Showing posts with label Alice Munro. Show all posts
Showing posts with label Alice Munro. Show all posts

Tuesday, December 31, 2013

2013 / Los diez mejores libros del año según Babelia


2013

Los 10 mejores libros del año de Babelia

La elección se realizó de entre todos los libros reseñados a lo largo del año en el suplemento. El primero de la lista obtiene 10 puntos y la puntuación continúa en orden decreciente

El País, 28 DIC 2013 


56 críticos y periodistas de Cultura de El País han participado en la votación para elegir los mejores libros del año. De la burbuja inmobiliaria a las redes sociales, de la Rusia de Putin a la tensión nacionalista en España, el resultado es el siguiente:

1- En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 

El escritor Luis García Montero recrea la obra ganadora. Considera al autor valenciano como uno de los novelistas españoles que mejor cuenta la realidad porque lleva muchos años persiguiendo su sentido. La intimidad de los personajes, el decorado de las vidas privadas y las historias públicas se tejen en un universo narrativo que ordena e interpreta ese argumento llamado España. La dimensión ética perfila la mirada y el vocabulario de Chirbes. Su poder es inseparable de la búsqueda de sentido, de la lucidez.



2- Limónov. Emmanuel Carrère.Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama
Limónov: he aquí un hombre que acumula, como los escritores malditos, experiencias (mayordomo, mercenario, político, poeta, mendigo, preso en campos de concentración, cabeza rapada) en distintos lugares (Ucrania, Nueva York, París, los Balcanes, Rusia) con una idea clara: no colaborar con las verdades oficiales. Es por eso por lo que podría ser el héroe que a él le gustaría, un Rimbaud possoviético, o el héroe que necesitamos nosotros, uno que dinamite este Sistema represor, pero gracias a Emmanuel Carrère, que le sigue la pista, le entrevista y se documenta exhaustivamente para construir este fascinante reportaje novelístico, nos damos cuenta de que, en realidad, Limónov es un pobre tipo carcomido por unas contradicciones que le superan. Y salvaje como un cable de acero suelto dando latigazos al azar, no como una fiera dueña de su musculatura y su energía. Pura fuerza impura que Carrère sabe domar con una prosa y un ritmo geniales.

3. Obra completa. Blas de Otero.Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Como su paisano Unamuno, Blas de Otero ha pasado por escritor bronco y de traza casi metalúrgica, siendo heredero de Juan Ramón, virtuoso del verso y, quizá junto a Ory, el sonetista más dotado de su generación. Como Antonio Machado, ha sufrido el mohín desdeñoso de los exquisitos, desconfiados de sus jaleadores antifranquistas, cantautores incluidos. Pero no se puede tapar el sol con el dedo de los prejuicios: Obra completaes fruto de un poeta excepcional. En sus primeros libros dislocó ritmo y sintaxis para poner música al estertor existencial. Antes de quedar fosilizado en el traje retórico para funcionarios de la desesperación, rebajó el patetismo en aras de la poesía coral, pidió la paz y la palabra y escribió En castellano (que publicó en francés para sortear la censura:Parler clair). Nunca desertó de la luz del lenguaje: sus últimos libros, varios de ellos inéditos, muestran al vivo la almendra de la conciencia personal y la fraternidad humana.

4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral
Entre las novedades bibliográficas sobre la crisis publicadas durante este último año, que casi están a punto de crear una nueva burbuja como la inmobiliaria, destaca el exitoso ensayo de Antonio Muñoz Molina en el que se realiza una reflexión —en clave de denuncia— de lo que no vimos o no quisimos ver antes de 2007. Es decir, y a modo de ejemplo, negocios fáciles al amparo del poder político y derroche del dinero público en infraestructuras superfluas y en exaltación de la fiesta y el ocio. La excelente prosa de este ensayo pone por escrito la situación traumática a la que hemos tenido que enfrentarnos el común de los mortales en los últimos seis años e incita a examinar los factores que han ido mermando el impulso que ha permitido a España, a pesar de la actual crisis, vivir el periodo más largo de prosperidad y democracia de su historia. Luis Perdices de Blas

5. Canadá. Richard Ford. Anagrama


El potente comienzo de Canadá —“primero comentaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después”— me hizo creer que leería sobre hechos, la intriga descifrándose y la letra deslumbrante de Richard Ford contándomelo. Me equivoqué, no en el brillo de la letra que seguía intacto, sino en la sencillez resolutiva que de antemano le atribuí a la novela y que se desvanecía según hablaba Dell Parsons, un sexagenario profesor regresando a la primavera de 1960, cuando comenzaron a fraguarse los sucesos, y él y su melliza Berner tenían 15 años. “No siempre vamos a sitios. A veces acabamos en ellos”. Great Falls, Montana. El atraco. Meses después, Fort Royal, Canadá: los asesinatos. Canadá en su intriga intimista y turbadora contiene una carga de profundidad imposible de esquivar. Está el desarraigo, la conversión de hechos decisivos en secundarios, los herrumbrosos paisajes que incluye casas y espacios interiores. Y duele el desvalimiento del presente. Sí, tomemos nota: “Hay que vivir como si cada día encerrara en sí mismo una pequeña existencia” o: “Asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder”. Un Ford imprescindible. María José Obiols

6.Mi vida querida. Alice Munro. Lumen
El noviazgo cruelmente abortado de una virginal profesora; el fugaz encuentro amoroso en un tren de una joven madre que huye de su matrimonio; ser poeta de provincias y asistir sola a una fiesta de intelectuales; celos mortales de una esposa setentona al aparecer en casa un ligue de juventud del marido octogenario: en cada uno de los 10 relatos de Mi vida querida Alice Munro asombra con la vertiginosidad con la que resume una existencia y la puntería con la que enfoca y amplía como con zum sus momentos clave. Sin preocuparse por la linealidad o la cronología, con artísticos saltos hacia delante o atrás, Munro llega al hueso del alma humana, y descubre con delicadeza el punto de inflexión de cada vida, su quebradura. La premio Nobel canadiense retrata personajes del montón, mujeres sometidas por familia, prejuicios de género o religión (estos últimos en una variante canadiense que pone los pelos de punta) y las salidas poco convencionales que encuentran. Lo extraordinario de su arte narrativo —el de una incontestada maestra de la elipsis— es su luminosa dimensión humana, con todas las aparentes pérdidas y dolores que contiene. Cecilia Dreimüler

 7. 14. Jean Echenoz. Anagrama
Elegante y poderosa es la nouvellecon la que Echenoz nos abisma en la Gran Guerra a las puertas de su centenario. Un cataclismo que el autor francés desgrana a lo largo de 15 capítulos con la eficacia narrativa y la ironía a las que nos tiene acostumbrados. Con la lupa sobre un puñado de personajes —cinco jóvenes de la Vendée francesa movilizados para la contienda y una mujer importante en la vida amorosa de dos de ellos— plasma con breves pinceladas esa catástrofe desencadenada por el hombre, sin el afán de elucidar las estrategias militares o los motivos por los que estalló la violencia. Muerte, devastación, mutilaciones: el horror bélico cabe en apenas un centenar de páginas cuya nítida prosa libre de hipérboles, ampulosidad o redundancias incide en el lector con la exactitud de un escalpelo. 14 es una pieza concentrada, sobria y delicada acerca del zarandeado destino de los individuos en tiempos de calamidades que deja el eco distintivo de la buena literatura. Marta Rebón

 8.Sociofobia. César Rendueles.Capitán Swing
Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, de César Rendueles, es una rara avis. Es una aportación de nuestro pensamiento a un debate actual dominado por autores anglosajones. La obra ha tenido una difusión sorprendente, para tratarse de un libro de ensayo, que aunque sea accesible exige atención y discernimiento de sus lectores, y ya va por su tercera edición. Por otra parte, ha recibido reseñas críticas extensas y razonadas, aunque no necesariamente de acuerdo con sus postulados.Sociofobia analiza y critica la ideología tecnófila que impregna nuestra sociedad, y muy concretamente sectores de ella empeñados en su cambio. Así, afirma que la tecnología no conduce automáticamente a transformaciones sociales liberadoras. En un contexto de relaciones sociales fragilizadas, los vínculos que crean las redes parecen insuficientes para hacer aquello que se espera de una sociedad: que sea un sistema de ayuda mutua entre sus miembros. José Antonio Millán

9.Intemperie. Jesús Carrasco.Seix Barral
Todo es furtivo y sin embargo todo sucede en la inmensidad de una llanura, en larguísimas travesías desérticas, en poblados abandonados como si la geografía de la desesperanza hubiese encontrado una nueva patria. Las figuras del cabrero y el niño huido se ligan con una inverosímil fibra emocional, pero el acoso al que esta novela somete al lector es frío y metódico, como si contar la rapiña humana y el desvalimiento solo pudiese hacerse contra el patetismo sentimental. Es novela de espacios sin metáfora, es fulgurante y precisa en su paisaje yerto, de vitalidad tan mineralizada que no queda rastro de ella y si existe se agosta hasta desaparecer. La violencia acecha con una pureza que equipara paisaje humano y moral a través de la mirada fríamente arrebatadora de un narrador que cuenta con un lector cobijado y protegido, e incomprensiblemente culpable de la vida calcinada.Jordi Gracia

 10. Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. José Álvarez Junco (coordinador). Crítica / Marcial Pons
 A veces,las medicinas llegan cuando los enfermos más las necesitan. En los últimos meses los trabajos de autores como los que firman este libro, pero también Andrés de Blas, Juan Pablo Fusi, Antonio Morales, Javier Moreno Luzón o Xosé Manoel Núñez Seixas, han visto la luz para iluminar un páramo aparentemente oscuro. Había importantes lagunas para asentar un conocimiento serio sobre los discursos y los mitos que han fundamentado el nacionalismo español y la construcción de las distintas historias de España, pese a los esfuerzos de clásicos como Vicens Vives, o los más recientes de Santos Juliá, Ricardo García Cárcel y Sisinio Pérez Garzón. En este libro hay rigor, exhaustividad, buena escritura, orden y hasta humor. Y habla de España sin olvidar sus “partes”. Hoy, más que casi nunca, un libro como este. Jorge Martínez Reverte




Tuesday, October 29, 2013

Alice Munro / Narro la vida sin engaños





Alice Munro

"Soy insegura y fácilmente impresionable, pero narro la vida sin engaños"

Semblanza íntima de una autora que hizo del aislamiento el fundamento de su singularidad y de su intransferible estilo
Por Livia Manera | Corriere della Sera
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Decía Alice Munro en una infrecuente entrevista que nos concedió hace nueve años (puede decirse incluso que las entrevistas a Munro se cuentan con los dedos de una mano), que "cuando se crece en un lugar donde no tenemos rivales, una se hace una idea exagerada de lo que puede lograr en la vida."
Puede parecer una frase arrogante, incluso viniendo de una escritora que ha hecho cosas realmente excepcionales en la vida, sobre todo tras haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero intenten imaginar el contexto en que creció esta reina del relato breve, que a los ochenta y dos años es la estrella más brillante de la literatura canadiense: una pequeña granja en una zona habitada por prostitutas y contrabandistas de alcohol, en los márgenes de una región del estado de Ontario Occidental. La vida social, inexistente. La madre, enferma de Parkinson desde los cuarenta años, debe ser asistida por su hija de doce. Vecinos llenos de prejuicios: metodistas, protestantes, presbiterianos, anglicanos. Una pésima escuela de campaña donde los varones te hacen la vida imposible. Y una educación fundada sobre la base de que si después de haber terminado de lavar, planchar, cocinar, ordenar y ayudar a la madre enferma, todavía te quedan ganas de hacerte la inteligente, tu padre te agarra a lonjazos con el cinto.
Lo cuenta Alice Munro en su último libro, Mi vida querida, en cuyos cuatro cuentos finales, "que no son realmente historias. sino que son lo primero y lo último que tengo para decir de mi vida". Y que por lo tanto ella misma anuncia como fragmentos autobiográficos, reveladores, por no decir directamente indiscretos, cuando en verdad contienen lo que de su historia ya habíamos entendido leyendo entre las líneas de las trece colecciones de cuentos anteriores: la cría de zorros y visones de su padre, que quebró durante la Gran Depresión; las aspiraciones sociales de su madre maestra, el impacto de la enfermedad, la hermanita menor que Alice fantasea con estrangular en su cuna, el deseo de escaparse de su casa. "Cosas que si hubiese puesto todas juntas en una ficción, habrían sido demasiado", escribe hoy Munro, contradiciendo la opinión de tantos escritores autobiográficos para quienes la vida no basta, y la página parece falta de color si no se le agrega un poco de inventiva.
De hecho, puede decirse que Alice Munro logró escaparse de su casa dos veces. La primera, cuando se casó, muy joven, y tuvo tres hijas, abandonó la universidad sin recibirse y vivió en Vancouver primero y en Victoria después, escribiendo como otro grande del relato, Raymond Carver, en las pausas de una vida doméstica que, como máximo, le permitía escribir narrativa breve. Y la segunda, cuando se divorció a los cuarenta años y pudo dedicarse verdaderamente a la escritura con el apoyo de su segundo marido, el geógrafo Gerald Fremlin, junto a quien se quedó hasta su muerte, hace pocos meses.
"Intenten entenderme. Mi marido y yo teníamos una regla: no permitir que nuestra vida y nuestra casa fuesen invadidas por nada que fuese resultado de mi trabajo", me había dicho Munro en la época de nuestra entrevista, para justificar el hecho de que, aunque había aceptado hablar de sí y de su libro de aquel momento, Escapada, prefería hacerlo por teléfono. Y cuando le preguntamos si vivir en las afueras de un pueblo de tres mil habitantes junto al lago Huron no la hacía sentirse aislada, ella respondió: "Si viviera en un lugar más grande, donde hubiesen otros escritores, creo que no los frecuentaría. Tengo una personalidad más bien impresionable, en el sentido de que me dejo influenciar fácilmente por las personas que tienen más carácter que yo. Para colmo, no soy una persona particularmente instruida, y mi apego a la escritura es un poco frágil. Si alguien me dijese que estoy por el camino equivocado y me diese argumentos convincentes, sentiría que debo dar un paso atrás. No cambiar de idea, sino dar un paso atrás, para reencontrarme con mi seguridad de escritora". Ésa es la fuerza de Alice Munro: no cambiar de idea, sino apostarlo todo a la propia singularidad fundada sobre el aislamiento. ¿Y qué ha surgido de esa forma de ir sumisamente contra las reglas? Un estilo "que debe ser como el agua transparente, y sincero, por más que un escritor no sea nunca sincero del todo". Se trata de una "indagación emotiva "que muestra lo complicadas que son las cosas, y sorprendentes, porque es así como yo veo la vida", dice Alice Munro.
"Quiero emocionar a las personas con sorpresas, pero no con trucos. Quiero que los lectores piensen: sí, la vida es así. Porque ésa es mi reacción frente a la literatura que más me gusta: una sensación de maravilla y asombro. No es el sentimiento de felicidad que te da un libro escrito para suscitar felicidad, sino una sensación de gratitud por haber visto la vida de un modo tan intenso, a través de la escritura".
  • Periodista cultural, la italiana Livia Manera ha realizado un importante proyecto televisivo de entrevistas con autores norteamericanos.
Traducción: Jaime Arrambide.

Monday, October 28, 2013

Alice Munro / Misterios cotidianos

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena
Alice Munro
MISTERIOS COTIDIANOS

Por Raquel Loiza
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Hay escritores que se desarrollan siempre por una misma senda. Otros, en cambio, toman rumbos variados. Sin duda Alice Munro pertenece al primer grupo. Cuentista excepcional, en su obra la realidad y la ficción se entrelazan. Sus relatos evocan siempre los mundos existentes de los pueblos cercanos a Ontario (Canadá), donde siempre ha vivido, pero además de una evocación de esos mundos de provincia, la autora los trasciende para convertirlos en obras de notable calidad artística.
Las referencias autobiográficas y su definida vocación de escritora siempre están presentes en sus libros. Por ejemplo, en la novela La vida de las mujeres (1971) dice: "La vida de la gente, en Jubilee como en todas partes, era aburrida, simple, asombrosa e insondable." y más adelante aclara: "Comprendí que lo único que podría hacer con mi vida era escribir [.]. Escogí a la familia Sheriff de forma impresionante, la condenaba a ser materia de ficción", confiesa. En el relato homónimo de su libro de cuentos Secretos a voces (1994) reflexiona: "Y su memoria se agitará, pero no acabará de desvelarle ese momento en el que parece estar contemplando un secreto a voces, algo que no te sobrecoge hasta que intentas contarlo".
La mujer es uno de los ejes de la obra de Munro, quien ha declarado respeto por Katherine Ann Porter, Katherine Mansfield, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Willa Cather, a quien menciona como una de sus autoras preferidas en el cuento "Arrastrado por la emoción" (de Secretos a voces). Pero también en sus relatos se recrea una amalgama de tipos y sucesos de una sociedad: paisajes, calles, personas, clases sociales, amor y soledad, anécdotas, nacimientos, muertes, vicisitudes de las guerras, lucha por la subsistencia, todo en una aparente calma sobre la cual, quizá, se cierne una tragedia que es retratada con maestría por la autora. Aguda observadora, Munro devela misterios cotidianos, vuelve visible lo invisible y presenta con vigor plástico los escenarios naturales.
La riqueza también consiste en su forma de narrar. Discreta, cáustica, sutil, cruel, sugerente en el pensar y el decir. La sobriedad y naturalidad de su lenguaje nunca son patéticas aunque el hecho sea trágico, como por ejemplo en "El amor es una mujer generosa" (1988), relato que da el título a uno de sus volúmenes. El enternecedor relato "Grava", incluido en Mi vida querida (2012), donde confluyen el recuerdo y el olvido, es otro ejemplo de cómo utiliza con maestría diferentes tiempos verbales. El realismo transfigurado en forma sensible de la escritora canadiense puede ser revivido por cada lector: su escritura se desliza sin esfuerzo, transcurre como agua límpida que nos deja ver el fondo.

Alice Munro / Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente


Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena




Alice Munro

"Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente"

La narradora canadiense habla, en este diálogo realizado poco antes de obtener el Premio Nobel de Literatura 2013, sobre el mundo rural del que proviene, en el que lo femenino cumplía un papel clave; rememora la compleja relación con sus padres y revela los rituales de una escritura que acecha el surgimiento de lo inesperado
Por Lisa Dickler Awano | The Virginia Quarterly Review
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Alice Munro, que ha ambientado gran parte de su obra en el sudoeste de Ontario, de donde es oriunda, es considerada desde hace mucho tiempo la más prominente escritora de ficción psicológica en lengua inglesa. Su constante innovación de la estructura del relato breve ha expandido nuestra comprensión de los alcances de esa forma narrativa. Durante sus 60 años de carrera, Munro ha publicado más de trece colecciones de cuentos y una novela, y recibió innumerables premios, incluyendo el Premio Internacional Man Booker, el Premio PEN/Malamud a la excelencia en ficción breve, y el Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios. El título de su última colección de cuentos, Mi vida querida, parece un adecuado suspiro de exasperación mezclado con alegría proveniente de una autora cuya escritura celebra la irreductible complejidad de la experiencia y las relaciones humanas. De hecho, cuando le pregunté cómo decidió el título, Munro explicó:
"Son dos palabras muy maravillosas para mí, porque las escuchaba cuando era niña, y significaban todo tipo de cosas. '¡Ay, vida querida!' a veces significaba nada más que uno estaba abrumado por todo lo que tenía que hacer. Me gusta el contraste entre eso y las palabras 'vida querida', que son tal vez una gozosa resignación, pero cuando decimos "querida" -la palabra-, no convoca tristeza. Convoca algo precioso."
Munro habla conmigo de su narrativa desde hace nueve años. Me descubro sonriendo de agradecimiento cuando me dice, en el transcurso de esta entrevista, que su trabajo muchas veces se inspira en la forma en que se hablan las personas entre sí y en la forma en la que cuentan sus historias. Me sorprendió que nuestras entrevistas compartieran algunos aspectos del modo en que ella estructura sus relatos.
Aunque Munro y yo jamás planeamos el rumbo que tomarán, las conversaciones suelen orillar un sendero similar al que ella toma en sus relatos autobiográficos incluidos en "Finale", la última parte de Mi vida querida: yo le pido que nos ponga en situación de uno de sus nuevos relatos o libros, y ella me responde conectando su relato o historia personal con hechos o circunstancias más amplios de la época en que ocurre la historia en cuestión, una técnica que confiesa admirar en Ancestors: A Family History, de William Maxwell. El cuento "Mi vida querida", por ejemplo, abre con una descripción geográfica del barrio en el que Munro creció. Cuando examino estos comentarios introductorios "factuales", sorprende que tengan tantos niveles de sentido y que sean tan reveladores del proceso creativo de la autora: echan luz sobre los motivos subyacentes de su obra y suelen ser la clave de ese libro o de ese relato.
Al igual que sus historias, nuestras conversaciones se zambullen en temas como la caracterización y la estructura, y dan giros sorprendentes en curvas cerradas e imprevistas. Podemos estar hablando, por ejemplo, de un aspecto menor de un relato, cuando de pronto sale a la luz un tema mayor o una trama de emociones subyacente. Cuando eso ocurre, Munro suele seguir ese camino pero en sentido contrario y explorar su transformación, tal como lo hace en su narrativa.
A veces una pregunta no conduce a ninguna parte y nos deja en silencio. Entonces Munro de pronto dice algo que me resulta inconexo. Lo que suele suceder es que poco tiempo después, cuando ya he trabajado con la transcripción de la conversación durante un tiempo, empiezo a encontrarle sentido al comentario y a ver cómo encaja en algo que tal vez discutimos antes o en otra entrevista, o cómo efectivamente sí estaba relacionado con lo que estábamos conversando en el momento que hizo el comentario, pero de un manera indirecta que yo no estaba listo para captar. Y al repasar sus comentarios finales, suelo encontrar conexiones inesperadas que me hacen volver al principio de nuestra entrevista, para oírla y escucharla de nuevo, en todos sus matices.
-¿Cuál es su proceso de escritura?
-Trabajo con lentitud. Siempre es difícil. Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas.
Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.
-Usted es una escritora muy lírica. ¿Sigue escribiendo poesía?
-Un poco y cada tanto, sí. Me gusta la poesía, ¿pero sabe una cosa?, cuando uno escribe prosa hay que tener cuidado de no intentar deliberadamente que sea poética. La prosa debe tener cierta aspereza, y actualmente me gusta escribir así. Me gusta escribir de un modo que. no sé. ¿que asuste un poco a la gente?
-También tengo la sensación de que le interesa mucho el folklore.
-Sí. pero nunca sabemos lo que nos va a interesar. Uno no lo decide de antemano. De pronto, uno se da cuenta de que quiere escribir sobre eso. Así que nunca pensé que me interesaría, pero lo cierto es que escucho mucho las historias que cuenta la gente, trato de encontrarles el ritmo interno y luego intento escribir. Pienso: ¿por qué esta clase de historias son tan importantes para la gente? Creo que seguimos escuchando un montón de historias que cuenta la gente y que supuestamente sirven para ilustrar alguna extrañeza de la vida. Y a mí me gusta recoger esas historias y ver qué me dicen a mí, o qué quiero hacer yo con ellas.
-Leí en alguna parte que se considera que el folklore es la forma narrativa de las mujeres.
-Creo que es cierto, que incluso después de que las mujeres aprendieron a escribir, aquellas que escribían y no eran tomadas en serio quisieron seguir contando historias. Las mujeres siempre pasaron mucho tiempo juntas, o al menos así era antes. Y recuerdo todas las cosas que hacían juntas cuando servían grandes comidas para alimentar a los hombres. Los hombres trabajaban en el campo, al volver -en mi infancia- se les servía una abundante mesa llena de comida. El gran orgullo de las mujeres era la abundancia y calidad de esa mesa, y después quedaba esa montaña de platos y vajilla que lavar. Y durante todo ese tiempo, las mujeres hablábamos entre nosotras. Es algo muy importante.
Pero por supuesto que todo eso pasó. Es una costumbre antigua -rural-, y no sé si las mujeres siguen hablando así o no. ¿Las mujeres hablan entre ellas? ¿Se las alienta a hacerlo o no? De todos modos, yo creo que donde sea que se juntan mujeres, hay una gran necesidad de contarse historias, una gran urgencia de decirse algo una a la otra, "¿Por qué crees que pasó esto?", "¿No es raro que haya dicho eso?" o "¿Esto qué significa?" Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente. Mientras que muchos hombres que conozco, o que alguna vez conocí, no tenían esa necesidad, sino que más bien prefieren seguir adelante y lidiar con lo que haya que lidiar sin preguntarse nada demasiado.
-Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve. ¿O el relato breve la eligió a usted?
-Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos ("Escapada"), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe "cómo puede ser". Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
-En el cuerpo de su obra los temas se repiten, anudando sus historias unas con otras a través de las distintas colecciones de cuentos. Incluso pensaba que "Escapada" podría haber sido el título alternativo de algunos de los cuentos de Mi vida querida, como por ejemplo "Tren".
-Sí, claro. Esa historia me interesó mucho porque creo que a veces las personas no entienden lo que tienen que hacer. Este hombre, Jackson (el protagonista de "Tren"), tiene que deshacerse de ciertos enredos personales, pero no sabe por qué, hasta que lo hace, y listo. Hay un elemento sexual en todo eso, pero no es lo único. Y yo creo que hay gente que es así.
-Pienso que hay un personaje de los que aparecen en Mi vida querida que realmente logra lo que quiere en la vida, y esa es Belle, también de "Tren".
-Sí, sí, claro, yo creo que ella sí. Y me encanta la manera en que ella se va volviendo cada vez más franca acerca de las cosas, a medida que toma más y más pastillas. Me cae muy bien Belle. Pero ella es una sobreviviente en un sentido raro, porque siempre tuvo todo en contra, lo pasó mal. Pero creo que hay muchas personas como ella, que aceptan lo que les toca y se fabrican con eso una buena historia. En otras palabras, ella no se siente despojada en la vida. Su existencia le resulta interesante. Para muchos, sería un completo fracaso, porque ella no lleva la clase de vida que una persona de su clase esperaría tener: no está casada y su vida es asexual desde hace mucho tiempo. Y sin embargo ella tiene algo. No es que lidie con lo que le pasa y nada más, sino que ha logrado tejerse con todo eso una vida propia. Y creo que es alguien que siempre logrará hacerlo. Yo conocí gente así, personas que parecen tener una especie de don para interesarse por las cosas que les pasan y para ser, hasta cierto punto, felices.
-Personas como usted.
-Me parece que yo soy mucho más tradicional.
-Pienso que su historia "Sin ventajas" ofrece algunas pistas de su éxito. En la descripción de Belle, siento que su éxito es similar al suyo. Usted atravesó por todas esas dificultades, y las convirtió en una oportunidad para escribir.
-Eso es cierto, pero también tuve mucha suerte. De haber nacido en una granja una generación antes, no habría tenido la menor oportunidad. Pero en mi generación ya había becas. Nadie esperaba que las chicas las solicitaran, pero una podía hacerlo. Me fue posible imaginarme a mí misma como escritora desde muy chica. Pero nadie más pensaba eso ni en esos términos. Igual yo no era una chica rara y nada más. También tenía que hacer mucho esfuerzo físico, porque mi madre no podía. Igual eso no logró demorarme. Pienso que en cierto sentido fui muy afortunada, porque si hubiese nacido, digamos, en el seno de una familia muy culta, una familia neoyorquina, por ejemplo, rodeada de gente que sabe mucho de literatura y del mundo de la escritura, me habría sentido totalmente disminuida. Me habría dicho: "Bueno, eso no puedo hacerlo, no es para mí". Pero como no viví entre gente que pensara nunca en la escritura, entonces fui capaz de decirme: "Bueno, esto lo puedo hacer".
-En el cuento "Mi vida querida", usted explora la paradoja de su relación con sus padres.
-Amor, y miedo y disgusto. Todas esas cosas a la vez.
-En sus trabajos recientes, vuelve una y otra vez al tema de su relación con su padre, un escritor consumado y una persona extremadamente sensible, así como un lector de por vida.
-Así era él, sí.
-Una persona que, en muchas de sus historias, aparece casi como un doppelgänger de usted misma, como joven escritora en desarrollo. Pero después está ese hecho inamovible, del que usted se niega a apartarse, y es que durante la infancia él le pegaba con un cinto.
-Eso es cierto. Y uno podría decir: "Bueno, en esa época era común, a la mayoría le pegaban de vez en cuando", y que en ese entonces pegarle a un chico con un cinto era en absoluto algo reprensible. A los chicos se los enderezaba a lonjazos, era de lo más natural. También estaba el factor de la pobreza, que hacía que se esperase que los niños contribuyeran a la economía doméstica con su trabajo, y no que fuesen sólo una cosa interesante de ver crecer, como parecen ser los niños ahora. Así que había que ser práctico y hacer lo que había que hacer. Y también era bastante aterrador y probablemente -mucha gente diría eso- era muy destructivo. Yo no puedo pensar de esa manera porque no. Sigo rechazando la idea y siento una especie de horror de mi misma por eso. Siento que yo era una persona que no valía, y así es como te hace sentir eso. Pero también me doy cuenta de que en ese entonces esas cosas pasaban, y que no tiene sentido sentir pudor por eso. Así como tampoco tiene sentido sentir pudor por el porqué debió suceder eso. Simplemente no había tiempo ni dinero para criar a los hijos teniendo en cuenta sus necesidades, ni de pensar por qué se portaban como se portaban. Y tampoco había tiempo para que los chicos fueran contestadores o malhablados. Simplemente no podían permitírselo, porque había que ocuparse, básicamente, de ganar lo suficiente para sobrevivir, y todos tenían que trabajar y aportar y ser útiles a la familia. Y como yo era una niña extremadamente rebelde, al menos tenía ideas que estaba ansiosa por largar por la boca, así que era contestadora con todo el mundo. Y todo eso era de lo más contraproducente para el ámbito familiar.
-La relación con su madre también fue paradójica.
-Y en cierto sentido, mucho más complicada. Porque básicamente yo era muy parecida a mi padre, pero no era como mi madre, y eso a ella la entristecía mucho.
-¿Debido a su enfermedad?
-No, no debido a su enfermedad. Ella estaba de acuerdo con los derechos de las mujeres y todo. Lo que pasa es que ella era muy, pero muy puritana, algo común en las mujeres de su época.
-Se diría que su mayor frustración con su madre fue por la actitud de ella respecto del sexo.
-Bueno, sí. Pero por supuesto que todo eso venía de vaya Dios saber dónde. La mayoría de las mujeres que eran ambiciosas, creo yo, sentían de alguna manera que el sexo era el enemigo, porque casarse era sepultar todas esas ambiciones. Quiero decir que lo peor que podía pasarle a una mujer, como solían decir, era tener que casarse, o sea, tener relaciones sexuales. Así que el sexo era algo que una debía estar segura de mantener bajo control.
-En el relato "Mi vida querida", usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
-Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, las historias de "Finale" son un trabajo consciente con la memoria, y no lo he hecho muy seguido porque creo que si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: "Bueno, ésta es mi versión de la historia. Esto es lo que yo recuerdo".
-Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
-Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa "superarlo"? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el "tú" de esas historias será un "tú" en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.
-Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
-Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.



Alice Munro / La vocación definitiva

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena

ALICE MUNRO

La vocación definitiva


Por Juan Fernando Merino
Cali, 17 de octubre de 2013


El Premio Nobel a Alice Munro ha sido celebrado por miles de lectores. Sus cuentos delicados exploran la fragilidad de la memoria, así como la intimidad de las relaciones entre hombres y mujeres.

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena


Y de repente, a sus ochenta y dos años, la vida irrumpió como un torbellino en la cotidianidad de la escritora canadiense Alice Munro: en lo que va del 2013, de hecho en los últimos siete meses y medio, la autora anunció que después de más de seis décadas se retiraba definitivamente del oficio de la escritura, falleció su segundo esposo, el geógrafo Gerald Fremlin, con quien había compartido los pasados treinta y siete años, y recibió, finalmente, el Premio Nobel de Literatura.


Sin duda un “año de pensamiento mágico” para Munro, parafraseando el título del libro que otra gran escritora norteamericana, Joan Didion, publicó a raíz de la muerte de su marido, y unos meses de sobresaltos inusitados para una autora que hasta entonces había llevado una existencia bastante sosegada –al menos en lo externo–, con poquísimos cambios de oficio, de rutina o de residencia. De hecho, la autora, siempre digna, elegante, sutilmente vanidosa, ha sido muy poco dada a aparecer en público, ofrecer entrevistas o asistir a eventos literarios, y siempre ha preferido compartir con su familia más cercana y sus pocas amistades el poco tiempo libre que le dejaba la escritura.

De cierta manera, Munro jamás se marchó de su aldea natal, en una zona rural de Ontario; y si bien asistió algunos años a la universidad, vivió un tiempo en Vancouver y con su primer marido tuvo una librería en Victoria, la mayoría de sus relatos se enfoca en las vidas de mujeres de comunidades agrarias del suroeste de su provincia. Para cerrar el círculo, en 1972 Munro regresó a su estado natal para quedarse a vivir y desde hace una veintena de años reside a muy pocos kilómetros del sitio en que nació.

A lo largo de su prolífica trayectoria, el medio de expresión privilegiado por la escritora ha sido el relato, un género que ha llevado a una nueva dimensión, complejidad emocional y riqueza, hasta el punto de ser llamada la Chejov canadiense. La Academia destacó su posición indiscutible como maestra del relato y añadió de manera muy diciente: “Munro es conocida sobre todo como autora de relatos, pero aporta tanta profundidad, tanta sabiduría y tanta precisión en cada una de sus historias como lo harían la mayoría de los novelistas en la totalidad de su obra”.

En los inicios de su carrera, la autora también quiso ser novelista, según ha confesado en algunas entrevistas, convencida de que hasta que no publicara una novela no sería tomada en serio como escritora. Pasado un tiempo, no obstante, aquello dejó de preocuparle y se concentró en hacer lo que mejor hacía y lo que hace mejor que nadie: relatar historias fascinantes basadas en las personas de los alrededores que ha ido conociendo a lo largo de su vida y situadas en aquel rincón del mundo que conoce al dedillo.

No es de extrañar entonces que en una de las primeras declaraciones después del anuncio del Nobel, una entrevista que le hizo Radio Canadá, afirmara que esperaba que el premio sirviera para que la gente tomara conciencia de la importancia del cuento como forma artística. “No se trata ni mucho menos de algo con lo que uno se entretiene hasta que le llega el momento de escribir una novela”, explicó.

Bienvenido sea el regreso de la preeminencia del relato después de tantas décadas en que ha sido relegado a un tercer o cuarto plano por parte de lectores y editores. Si aún se encontrara con nosotros, seguramente estaría brindando a su salud con un buen gin-tonic el gran cuentista estadounidense John Cheever, el “Chejov de los suburbios”, primer escritor en ganar el Premio Pulitzer por una colección de relatos.

De la miríada de apreciaciones de su vida y obra que han aparecido o reaparecido a raíz del premio, me quedo con esta aproximación de Antonio Muñoz Molina, publicada en el 2005: “Su atención cuidadosa y escrutadora a los sentimientos es un cristal transparente que no se empaña nunca de complacencia ni de sentimentalismo... En su escritura, tan limpia, está esa claridad en las percepciones, esa capacidad de revivir los pormenores de un objeto vulgar o de una planta o del plumaje de un pájaro y de transmitir el tono de una voz y las singularidades del habla de alguien”.

También me quedo con este párrafo que me escribe mi amiga la escritora neoyorquina Rolaine Hochstein, contemporánea de Munro y seguidora de su obra: “Aunque nunca publicó, hasta donde yo sé, un solo texto políticamente ‘feminista’, Alice Munro ha hecho más por resaltar la elevación de la mujer que cualquier otro narrador contemporáneo que yo recuerde. La sola pluridimensionalidad de sus protagonistas femeninos despoja de sentido cualquier ángulo simplista o evaluación convencional de su obra. La vida que imprime a sus personajes –lo que hacen y dicen, lo que sienten, la manera en que responden, en que imaginan, recuerdan o se las arreglan para seguir adelante con su existencia– ha ampliado la definición de lo que significa ser mujer, hasta el punto que resulta imposible toda definición. Y todo ello sin que empecemos a hablar de sus relatos absorbentes, resonantes…”.

Nacida en el seno de una familia puritana y humilde de granjeros emigrados de Escocia, Alice Munro decidió a la edad de once años que sería escritora, propósito del cual no se desviaría jamás, ni siquiera en la época en que debía ocuparse del cuidado del hogar y la crianza de sus hijos. En 1950 y mientras estudiaba Inglés y Periodismo en la Universidad de Western Ontario, publicó su primer relato “Las dimensiones de una sombra”, y aunque continuaría escribiendo intermitentemente –y destruyendo cientos de páginas que no consideraba suficientemente logradas– su primer libro de cuentos, Danza de las sombras felices, solo vendría a aparecer en 1968, y recibiría un reconocimiento casi inmediato, así como el Premio Gobernador General, el galardón más importante de Canadá.

En aquel volumen se vislumbraba ya el enorme talento de Munro y con una escritura tersa, elegante y en ocasiones un humor algo melancólico, aparecían muchos de los temas que han ido consolidando su universo narrativo: las relaciones entre padres e hijos, los contrastes entre la ciudad y el campo, los secretos que jamás se comparten o solo se comparten a regañadientes, las oportunidades perdidas y las repercusiones que tienen las enfermedades, el envejecimiento y la muerte en los individuos, las parejas y las familias.

En su segunda colección de relatos, La vida de las mujeres (1971), una serie de historias interconectadas que a veces se clasifica erróneamente como novela, Munro abordaría las peripecias del crecimiento emocional y los conflictos familiares de una joven que debe elegir entre la vida que desea llevar y la que pretenden imponerle las presiones de su entorno. 

La obra contaría también con una recepción entusiasta y a partir de entonces Munro continuaría publicando volúmenes de relatos, aproximadamente uno cada cuatro años, y recibiría muchos de los premios literarios más importantes del planeta, incluyendo el Prix Molson, el Premio Giller y en el 2009 el prestigioso Man Booker Prize. Solo le faltaba el Nobel, que por fin le ha llegado, para sorpresa de muy pocos y contrariedad de muchos menos. Con todo bombo y con todo merecimiento, pero también, irónicamente, de manera un poco tardía, cuando ya había decidido retirarse “para llevar una vida un poco más normal” y cuando ya no podrá celebrarlo con su compañero de media vida, Gerald, un geógrafo a quien había conocido en su época universitaria con quien se reencontró para almorzar cuatro años después de su divorcio y con quien decidió irse a vivir después de tres martinis, como contó la autora con una gran sonrisa en una de aquellas escasas entrevistas. Sería el comienzo de otra gran historia…




Alice Munro / Un cuento de Nobel



Ilustraciones de Triunfo Arciniegas

Fotografía ajena

Alice Munro, un cuento de Nobel

Cómo y por qué una canadiense es galardonada con el Premio Nobel de Literatura.


Por John Meza Mendoza
El Espectador, 18 de octubre de 2013


Alice Munro. /EFEAlice Munro. /EFE
El Premio Nobel de Literatura no es simplemente un reconocimiento a un autor y a sus obras. Con frecuencia el premio reivindica un país, una lengua, una región, un género literario o un grupo cultural o étnico; enfoca la mirada de los medios, de los especialistas en literatura y de los lectores hacia un tipo particular de textos y hacia una región del mundo. Así, cabe explorar hacia dónde se dirigen las miradas literarias al otorgar el premio por primera vez a una escritora canadiense, Alice Munro, una mujer de 82 años que escribe, desde hace más de cuatro décadas, colecciones de lo que ella misma denomina “algo así como relatos”.
Alice Munro nació en 1931 en Wingham, un pueblito situado en la provincia occidental de Ontario, una de las más importantes en la historia del país, con una población mayoritaria de habla inglesa. Su primera colección de relatos se publicó en 1968 con el nombre de Dance of the Happy Shades, luego de varios años de haber publicado en algunas revistas literarias locales. Munro hace parte de una generación de escritores anglófonos canadienses que han luchado por encontrar un público más allá de Canadá, incluso más allá de sus propias provincias y más allá de los ámbitos de la literatura anglófona. Como reitera con frecuencia Margaret Atwood, otra autora canadiense y lectora de Munro, el sistema literario canadiense en los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando Munro publicó su primera colección de relatos y su única novela, estaba lejos de ser prometedor. Los escritores se enfrentaban a un público que leía la gran literatura inglesa y estadounidense. Había que encontrar espacios de difusión de la literatura contemporánea escrita en lengua inglesa en Canadá y, además, era necesario establecer los temas y problemas propiamente canadienses de esa escritura. “Cuando Munro estaba creciendo en los años treinta y cuarenta, la idea de que una mujer de Canadá —pero especialmente de un pueblito del sudeste de Ontario— pudiera ser una escritora tomada en serio a lo largo del mundo era risible”, afirma Atwood.
Risible y al tiempo necesario, justamente porque pocas personas pensaban (o piensan) en Canadá como un lugar importante donde pudiera haber escritores, editoriales, revistas literarias, magacines, círculos de lectura… como un lugar apto para producir su propia literatura en lengua inglesa, aunque pueda parecer una exageración, considerando la importancia de Canadá en el contexto global. La literatura que se enseñaba en las escuelas, la literatura que tenía un estatus positivo, que era signo de un buen “gusto” literario, era la literatura de los siglos XVIII al XX de Inglaterra y Estados Unidos: eran la tradición ¿Qué había entonces en Canadá, en materia de literatura, que no hubiera en Estados Unidos o en Inglaterra? ¿Qué era lo canadiense en este contexto? ¿Cómo encontrar una tradición literaria propia a la cual aferrarse y ligarse? ¿Cuál era la historia de Canadá que había que contar? Estas preguntas son válidas tanto para Munro como para sus compañeros de generación, y aunque no siempre aparezcan explícitas en su escritura, deben considerarse como elementos clave para entender su posición estética y sus particularidades literarias, en la búsqueda de una literatura propia. Sobre estas preguntas se enfoca ahora la mirada con el reconocimiento del Nobel a una canadiense.
El nombre de Alice Munro ha ido conociéndose poco a poco —como es lógico, mucho más en contextos de habla inglesa— por la publicación de una docena de libros de relatos y de una sola novela, Lives of Girls and Women. La valoración de la literatura de Munro presenta una serie de contradicciones en cuanto a la definición del género que practica, a los temas y al estilo con el que los aborda. Con frecuencia la ficción de Munro se encasilla dentro el realismo psicológico, y se le menciona como una “maestra” del relato, sin tener en cuenta su origen, su trayectoria ni las preguntas a las que intenta responder en el contexto de la literatura canadiense contemporánea. La afirmación de que es una maestra del “género” debe entrecomillarse, pues la escritura de Munro es difícil de definir genéricamente. Sus ficciones son narraciones, en efecto, pero con forma híbrida entre la novela y el cuento como tal; incluso, los diversos relatos dentro de un mismo libro funcionan como episodios de una estructura de temas más general, al modo de la novela de Milan Kundera. Por su extensión tanto por su tono, por el tratamiento de las anécdotas su estilo, la forma que elige Munro es el producto de una búsqueda formal por darle una “marca al género del relato”; es una mezcla incluso contradictoria de elementos de la novela, del relato periodístico, de la prosa poética: “Ha ‘dado a luz’ a su propia variedad del relato”, afirma uno de sus críticos, Brad Hooper. En el prólogo a La vista desde Castle Rock, Munro es enfática al decir: “Estos son relatos”, solamente para añadir, a renglón seguido, que esto no implica pensar en una forma estable ni definida: “La parte de este libro que podría calificarse de ‘historia familiar’ se ha expandido hacia la ficción, aunque siempre dentro del marco de una narración auténtica. Y al desarrollarse, estas dos corrientes se aproximaron tanto que parecen confluir en un solo cauce, como ocurre en este libro”.
Así mismo ocurre con los temas y el tratamiento de las anécdotas en el estilo de Munro. Parece haber una especie de indeterminación con respecto a la forma en que los aborda. Con personajes aparentemente planos, la literatura de Munro no es completamente una literatura de las pasiones ni de la mente, no es una literatura que se adentre del todo en los pensamientos humanos. Una vez más, aparentemente; en realidad, el estilo directo y claro de sus frases hacen que el lector no se centre tanto en lo que está diciendo —la anécdota—, sino en cómo lo dice, de manera que incluso un alejamiento deliberado del drama de las pasiones humanas revela su existencia y su importancia. Al final de uno de los relatos de La vista desde Castle Rock, su protagonista no tiene nada más que decir, y la escritora señala el silencio como un ideal posible, efectivo: “Mary nunca hablaba de él, y sus sentimientos hacia él se convirtieron en asunto suyo y de nadie más”.
Sin más explicaciones que la frase misma, Munro opta por un laconismo cercano al silencio para denunciar lo evidente: los dramas humanos y el fracaso no deben ser contados, no hay tal necesidad. Esta otra ambigüedad se relaciona también con la culpa que debieran sentir algunos de sus personajes por no tener éxito sus propósitos de vida. En lugar de culpa o de sentencias morales con respecto a las acciones, hay un mero señalamiento de la complejidad de lo humano y de la imposibilidad de narrarlo: “Aquí hay una contradicción. Cuando uno escribe sobre personas reales, siempre se encuentra con contradicciones”, dice la voz de uno de los relatos de Munro.

Pero así como la culpa y la frustración no se muestran en su dimensión más profunda y dramática, la gracia, el perdón y la sanación tampoco aparecen como un ideal, como una pesada promesa futura: “la gracia desciende sobre nosotros sin ninguna acción de nuestra parte. En las obras de Munro la gracia abunda, pero se encuentra extrañamente disfrazada: nada puede predecirse. Las emociones emergen. Los prejuicios se desmoronan. Las sorpresas proliferan”, opina Atwood acerca de la introspección de Munro en lo humano. Los personajes van dándose cuenta del artificio de su vida, pero ello no constituye una revelación existencial, sino más bien la aceptación de su modo de ser. “Almeda ha notado que siempre se trata de una especie de charada con la gente; hay una tonta parodia, una exageración, una conexión perdida. Como si cualquier cosa que hicieran —incluso asesinar— fuera algo en lo que no creen, pero que no son capaces de parar”.
Se ha comparado a Munro, por un lado, con Faulkner y con otros escritores del sur de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo xx, por la introspección y el flujo de consciencia que logra en sus personajes; por otro, con el ruso Anton Chejov, por su manejo del cuento como género y por el efecto de realismo de sus relatos.
Cabe decir, sin embargo, que Munro en realidad reelabora ambas influencias conforme a sus propósitos: el flujo de consciencia no tiene la profundidad novelesca de Faulkner ni dispone del tiempo necesario para llegar a lo más íntimo de los personajes, y de ahí que Munro nos ofrezca más bien miradas fugaces a dicha intimidad. Por otro lado, el realismo a lo Chejov se desmorona por el llamado de atención de la propia autora sobre el carácter ficcional de la narración, por la conciencia de su material literario como invención.
Esto muestra que Munro no es simplemente una “maestra” consumada de un género y unas técnicas ya dadas. Su virtud radica, por el contrario, en ser una buscadora incansable de un lugar propio desde el cual hablar y de una forma literaria que exprese sus preocupaciones estéticas, búsqueda a la cual ha sido fiel a lo largo de su carrera. Esto, por supuesto, no puede separarse de su condición de canadiense ni de su condición de escritora. Las preguntas por lo propio —sin chovinismos ni radicalismos— desembocan en una literatura que muestra su pasado, sin la intensión de crear una genealogía que la vincule con las grandes tradiciones literarias, sino como un señalamiento al desarraigo, como una puesta en evidencia de la complejidad del origen. Y del presente. En este sentido, la ambigüedad y la contradicción, la celebración de lo pequeño, de lo simple y la posibilidad de construir lo propio invitan al lector a experimentar el mundo que lo rodea sin caer en existencialismos ni idealismos radicales.
La mayoría de historias de Alice Munro transcurren en el terruño de Sowesto, en el Condado de Huron, un lugar real a partir del cual configura su universo ficcional. Al igual que otros lugares literarios —como el Condado de Yoknapatawpha de Faulkner, o incluso Comala y Macondo—, Munro ha hecho célebre un paisaje cultural, le ha dado una forma específica para habitarlo. Así, las ficciones de Munro se enfocan en una identidad literaria siempre en proceso, indeterminada; en una literatura como la canadiense en lengua inglesa, que ha luchado por emerger en el contexto de la letras anglosajonas de la mano de escritores como Michael Ondaatje, John Kenneth Galbraith, Robertson Davies, Margaret Atwood, Marian Engel, Graeme Gibson y James Reaney, entre muchos otros. El hecho de otorgar el Nobel a Alice Munro es un reconocimiento a la búsqueda constante de la intimidad, de la simplicidad de las pasiones, los sufrimientos y la gracia humana.