un terreno seguro, el de la literatura evidente, la literatura literariamente enroscada alrededor de sí misma. Uno hace o se propone hacer diagramas de argumentos; uno lee las conversaciones de Truffaut con Hitchcock y las cartas de Flaubert y a poco que se descuide se convence desoladamente de que le falta originalidad o imaginación, o de que la literatura les sucede a otros y sucede en otra parte, en los lugares distinguidos y lejanos en los que las cosas ocurren de verdad, donde los escritores se juntan para discutir y beber hasta las tantas de la madrugada como si vivieran en el París de la Generación Perdida, donde los escritores viven esas experiencias que son propias de escritores y que sirven de material para los libros.
Yo recuerdo el complejo que tenía la primera vez que fui a Madrid a una reunión de escritores. De escritores de verdad, no los que compartían conmigo la visibilidad vehemente pero limitada por los confines de nuestra provincia. Ahora ha hecho veinticinco años. Yo había publicado mi primera novela solo un par de meses atrás y había descubierto que aparecer más bien por lotería en el catálogo de una editorial importante no lo libraba a uno de la quejumbrosa condición de invisible, o de una visibilidad sumamente limitada, que consistía sobre todo en ir a la sección de libros de Galerías Preciados -hablo de otra época- y buscar con aprensión el nombre de uno y el título de su novela en aquellas estanterías inundadas de novedades rutilantes: novedades además que tenían la ventaja de no estar tituladas en latín, de no llevar un guardia civil con tricornio y a caballo en la portada, de no ir firmadas con el nombre y los apellidos por completo vulgares de un desconocido.
Después de un rato de apuro encontraba el libro; a continuación el alivio de encontrarlo quedaba malogrado por la sospecha de que si estaba allí era porque no lo había comprado nadie. Pero de cualquier manera lo más desconcertante era que no parecía haber conexión entre aquel libro que ocupaba un lugar modesto pero indudable en el espacio y mi propia persona, a pesar de la foto deplorable que venía en la solapa. La novela estaba en aquella librería y sin duda, con ubicuidad asombrosa, en muchas más librerías de otras ciudades, pero aun así no me parecía que hubiera alguna conexión entre ella y yo. Las novelas las escribían los escritores. Los escritores aparecían retratados en los suplementos literarios de Madrid y de Barcelona, y se les notaba en las fotos que eran escritores: en el escorzo, en la manera en que miraban a la cámara, en las cosas que decían en las entrevistas. Cuando los vi de cerca en el hotel Wellington de Madrid, juntos, bebiendo copas en el bar, hablando de cosas de escritores, me sentí más ajeno que nunca a aquel gremio prestigioso. Los escritores jóvenes no llevaban bigote de funcionario municipal por oposición y no tenían hijos pequeños. Eran los años ochenta, y había que ser de verdad un pringado para trabajar de funcionario en un ayuntamiento de provincias y ser padre de familia. Me desmoralizó mucho escucharle decir a uno de los más renombrados que él vivía en un hotel.
¡Vivir en un hotel! Eso sí que era ser literario. Escribir novelas en una habitación de hotel, como un maldito de la novela negra americana, beber bourbon, andar por los bares hasta las tantas de la madrugada, caer bajo el hechizo de mujeres fatales. Vivir solo, desde luego. Solo como un lobo solitario. Apurar la noche, acostarse con la primera luz del día, levantarse a las doce. Nada de fichar a las ocho o de recoger a un niño llorón de la guardería. Trasnochar para escribir o para emborracharse o para escribir emborrachándose, no porque el niño tiene cuarenta de fiebre y hay que darle un Apiretal.
Lo que me atraía entonces del talento narrativo era que me parecía muy singular, exclusivo, reservado a unas pocas personas, los escritores. Ahora lo que me intriga, lo que me gusta de mi oficio, es la convicción de que casi todo el mundo está dotado para dedicarse a él, o por lo menos de que mucha gente que no escribirá nunca un libro o no llegará a publicarlo posee la capacidad de contar historias, o, para decirlo con más intensidad citando a Antonio Machado, el don preclaro de evocar los sueños. Las grandes narraciones no son una destilación rara y exquisita de unas pocas mentes especiales: andan por ahí tan libremente como el polen en primavera, como los vilanos o las obleas de los olmos o los huevos innumerables de los peces o de las ranas. En un libro extraordinario sobre el trabajo de escribir, On Writing, Stephen King dice dos cosas que me intrigaron mucho la primera vez que las leí, hace solo unos meses: que grandes cantidades de personas están dotadas para contar buenas historias; y que la razón de una gran parte de la mala escritura es el miedo.
Para ser pintor o para ser músico hace falta un entrenamiento concienzudo de muchos años. Para escribir, para contar, las dotes necesarias las posee en su plenitud cualquier niño antes de ir a la escuela: el dominio sofisticado del idioma, el instinto de dar forma narrativa a la experiencia. Cualquier persona que cuenta con claridad y coraje su propia vida está relatando una imperiosa novela. No hay vida que no merezca ser contada, que no sea singular y al mismo tiempo inteligible y común. Abro el periódico hace unos días y encuentro la siguiente historia: en China, durante un viaje en tren, una mujer se encuentra sentada frente a una familia feliz; un padre, una madre, los dos atractivos y jóvenes, bien vestidos, educados; una hija de tres o cuatro años. La mujer observa a esos desconocidos que las horas de viaje acaban envolviendo en una familiaridad afectuosa. Al llegar a su destino se despide de ellos: baja del tren y camina por una gran ciudad. Al final de la tarde ha de tomar un tren para continuar su viaje. Vuelve a la plaza de la estación cuando ya se están encendiendo las luces y le llama la atención una niña que está sola en un banco. Pronto habrá caído la noche y no parece que nadie vaya a recogerla. Y entonces la mujer comprende: ese padre, esa madre, han abandonado a su hija, porque quieren engendrar un varón y en China está prohibido tener más de un hijo. Lo que está sucediendo, lo que merece ser contado, lo que se ha contado tantas veces desde hace milenios, es el cuento de los niños abandonados por sus padres en mitad del bosque.


Stephen King
On Writing, A Memoir of the Craft.
Simon & Schuster, 2010.


Friday, November 15, 2013

Picasso / Françoise Gilot / Patología del genio


Françoise Gilot y Picasso en 1952 


Pablo Picasso

Patología del genio

Picasso, dice Richardson en sus memorias, “necesitaba desesperadamente admiradores que alimentaran su ego voraz”


El rey Midas del arte del siglo XXI es el galerista Larry Gagosian. Debe de ganar tantos miles de millones vendiendo tiburones en formol de Damien Hirst a estafadores financieros y traficantes de petróleo y de otras sustancias aún más lucrativas que tiene suntuosas sucursales de su galería en casi todas las zonas más caras de la Tierra: en Madison Avenue, en Beverly Hills, en Ginebra, en Londres, en París, en Hong Kong. Los tiburones en formol, los becerros chapados en oro, los cuadritos de lunares y los estantes farmacéuticos de Hirst son tan rentables para el galerista Gagosian como las aspiradoras en vitrinas de cristal y las panteras rosas y perritos de porcelana de Jeff Koons. El mapa mundial de sus galerías se corresponde fielmente con el del flujo de los capitales especulativos.
Todo esto tiene una inmensa ventaja para lo que podemos llamar la infantería de los aficionados al arte. Larry Gagosian gana tantísimo dinero que de vez en cuando se permite el lujo de organizar exposiciones de una ambición y un calado que serían prohibitivos para muchos museos. Museos reticentes a prestar nada y coleccionistas particulares le ceden casi cualquier cosa con la esperanza, supongo, de congraciarse con él o de obtener a cambio favores que solo están a su alcance. A mí la mayor parte de los artistas a los que representa Larry Gagosian me conmueven tanto como el índice Dow Jones, pero soy devoto incondicional de sus exposiciones antológicas, y me congratulo, no sin bajeza, de que el margen de beneficio de un damien hirst o de uno o dos chimpancés de porcelana de Jeff Koons le basten para sufragar una retrospectiva de Monet, de Anselm Kiefer, de Richard Avedon, de Willem de Kooning, de Picasso.
En Nueva York hay tres sucursales de la galería Gagosian: dos de ellas en esos antiguos almacenes portuarios de Chelsea que son obras maestras de la arquitectura industrial; la tercera, en dos plantas de un edificio art déco en la zona más cara de Madison Avenue. Una de las galerías de Chelsea la tiene ahora ocupada Larry Gagosian con las grandes fotos colectivas que hizo Richard Avedon a finales de los años sesenta. En ese mismo espacio vi hace dos o tres años la secuencia alucinante de los paisajes que el viejo Monet pintaba en su jardín de Giverny al final de su vida. También en esas salas inmensas habían estado los oleajes de hormigón armado, los árboles fósiles, las bibliotecas con volúmenes de plomo de Anselm Kiefer; y unos años atrás yo había visto allí mismo otro de esos tesoros de la invención torrencial que a veces les sobrevienen a los mejores maestros en la laboriosidad de la vejez, los grandes óleos que pintó De Kooning hacia la mitad de los setenta.
Aparte de Larry Gagosian, no hay galerista particular en el mundo que pueda permitirse su exposición de esta primavera en las salas de Madison: un repaso, organizado por John Richardson, de los diez años que pasaron juntos Picasso y Françoise Gilot, entre 1943 y 1953, desde el día en que se conocieron en un restaurante del París ocupado hasta el de la huida de ella, en un taxi, en compañía de sus dos hijos pequeños, Claude y Paloma.
Françoise Gilot, a los 91 años, es una anciana de mente lúcida y ojos fulgurantes. Su gran proeza fue escapar de Picasso y preservar su propia vida, a diferencia de todas las demás mujeres que estuvieron con él; pero esa vida propia la ha pasado rememorando a Picasso y contestando preguntas sobre él. Aparte de Françoise Gilot, John Richardson es probablemente la persona que más sabe de Picasso en el mundo. Le lleva dedicados los tres volúmenes de una biografía ingente que sin embargo solo ha llegado hasta ahora a los años treinta. Con ochenta y tantos años, John Richardson trabaja en el cuarto volumen. La escala de su erudición es portentosa, tanto como la agudeza de sus observaciones estéticas, pero más aún que su biografía de Picasso me gustan sus memorias, The Sorcerer’s Apprentice, que son el relato franco del aprendizaje de un hombre joven que se adentra en la vida y en las artes guiado por dos maestros mayores, uno su amante, el coleccionista Douglas Cooper, el otro Pablo Picasso, justo después de la II Guerra Mundial, cuando ya se había convertido en una celebridad mundial, en el modelo mitológico del genio, el que aparecía retratado en camiseta a rayas y pantalón corto en los noticiarios y en las revistas ilustradas, el que reinaba como un monarca entre burlesco y tiránico sobre una corte de aduladores y sirvientes.
La exposición deja un sentimiento raro. Salvo chispazos ocasionales de admiración —una cara que es una sola mancha de tinta, una figurilla de barro—, el efecto de la sobreabundancia es una gradual monotonía. La celebrada fertilidad del artista sin sosiego que no para de trabajar nunca le lleva a la repetición neurótica de unos ciertos rasgos previsibles de estilo: Picasso pintado y firmando picassos a toda velocidad, dibujando, haciendo esculturas, moldeando cerámicas, como perdido en una cámara de ecos en la que todas las voces son la suya, en un laberinto de espejos en el que solo puede verse a sí mismo en cada una de las caras de la multitud. En una época anterior, cuanto se enamoró de la adolescente Marie-Thérèse Walter, se había identificado con la figura del Minotauro, el monstruo animal y humano que sucumbe por mediación de una de las jóvenes que le son entregadas en sacrificio. En la época de Françoise Gilot también pinta a una mujer con una espada y un Minotauro decapitado, pero la imagen parece menos poderosa, hasta desganada.
Picasso, dice Richardson en sus memorias, “necesitaba desesperadamente admiradores que alimentaran su ego voraz”. En el libro que escribió sobre él, Françoise Gilot atestigua una mezcla de soberbia y de ansiedad que probablemente es la consecuencia de las unanimidades en la admiración y el dominio originadas en el siglo XX por las tecnologías de la comunicación de masas. Como el tirano en su palacio o en sus baños de multitudes, el genio llega a un momento en el que solo escucha voces de halago y solo ve gestos de adoración o de súplica. Ya no tolera no ser celebrado; pero como también desdeña el servilismo de los adoradores, el elogio que viene de ellos es un alimento mediocre que en el fondo no sacia. En el tumulto cortesano del poder y de la celebridad hay un abismo de aburrimiento. Algo que llama la atención en las memorias de John Richardson es la cantidad de gente más o menos famosa que rodeaba a Picasso en los años cincuenta, antes y después de la huida de Françoise Gilot, poetas, pedigüeños y bufones incluidos. Celebraban grandes cenas en las que Picasso apenas comía ni bebía, solo fumaba, y acudían formando un séquito a las corridas de toros. Por esa época Richardson fue a visitar a Georges Braque y le preguntó por su antiguo amigo, su colega y rival en la invención del cubismo.

Picasso con Françoise Gilot

Pablo Picasso and Françoise Gilot: Paris–Vallauris 1943–1953.Gagosian Gallery. Nueva York. Hasta el 30 de junio. www.gagosian.com.El aprendiz de brujo: Picasso, Provenza y Douglas Cooper. John Richardson. Traducción de Fernando Borrajo. Alianza Editorial. Picasso. Una biografía. John Richardson. Dos volúmenes. Traducción de Adolfo Gómez Cedillo, Esther Gómez Parro, Rafael Jackson y Fernando Villaverde. Alianza Editorial. A Life Of Picasso Volume III: The Triumphant Years, 1917-1932. John Richardson. Jonathan Cape .

Friday, October 25, 2013

Antonio Muñoz Molina según Juan Cruz

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Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro

Antonio Muñoz Molina

“Si se desprecia lo bueno que se tiene, 

esto se puede perder”

La biografía propia y la de España están en la obra del escritor Antonio Muñoz Molina, que recibe el Príncipe de Asturias de las Letras este viernes.


Cuando José Hierro advirtió al Príncipe de Asturias, en el otoño de 1981, de los peligros que corría la democracia española, habían pasado ocho meses del golpe de Estado de Tejero, los militares seguían conspirando, los terroristas asesinaban, España aún estaba desprendida de Europa. Todo estaba pendiente de un hilo; nada era sólido, sino la esperanza de salir de la bruma.
Hierro recibía en ese momento el primer Premio Príncipe de Asturas de las Letras, y era la primera vez que don Felipe de Borbón presidía un acto público. El poeta calvo de voz de aguardiente fue el maestro civil ante un alumno al que quizá todavía peinaba su madre.
Treinta y dos años después, este 25 de octubre, en una España otra vez marcada por la bruma, Antonio Muñoz Molina recibirá en el mismo lugar, ante aquel muchacho que ya tiene 45 años, el mismo premio. El escritor de Úbeda acaba de publicar un relato que es como un poema amargo sobre este país en el que aspira a reinar don Felipe. Todo lo que era sólido (Seix Barral) es la crónica de una devastación. Muñoz Molina levanta acta, sin vuelo en el verso, como diría Hierro. Ahora le toca a él el discurso y quién sabe si tendrá el mismo ánimo que entonces impulsó al poeta a decirle al heredero cómo se ve el país en que aquel terminará reinando.
Desde muy joven (Beatus ille, El invierno en Lisboa, El jinete polaco), su biografía literaria se mide con el triunfo, en España y en el mundo; ha ganado premios aquí y en todas partes (el último, el Premio Jerusalén, en Israel, por el conjunto de su obra), y la Academia lo eligió para el selecto club cuando aún era un chiquillo. Desde aquella juventud granadina en la que recibió las primeras buenas noticias literarias (Pere Gimferrer lo llamó para decirle que Beatus ille saldría en Seix Barral, para él este ya fue un premio) hasta este tiempo, en su manera de ser he observado muy pocos cambios. Ya entonces, en torno a 1986, cuando lo conocí, era tímido y deferente. Sabías que no aceptaría un lugar común, y las bromas ante él no debían mezclarse con las cosas serias o las palabras mayúsculas.

“Recibir el cariño de Onetti fue una de las cosas más bonitas de mi aprendizaje como escritor”
Tiene una memoria que es a la vez el ritmo con el que escribe. Detrás de lo que dice hay una lectura cuya digestión no se le ha atragantado. Se fue haciendo en un pueblo, en la huerta y en el mercado, y aunque habita ahora en Madrid y en Nueva York, aquel lugar en el que su padre lo ponía a trabajar y a vender es su punto de referencia. Sigue en sus libros y en el cuidado con que habla de ese tiempo, como si aún viviera en él, en sus nombres propios y en sus calles chiquitas.
Hay algunas fidelidades honrosas, que están mucho antes, y muy por encima, de la literatura: sus padres, sus hijos, Elvira Lindo, su mujer, escritora también. Su padre murió ya, su madre vive; ella irá a Oviedo, cómo no; el padre se regocijaba cuando sabía por otros cómo había llegado su hijo a ser el escritor que ya era. “Pero podría haber sido también un buen hortelano”, dijo el padre una vez. Tuvo maestros, desde el de su escuela hasta Juan Carlos Onetti, pero en esa adolescencia forjó el carácter riguroso que ahora lo distingue. Mucha gente dice que es demasiado serio. Lo que no quiere es hablar por hablar. Eso aquí está penado.
“Recibir el cariño de Onetti”, dice, “es una de las cosas más bonitas de mi vida como aprendiz de escritor”. Era su maestro, y no lo conocía. El jinete polaco había tenido alguna reseña desabrida; un amigo le había negado el saludo porque había ganado el Planeta. Era un tiempo confuso, además, porque él estaba cambiando de vida, “vivía un poco a salto de mata, como flotando. Una mañana lo llamó un amigo para decirle que comprara EL PAÍS. “Lo compré, me encontré el artículo de Onetti y ese sí que fue un premio para mí”.
No es posible imaginarlo como Onetti, echado en la cama, viviendo al revés de todo el mundo. Muñoz Molina es andariego y ciclista; es lento andando, como si se mandara a andar y a pensar al mismo tiempo. Pero sí hay algo de aquel Onetti que luego conoció. La entrega incondicional al oficio, el cuidado de cada palabra, “no hay una sola palabra que se pueda descuidar”. Eso no quiere decir, subraya, que no seas natural, “pero en Onetti no hay nunca un solo descuido, no hay una sola concesión a la rutina del lenguaje. Y hay en él una ternura enorme, una compasión hacia los seres humanos, hacia la debilidad de la gente, hacia los que están arruinados. Y una admiración muy grande por la belleza. Una mezcla de maravilla y de pena: eso estaba en su carácter radical. Lo admiraba y lo sigo admirando”.
Hasta tal punto que ese retrato se lee también como un autorretrato. En Muñoz Molina están, además, la música y la pintura. Escribió Elvira Lindo cuando le dieron el premio que ahora recogerá: “Si Antonio fuera un pintor, sería Caravaggio; si fuera un músico, sería John Coltrane”. La música es su raíz, incluso biográfica. Escribe dejándose llevar, “el propio arte de escribir desata a la vez los argumentos y los recuerdos”. La escritura como una corriente de memoria. Él vive en memoria de esa corriente.

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Mesa de trabajo de Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro
Esa corriente nace en la calle de Úbeda donde vivía. Fuente de las Risas, qué nombre. “Ese es el paraíso de mi vida”. El origen siempre está ahí. “Todo tiene que ver absolutamente con la circunstancia de mi origen y de mi vida. De lo que he ido viendo mientras crecía. Cómo era el mundo cuando nosotros empezábamos a asomarnos a él y en qué se convirtió”. Ese es el aliento que hay detrás de El viento de la Luna, que ocurre cuando él era un adolescente y las referencias eran la puerta de la calle, la casa, los libros, y la Luna, el hombre que llega a la Luna.
Entonces Muñoz Molina era “completamente feliz”, jugaba en la calle, era feliz con nada. El mundo era la calle. El padre era “una presencia muy tranquila. Me llevaba a la huerta, él iba delante en la yegua, yo detrás”. El abuelo, Manuel Molina García, había sido cantaor, vendedor ambulante, campesino… “Le gustaba mucho usar palabras rimbombantes, a veces equivocadamente. Le hablaba del doctor Negrín, “me llenó la cabeza de nombres, de palabras que no sabía qué significaban, pero que eran extraordinariamente poderosas. Como guardia de asalto. Contaba una frase que según él le había dicho Gil Robles a Azaña en las Cortes y de la que yo no entendía nada: ‘Te doy mi voto y el de minoría si eso sirve para que le cierres el paso al comunismo…’. Se emocionaba con todos los himnos, lloraba mucho, era franquista y antifranquista, era muy curioso y siempre estaba contando cosas. Siempre. Mi abuela le reñía”. Al viejo le gustaba gastarle bromas. Le decía: “¿En qué se parece un muchacho de bien a un teatro?”. Perplejidad y respuesta, risas: “En que lo descomponen las malas compañías”.

Vivimos después de que se rompiera todo lo que parecía sólido. En tiempos de Hierro salíamos del epicentro de lo que pudo haber sido una hecatombe
El padre era más callado, me parecía. Pero no, el hijo dice que no. “Corre la especie de que entonces todo el mundo andaba callado. Yo los oía hablar, todo el mundo trabajando, cavando en un tajo, arrancando patatas y diciendo historias que yo almacenaba en mi cabeza. Imaginaba que sería como mi padre, cavando”. El padre le fue enseñando el oficio, aunque fue incapaz de enseñarle a vender las verduras… La madre es “una mujer con mucha capacidad para estar sola; según han pasado los años, ha notado más la rebelión contra las circunstancias que le impidieron desarrollarse como persona. Las condiciones que le impidieron ir a la escuela o que le hicieron vivir en un mundo en el que las mujeres estaban sometidas a los maridos. Ella siente eso muy fuerte”.
El chico era tímido (como ahora), expuesto al miedo que le producían algunas presencias (la policía, por ejemplo), la gente que grita, alguien que lo aborde por la calle, el portero de un edificio… Se le daban bien las redacciones, el abuelo tenía en la casa libros que el nieto devoró, uno a uno, y así se fue haciendo este hombre que tengo delante, consecuencia de esa vida y de dos maestros (don Florentín, don Luis Molina), y de los libros. El padre le dejó una enseñanza, que está en el centro de su rigor: “Aunque no te paguen, las cosas hay que hacerlas bien”. Acaso eso esté en el aliento de Todo lo que era sólido, su rebeldía ante este mundo mal hecho. Le pregunté si no será que esta hecatombe que vivimos desde hace una docena de años es una consecuencia de lo que fue mal hecho. Me dijo: “En términos ambientales y de desigualdad, esta es una época muy amenazadora”.
–¿Y aquí, qué pasa? ¿Seguimos con las brumas amenazadoras de las que Hierro habló hace 32 años?
–Nosotros ahora estamos en una situación muy difícil, pero hemos avanzado muchísimo, y no reconocer esos avances es una especie de nihilismo que además no me creo… No creo en el nihilismo, lo que sí me creo es que si se desprecia lo bueno que se tiene, esto se puede perder, y después queda esa cosa tan triste que es la nostalgia de lo perdido que no se puede defender.
Vivimos después de que se rompiera todo lo que parecía sólido. En tiempos de Hierro salíamos del epicentro de lo que pudo haber sido una hecatombe. Luego vino la Transición, una esperanza. “Cuando la gente dice que hay que acabar con la Transición, yo me pregunto si hay que acabar también con la asistencia sanitaria universal, con la igualdad entre hombres y mujeres, con todas las cosas que han sucedido en este tiempo”. Ahora hay que saber “qué podemos salvar y de qué tenemos que desprendernos”. Ante el Príncipe quizá le oigamos hablar de cómo se puede hacer sólida la esperanza que quede. 

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Antonio Muñoz Molina según Triunfo Arciniegas
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Antonio Muñoz Molina gana 

el Príncipe de Asturias de las Letras


El galardón distingue el compromiso literario y ensayístico del autor de obras como 'El jinete polaco', 'Sefarad' y 'Todo lo que era sólido'



Antonio Muñoz Molina en el hotel de Las Letras, en la Gran Vía de Madrid. / ULY MARTÍN



Aunque le gusta aterrizar plácidamente y sin hacer ruido en la primavera de Madrid para ver si acaso como va adquiriendo exuberancia lo que hay plantado en su jardín; aunque sale lo justo de casa, montado en su bicicleta, sorteando el tráfico como puede y echando su ojo analítico al vuelo al tiempo que pedalea sin tregua por los azarosos tiempos que han dado lugar a su último y brillante ensayo Todo lo que era sólido (Seix Barral), hoy, Antonio Muñoz Molina, no tendrá más remedio que romper sus beligerantes treguas, sus plácidos desvelos, sus rutinas de ojo avizor para dedicarle un día a la alegría del reconocimiento. La de haber recibido esta mañana el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Ayer estaba en Lyon. Hace dos semanas, en Nueva York, donde le llegaban fuertes rumores de que este año le podía caer a él. Desde hace días, el jurado se planteaba la necesidad de otorgar el galardón a un español, 13 años después de que ningún autor en la lengua de Cervantes lo hubiera recibido, luego del guatemalteco Augusto Monterroso.
Según fuentes de la organización, muchos, dentro, desean que la ceremonia del próximo octubre adquiera un fuerte compromiso moral por parte de quien debe dar el gran discurso de la tarde, además del Príncipe. Y Muñoz Molina, con su incuestionable mérito literario, con sus iniciales ya en la memoria, la historia reciente y el zozobrante presente de la gran nómina española de escritores de referencia, destacaba paso a paso entre las preferencias.
Pero con división de opiniones y la sombra de la candidatura del irlandés John Banville, otro autor fascinante. La pugna es algo que al parecer se da en el grupo que debe elegir al premiado con más frecuencia si se trata de un nombre español que si proviene de otros ámbitos. Con la mayoría a su favor ya anoche, salvo sorpresas o prontos de última hora –que nada queda descartado entre las airadas familias de las divisiones literarias en nuestro país-, Muñoz Molina se implantó esta mañana y ha recibido la noticia de su premio en tránsito, recién llegado de Francia, donde ha participado en un festival literario.
La obra del autor de Úbeda, se veía reconocida justamente en la inmensidad de su incansable búsqueda y ambición, en la modernidad de su vigente trascendencia desde que se diera a conocer con su primera novela, Beatus Ille, publicada en 1986, después de una recopilación periodística, El Robinson urbano, en 1984. Con la herida de la guerra comenzó su trayectoria como narrador y con esa misma herida, como le gustaría decir a su querido Miguel Hernández, ha llegado hasta La noche de los tiempos (2009), ese descomunal retrato y examen de conciencia republicano sobre el conflicto civil.
Pero Muñoz Molina ha querido ser un escritor profundamente español sin fronteras. Y de hecho, persigue eso en una obra maestra comoSefarad, narración abierta, texto en tránsito, aliento nómada y sin morada, sobre el drama del exilio, el autoexilio, la expulsión, las raíces, que en gran parte le valió también el pasado año –y no sin polémicas, de nuevo- el Premio Jerusalén.
En medio queda una fascinante indagación en la condición humana con novelas como BeltenebrosEl jinete polaco, que fue su gran consagración, PlenilunioEl viento de la luna, donde rinde un emotivo homenaje a la memoria de su padre, Francisco Muñoz Valenzuela, muerto en 2004.
Desde hace años ha sido el miembro de la Real Academia Española más joven en ingresar en la misma. Lo hizo con 39 años. Desde hace tiempo, alterna su vida entre Madrid y Nueva York, junto a su esposa, la escritora Elvira Lindo –con quién se casó en 1994- y con la compañía por relevos de sus cuatro hijos, ya crecidos, Antonio, Arturo, Elena y Miguel.
Esa existencia unida por el Atlántico salpica su obra en libros comoVentanas de Manhattan o su nuevo, efervescente, polémico y duro ensayo Todo lo que era sólido, un repaso a las miserias que nos han conducido hasta el presente. El jazz, la música clásica, su pasión por The Beatles, el arte –se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Granada-, las muy tempranas lecturas de Stevenson, de Julio Verne, las más juveniles de Borges, Onetti, las constantes recurrencias a Cervantes, a Galdós, a Joyce, a Proust, como nanas de cabecera, su enfermiza curiosidad por todo lo que se mueve le lleva a ser un articulista de referencia en medios tan dispares como Babelia o las revistas Scherzo y Muy interesante. Y lo que conforma un gusto y una personalidad narradora que nada contra y a favor de corriente por toda su obra.
La tranquila primavera que soñó ha dejado que se cuele por la rendija un paréntesis que quizás altere su karma hasta el otoño, cuando reciba en Oviedo de manos del Príncipe, gran admirador de su obra, el galardón, se ha visto un tanto alterada. Pero Muñoz Molina seguramente nos alumbrará el día que reciba el premio con el firme verbo de su conciencia, con el abrazo de su compromiso para encarar, si la fuerza nos acompaña, con un poco más de claridad el futuro.

Bibliografía

NOVELA
• Beatus Ille, Seix Barral, 1986
• El invierno en Lisboa, Seix Barral, 1987
• Beltenebros, Seix Barral, 1989
• El jinete polaco, Planeta, 1991
• Los misterios de Madrid, Seix Barral, 1992
• El dueño del secreto, novela corta, Seix Barral, 1994
• Ardor guerrero, Alfaguara, 1995
• Plenilunio, Alfaguara, 1997
• Carlota Fainberg, novela corta, Alfaguara, 1999
• En ausencia de Blanca, novela corta, Alfaguara, 2001
• Sefarad, Alfaguara, 2001
• El viento de la Luna, Seix Barral, 2006
• La noche de los tiempos, Seix Barral, 2009
RELATOS
• Las otras vidas, 4 cuentos, Mondadori, 1988. Contiene:
• Nada del otro mundo, Espasa Calpe, 1993
ENSAYO
• Córdoba de los Omeyas, Planeta, 1991
• La verdad de la ficción, Renacimiento, 1992
• Pura alegría, Alfaguara, 1998
• Max Aub: una mirada española y judía sobre las ruinas de Europa,(conferencia en El Escorial 18.08.1997, cursos de verano en la Universidad Complutense)
• El hombre habitado por la voces, (prólogo a ¡Absalón, Absalón! de Faulkner, Ed. Debate, 1991)
• Sueños realizados: invitación a los relatos de Juan Carlos Onetti, (prólogo a Cuentos completos de Onetti, Alfaguara, 1994)
• Memoria y ficción, (conferencia leída en el ciclo sobre la memoria organizada por José María Ruiz Vargas en 1995)
• La invención de un pasado, (conferencia pronunciada en el Departamento de Lenguas Romanas de la Universidad de Harvard, 23.04.1993)
• Epílogo: Pura alegría, (artículo publicado en ABC en mayo de 1997 con motivo de la publicación de Plenilunio)
• José Guerrero. El artista que vuelve, Diputación Provincial de Granada, 2001
• El atrevimiento de mirar, 9 textos sobre siete pintores y un fotógrafo, Galaxia Gutenberg, 2012
• Todo lo que era sólido, Seix Barral, 2013
EL PAÍS

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