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Thursday, January 30, 2014

José Emilio Pacheco / El escritor radicalmente bueno

José Emilio Pacheco

El escritor radicalmente bueno

Nunca le escuché, ni vi que pusiera por escrito, palabra que pudiera suponer injuria o venganza


Cuando soñábamos en los escritores y leíamos a Azorín, a Unamuno y a Óscar Wilde, entre otros, pensábamos que los escritores serían sencillos y etéreos, verdaderos, y ni siquiera esos lo eran; Azorín resultó ser, más adelante, cuando supimos de él, un señor cursi que llevaba paraguas rosa cuando iba al cine; Unamuno escribía como si rompiera telarañas a bastonazos, y Oscar Wilde, por ejemplo, era un dicharachero de frases hechas. Luego descubrimos el boom, a los franceses, descubrimos a la vez a Camus y a Sartre, los pusimos juntos en la escasa estantería; después escuchamos hablar, en este último caso, de las riñas que mantuvieron, y durante decenios la disyuntiva entre los dos llenó y rellenó muchas noches de alcohol y nada.
Los escritores se fueron haciendo a la semejanza de todos nosotros, con sus vicios y sus extrañezas, con sus egos y con sus paranoias; eran como todos nosotros, no soportaban la competencia del que tenía al lado, no se podía hablar frente a uno de ellos de la belleza de la escritura del otro, y así fuimos descubriendo la maledicencia y la venganza como materias, también, de lo que está al lado del tintero.
Fue malo descubrir esta circunstancia, así que había que hacerse con algunas excepciones. De las que había vivas, que hay varias, una era José Emilio Pacheco, que murió la noche pasada después de un accidente que finalmente fue el accidente final de la vida. Él encarnaba, como algunos otros a los que ahora no me referiré, el escritor radical, que sólo era escritor cuando escribía, equivocándose hasta la línea final, como él mismo decía. Y cuando dejaba la pluma y salía a la calle a buscar a otros, cuando vivía para ser humano sobre todas las cosas, ya entonces José Emilio Pacheco era José Emilio, el hombre de la cara grande y a veces aniñada, un muchacho que fue joven mientras le llenó la sonrisa los ojos que él ocultaba como si los defendiera detrás de unas gafas enormes que le servían también para parapetarse como en otro.
Jamás le escuché, fuera del papel o en el papel, decir nada que pudiera ser arrebato o lujuria vengativa contra otros, y fue tan familiar esa actitud, tan propia, que cuando la gente se refería a él en un conciliábulo, público o privado, alguien siempre decía:
--Ah, José Emilio… José Emilio es otra cosa.
Me gustaba su manera de ser y de caminar, de reír y de preguntar, de esperar a que el otro terminara de hablar para decir, a su vez, y tan solo a su vez, con la gallardía del humilde, la última palabra. La última palabra de José Emilio.
Fíjense, conocí otro poeta así, pero mucho más atrabiliario, mucho más noctívago que José Emilio, más extraviado con respecto a las líneas que va marcando la calle de la vida. Se llamaba Claudio Rodríguez. Y hubo aún otro, a éste lo conocí más, pero estaba más dotado para la cólera poética, era José Hierro. Y había uno, que caminaba lentamente hacia la melancolía de la noche, y casi en silencio; era Ángel González. En La Oliva, Valencia, habita otro de esa estirpe, Francisco Brines, y en Madrid y Jerez y Sanlúcar, transita otro sabio de esa manera de ser, José Manuel Caballero Bonald.
Ninguno de ellos, es cierto, tiene las camisas de joven que usó siempre José Emilio Pacheco, pero todos ellos han tenido, tienen, tanto que decir, todos ellos hubieran hecho una timba que José Emilio y hubieran hablado de la vida y no se hubieran entretenido en quitarle el pellejo al prójimo que cultiva, como José Emilio cultivaba, la poesía.
Era un tipo raro, tan escritor y tan bueno, José Emilio Pacheco.





Tuesday, January 28, 2014

José Emilio Pacheco / Un afecto universal

José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco

Un afecto universal


En el mundo de la literatura en español hay muy pocas unanimidades; se guardan como tesoros los casos en los que algunos escritores concitan a su alrededor un afecto universal. José Emilio Pacheco es uno de esos casos raros, y ayer se notó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde está, precisamente, como cada año.
Cuando lo supo, se le atragantó el café, y ya no lo pudo tomar en toda la mañana. De pronto, este hombretón extrañado de existir, como un poeta que arañara las palabras para hacerles sangre o sueño, era una celebridad universal, y aún no se había puesto los zapatos. Hablaban de él en los pasillos de la feria como si un pariente hubiera ido a la luna sin cohete. Él se ha acostumbrado a extrañarse de todo, de la existencia de la noche y del día; de eso van sus poemas, de la ciudad y de lo que se rompe en ella, de la angustia con la que el hombre se descalza sin saber si al otro día la sábana sucia de la vida le va a sacar de la cama siendo otro. Y cómo no le va a extrañar un premio así; le sonaron los teléfonos como si quisieran acuchillarlo, y él caminó sobre las ruinas del día pensando que quizá esa gloria era de otro. Es suya, se la merece.
Esta euforia que hay desatada en Guadalajara es la alegría de los que le han leído, y también de los que contemplan esa figura que comenzó pareciéndose a la de Octavio Paz y ha terminado siendo, y es muchísimo, la de José Emilio Pacheco. La arquitectura del tiempo ha hecho de él un cuerpo de 70 años, una edad que no ha podido quitarle de los ojos una ingenuidad genuina, que es la razón de ese abrazo unánime con el que ayer la atrabiliaria tribu de la pluma consideró que se había premiado a uno de los grandes de la manada. A él es difícil que éxitos así le arruinen la sencillez con la que está hecha su mirada, porque ya ha pasado por otros trances así. Lo que le preocupa, en verdad, es saber si es capaz de llegar a la noche para contarla luego, con toda su fantasmagoría de ruinas a las que se refiere, perplejo, cuando quiere explicar por qué hace poesía.




Tuesday, January 14, 2014

Juan Gelman / El poeta de los ojos tristes

Juan Gelman

El poeta de los ojos tristes

La vida de Juan Gelman estaba marcada por la muerte de su hijo y su nuera a manos de la dictadura y la búsqueda de su nieta



Juan Gelman, en 2013. / PRADIP J. PHANSE
Juan Gelman, el poeta de los ojos tristes, era capaz de arrancarse de madrugada a rasguear la guitarra; en tiempos en que su pesadilla era más grande, pues buscaba con ahínco pero sin esperanza a su nieta secuestrada en 1976 por los golpistas de Videla, la poesía y esos instantes de la noche le devolvían a la vida, como si se la prestaran. Esa larga historia que lo convirtió en huérfano de su hijo y en abuelo en perpetuo estado de incertidumbre lo llenó de pena, y “la pena”, dijo una vez con su enorme capacidad para la melancolía y el sarcasmo, “es un territorio muy amplio, probablemente argentino”. Él nunca se quitó de veras la pena.
Cuando en 2000 apareció la nieta, una joven que había vivido hasta entonces con un matrimonio al que se la entregaron los militares, se alivió la pesadumbre pero mantuvo su rastro. Fue mucho pesar, él lo llevó con la dignidad personal de un combatiente. A veces, cuando recitaba en público y aún existía esa sombra en su vida, cada verso era un esfuerzo y una rasgadura, como si llorara en voz baja. Por eso asombraba en esos instantes en que le robaba a alguien la guitarra que riera y cantara como si fuera otro.
Esa búsqueda de la nieta fue la razón mayor de su tristeza, pero nunca fue un hombre vencido. Ahora, consciente de la enfermedad que acabó con su vida, tuvo energía aún para desear a sus amigos un año menos difícil. Volvió del hospital, donde entró y salió desde el último noviembre, porque quiso que fuera en su casa donde dijera adiós a todo esto.
Nació en Argentina en 1930. El golpe de Estado de Videla lo condujo al exilio en México, de donde jamás quiso volver a su país. Su nuera esperaba una criatura cuando la secuestraron; de ella y del hijo de Gelman no se supo nunca más; el poeta estaba seguro de que la criatura vivía en alguna parte. La movilización mundial a favor de su lucha por encontrarla chocó durante años contra la inepcia del Vaticano, al que acudió, y de los gobiernos uruguayo y argentino, pero contó con el apoyo de sus escritores, periodistas y activistas. Sus amigos José Saramago y Eduardo Galeano presidieron una campaña mundial a favor de la búsqueda de la nieta; esa campaña se intensificó cuando por fin hubo noticias que daban fe de que la muchacha existía, y en 2000 al fin se produjo ese encuentro. Macarena Gelman tiene ahora 35 años y vive en Uruguay. Esa noche del reencuentro su amigo Mario Benedetti dijo: “Hablé con Juan y está de lo más feliz”.
Esa noticia fue para él la emoción más grande de su vida. Su poesía, irónica y secreta, escrita desde la melancolía, vivió momentos más claros; pero él siguió siendo el poeta de los ojos tristes que a veces ocultaba la risa tras el bigote poblado. Alto, desgarbado, Gelman caminaba dejando atrás, siempre, la estela del humo de su cigarrillo. Su voz tenía la cadencia del silencio; podía recitar ante miles, pero jamás levantó la voz. Últimamente había adelgazado mucho, de modo que cuando se desplazaba parecía que iba a volar tras el humo.
En el último mes de abril, cuando publicó su libro Hoy, de prosa poética, como muchos de los suyos, explicó aquí qué sintió cuando fue condenado uno de aquellos verdugos de su hijo. “Entre los culpables del asesinato de mi hijo había un general que fue condenado a prisión perpetua. Pero cuando dictaron la sentencia yo no sentí nada. Ni odio, ni alegría. Y me pregunté por qué, y eso me llevó a escribir, para preguntarme qué había pasado”. En esa conversación, Gelman resumió su disgusto con el papa Francisco, a quien había acudido cuando éste era el obispo Bergoglio en busca de ayuda para encontrar a su hijo. El obispo le dijo que no podía hacer nada, “pero ante la justicia declaró otra cosa, que había hecho gestiones sin éxito”.
Esa larga lucha (35 años buscando rastros de la vida de los suyos) no sólo lo marcó como persona, sino que llenó de amargura y sarcasmo su escritura. Él tenía, decía, “la confianza lastimada”. También con respecto al porvenir del mundo. Ese hombre está en sus versos.
Ganó los principales premios de la literatura en español: el Rulfo, el Reina Sofía de poesía, el Cervantes  (en 2007). Para él, la poesía era “una forma de resistencia”, pero ese compromiso civil no alteró su manera de ser poeta. ¿Hermético?, se preguntaba. “No, lo que hago es respetar al lector, obligarlo a que lea por dentro”. En el Ateneo de Madrid, en uno de sus tumultuosos recitales, siete años después del hallazgo de la nieta, leyó su poema padre de entonces como si fueran a temblar sus manos, sus ojos, él entero: “Así que has vuelto / como si hubiera pasado nada / como si el campo de concentración no / como si hace veintitrés años / que no escucho tu voz ni te veo / han vuelto el oso verde tú / sobre todo larguísimo y yo / padre de entonces / hemos vuelto a tu hijar incesante / en estos hierros que nunca terminan / ¿Ya nunca cesarán? / ya nunca cesarás de cesar / vuelves y vuelves / y te tengo que explicar que estás muerto”. La ovación compungida de la gente fue la confirmación de que el público y el poeta se leyeron por dentro.
Esa historia fue su vida: el hijo muerto, la hija muerta, la nieta en un paradero sobre el que él arañaba. Todo eso seguía vivo en su mirada, por tanto en esos versos, padre de entonces. Fue comunista, periodista y resistente, la sombra de esa historia no le permitió jamás olvidar esa militancia contra el olvido.
Fue un resistente comprometido también con los cambios habidos en su país para revertir los efectos de la ley de punto final que había proclamado el presidente Alfonsín. Esa “impunidad espantosa” fue anulada por el presidente Kirchner y dio paso a las condenas de los represores, entre ellos los represores de su familia. Y desde ese punto de vista defendió aquí al juez Garzón cuando éste trató de perseguir el franquismo y restituir la dignidad de los perseguidos durante la dictadura. “No entiendo”, dijo entonces, “el castigo a Garzón por rastrear la memoria”.
Un día le pregunté quién era. Y él dijo:
--Quién sabe. Yo, no.



Friday, October 25, 2013

Antonio Muñoz Molina según Juan Cruz

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Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro

Antonio Muñoz Molina

“Si se desprecia lo bueno que se tiene, 

esto se puede perder”

La biografía propia y la de España están en la obra del escritor Antonio Muñoz Molina, que recibe el Príncipe de Asturias de las Letras este viernes.


Cuando José Hierro advirtió al Príncipe de Asturias, en el otoño de 1981, de los peligros que corría la democracia española, habían pasado ocho meses del golpe de Estado de Tejero, los militares seguían conspirando, los terroristas asesinaban, España aún estaba desprendida de Europa. Todo estaba pendiente de un hilo; nada era sólido, sino la esperanza de salir de la bruma.
Hierro recibía en ese momento el primer Premio Príncipe de Asturas de las Letras, y era la primera vez que don Felipe de Borbón presidía un acto público. El poeta calvo de voz de aguardiente fue el maestro civil ante un alumno al que quizá todavía peinaba su madre.
Treinta y dos años después, este 25 de octubre, en una España otra vez marcada por la bruma, Antonio Muñoz Molina recibirá en el mismo lugar, ante aquel muchacho que ya tiene 45 años, el mismo premio. El escritor de Úbeda acaba de publicar un relato que es como un poema amargo sobre este país en el que aspira a reinar don Felipe. Todo lo que era sólido (Seix Barral) es la crónica de una devastación. Muñoz Molina levanta acta, sin vuelo en el verso, como diría Hierro. Ahora le toca a él el discurso y quién sabe si tendrá el mismo ánimo que entonces impulsó al poeta a decirle al heredero cómo se ve el país en que aquel terminará reinando.
Desde muy joven (Beatus ille, El invierno en Lisboa, El jinete polaco), su biografía literaria se mide con el triunfo, en España y en el mundo; ha ganado premios aquí y en todas partes (el último, el Premio Jerusalén, en Israel, por el conjunto de su obra), y la Academia lo eligió para el selecto club cuando aún era un chiquillo. Desde aquella juventud granadina en la que recibió las primeras buenas noticias literarias (Pere Gimferrer lo llamó para decirle que Beatus ille saldría en Seix Barral, para él este ya fue un premio) hasta este tiempo, en su manera de ser he observado muy pocos cambios. Ya entonces, en torno a 1986, cuando lo conocí, era tímido y deferente. Sabías que no aceptaría un lugar común, y las bromas ante él no debían mezclarse con las cosas serias o las palabras mayúsculas.

“Recibir el cariño de Onetti fue una de las cosas más bonitas de mi aprendizaje como escritor”
Tiene una memoria que es a la vez el ritmo con el que escribe. Detrás de lo que dice hay una lectura cuya digestión no se le ha atragantado. Se fue haciendo en un pueblo, en la huerta y en el mercado, y aunque habita ahora en Madrid y en Nueva York, aquel lugar en el que su padre lo ponía a trabajar y a vender es su punto de referencia. Sigue en sus libros y en el cuidado con que habla de ese tiempo, como si aún viviera en él, en sus nombres propios y en sus calles chiquitas.
Hay algunas fidelidades honrosas, que están mucho antes, y muy por encima, de la literatura: sus padres, sus hijos, Elvira Lindo, su mujer, escritora también. Su padre murió ya, su madre vive; ella irá a Oviedo, cómo no; el padre se regocijaba cuando sabía por otros cómo había llegado su hijo a ser el escritor que ya era. “Pero podría haber sido también un buen hortelano”, dijo el padre una vez. Tuvo maestros, desde el de su escuela hasta Juan Carlos Onetti, pero en esa adolescencia forjó el carácter riguroso que ahora lo distingue. Mucha gente dice que es demasiado serio. Lo que no quiere es hablar por hablar. Eso aquí está penado.
“Recibir el cariño de Onetti”, dice, “es una de las cosas más bonitas de mi vida como aprendiz de escritor”. Era su maestro, y no lo conocía. El jinete polaco había tenido alguna reseña desabrida; un amigo le había negado el saludo porque había ganado el Planeta. Era un tiempo confuso, además, porque él estaba cambiando de vida, “vivía un poco a salto de mata, como flotando. Una mañana lo llamó un amigo para decirle que comprara EL PAÍS. “Lo compré, me encontré el artículo de Onetti y ese sí que fue un premio para mí”.
No es posible imaginarlo como Onetti, echado en la cama, viviendo al revés de todo el mundo. Muñoz Molina es andariego y ciclista; es lento andando, como si se mandara a andar y a pensar al mismo tiempo. Pero sí hay algo de aquel Onetti que luego conoció. La entrega incondicional al oficio, el cuidado de cada palabra, “no hay una sola palabra que se pueda descuidar”. Eso no quiere decir, subraya, que no seas natural, “pero en Onetti no hay nunca un solo descuido, no hay una sola concesión a la rutina del lenguaje. Y hay en él una ternura enorme, una compasión hacia los seres humanos, hacia la debilidad de la gente, hacia los que están arruinados. Y una admiración muy grande por la belleza. Una mezcla de maravilla y de pena: eso estaba en su carácter radical. Lo admiraba y lo sigo admirando”.
Hasta tal punto que ese retrato se lee también como un autorretrato. En Muñoz Molina están, además, la música y la pintura. Escribió Elvira Lindo cuando le dieron el premio que ahora recogerá: “Si Antonio fuera un pintor, sería Caravaggio; si fuera un músico, sería John Coltrane”. La música es su raíz, incluso biográfica. Escribe dejándose llevar, “el propio arte de escribir desata a la vez los argumentos y los recuerdos”. La escritura como una corriente de memoria. Él vive en memoria de esa corriente.

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Mesa de trabajo de Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro
Esa corriente nace en la calle de Úbeda donde vivía. Fuente de las Risas, qué nombre. “Ese es el paraíso de mi vida”. El origen siempre está ahí. “Todo tiene que ver absolutamente con la circunstancia de mi origen y de mi vida. De lo que he ido viendo mientras crecía. Cómo era el mundo cuando nosotros empezábamos a asomarnos a él y en qué se convirtió”. Ese es el aliento que hay detrás de El viento de la Luna, que ocurre cuando él era un adolescente y las referencias eran la puerta de la calle, la casa, los libros, y la Luna, el hombre que llega a la Luna.
Entonces Muñoz Molina era “completamente feliz”, jugaba en la calle, era feliz con nada. El mundo era la calle. El padre era “una presencia muy tranquila. Me llevaba a la huerta, él iba delante en la yegua, yo detrás”. El abuelo, Manuel Molina García, había sido cantaor, vendedor ambulante, campesino… “Le gustaba mucho usar palabras rimbombantes, a veces equivocadamente. Le hablaba del doctor Negrín, “me llenó la cabeza de nombres, de palabras que no sabía qué significaban, pero que eran extraordinariamente poderosas. Como guardia de asalto. Contaba una frase que según él le había dicho Gil Robles a Azaña en las Cortes y de la que yo no entendía nada: ‘Te doy mi voto y el de minoría si eso sirve para que le cierres el paso al comunismo…’. Se emocionaba con todos los himnos, lloraba mucho, era franquista y antifranquista, era muy curioso y siempre estaba contando cosas. Siempre. Mi abuela le reñía”. Al viejo le gustaba gastarle bromas. Le decía: “¿En qué se parece un muchacho de bien a un teatro?”. Perplejidad y respuesta, risas: “En que lo descomponen las malas compañías”.

Vivimos después de que se rompiera todo lo que parecía sólido. En tiempos de Hierro salíamos del epicentro de lo que pudo haber sido una hecatombe
El padre era más callado, me parecía. Pero no, el hijo dice que no. “Corre la especie de que entonces todo el mundo andaba callado. Yo los oía hablar, todo el mundo trabajando, cavando en un tajo, arrancando patatas y diciendo historias que yo almacenaba en mi cabeza. Imaginaba que sería como mi padre, cavando”. El padre le fue enseñando el oficio, aunque fue incapaz de enseñarle a vender las verduras… La madre es “una mujer con mucha capacidad para estar sola; según han pasado los años, ha notado más la rebelión contra las circunstancias que le impidieron desarrollarse como persona. Las condiciones que le impidieron ir a la escuela o que le hicieron vivir en un mundo en el que las mujeres estaban sometidas a los maridos. Ella siente eso muy fuerte”.
El chico era tímido (como ahora), expuesto al miedo que le producían algunas presencias (la policía, por ejemplo), la gente que grita, alguien que lo aborde por la calle, el portero de un edificio… Se le daban bien las redacciones, el abuelo tenía en la casa libros que el nieto devoró, uno a uno, y así se fue haciendo este hombre que tengo delante, consecuencia de esa vida y de dos maestros (don Florentín, don Luis Molina), y de los libros. El padre le dejó una enseñanza, que está en el centro de su rigor: “Aunque no te paguen, las cosas hay que hacerlas bien”. Acaso eso esté en el aliento de Todo lo que era sólido, su rebeldía ante este mundo mal hecho. Le pregunté si no será que esta hecatombe que vivimos desde hace una docena de años es una consecuencia de lo que fue mal hecho. Me dijo: “En términos ambientales y de desigualdad, esta es una época muy amenazadora”.
–¿Y aquí, qué pasa? ¿Seguimos con las brumas amenazadoras de las que Hierro habló hace 32 años?
–Nosotros ahora estamos en una situación muy difícil, pero hemos avanzado muchísimo, y no reconocer esos avances es una especie de nihilismo que además no me creo… No creo en el nihilismo, lo que sí me creo es que si se desprecia lo bueno que se tiene, esto se puede perder, y después queda esa cosa tan triste que es la nostalgia de lo perdido que no se puede defender.
Vivimos después de que se rompiera todo lo que parecía sólido. En tiempos de Hierro salíamos del epicentro de lo que pudo haber sido una hecatombe. Luego vino la Transición, una esperanza. “Cuando la gente dice que hay que acabar con la Transición, yo me pregunto si hay que acabar también con la asistencia sanitaria universal, con la igualdad entre hombres y mujeres, con todas las cosas que han sucedido en este tiempo”. Ahora hay que saber “qué podemos salvar y de qué tenemos que desprendernos”. Ante el Príncipe quizá le oigamos hablar de cómo se puede hacer sólida la esperanza que quede. 

Lea, además

Saturday, August 17, 2013

Alberto Salcedo Ramos / La oportunidad de la crónica

Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos

La oportunidad de la crónica

Alberto Salcedo Ramos, ganador del premio Ortega y Gasset, explica su pasión por el periodismo y su deuda con la senda abierta por García Márquez




El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, fotografiado en Madrid. / JAVIER GANDUL
El Caracol era el hombre más feo del mundo y Alberto tenía nueve años. Mirando llegar a aquel hombre desdentado “de cabellos rústicos” traer quesos a la casa de su abuelo, aquel niño empezó a ser el escritor que es hoy y que ahora ha merecido el Premio Ortega y Gasset de Periodismo por contar la larga travesía de un chaval para ir a la escuela. Es Alberto Salcedo Ramos, tiene 50 años. Nació en Barranquilla, Colombia, donde se hizo Gabriel García Márquez. Ahora podría decirse, leyendo las crónicas de Salcedo, que esa no es una mera coincidencia.
En la casa de los abuelos (los padres de Alberto se separaron cuando él tenía cuatro años) no había libros. Creció viendo telenovelas mexicanas y venezolanas, y oyendo hablar a la gente. “Vivíamos en El Arenal, que en realidad se llama San Estanislao, pero como no había pavimento sino arena así se llamó, El Arenal. Y allí todo se sabía hablando. Y la gente hablaba a gritos, es el Caribe. Yo crecí viendo rollos de alambres con púas, medicinas para curar el ganado. Con los años he descubierto que los primeros libros que leí nunca fueron escritos. Eran hechos por las voces de la gente del pueblo. Yo me inventé los primeros libros mirando hablar”.
La radio servía “para oír imágenes; tenías que creerte lo que decían los que retransmitían el boxeo. No podíamos establecer una relación entre esa voz y lo que sucedía. Te tenías que creer la voz, era un auto de fe”. Pero servía para imaginar el mundo. “Yo siempre tuve mucha curiosidad. No había bibliotecas. Lo que pasa es que en mi tierra hay mucha gente que tiene talento narrativo. Es como una baratija que se malgasta en las esquinas. Había en la plaza un tipo que vendía dos horas de diálogo. Ibas, te hablaba desde un taburete, le pagabas. Pero para llegar a ser Gabo, que es tan inalcanzable, ya tienes que meterle unos libros al disco duro, te tienes que formar como lector”.
En el mundo rural “todo estaba muy permeado por las narraciones de los espantos, los duendes, los fantasmas, la muerte… La muerte siempre ha sido un protagonista de nuestras historias. Hay una copla vallenata que también canta Serrat, El amor amor: ‘Este es el amor amor, el amor que me divierte, cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte…’. El folclor permite disimular la tristeza. Allí nos burlamos de la muerte porque le tenemos mucho miedo. Como en el Carnaval de Barranquilla”.
La bisabuela materna le contaba muchas historias de Las mil y una noches. “Las descubrí luego; me contó una cantidad de mentiras…; tenía la memoria estropeada por los años, los relatos se le entrecruzaban. Su Aladino era muy particular”. Había periódicos: “Llegaba El Tiempo todos los días, a las cuatro de la tarde. El mundo era lento entonces. Las noticias venían a lomo de burros. El vallenato empezó porque la gente tenía que mandar a otros a que se supieran las noticias. Murió Fulanito, anda y cántalo si pasas por tal sitio… Así se daban las noticias, cantándolas”.

Al calor de Gabo

Alberto Salcedo Ramos enseña periodismo en la escuela de Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias, y nació en 1963 donde se hizo periodista Gabo, en Barranquilla.
Sus libros son, entre otros, La eterna parranda,un compendio de algunas de sus mejores crónicas, y De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho. Su obra El oro y la oscuridades un gran reportaje sobre “la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé”, el boxeador que en 1972 le dio un título mundial a Colombia.
Cuenta el expresidente Betancur (y lo recoge Salcedo Ramos) que Gabo fue recibido en Madrid con esta exclamación: “¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!”. Moviendo la cabeza, el Nobel respondió: “¿Dónde está Pambelé?”
Como García Márquez, se crió “oyendo cuentos”. Gabo dijo que “cuando un cuento es bueno tiene que parecer verdad y para que una crónica sea buena ha de parecer mentira”.
Aprendió a leer con la madre: “Fue una persona dulce, no fue una madre pegadora. Pero enseñándome a leer a veces perdió la paciencia. Entonces se decía: ‘La letra con sangre entra’. Así no fue, pero perdía la paciencia”. En La eterna parranda (Aguilar) incluye Salcedo Ramos algunas de sus mejores crónicas, y una columna sobre su madre, Las verdades de mi madre. Su texto más emocionante, escrito tras la muerte de su madre, una mujer que no aceptaba mentiras. Un detalle. Alberto cumplía 10 años, estrena un pantalón blanco y va a la feria. Allí compra una empanada de huevo que le lleva a su madre… en el bolsillo del pantalón. Para ella era evidente el destrozo, en cuanto vio entrar al hijo por la puerta. “Enseguida corrió hacia mí con el rostro transfigurado por la furia. Era evidente que se aprestaba a troncharme la cabeza. En ese momento me saqué el paquete del bolsillo y le dije: ‘Mira lo que te compré, mami’. Su semblante pasó sin ninguna transición de la rabia al regocijo”.
Los primeros libros los leyó en el colegio. Y a los 12 años se atrevió con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. “No la entendí. Me extravié en esa fronda de nombres repetidos, y la dejé. La agarré a los 20 años y sentí la adicción más grande que me ha generado una prosa a lo largo de mi vida. Gabo es adictivo. Y peligroso”.
-—¿Le ha afectado?
-—No, pero sí conozco a algunos que se descalabraron, hubo muertos y heridos, y contusos, porque sucumben a ese embrujo de Gabo y luego no saben cómo digerirlo.
La prosa de Gabo “es encoñadora, produce encoñamiento; me deslumbró totalmente. La más bella novela es El amor en los tiempos del cólera; desde ahí el Gabo es absolutamente virtuoso en la escritura, muy lúdico, muy juguetón. Se permite hazañas con el idioma y es tan consciente de ello que parece que se burla de nosotros”.
Ese es el referente del periodismo, “porque él nos ha ayudado a vender la idea de que la crónica es una forma de periodismo tan válida como la literatura. La crónica ha estado estigmatizada como si la ficción fuera mejor. Algunos me dicen: ¿y cuándo vas a dar el salto a la literatura? ¡Confunden la técnica narrativa de la crónica con la técnica de la ficción! Daniel Samper Ospina define la crónica como un cuento con datos reales. Así es”.
Los datos y los detalles. “Flaubert decía que la verdad está en los pequeños detalles. Hice un libro sobre Kid Pambelé, el boxeador que enseñó a ganar a Colombia, campeón del mundo. Creí la leyenda que había visto, hasta que, pasado el tiempo, y siendo ya Pambelé un desastre derrumbado por las drogas, lo conocí de cerca; era un hombre bipolar, tenía perdidos los límites entre el presente y el pasado. Todavía se cree campeón mundial. Si hubiera contado lo que sabía de él hubiera escrito línea y media, pero lo seguí durante ocho meses. Un día, después de todo ese tiempo, iba con él en taxi, por Bogotá. A él lo hartó un atasco de tráfico, se enrabietó, dejó el coche y se puso a andar, solo. Cuando lo alcancé ya no tenía la cara de furia; había sido reconocido, todos los aclamaban, le gritaban champion, le hacían la uve de la victoria… Caminaba como si estuviera en una pasarela. Un vendedor callejero le regaló un sombrero mexicano de charro. Pero no se lo puso. ‘¡Es que si me lo pongo no me van a conocer!”.
Las otras lecturas han sido Rulfo (“tan ducho, tan zorro, hace que no se vea el oficio”), Hemingway (“arrogante como persona, humilde ante su historia”), Albert Camus, Borges, Talese, Mailer, Capote (“me gustaba su maldad, es maldadoso, es un tiburón que quiere sangre”).
-—¿Y usted es maldadoso?
-—Yo soy menos maldadoso que Capote, más considerado. Más sudamericano, más romántico. Más cursi también…
¿Y de dónde viene todo, cómo se hizo cronista? “Mira, yo escribo desde los nueve años, y pasó algo que nunca he contado. Veía muchas telenovelas. En la casa de mis abuelos vivía una mujer de más de 30 años, madre de cinco hijos, soltera y abandonada. Y todos los días llegaba a esa casa rural un ordeñador que traía quesos y se devolvía para la finca. Era el hombre más feo que he visto en mi vida. Le faltaban los dientes, tenía los cabellos rústicos, no hablaba. Le decían El Caracol. Pensé que aquella mujer y este hombre deberían ser novios. Y todos los días yo escribía una carta que pareciera de él y la ponía en algún rincón de la cocina para que ella la encontrara. Todavía viven juntos. Cuando uno hace un truco como ese a los nueve años y le funciona ya queda encadenado de por vida a la escritura”.
Esa cadena es la que le ha llevado a Alberto Salcedo Ramos ser el cronista que ahora ha sido elegido Premio Ortega y Gasset de Periodismo.


Monday, June 17, 2013

Joyce / Dublín en el Bloomsday


Joyce acude al rescate de Dublín en el Bloomsday

Fiesta e ironía anticrisis en la conmemoración anual del día en que el autor irlandés situó la acción de su 'Ulises'

Juan Cruz  Dublín 17 JUN 2011


Es el Bloomsday de la crisis.
La novela de James Joyce Ulises, que detuvo para la historia la ciudad de Dublín en el día 16 de junio de 1904 desata, desde 1954, una celebración insólita en la capital de Irlanda.
Este año no han faltado los desayunos con riñones, las parrandas callejeras que recitan los textos de Joyce; no falta el humor tan joyceano, ni las excursiones de escolares pulcros, vestidos como hace un siglo, hasta la mítica Torre Martello.
No falta nada, pero sobre Dublín hay un manto de parálisis que Joyce describió y que regresa con él como un símbolo de esta fiesta. Aunque haga sol, y ayer vino y se fue, y volvió otra vez. Este Bloomsday, al que hace seis años se sumó una insólita troupe de escritores españoles, es el año de la crisis, el año del desorden mundial que a Irlanda le ha dado en el hígado, o en los riñones.

Vila-Matas: "Esta ciudad se salvó de la destrucción, cuando se dejó de construir"

En los carteles se leía: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica"
Los escritores españoles que vienen a Dublín a celebrar el Bloomsday, y que ayer tarde realizaron junto a la Torre Martello sus ritos de la Orden de Finnegans, le pusieron a este Bloomsday el apodo de "Lo Desorden". Como dice Enrique Vila-Matas, cuya reciente novelaDublinesca es una especie de vademécum de la Orden, ese "Lo" es como el "Lo Pelat del ex futbolista De la Peña". Pero aquí significa la evidencia "de que vivimos la consecuencia de los egoísmos mundiales, que han creado un orden perverso".
Eso lo dice Malcolm Otero, el editor de la Orden, a la que también pertenecen los escritores Eduardo Lago (el autor de [sic] el emblema de este año: "¡Vila Lo Desoden!"), Antonio Soler y Jordi Soler. Ellos coinciden: Joyce creó un orden con el Ulises, edificó su novela sobre los hombros de Leopold Bloom, "un héroe de la modernidad", y lo hizo vivir en una sociedad a la que tuvo que enfrentarse como Don Quijote y como Sancho a la vez. Anthony Burgess, un antecedente ilustre de esta visión, lo dijo en esta línea: "Bloom es todos los hombres modernos".
Pues si este hombre moderno es, en efecto, un irlandés afectado por Lo Desorden que estamos viviendo, ayer estaba en las calles de Dublín, "en medio de una ciudad que se salvó de su destrucción", decía Vila-Matas, "gracias a que de pronto ya no se construyó más". Así que, paradójicamente, lo poco que quedaba de la geografía del Ulises se mantuvo merced a la crisis que ahora acogota al Bloom que son los irlandeses.
Ese espíritu ante la crisis no está exento de la fiesta. "Aunque los irlandeses no somos como otros europeos: nosotros ponemos cara de preocupación y luego pedimos otra copa". Quien nos decía esto, junto al David Byrne, el pub más emblemático de los sitios de Ulises, estaba al frente de un coro que llamaba la atención sobre los que han llevado al paro al 15% de la población y al país al cesto de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España).
Decía este hombre, John Bissett, un trabajador comunitario que llevaba su Ulises en la mano: "La gente está deprimida, el capitalismo financiero nos ha puesto con la soga al cuello, y además no nos da margen para sacar al país del atolladero". Este será "el invierno de nuestro descontento", "será un tiempo muy severo para muchísima gente que en Navidad no tendrá cómo calentarse". ¿La solución? "No al FMI, que se vaya Trichet, que se acabe el socialismo para los ricos".
Todo eso que se decía con palabras ante el pub de Bloom lo decían los devotos de Joyce que paseaban con pancartas en las que se leían sucesivamente estas palabras que imitan el estilo del Ulises: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica y el señor Bloom dice no al FMI y al rescate capitalista".
¿Afecta esto al humor de la fiesta?. "No, a Bloom no se lo puede vencer", me dijo Daithi Downe, un joyceano que trabaja para un servicio que atiende a los que no tienen dónde vivir.
Los españoles de la Orden de Finnegans hicieron de su pasión por Joyce una jornada gozosa. Ellos gritan, antes de sus lecturas: "¡Gracias! Qué grandes estamos esta mañana". Estuvieron en todas las ceremonias, leyeron con los joyceanos, y armaron dama de la orden (hasta ahora no había mujeres) a Maura Walsh, la carnicera más elegante de Dublín. No pudieron cumplir el rito ni con Ray Loriga ni con Marcos Giralt Torrente, que por una u otra razón no fueron a Dublín. Fueron "espumados", que es una manera de "tacharlos un poco" de la Orden. La Orden no permite desórdenes, como Joyce, por cierto.


Canciones, lecturas y pintas de cerveza para celebrar a Joyce

Francesco Manetto Madrid 17 JUN 2007

El 16 de junio de 1904, Dublín amaneció soleado. Al menos en una de las novelas más representativas del siglo XX. En las páginas de Ulises,del escritor irlandés James Joyce, Leopoldo Bloom y Stephen Dedalus vagan por la ciudad de la mañana hasta la madrugada del día siguiente. Ayer, en cambio, Madrid estuvo cubierto de nubes. Pero la lluvia no deslució las celebraciones del Bloomsday, el día en que, desde 1954, decenas de miles de aficionados a Joyce recuerdan en todo el mundo las hazañas de sus héroes literarios. Eso sí, los más de 2.000 irlandeses residentes en la capital se tuvieron que conformar con un Irish Pub del centro.
"Después de San Patricio, éste es el día más importante para Irlanda. No es exactamente una fiesta nacional, aunque sí es una gran cita cultural internacional", explicaba ayer Peter Gunning, embajador de ese país en España. Junto a él, centenares de personas homenajearon al escritor, pinta en mano o vistiendo las camisetas verdes de la selección nacional de fútbol,
Para todos los auténticos forofos de la novela y los que no consiguieron pasar de las primeras páginas -"desde luego, el libro es bastante complicado", confesaba un grupo de chicas-, los actores interpretaron, en inglés y español, algunos de los pasajes más representativos de esaOdisea. La noche de Molly Bloom, el atrevido desayuno de "riñones de cordero a la parrilla" de Leopoldo Bloom, el capítulo dedicado a Circe, la discusión sobre Hamlet...
Entre una lectura y otra, organizadas en Madrid desde 2004 por Ray Smith y en las que participó también Beatriz Villacañas, profesora de la Universidad Complutense, algunos músicos añadieron un toque musical a la velada. Garrett and Colleen interpretaron, por ejemplo, un tema basado en el capítulo de Penélope que recordaba With or without you,
la canción de otra gloria nacional irlandesa: el grupo U2. Y, tal vez, alguno de los asistentes tuvo ayer la cita más importante de su vida. Igual que el mismísimo Joyce, quien, según la leyenda, eligió para su novela la fecha de una cita que tuvo con la camarera Nora Barnacle: precisamente el jueves 16 de junio de 1904.


Aromas de ausencia

Ian Gibson 22 JUNIO DE 2004


Lo primero que llama la atención son las fundas. La Isla Esmeralda se precia de ser un país literario, como se sabe, pero uno no estaba al tanto de que en los respaldos de los asientos de Aer Lingus figuran páginas de un raro y abigarrado manuscrito compuesto de frases sueltas de distintos autores, en alucinante mezcolanza de inglés y de celta. ¡Es demasiado! Con lectura tan peregrina ya nos fuimos preparando, al poco de despegar el avión rumbo a Dublín y los fastos del centenario del Bloomsday, para sumergirnos en el mundo enmarañado de Ulises y sus múltiples variantes y ediciones, dilucidadas en la magna exposición de la Biblioteca Nacional de Irlanda.
Dublín ha sido estos días una fiesta joyceana: conferencias, recitales, teatro al aire libre, un desayuno multitudinario para 10.000 comensales, simposios... y, por supuesto, infinitas conversaciones en torno al hombre y su obra. El 16, Bloomsday, le tocó a la capital un espléndido día mediterráneo -mar azul, cielo despejado y un sol que enrojecía la delicada piel de los incautos-, y las gentes acudieron masivamente a la torre de Sandycove donde, al borde de las olas "verdemoco", Joyce vivió los seis turbulentos días que inspiraron el primer capítulo de su genial novela. Entre los fans del escritor que hormigueaban por allí había un grupo de españoles que comentaban, animados, las alusiones a Andalucía contenidas en el monólogo de Molly Bloom ("hasta alude a Sierra Nevada", subrayaba uno de ellos).
Nada más aleccionador, para saber apreciar lo que tenemos cerca, que algunos días fuera. Tal vez sobre todo si, tras largo tiempo, uno regresa a su lugar natal. En Dublín fue imposible no pensar en el Machado que, veinte años después de abandonar Sevilla, vuelve un día a franquear la cancela de las Dueñas. ¿Qué sentiría entonces? El poema número VII de las Poesías completas algo nos dice al respecto. La fuente del patio no ha desaparecido, está todavía el limonero lánguido, pero hay en el ambiente un "aroma de ausencia" que hace imposible que el "yo poético" pueda captar, pese a sus esfuerzos, más que recuerdos convencionales. En otro poema temprano, y con evidente alusión a Freud, Machado afirma que "de toda la memoria / sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños". Sospeché en Dublín que apenas exagera.
La presencia española actual en la capital irlandesa se acrecienta conLa pelota vasca, que se está proyectando en la Filmoteca, y la reciente inauguración en la Galería Nacional, tras su éxito en El Prado, de los estupendos bodegones de Luis Meléndez. Nunca hubo panes e higos como los suyos, y esta coliflor da ganas de sentarse ya a la mesa. Se le augura a la exposición un éxito de público (La ironía, una vez más, es que el pintor murió pobre y desconocido.)
Después del Bloomsday volvió el tiempo veraniego habitual en Irlanda, y hubo que conformarse con los sunshowers, la mezcla de lluvia y sol que ha inmortalizado, en su versión inglesa, T.S. Eliot, y que es tan característica de Erin como el sirimiri del Norte español. He de confesar que en Dublín, pese a sus muchos atractivos, he soñado, como Molly, con el luminoso Sur.

Dublín bebe, come y ríe a cuenta de Joyce

La ciudad se convierte en una fiesta literaria y gastronómica por el centenario del Bloomsday

Miguel Mora Dublín 17 JUN 2004


Miles de dublineses revivieron ayer la jornada del judío Leopold Bloom del 16 de junio de 1904 narrada por James Joyce en Ulises. La celebración del centenario del Bloomsday fue una fiesta literaria y gastronómica en la que abundaron los disfraces de Leopold y Molly Bloom, la música y el humor. Fue una celebración a lo grande en la que lectores y aficionados recordaron a Joyce, que situó su novela el mismo día en el que conoció a Nora Barnacle y que no publicó hasta 1922 en París. En Madrid, el Círculo de Bellas Artes acoge hasta el 31 de julio la exposición Joyce y España, que aporta documentos inéditos y descubre la relación que el escritor mantuvo con autores y artistas españoles.

Mitad fiesta literaria, mitad verbena popular glotona y borrachuza, Dublín celebró ayer el centenario del Bloomsday por todo lo alto bajo un sol y un calor impropios de su fama y entre carcajadas, lecturas, disfraces, teatro callejero, larguísimas colas para trincar bocadillos de casquería surtida y música como le gustaba a Leopold Bloom. Entre la morcilla con mostaza, beicon con salchichas y los inevitables toneles de cerveza Guinness, la capital irlandesa se puso ciega a conmemorar los cien años de las odiseas dublinesas de Bloom y Stephen Dedalus. Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo ni lo solemne y en la que participaron miles de personas que tomaron del Ulises su parte más accesible, su lado más humorístico, esos monólogos y diálogos del habla local tan sabiamente dibujados por Joyce, y toda la tramoya satírica que el autor utilizó para retratar a unos paisanos que, por lo visto, siguen siendo los mismos.

"Todas las dublinesas tenemos el espíritu de Molly Bloom, somos muy terrenales"

Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo
La celebración trata de reproducir cada año con exactitud erudita el recorrido callejero de casi 29 kilómetros, ocho de ellos a pie, que realizó el pobre Bloom en apenas 18 horas, desde las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada del día siguiente. Joyce situó la acción el 16 de junio porque fue ese día el que conoció a la que sería su mujer, la camarera de hotel Norma Barnacle. Así que a las ocho en punto unos fanáticos heroicos se bañaron en el mar de Irlanda junto a la torre Martello, en Sandycove, a nueve millas del centro de Dublín, y luego, una vez vestidos, pasaron a hacinarse en las estrecheces de la torrecilla para comenzar la lectura de la novela por el principio: cuando Buck Mulligan aparece vestido con una bata amarilla y se afeita mientras habla con Dedalus en la azotea de esa misma torre que hoy es un museo minúsculo.

Sólo media hora después empezó el desayuno pantagruélico a lo largo de toda la calle North Grate George, en el puro centro de la ciudad, donde tiene su sede el James Joyce Center. A esa temprana hora, cientos de personas estaban ya de romería y dándole a la Guinness como si fueran las tres de la mañana. Había señoras disfrazadas de Molly Bloom, señores con el bombín ridículo de Leopold, un señor que había venido andando desde Cork (cinco días de viaje) para celebrarlo, un clónico de Joyce con el parche y el monóculo negro en el ojo izquierdo, unos señores muy trajeados leyendo dentro la novela a toda pastilla como si se la supieran de memoria, una Molly metida en una cama paseando lujuriosa con la cama a cuestas, unos actores estupendos interpretando fragmentos de la novela en diversos escenarios, uno de ellos un autobús patrocinado por la marca de salchichas preferida del protagonista de Ulises.

Desde el piso alto del autobús se asomó de repente una pelirroja guapísima de ojos azules. Era la enésima Molly Bloom, pero ésta recitaba con verdadero talento: "Le di todo el placer que pude". Son las últimas páginas de Ulises. Molly habla de Ronda, del barco perdido en Algeciras, de las castañuelas, de las chicas andaluzas y del moro guapísimo que la puso contra la pared: "Yes". Poco después, la actriz bajó del autobús: "Me llamo Sarah Jane Shields. Soy de Dublín y llevo cinco meses ensayando este monólogo y otro más. Es el segundo año que vengo, pero éste es mucho mejor que el anterior. Hay muchísima más gente".
Por el cielo grazna una gaviota, en una esquina hay unos títeres centenarios, bastantes señoras que se aproximan mucho, tenderetes con
merchandising, una caja con los 22 CD del Ulises leído, varios bebés rollizos y dos niñas siniestras con una muñeca -"la pobre se va a morir mañana de tuberculosis", dicen-. Las más graciosas son tres Mollys talluditas más anchas que largas:
-Me siento como si tuviera cien años menos, creo que pertenezco a aquella época más que a ésta.
-A mí también me hubiera gustado ser Molly, pero no hace falta. Todas las dublinesas tenemos su espíritu, somos muy terrenales.
-Sobre todo tú, princesa.
A las diez en punto llega la presidenta de la República, Mary McAleese. La aplauden un poco, se meten en el edificio y la invitan a "unos riñones de cordero con leve aroma a orina", y también a mantequilla amarilla, embutidos, mazapanes... La fiesta es un rito laico y cachondo, relajado y pacífico, excéntrico y muy divertido. ¿Qué pensaría Joyce si lo viera? "Probablemente, se descojonaría", dice Jeremy Tallin, un cineasta inglés que vive en Finlandia y ha venido a rodar un documental sobre el centenario. "Ayer fui a la perfumería donde compra el jabón un personaje de la novela y me di cuenta de que es un libro para enfermos, para especialistas y fanáticos. De repente llegó un tipo a comprar ese jabón, y luego otro a lo mismo, y allí estábamos los tres hablando como unos perturbados sobre el puto jabón del Ulises. Ridículo, tío, totalmente ridículo".
En fin, quizá un poco, sobre todo si nos imaginamos la traducción española del asunto con las fuerzas vivas disfrazadas el día del Quijotey los académicos tomando queso manchego alrededor de los molinos. Pero el caso es pasarlo bien un rato, devolver algo de cariño a la gloria nacional que tanto prestigio ha dado a las letras de su país y tantos beneficios y turistas a su economía, hacerle llegar hasta su tumba en Zúrich que cien años después de su exilio Irlanda quiere por fin a James Joyce y, sobre todo, se ríe con él, bebe en su honor, se pone ciego a comer "los órganos internos de las bestias" como su antihéroe Leopold, ese judío marginal al que este pueblo, católico a ultranza, se entrega cada 16 de junio como si fuera un dios.