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Monday, October 28, 2013

Alice Munro / Un cuento de Nobel



Ilustraciones de Triunfo Arciniegas

Fotografía ajena

Alice Munro, un cuento de Nobel

Cómo y por qué una canadiense es galardonada con el Premio Nobel de Literatura.


Por John Meza Mendoza
El Espectador, 18 de octubre de 2013


Alice Munro. /EFEAlice Munro. /EFE
El Premio Nobel de Literatura no es simplemente un reconocimiento a un autor y a sus obras. Con frecuencia el premio reivindica un país, una lengua, una región, un género literario o un grupo cultural o étnico; enfoca la mirada de los medios, de los especialistas en literatura y de los lectores hacia un tipo particular de textos y hacia una región del mundo. Así, cabe explorar hacia dónde se dirigen las miradas literarias al otorgar el premio por primera vez a una escritora canadiense, Alice Munro, una mujer de 82 años que escribe, desde hace más de cuatro décadas, colecciones de lo que ella misma denomina “algo así como relatos”.
Alice Munro nació en 1931 en Wingham, un pueblito situado en la provincia occidental de Ontario, una de las más importantes en la historia del país, con una población mayoritaria de habla inglesa. Su primera colección de relatos se publicó en 1968 con el nombre de Dance of the Happy Shades, luego de varios años de haber publicado en algunas revistas literarias locales. Munro hace parte de una generación de escritores anglófonos canadienses que han luchado por encontrar un público más allá de Canadá, incluso más allá de sus propias provincias y más allá de los ámbitos de la literatura anglófona. Como reitera con frecuencia Margaret Atwood, otra autora canadiense y lectora de Munro, el sistema literario canadiense en los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando Munro publicó su primera colección de relatos y su única novela, estaba lejos de ser prometedor. Los escritores se enfrentaban a un público que leía la gran literatura inglesa y estadounidense. Había que encontrar espacios de difusión de la literatura contemporánea escrita en lengua inglesa en Canadá y, además, era necesario establecer los temas y problemas propiamente canadienses de esa escritura. “Cuando Munro estaba creciendo en los años treinta y cuarenta, la idea de que una mujer de Canadá —pero especialmente de un pueblito del sudeste de Ontario— pudiera ser una escritora tomada en serio a lo largo del mundo era risible”, afirma Atwood.
Risible y al tiempo necesario, justamente porque pocas personas pensaban (o piensan) en Canadá como un lugar importante donde pudiera haber escritores, editoriales, revistas literarias, magacines, círculos de lectura… como un lugar apto para producir su propia literatura en lengua inglesa, aunque pueda parecer una exageración, considerando la importancia de Canadá en el contexto global. La literatura que se enseñaba en las escuelas, la literatura que tenía un estatus positivo, que era signo de un buen “gusto” literario, era la literatura de los siglos XVIII al XX de Inglaterra y Estados Unidos: eran la tradición ¿Qué había entonces en Canadá, en materia de literatura, que no hubiera en Estados Unidos o en Inglaterra? ¿Qué era lo canadiense en este contexto? ¿Cómo encontrar una tradición literaria propia a la cual aferrarse y ligarse? ¿Cuál era la historia de Canadá que había que contar? Estas preguntas son válidas tanto para Munro como para sus compañeros de generación, y aunque no siempre aparezcan explícitas en su escritura, deben considerarse como elementos clave para entender su posición estética y sus particularidades literarias, en la búsqueda de una literatura propia. Sobre estas preguntas se enfoca ahora la mirada con el reconocimiento del Nobel a una canadiense.
El nombre de Alice Munro ha ido conociéndose poco a poco —como es lógico, mucho más en contextos de habla inglesa— por la publicación de una docena de libros de relatos y de una sola novela, Lives of Girls and Women. La valoración de la literatura de Munro presenta una serie de contradicciones en cuanto a la definición del género que practica, a los temas y al estilo con el que los aborda. Con frecuencia la ficción de Munro se encasilla dentro el realismo psicológico, y se le menciona como una “maestra” del relato, sin tener en cuenta su origen, su trayectoria ni las preguntas a las que intenta responder en el contexto de la literatura canadiense contemporánea. La afirmación de que es una maestra del “género” debe entrecomillarse, pues la escritura de Munro es difícil de definir genéricamente. Sus ficciones son narraciones, en efecto, pero con forma híbrida entre la novela y el cuento como tal; incluso, los diversos relatos dentro de un mismo libro funcionan como episodios de una estructura de temas más general, al modo de la novela de Milan Kundera. Por su extensión tanto por su tono, por el tratamiento de las anécdotas su estilo, la forma que elige Munro es el producto de una búsqueda formal por darle una “marca al género del relato”; es una mezcla incluso contradictoria de elementos de la novela, del relato periodístico, de la prosa poética: “Ha ‘dado a luz’ a su propia variedad del relato”, afirma uno de sus críticos, Brad Hooper. En el prólogo a La vista desde Castle Rock, Munro es enfática al decir: “Estos son relatos”, solamente para añadir, a renglón seguido, que esto no implica pensar en una forma estable ni definida: “La parte de este libro que podría calificarse de ‘historia familiar’ se ha expandido hacia la ficción, aunque siempre dentro del marco de una narración auténtica. Y al desarrollarse, estas dos corrientes se aproximaron tanto que parecen confluir en un solo cauce, como ocurre en este libro”.
Así mismo ocurre con los temas y el tratamiento de las anécdotas en el estilo de Munro. Parece haber una especie de indeterminación con respecto a la forma en que los aborda. Con personajes aparentemente planos, la literatura de Munro no es completamente una literatura de las pasiones ni de la mente, no es una literatura que se adentre del todo en los pensamientos humanos. Una vez más, aparentemente; en realidad, el estilo directo y claro de sus frases hacen que el lector no se centre tanto en lo que está diciendo —la anécdota—, sino en cómo lo dice, de manera que incluso un alejamiento deliberado del drama de las pasiones humanas revela su existencia y su importancia. Al final de uno de los relatos de La vista desde Castle Rock, su protagonista no tiene nada más que decir, y la escritora señala el silencio como un ideal posible, efectivo: “Mary nunca hablaba de él, y sus sentimientos hacia él se convirtieron en asunto suyo y de nadie más”.
Sin más explicaciones que la frase misma, Munro opta por un laconismo cercano al silencio para denunciar lo evidente: los dramas humanos y el fracaso no deben ser contados, no hay tal necesidad. Esta otra ambigüedad se relaciona también con la culpa que debieran sentir algunos de sus personajes por no tener éxito sus propósitos de vida. En lugar de culpa o de sentencias morales con respecto a las acciones, hay un mero señalamiento de la complejidad de lo humano y de la imposibilidad de narrarlo: “Aquí hay una contradicción. Cuando uno escribe sobre personas reales, siempre se encuentra con contradicciones”, dice la voz de uno de los relatos de Munro.

Pero así como la culpa y la frustración no se muestran en su dimensión más profunda y dramática, la gracia, el perdón y la sanación tampoco aparecen como un ideal, como una pesada promesa futura: “la gracia desciende sobre nosotros sin ninguna acción de nuestra parte. En las obras de Munro la gracia abunda, pero se encuentra extrañamente disfrazada: nada puede predecirse. Las emociones emergen. Los prejuicios se desmoronan. Las sorpresas proliferan”, opina Atwood acerca de la introspección de Munro en lo humano. Los personajes van dándose cuenta del artificio de su vida, pero ello no constituye una revelación existencial, sino más bien la aceptación de su modo de ser. “Almeda ha notado que siempre se trata de una especie de charada con la gente; hay una tonta parodia, una exageración, una conexión perdida. Como si cualquier cosa que hicieran —incluso asesinar— fuera algo en lo que no creen, pero que no son capaces de parar”.
Se ha comparado a Munro, por un lado, con Faulkner y con otros escritores del sur de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo xx, por la introspección y el flujo de consciencia que logra en sus personajes; por otro, con el ruso Anton Chejov, por su manejo del cuento como género y por el efecto de realismo de sus relatos.
Cabe decir, sin embargo, que Munro en realidad reelabora ambas influencias conforme a sus propósitos: el flujo de consciencia no tiene la profundidad novelesca de Faulkner ni dispone del tiempo necesario para llegar a lo más íntimo de los personajes, y de ahí que Munro nos ofrezca más bien miradas fugaces a dicha intimidad. Por otro lado, el realismo a lo Chejov se desmorona por el llamado de atención de la propia autora sobre el carácter ficcional de la narración, por la conciencia de su material literario como invención.
Esto muestra que Munro no es simplemente una “maestra” consumada de un género y unas técnicas ya dadas. Su virtud radica, por el contrario, en ser una buscadora incansable de un lugar propio desde el cual hablar y de una forma literaria que exprese sus preocupaciones estéticas, búsqueda a la cual ha sido fiel a lo largo de su carrera. Esto, por supuesto, no puede separarse de su condición de canadiense ni de su condición de escritora. Las preguntas por lo propio —sin chovinismos ni radicalismos— desembocan en una literatura que muestra su pasado, sin la intensión de crear una genealogía que la vincule con las grandes tradiciones literarias, sino como un señalamiento al desarraigo, como una puesta en evidencia de la complejidad del origen. Y del presente. En este sentido, la ambigüedad y la contradicción, la celebración de lo pequeño, de lo simple y la posibilidad de construir lo propio invitan al lector a experimentar el mundo que lo rodea sin caer en existencialismos ni idealismos radicales.
La mayoría de historias de Alice Munro transcurren en el terruño de Sowesto, en el Condado de Huron, un lugar real a partir del cual configura su universo ficcional. Al igual que otros lugares literarios —como el Condado de Yoknapatawpha de Faulkner, o incluso Comala y Macondo—, Munro ha hecho célebre un paisaje cultural, le ha dado una forma específica para habitarlo. Así, las ficciones de Munro se enfocan en una identidad literaria siempre en proceso, indeterminada; en una literatura como la canadiense en lengua inglesa, que ha luchado por emerger en el contexto de la letras anglosajonas de la mano de escritores como Michael Ondaatje, John Kenneth Galbraith, Robertson Davies, Margaret Atwood, Marian Engel, Graeme Gibson y James Reaney, entre muchos otros. El hecho de otorgar el Nobel a Alice Munro es un reconocimiento a la búsqueda constante de la intimidad, de la simplicidad de las pasiones, los sufrimientos y la gracia humana.







Sunday, October 13, 2013

Alice Munro / Un Nobel para el gran cuento de la vida



Alice Munro, 

un Nobel para el gran cuento de la vida

La escritora canadiense de 82 años gana la mayor recompensa literaria poco después de anunciar su retirada

"Maestra del relato contemporáneo, su estilo es claro y de un realismo sicológico", ha dicho la Academia



Alice Munro, en la cocina de su casa de Clinton, en Ontario, Canadá, en junio pasado. / IAN WILLMS (THE NEW YORK TIMES)
Cuando Alice Munro publicó su primera colección de cuentos, Dance of the Happy Shades,en 1968, la literatura canadiense en lengua inglesa apenas existía. Algunos grandes clásicos —Robert Service, Stephen Leacock, Lucy Maude Montgomery, Mazo de la Roche— habían insinuado la posibilidad de una literatura propia de las ex-colonias de América del Norte, pero faltaba establecer una reconocible (y reconocida) identidad literaria.
Con perseverante determinación, algunos jóvenes escritores de lengua inglesa se lanzaron a la grandiosa empresa de fundar una literatura nacional. Los escritores de lengua francesa debieron sobrellevar obstáculos diferentes para llevar a cabo la misma empresa: el menoscabo de la dominante sociedad anglófona, el desprecio de laVieille France hacia la Nouvelle. Los anglófonos, en cambio, tuvieron que tratar de hacerse visibles a la sombra de dos avasalladores gigantes: Inglaterra y Estados Unidos. Tan menoscabada era su identidad nacional que hasta mediados de los años ochenta todo escritor publicado en inglés debía firmar un contrato en el cual el Canadá aparecía como un territorio perteneciente a uno u otro imperio literario.
Gracias a los esfuerzos de una pequeña banda de amigos —Margaret Atwood, Graeme Gibson, Denis Lee, Alice Munro y algunos pocos más— empezaron a aparecer librerías especializadas en la producción del país, editoriales nacionales como MacLelland & Stewart y Coach House Press, y la Unión de Escritores Canadienses, fundada en 1973. Para ofrecer una suerte de manual de identidad intelectual a sus conciudadanos, Atwood, bajo la influencia del gran crítico canadiense Norhrop Frye, publicó en 1972 Survival, explicando no solo el mito central de su país —el de la víctima que intenta sobrevivir en medio de una naturaleza inhóspita— sino también una guía práctica de lugares donde adquirir libros, películas y discos del Canadá. El grupo consiguió imponer un sistema de becas provinciales y federales, y un apoyo gubernamental a la difusión de obras canadienses.

El genio literario de Munro fue reconocido desde su primer libro, que obtuvo el mayor galardón literario del país, el Premio del Gobernador General
La contribución de Alice Munro a esta empresa intelectual fue menos política y más literaria. Nacida en 1931 en el sudoeste de la Provincia de Ontario, se casó muy joven con un librero de la Columbia Británica, cuyo apellido siguió usando después de su divorcio en 1976. Durante su estadía en la costa oeste, ocupándose con su marido de la librería y de sus tres hijas, Munro empezó a escribir cuentos y a enviarlos a la CBC, la emisora de radio nacional donde, gracias a los esfuerzos de los jóvenes fundadores, se leían (y pagaban) los textos de escritores nacionales. El más dinámico promotor de esa generación fue Robert Weaver, quien difundió, aconsejó y apoyó la obra de muchos autores hoy célebres, entre ellos Munro.
El genio literario de Munro fue reconocido desde su primer libro, que obtuvo el mayor galardón literario del país, el Premio del Gobernador General. A partir de esa publicación inicial, todos sus libros, sin excepción, fueron aclamados por la crítica, tanto en Canadá como en el resto del mundo anglófono, y la prestigiosa e influyente revista norteamericana The New Yorker comenzó a publicar sus cuentos con asombrosa regularidad. Cynthia Ozick la calificó de “nuestro Chéjov”: la comparación es exacta, no solo por la destreza con la que Munro construye sus narraciones, sino también por que raramente busca un terreno de exploración más allá de su rincón natal.
Hay cuentistas magistrales (Hemingway, Kipling, Cortázar) cuyo campo de acción es la tierra entera; otros, en cambio (Chéjov, Rulfo, Flannery O’Connor) no buscan viajar más allá de su horizonte físico. A estos últimos, el rincón familiar les basta para analizar, describir y ensalzar la condición humana entera. Para Munro, si bien escribió algunos cuentos que ocurren en otras partes de Canadá, y alguno que otro en Estados Unidos, el mundo se resume a la región sudoeste de la provincia de Ontario, tierra agrícola de sus ancestros inmigrantes británicos y europeos, de un protestantismo duro, condicionado por la versión eclesiástica local llamada United Church of Canada, donde indudables valores morales como la honestidad, la modestia y la perseverancia se mezclan con una suerte de desdén por el éxito público, eso que el novelista Robertson Davies (otro gran escritor de la misma región) llamóSouthern Ontario oafishness y que podría traducirse por “torpeza intelectual” de los habitantes de la zona.
Los hombres, mujeres y niños (pero sobre todo mujeres) del mundo literario de Alice Munro se afanan en los pequeños trajines de la vida cotidiana. Nacen, viven y mueren dentro de marcos previstos desde siempre, y si en estos irrumpen (como siempre lo hacen) las sorpresas del azar y de lo casi imposible, nunca sienten que sus tragedias puedan tener ecos universales. Es el lector quien entiende que en la desdicha de una pareja común y corriente se han deslizado las pasiones de Macbeth y de su reina, o los amores imposibles de Lancelote y Ginebra; que en la historia de una mujer al borde de la locura resuena la tragedia de Medea; que la crónica de una traición adolescente relata la misma que pudo sufrir Andrómaca o Ifigenia. No es que tales mitos sean jamás explícitos en los cuentos de Munro, quien rechaza enérgicamente la noción de símbolo o alegoría en su obra, pero hay en sus narraciones una suerte de intuición de algo mucho más antiguo que el trozo de provincia que elije describir. La minuciosa construcción de ese mundo —la exactitud de un gesto de despedida, de una palabra apenas pronunciada, de la forma de una taza o del color de un muro— parecería reivindicar un realismo documentario, una arqueología del presente. Sin embargo, es lo contrario: esa precisión encubre una generalidad ancestral, una verdad válida para todos, un secreto a voces. El lector nunca siente que se trata de un virtuosismo mimético, de color local. Sin duda, los personajes de Munro viven en un lugar y un tiempo precisos, pero también en todos los lugares y todos los tiempos.
Cuando la conocí, me decepcionó. No quería hablar de literatura, ni mucho menos de su obra; apenas aventuraba un juicio sobre algún libro que había leído, pero raramente sobre un contemporáneo. En cambio, me di cuenta de que observaba cada detalle de la gente que nos rodeaba, los gestos que yo hacía, alguna particularidad del café en el que estábamos. En uno de sus mejores cuentos, Material, una escritora sentada junto al lecho de hospital en el que su madre está agonizando no puede impedirse pensar cómo utilizará esta escena en un cuento. Imagino que para Alice Munro, así es la vida: un ejercicio de observación de la resignación, la angustia, la felicidad, el dolor de los otros y de ella misma, para después ofrecer a sus lectores esas obras pequeñas maestras en las que todos nuestros mundos están reflejados.

Universo Munro

  • Dance of the Happy Shades (1968)
  • Las vidas de las mujeres (1971). Única novela.
  • Amistad de juventud. (1990)
  • Secretos a voces (1994)
  • Escapada (2004)
  • La vista desde Castle Rock (2008)
  • Demasiada felicidad (2009)
  • Mi vida querida (2013)






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FICCIONES

Alice Munro / Retrato hablado

Miniatura

Con permiso de la posteridad, a veces la vida cultural es irónica. No es raro que los intentos más premeditados por alcanzar la gloria con mayúsculas tengan un premio cercano y disfrutable.


Con permiso de la posteridad, a veces la vida cultural es irónica. No es raro que los intentos más premeditados por alcanzar la gloria con mayúsculas tengan un premio cercano y disfrutable. Al fin y al cabo en estas cosas artísticas se da mucho ese disparate de que la gente piense que eres lo que tú dices que eres, y muchos de tanto presumir de lo grandes e insuperables que son, acaben por convencer a los medios y los espectadores de que en realidad son grandes e insuperables. Pero el tiempo se reserva guiños de salvaje humorada, por los cuales autores oscuros y personajes marginales se convierten en los restos sagrados de una época y los santones más aclamados alcanzan el anonimato y el olvido con la misma precipitación que se instalaron en el reconocimiento tras su labor de martilleo.
Algo así podría haber ocurrido con la literatura norteamericana, donde hay autores que se pasan gran parte de la vida activa persiguiendo un Moby Dick literario que se ha dado en llamar la “gran novela Americana”. No ha existido un país con más estridencias, autores vociferantes, grandilocuentes, capaces de convertirse en personajes con su personalidad desmesurada y obras tan ambiciosas que parecen desparramarse fuera del mamotreto que las contiene. Y sin embargo, en los últimos años, los lectores están premiando los finales de carrera de autoras como Alice Munro, Anne Tyler o Annie Proulx. Desvirilizado ese concepto del escritor como cazador de elefantes, llegaron ellas como una lluvia fina y delicada, cargada de personajes inocentes y resumidos en un gesto cotidiano. Sus miniaturas han terminado por desnudar a las grandes catedrales de la novela norteamericana en otro ejemplo de que la termita trabaja con más ahínco que el pavo real.
Su presencia invisible entre las fisuras que dejaban los Mailer y los Franzen recuerda mucho a la irresistible zancada de una escritora como Willa Cather entre los inasequibles Faulkner o Hemingway. La jaula de la posteridad a veces deja colarse en sus dominios a novelas tan inmarchitables y mínimas como My Antonia, igual que los cuentos de Munro, Proloux y las familias accidentales de Tyler se han ganado a los lectores sin tamborrada mediática ni poses estudiadas, sino llamando al timbre de la puerta más modesta.

Alice Munro gana el Nobel de Literatura 

por su maestría en los cuentos

Por Winston Manrique Sabogal
Madrid, 11 de octubre de 2013

La escritora, conocida como "la Chéjov canadiense", obtiene el galardón después de varias ediciones en las listas de candidatos


Después de muchos años el Nobel premia al cuento. ¡Y qué cuentos! La escritora canadiense Alice Munro ha ganado hoy el premio Nobel de Literatura 2013. “Maestra del relato corto", según el dictamen de la Academia sueca, "su estilo es claro y de un realismo sicológico”. Munro, nacida en Wingham (Ontario) en 1931, es la decimotercera mujer que obtiene el galardón más importante de las letras universales y la primera que se apunta el tanto para el país norteamericano. Conocida como "la Chéjov de Canadá", la narradora ha colocado los cimientos del realismo moderno literario de su país. Mundos corrientes que tras su serenidad esconden tormentas afectivas y sentimentales a punto de desatarse.
"Era un castillo en el aire que podía suceder, pero probablemente no sucedería. Sabía que estaba en la carrera, sí, pero la verdad es que nunca pensaba que fuera a ganar”, ha reconocido la premio Nobel aThe Canadian Press. “Estoy feliz y muy agradecida y en particular orgullosa de ganar este premio y agradar a tantos canadienses”, ha declarado en un comunicado a través de su agente.

"Está al nivel de los mejores como Chéjov, Maupassant y de Borges", afirma Javier Marías. Parte de esa maestría, agrega el escritor madrileño, que le concedió a Munro el titulo de duquesa del Reino de Redonda en 2005, se debe a que "consigue transmitir una profunda emoción con personajes normales en una época en la cual se privilegian los buenos o malos sentimientos que rozan la cursilería. Ella escribe sobre gente normal sin, cargar las tintas, y consiguiendo unos niveles de emoción profunda con poco parangón en la literatura actual".

Un recado en el contestador: "Ha ganado el Nobel de Literatura"

Alice Munro también pasará a la historia por haber sido la primera Nobel de Literatura que recibió el anuncio en su contestador. La Academia sueca fue incapaz de contactar con ella antes de difundir el galardón públicamente, como ocurre habitualmente.
Después de varios intentos frustrados, según tuiteó un portavoz de la Academia, optaron por dejar un mensaje en su contestador. Todavía pasaron tres horas hasta que los responsables del Nobel pudieron informar directamente a Munro de su distinción.
"Aquí estábamos en mitad de la noche y por supuesto yo me había olvidado por completo de esto", dijo la escritora a la cadena de televisión canadiense CBC, que informó que ella estaba visitando a su hija, que la despertó con la noticia de que era la flamante Nobel de Literatura.
"Es un genio en la construcción de las historias", asegura Colm Tóibín.
La aportación de Munro a la Literatura y su universo literario los define así el escritor y crítico argentino Alberto Manguel: "Las grandes obras de la literatura universal son vastos panoramas globales o minúsculos retratos de la vida cotidiana. Alice Munro es el genio indiscutible de estas últimas, capaz de hacernos ver a través de una banal circunstancia toda la gama de nuestras pasiones y de nuestras pequeñas derrotas y victorias". Sobre su inequívoco mundo femenino añade un interesante matiz el crítico, escritor y traductor estadounidense Davil Homel: "ella escribe sobre mujeres y para mujeres, pero no está demonizada por los hombres".
Munro se inició en la literatura a los 30 años, con cuentos y relatos que vendía para la radio pública canadiense. La autora, madre de tres hijas, ha reconocido la importancia de su madre y de las mujeres que ha conocido en su vida para construir su gran territorio literario. En cuanto a la influencia de otros autores en su obra, ha destacado la influencia de Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers y, sobre todo, Eudora Welty. Así como de James Agee y William Maxwell.

Algunos de sus cuentos

Dance of the Happy Shades (1968)
Las vidas de las mujeres (1971) su única novela
Las lunas de Júpiter (1982, edición original)
Progreso del amor (1986)
Amistad de juventud
 (1990)
Secretos a voces (1994)
El amor de una mujer generosa (1998)
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio
 (2001)
Escapada (2004)
La vista desde Castle Rock
 (2008)
Demasiada felicidad (2009)
Mi vida querida 
(2013)
La editora de Lumen, su sello en España, Silvia Querini, se encontraba hoy “escandalosamente feliz” de que el Nobel hubiera recaído en Munro, una autora que había perseguido durante nueve años para que sus obras figurasen en su catálogo. Mientras la editora corría por los pasillos de la Feria del Libro de Fráncfort destacaba de ella su intenso trabajo, “aprovechando para hacer lo que realmente le gustaba: escribir”.
Alice Munro ha volcado en su literatura la experiencia de su vida cotidiana. Hija de una profesora y un granjero, estudió periodismo y filología inglesa pero abandonó los estudios para casarse y ser ama de casa. Entonces aún no escribía. Montó una librería con su primera esposo, padre de sus tres hijas, hasta que se divorciaron. La escritora, se casó por segunda vez (aunque mantuvo el apellido de su primer marido) y empezó a publicar con éxito en 1968. "Utiliza los retales del tiempo y las 26 letras del alfabeto para crear un universo espléndido", asegura Querini. "Su literatura es hermosamente feroz cuenta con la inteligencia del lector. Te invita a un juego y si tienes las cartas adecuadas te invita a entrar para que te lo pases estupendamente”. Según su editora, Munro "ya no escribirá mucho más de lo que ha hecho hasta ahora. De su obra me quedo con Mi vida querida no solo porque sea el último sino por la parte autobiográfica, que es fantástica”.
Solo en los últimos años se han difundido la mayoría de sus libros en español. De los treces títulos que lleva publicados se conocen en castellano los siguientes: Las lunas de Júpiter (Debolsillo) (1982, edición original)Progreso del amor (RBA) (1986)Amistad de juventud (Versal) (1990), Secretos a voces (RBA) (1994), El amor de una mujer generosa(RBA) (1998), Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA) (2001),Escapada (RBA) (2004), La vista desde Castle Rock (RBA) (2008) y Demasiada felicidad (Lumen), conocida en 2009 pese a que antelación había anunciado su retiro definitivo de la literatura. Siete de sus ficciones han sido llevadas a la pantalla, especialmente a la televisión. Sarah Polley filmó en 2006 Lejos de ella, con Julie Christie, basada en uno de sus cuentos.
* Con información de Aurora Intxausti.

EL PAÍS

RETRATO HABLADO 

Alice Munro, de la mente 

al Nobel

La escritora canadiense, más bien tímida, proviene de un mundo rural y su obra desentraña lo cotidiano


EXCELSIOR, 13 de octubre de 2013
Por Virginia Bautista

CIUDAD DE MÉXICO, 13 de octubre.- El primer cuento que leyó la escritora canadiense Alice Munro, quien el jueves pasado obtuvo el codiciado Premio Nobel de Literatura, fue La sirenita, de Hans Christian Andersen. Pero, ella misma cuenta, como el final le pareció tan triste salió y dio vueltas en el patio de su casa; pensó que no podía permitir que el relato terminara así y se sentó a escribirle un nuevo final.
“Esa vocación por encontrarle un camino diferente a la vida es la que marca la trayectoria de Munro”, afirma la escritora Sandra Lorenzano, conocedora de la vida de la considerada maestra del cuento contemporáneo y lectora voraz de su obra, quien comparte esta anécdota.
Nacida en Wingham, Ontario, el 10 de julio de 1931, la autora de 12 libros de cuentos y una novela vivió primero en una granja al oeste de esa provincia canadiense, en una época de depresión económica; esta vida tan elemental fue decisiva como trasfondo en una parte de sus relatos.
“Es una mujer no nacida en el mundo urbano, no es de una ciudad sino del campo. Para Munro, la vida ha sido tan complicada como para todas las mujeres que no nacen en un medio citadino. Narra que caminaba kilómetros para ir cotidianamente a la escuela y que en ese tiempo iba imaginando historias. Dice que aprendió a escribir en la cabeza. Creo que la escritura se le da caminando”, agrega Lorenzano.
La crítica literaria recuerda que la madre de la autora de la novela Las vidas de las mujeres (1971) se enfermó de Parkinson cuando ella era muy chica y tuvo que aprender a hacerse cargo de la casa. “Dice que iba haciendo los quehaceres e iba escribiendo en la cabeza”.
La Chéjov canadiense, por sus historias breves con un “armonioso estilo de relatar, con claridad y realismo sicológico”, conoció muy joven a James Munro, en la Universidad de Western Ontario. Se casó con él en 1951 y se instalaron en Vancouver. Tuvo su primera hija a los 21 años. Luego, ya con sus tres hijas, en 1963 se trasladó a Victoria, donde manejó con su marido una librería.
Se divorció en 1972. Al regresar a su estado natal se convirtió en una fructífera escritora-residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976. A partir de entonces, consolidó su carrera de escritora.
“Para tener finalmente la ‘habitación propia’ de la que hablaba Virginia Woolf, debió pasar mucho tiempo. Hacia los 40 años de edad decidió transformar el cuarto de lavado de su casa en su habitación propia. Estaba en pleno proceso de divorcio y se sentó a confeccionar su única novela hasta ahora. Fue escribiendo poco a poco sus cuentos y se topó con el rechazo de las editoriales”, añade Lorenzano.
“Muchos me preguntan si los temas de su obra son femeninos. ¿A qué llamamos femeninos? Como si a las mujeres no nos importara el sentido de la vida o la historia del universo, o como si no se pudiera pintar el mundo doméstico y de ahí ir a una reflexión sobre la vida y la muerte”, añade.
Gente común
Discreta, no protagonista, Alice Munro empezó a escribir sus cuentos desde 1950. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana.
“El sello personal que destaca es su interés por las vidas, experiencias, situaciones, de la gente común y corriente, la relación de parejas y de padres e hijos. Presta particular atención al personaje femenino, pero no desde una perspectiva feminista sino en su interacción con el hombre.
“Con una mirada inteligente narra las vidas de mujeres y cómo contienen universos complejos y ricos. Incluso, el personaje mismo tarda en digerir, en procesar, una relación, un acontecimiento. Sus textos comienzan con muy bajo perfil, pero poco a poco abren un gran universo”, afirma por su parte  la estudiosa Claudia Lucotti.
La coautora de la antología Otras voces canadienses asegura que la memoria, la infancia y el despegarse del hogar son los grandes temas que explora Munro, “todo con un lenguaje económico, pero muy sugerente”.
La investigadora y catedrática de la UNAM resume que la Nobel de Literatura 2013 es una escritora tímida. “En Canadá tiene pocas apariciones en público, en lecturas, en presentaciones de libros o congresos. Siempre ha sido más bien retraída, pero es muy generosa en compartir su obra, accesible a que se traduzca y se publique”.
Para el cuentista Ignacio Padilla, la autora de Demasiada felicidadLas lunas de Júpiter y Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio es una gran contadora de historias.
“Sus cuentos son de una belleza y de una melancolía brutales. Tiene la ternura por el detalle terrible, es sumamente poderosa y dulce, es menos literaria porque es oral. Su obra tiene el mismo tono de la vida provinciana de las pequeñas ciudades de América del norte, todo a punto de derrumbarse”, precisa.
A la escritora Ana García Bergua, quien comenzó a leerla en inglés y se convirtió en una fiel seguidora de sus relatos, le parecen fantásticos “esos mundos en los que te mete a través de los más mínimos detalles, esos tiempos largos, esas evocaciones que después adquieren un sentido. Sus cuentos están basados en la observación, en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Es una de las grandes”.
Munro acaba de publicar su libro autobiográfico Mi vida querida, que se publicará en México a finales de este mes, tras el cual anunció su retiro.

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