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Monday, December 30, 2013

Antonio Muñoz Molina / Tan solo novelista

Antonio Muñoz Molina
Foto de Sofía Moro

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 
Tan solo novelista

El País, 29 de diciembre de 2013

Escritor tenaz, curioso impenitente e intelectual comprometido con su tiempo, este año su trabajo ha sido reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Por Elvira Lindo

Antonio es un hombre brillante y laborioso. También discreto, dedica muchas horas a la escritura y al estudio, pero jamás alardea del esfuerzo que en ello emplea. Siente curiosidad por mil cosas, lo que inevitablemente le ha convertido en un erudito, aunque jamás emplearía esa palabra para definirse a sí mismo, porque él solo se ve como novelista. Cuando algo le apasiona, se entrega a fondo: sea un cuadro del Bosco, un mes específico de 2007 o las rutas urbanas en bicicleta. Jamás se aburre. No tiene prejuicios, aprecia de igual manera una novela gráfica que un cuadro de Kiefer, una ópera que una canción popular. Habla con fluidez cuatro idiomas. Si le preguntas cómo los aprendió, te contesta que el inglés, en un curso por correspondencia que le regaló su padre; el francés, en el instituto, y el italiano, en los libros de historia del arte. Ahora lleva en la mochila un diccionario de portugués. Ni su cultura ni su inteligencia se traducen en un temperamento arrogante: es accesible y generoso con los alumnos que le piden consejo. Con los años, su carácter se ha dulcificado; ahora le gustan más los niños, los perros y los árboles, aunque conserva el sentido del humor áspero y sentencioso que dice haber heredado de su abuela Leonor. Jamás ha movido un dedo para asegurarse un reconocimiento, no es un escritor gregario ni dado a la chismografía literaria. Por tanto, si alguna vez le han atacado, ha tenido que defenderse solo. Los que lo conocen de cerca lo consideran un hombre bueno, en absoluto retorcido, cordial, considerado. Algunos que no lo conocen, elucubran sobre todo lo que habrá tenido que medrar para ser premiado tan generosamente. No es de extrañar que exista este tipo de razonamiento mezquino en un país tan habituado al amiguismo y al compadreo. Este 2013, Antonio recibió el Príncipe de Asturias, y a veces se le veía tentado de pedir disculpas. Cuando todo hubo pasado, volvió a su cuarto y a su rutina tan querida, a una intimidad de la que disfrutamos los que compartimos la vida con él y de la que acaban beneficiándose también sus lectores, porque en cuanto se le deja un poco en paz escribe un libro.


Elvira Lindo es escritora.

Lea, además
DE OTROS MUNDOS



Friday, October 11, 2013

Elvira Lindo / La vida secreta de Alice Munro




La vida secreta de Alice Munro
Por ELVIRA LINDO 
El País, 04/12/2010

La gran autora de las letras canadienses y una de las mejores cuentistas regresa con el deslumbrante Demasiada felicidad.




Fue en 1961 cuando en el periódico The Vancouver Sun apareció un reportaje sobre una joven escritora, Alice Munro, que había ido construyéndose una cierta reputación literaria publicando cuentos en revistas o vendiéndolos para la radio pública canadiense. Munro tenía entonces treinta años. En la foto que abre la entrevista vemos a una mujer atractiva con sus dos hijas, de siete y cuatro años. Aunque el simple hecho de que le dedicaran un espacio en la prensa muestra que comenzaba a ser reconocida como escritora de gran talento, el titular que encabeza el reportaje delata un profundo anacronismo: "Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos". En la misma entrevista ella cuenta cómo aprovecha el tiempo de siesta de las niñas para escribir en el cuarto donde ha colocado el cuaderno y la máquina. Esa habitación propia que Virginia Woolf estableció como primordial para que una mujer accediera a una vida plena estaba situada en el caso de Munro en el cuarto de la plancha. Su hija Sheila cuenta en un libro original y conmovedor (Vida de madre e hijas. Creciendo con Alice Munro) cómo cuando ella y sus hermanas irrumpían en aquella habitación su madre retiraba el cuaderno a un lado, como si quisiera dar a entender que estaba haciendo algo tan prosaico como la lista de la compra. Hoy, a sus casi ochenta años, Munro, tan esquiva como entonces, despliega una especie de maternidad no deseada pero real sobre todos los escritores canadienses. Bautizada en su país como "nuestra Chéjov", Alice Munro construyó la base del realismo moderno canadiense, que en el país vecino, Estados Unidos, se había cimentado mucho antes; pero, además, la penuria de una niñez rural en la provincia de Ontario hace que su propio recorrido vital y el que cuenta en sus historias se hayan convertido, con el tiempo, en un espejo que agranda la vida de las personas humildes. Munro ha escrito en alguna ocasión que no necesita elaborar ni embellecer a sus personajes: "La vida de la gente es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable". Sólo quien no tiene perspicacia para ahondar en el alma humana hace una distinción entre personajes fascinantes, con brillo social, y aquellos que parecen destinados a caer en el olvido. Estos últimos son los que pueblan el mundo imaginario de Munro, los que mejor conoce, aquellos entre los que se crió, a los que deseó ser infiel, luchando por poner tierra por medio y estudiar en la universidad, y a los que ha sido tozudamente fiel desde su literatura. Munro creció en el seno de una familia presbiteriana, no fanáticos religiosos pero sí personas de una ética muy estricta. Mientras que en Estados Unidos, el elefante dormido al otro lado de la frontera, la religión siempre estuvo aliada con la ambición económica, en estas familias de pioneros escoceses el trabajo era un fin en sí mismo y mostrar un excesivo interés por el dinero o hacer evidente cualquier tipo de veleidad ajena a la vida común era considerado un pecado de vanidad. Su padre, Robert Laidlaw, que trató infructuosamente de sacar adelante un criadero de zorros, era un hombre humilde pero amante de la literatura. Procedentes de una tradición de grandes lectores de la Biblia los Laidlaw escribieron diarios que se han convertido en auténticos relatos de la dura vida de los pioneros. La escritura sin vanidad. Esa fue la escuela moral de la joven Alice. Y a pesar de que en su propia peripecia vital se resumen los grandes cambios que para la mujer supuso el siglo XX -de la necesidad de casarse para huir de su destino a convertirse en una mujer emancipada en los setenta-, su manera de entender el oficio literario sigue estrechamente unida a la moral presbiteriana: trabajar sin hacer exhibición de los logros, casi secretamente. No es casual que la biografía que sobre ella escribió Catherine Sheldrick lleve por título A double life. Una vida doble, aquella que todos veían, la de esposa y madre, y otra tan oculta como firme y poderosa, la que le proporcionaba esa mente fantasiosa que le permitió crearse una existencia paralela desde los 12 años. Hace unos tres años publicó La vista desde Castle Rock en donde rendía homenaje a sus antepasados, acompañándoles en su viaje de Escocia a la nueva patria. Los amantes de la literatura de Munro se alarmaron cuando esta afirmó que dejaba para siempre la escritura. Por fortuna, se sintió incapaz de adaptarse a la vida de "las personas normales". Hubo de reconocer que a esas alturas de su vida no sabía hacer otra cosa. El resultado de ese regreso es este deslumbrante Demasiada felicidad, diez relatos que contienen el universo de Munro y algo más: una mujer que visita en la cárcel a un marido que le mató a sus tres hijos; una viuda que abre la puerta a un asesino; una madre que reencuentra a un hijo tras años sin tener noticias de él; dos mujeres que comparten un recuerdo inconfesable de cuando eran niñas... Todos ellos arrastrando decisiones o recuerdos que les marcaron la vida, sobreviviendo al desastre, sobreponiéndose a la adversidad como sólo saben hacerlo los personajes nada heroicos. Hay momentos en los que el lector siente que se le hiela la sangre. Sin estridencias, en apenas una frase que a menudo pasa desapercibida en una primera lectura, Munro ofrece una clave que dará luz a la historia. No son cuentos para el lector desatento. Es una escritura engañosa en su sencillez, bella y extraña, que exige una entrega en la lectura y, a menudo, una relectura para entender más hondamente lo leído. Dijo un crítico canadiense que Alice Munro "inventa la realidad". En este caso ha inventado o dado luz a una realidad sombría: "Espero que los lectores no encuentren estos relatos muy lúgubres, pero la vida casi siempre es dura". Los amantes de la literatura de Munro no esperamos otra cosa que su mirada, realista en el sentido más noble, universal como sólo pueden serlo las historias locales, cruda y siempre misteriosa.Pero es curioso que el menos munroniano de todos los relatos es el que da título al libro. Es la historia de una matemática y novelista rusa de últimos del XIX, Sofía Kovalevski, que Munro encontró por azar y de la que quedó prendada. Aunque el paisaje es ajeno a Munro, la escritora pone en boca de Sofía uno de esos pensamientos que a menudo asaltan la mente de las mujeres de sus cuentos: "Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella". Cuando leía esta suerte de novela rusa comprimida me aventuré a pensar que la escritora había tenido en mente a Chéjov mientras la escribía. Buscando en las entrevistas que le hicieron en su país me encontré con este curioso comentario que la delata como mujer apasionada y sincera: "Mientras lo escribía pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que... Sí, es posible que yo le hubiera gustado".
Demasiada felicidad

Alice Munro
Demasiada felicidad
Traducción de Flora Casas
Lumen. Barcelona, 2010
355 páginas. 22,90 euros






Alice Munro / Ya no sirvo para una vida normal

Alice Munro
según Triunfo Arciniegas
Alice Munro
“YA NO SIRVO PARA UNA VIDA NORMAL.”

Por Juana Libedinsky
La Vanguardia, 27/05/2009




La autora canadiense, habitual en las quinielas del Nobel, publica 'La Vista desde Castle Rock', relatos de la vida de su familia.  Había decidido dejar de escribir y rompió su promesa. Durante medio año salió con las amigas, se dedicó a la jardinería y a la caridad, y aceptó su fracaso. "Ya no sirvo para una vida normal”, dice. “He escrito tantos años que no sé hacer nada más".




Alice Munro, la escritora canadiense varias veces candidata al premio Nobel, que declaró no hace mucho que dejaba la escritura, cuenta que le resultó imposible comportarse como una señora normal sin obligaciones y que para combatir el aburrimiento se puso de nuevo a escribir. ‘La vista desde Castle Rock’, que ahora edita RBA, una colección de relatos en la que reconstruye la historia de su familia bajo la forma de ficción, debía ser su última obra, pero se arrepintió.
Munro es una de las dos celebridades que esconde Clinton, este pequeño pueblo perdido de Ontario. La otra es una vaca de dos cabezas que fue embalsamada y se muestra en el museo local. A pesar de su fama de esquiva, no sólo con la prensa sino con cualquier festival literario que quiera honrarla, Munro – "nuestra Chéjov", para los canadienses – resulta ser una señora de lo más sociable cuando uno la visita en sus tierras.
"¡Alice, querida!", la saludan los comensales y los dueños del único restaurant propiamente dicho de este pueblo donde Munro reside con su segundo marido, el geólogo Gerald Fremlin. Sin embargo, y a pesar de que claramente la disfruta, Alice Munro no tiene demasiado tiempo para la vida comunal: tras sacudir el ambiente literario y a sus de seguidores de todo el mundo con el anuncio de que ‘La vista desde Castle Rock’ sería su último libro, ha vuelto a escribir.
"Juro que lo intenté", suspira mientras pide media ración de wok vegetal. "¿Has notado el sobrepeso de la mayor parte de la gente por aquí? Es un verdadero problema y no lo entiendo, porque es gente de campo muy trabajadora, nada sedentaria", dice coqueta, consciente de su figura perfecta. Antonio Muñoz Molina la definió como una mujer que, cerca de los 80, no es que haya sido una belleza sino que lo es.
"Cuando dije lo de abandonar –insiste, vestida con sedas orientales– sinceramente lo creía. El trabajo me estaba resultando demasiado duro y pensé que me había llegado la hora de llevar la vida de una señora normal. ¡Y lo hice! Por unos seis meses. Salí a almorzar con amigas, me dediqué a la jardinería, a la caridad. Fue horrible. Después me di cuenta de que ya no sirvo para una vida normal: he escrito tantos años que no sé hacer nada más".
En efecto, Munro, nacida en un pueblo cercano en 1931, en una familia de granjeros emigrados de Escocia, estrictos presbiterianos, escribe desde su adolescencia. A los 20 y poco estaba casada con su primer marido, con dos bebés, un tercero en camino y una carrera literaria avanzada.
"Mirá, los bebés finalmente dormían la siesta, quisieran o no, y entonces yo me ponía a escribir. No estaba pensando en ellos. Estaba pensando en mí. Quizá habrían sido más felices si yo les hubiese dedicado más tiempo y menos a mi literatura, no lo sé. Pero para mí no era una opción, sentía que tenía que luchar por ese espacio propio donde no era ni mujer ni madre. Hoy todavía me escapo al mismo sillón donde desarrollo mi vida espiritual. Pero, claro, ya no soy joven. Un tema duro para artistas y escritores es que los poderes intelectuales o creativos se debilitan. ¿Qué hace uno entonces si no escribe? Yo no pude encontrar la respuesta", subraya.
Desde entonces su producción ha sido notable y es la eterna candidata al Nobel. Munro tiene en su haber una docena de libros de cuentos cortos, entre los que se destacan ‘Amistad de juventud’, ‘El amor de una mujer generosa’, ‘El progreso del amor’, ‘Secretos a voces’, ‘Escapada’, ‘Las lunas de Júpiter’, y ‘Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio’, es autora además de un ciclo de cuentos encadenados, ‘Lives of Girls and Women’, y de cuentos que publican ‘The New Yorker’, ‘The Paris Review’ y ‘Atlantic Monthly’.
Su próximo libro, adelanta, se llamará ‘Demasiada felicidad’. "Ya tengo casi todos los cuentos listos, espero que los lectores no los encuentren demasiado lúgubres. No los pensé de esa manera. Pero por lo que yo sé de la vida, siempre es dura", subraya.
El título responde a una frase de Sonia Kovalevski, célebre matemática y novelista rusa del siglo XIX. "Estaba buscando en la enciclopedia otra cosa –confiesa– y encontré la historia de esta mujer, que me fascinó. Murió apenas pasados los 40 años, después de una vida trágica y dura porque, si bien todos la festejaban por ser tan brillante y linda, no le dejaban enseñar en casi ningún lugar de Europa por ser mujer. Murió por una enfermedad tonta, cuando justo había logrado comprometerse con el hombre que le iba a permitir seguir siendo matemática. De ahí sus últimas palabras: "Demasiada felicidad".




¿Es muy distinta la escritura de cuentos de la de novelas?
No tengo la menor idea. Adoraría escribir ahora una novela, pero el cuento resulta la forma en la que me siento cómoda. Yo siempre pensé que iba a ser novelista. Me decía que cuando mis chicos fuesen grandes y yo tuviese más tiempo para escribir novelas, iba a hacerlo. El cuento estaba puramente determinado por el largo de las siestas de mis hijos Pero después resultó que ésa fue la manera en la que aprendí a escribir y ya no pude hacer otra cosa. Igual debo aclarar que las novelas que más me gustan son las cortas. Mi marido está releyendo el ‘Ulises’, libro grueso si los hay, y todas las noches, cuando me lee un poquito en voz alta, yo pienso, "Qué audaz que soy, cómo tengo el coraje de llamarme escritora cuando alguien escribió esa maravilla". Pero supongo que hay que seguir adelante con lo único que uno sabe hacer, ¿no?
Llama la atención al leerla la complejidad de los temas que despliega detrás de una prosa aparentemente simple.
Escribo sin pensar si hay un tema de fondo, pero sé que una idea sólo me interesa si tiene alguna complejidad moral, si tiene varias aristas. No es que me guste crear personajes que estén reflexionando sobre problemas morales, pero sí marcar cómo de las decisiones que uno toma, de las rutas que se elige, uno se puede arrepentir tiempo después. Al mismo tiempo pienso que hay momentos en la vida en los que hay que ser egoísta en un grado tal que, luego, de mayor, uno pueda condenarlo. De eso trata ser humano.
¿Y hasta qué punto son autobiográficas estas historias complejas que escribe?
‘La vista desde Castle Rock’ es básicamente autobiográfica. Me parecía que volver a mis orígenes para la que creía que sería mi obra final era cerrar prolijamente el círculo y me gustaba la idea de aprovechar el hecho de que mucha gente había escrito en mi familia. Eso me permitía disponer de buenos testimonios. Hubo una revolución en el protestantismo en Escocia, que puso mucho énfasis en la lectura individual de la Biblia. Por eso, a pesar de ser campesinos, mis antepasados tenían cierta cultura literaria, iban anotando lo que veían y llevaban diarios de viaje. Por supuesto, jamás hicieron ficción. Escribir sobre lo que uno pensaba hubiese sido visto como una forma de vanidad.
¿Y usted lleva algún tipo de diario?
Jamás. No me sobra energía literaria. Siempre me sorprendió que Virginia Woolf tuviese tiempo para llevar un diario además de escribir novelas y ensayos. No puedo entender cómo se las arreglaba. Claro que las mujeres inglesas de esa generación tenían servicio doméstico, algo que en Canadá nunca existió. Woolf de hecho escribió mucho sobre su mucama, sobre las peleas y enfados que tenía con ella. Pero en Canadá esto era impensable, la gente trabajaba todo el día –hombres y mujeres– en pequeños campos que no eran muy generosos. Mi gente es muy diferente de los americanos porque no eran ambiciosos, eso estaba muy mal visto. Había una fuerte ética del trabajo pero no para hacer dinero, que era considerado vulgar, sino como parte de un puritanismo. Era una cuestión de honor vivir en una casa vieja, pero nunca tener que pedirle nada a nadie. En mi familia no eran fundamentalistas religiosos, pero cualquier cosa que llamase la atención hacia uno mismo era considerado un pecado terrible.
Usted es extraordinariamente hermosa y seguro que llamaba la atención de joven. ¿Eso también era condenado?
-Ya no lo soy, estoy llena de arrugas, debería tomar medidas al respecto pero leí que se acaba de descubrir algo terrible sobre el bótox y puedo ver a mis ancestros presbiterianos diciéndome que si uno es vanidoso y trata de llamar la atención, cosas muy malas le van a pasar. De joven no entraba para nada en los cánones de belleza de la época. Era a fines de la década del 40 y la moda era ser una cosita adorable, frívola y divertida, y yo era demasiado seria. No me sentía superior por saberme más inteligente que las otras chicas. Sufría por no ser popular y, en casa, hasta se burlaban de mí por no tener novio. Pero no me desesperaba porque sabía que yo iba a salir de allí y que me vida iba a ser distinta.
¿Se imaginaba que iba a ser "nuestra Chéjov" para los canadienses?
Uff. Eso es muy fuerte, obviamente es un honor, pero me gustaría que todo el mundo dejase de llamarme así. No puedo decir que Chéjov me haya influido porque es como Shakespeare, ha influido en toda la literatura. Si tengo que buscar conexiones personales, en cambio, empezaría con Eudora Welty. He leído sus cuentos una y otra vez, pero debo tener cuidado de no imitarla porque su encanto está atado a un lugar y un tiempo determinados. También amo a Katherine Anne Porter...
Muchos dicen que usted es su equivalente en el Ontario rural.
Si uno es un buen escritor, creo que la voz tiene que ser única. Y quizá haya una conexión entre nosotras porque ambas escribimos sobre gente de campo, pero ella era de la clase media alta, no era uno de los nuestros. Esto no quiere decir que no pudiese escribir maravillosamente sobre el ambiente rural pobre, pero yo lo hago desde otra perspectiva.
¿Se siente más bien heredera de Katherine Mansfield?
Amo a Katherine Mansfield, la leí muy joven, cuando estaba embarazada de mi primer bebé, y cada tres o cuatro años releo sus cuentos. No sé cuánto afectó mi forma de escribir porque todo lo que uno lee deleitándose finalmente lo afecta. Realmente admiro esa manera que tiene de ir hilvanando distintas historias de una manera que parece muy fácil y natural, pero que con seguridad fue increíblemente difícil. Es una de mis escritoras favoritas, una inspiración.
¿Qué cree que hubiese pensado Chéjov de conocerla?
¡Qué bonita idea! Mientras hacía la investigación sobre esta mujer matemática no podía dejar de pensar si Chéjov, de conocerme, se hubiese enamorado de mí. Creo que no. A los hombres no les gustan las mujeres como yo. La matemática esta, por ejemplo, tenía una hermana de una gran belleza que quería ser escritora y pronto vendió un cuento a una revista editada por Dostoievski. Dostoievski inmediatamente quiso conocerla y le propuso matrimonio, a lo cual ella se negó. Si bien su vida fue trágica y triste, yo creo que ella entonces ya sabía que, de aceptar a Dostoievski, siempre sería la mujer de Dostoievski y nada más. Dos semanas después del rechazo, Dostoievski se casó con su estenógrafa, es decir, con una mujer que siempre encontraría la palabra perfecta para él. Pero Chéjov, claro, se casó con una actriz que llevaba su propia fama a cuestas, así que quizá yo hubiese sido la indicada para él.
Usted escribe básicamente sobre mujeres fuertes, ¿siente que puede ponerse en la cabeza de los hombres también?
No puedo ponerme en la cabeza de los hombres por una simple razón: nunca voy a poder sentir, como ellos, que lo más natural sea que todo gire alrededor de mi trabajo y mis intereses. Una mujer de mi generación no podía ni pensarlo. Recuerdo una reciente entrevista al escritor irlandés William Trevor, a quien yo admiro mucho. El periodista contó, como si tal cosa, cómo la mujer de Trevor entró con una bandeja con té y masitas mientras ellos hacían la nota. ¡Ese egoísmo para mí es impensable! Yo escribo en un costado de la mesa, atiendo el teléfono si suena. Supongo que para tu generación será distinto, pero para la mía, esa parte de la mente del hombre, esa seguridad de que lo que hace es importante, siempre va a ser inalcanzable.
¿Ve las series televisivas sobre mujeres actuales? ¿Qué opina?
‘Mujeres desesperadas’ me resulta ofensiva por el grado de riqueza que exhibe. De nuevo, el presbiterianismo me lleva a condenar ese tipo de despliegues. También vi ‘Sex and the City’, hay un capítulo en el cual la protagonista, de una belleza menos convencional, una abogada, ve a un hombre en la ventana del edificio de al lado y empieza a desnudarse para él, pensando que él estaba montando un show para ella también. Pero luego se lo cruza en el supermercado y resulta que él es gay y que toda la escena de seducción se la estaba haciendo para el muchacho que estaba en la ventana de un piso superior. Es una historia que dice bastante sobre cómo nos enamoramos de alguien por su sonrisa y su cuerpo bonito y no sabemos leer las señales de que todo está en nuestra cabeza. Pero el resto de la serie me pareció bastante predecible, basada en esa idea de encontrar un hombre que lo sea todo, un matrimonio que lo tenga todo: intelecto, sexo, amor. Y eso es imposible. La solución es encontrar un buen balance, pero cuando uno se enamora, no ve esto. Supongo que yo soy una romántica, pero a la vez soy una persona muy analítica y ambas cosas no van bien juntas. Para las generaciones anteriores, que podían mantener separados los intereses románticos y sexuales, todo era más fácil que para las generaciones actuales.
¿Eso es lo que les enseñaba a sus hijas?
En realidad, lo único que traté de inculcarles fue que no pusieran todas sus esperanzas, todos sus sueños, en un hombre, lo cual es triste e hipócrita porque yo nunca seguí esa regla.
¿Es feliz cuando está escribiendo?
No lo sé. ¿Una patinadora profesional es feliz cuando está patinando? Es un trabajo duro, pero es lo que sabe hacer. Sé que soy feliz cuando me viene una idea y puedo ponerme a trabajar de manera estructurada, y sé también que no soy muy buena tomando vacaciones o haciendo fiaca. Entonces, en mi tiempo libre lo que hago es ir manejando por el campo con mi marido, que es geólogo y geógrafo, identificando cosas del paisaje. Ésa es una ocupación concreta, muy buena para mí, y además mis libros tienen mucho sobre el campo y los paisajes, así que siento esos paseos como parte de una investigación previa a la escritura. Saber que esas excursiones después me van a servir para mi literatura hace que me relaje y las disfrute como algo que un poco cuenta como trabajo, que así está justificado, con lo cual vuelvo a esta marca que me dejó el presbiterianismo, supongo.
¿Qué conoce de la literatura latinoamericana o en castellano?
Conozco y he leído bien a Borges porque todo el mundo lo ha hecho. También al español Javier Marías, porque armó en una isla una orden de escritores y a mí me nombró la duquesa de Ontario, qué gracia. He mantenido correspondencia con él y me gusta su forma de escribir fría. Conozco mucho a Alberto Manguel y he leído a Vargas Llosa, García Márquez. Pero de todos los países latinos el que más me fascina es Brasil. Amo a Elizabeth Bishop, una escritora estadounidense, que vivió durante su infancia en Canadá y escribió sobre Brasil. Cuenta historias en las que a los personajes se les rompe el auto o tienen problemas matrimoniales. A mí, que Brasil me parecía el colmo de lo exótico, me encantaba pensar que podía haber allí gente corriente con vidas y problemas corrientes.
¿Tiene algún placer secreto?
No sé si es porque a mi edad me sigo rebelando contra la educación puritana, pero amo la ropa, amo salir de shopping y tener un almuerzo como éste que sea una excusa para arreglarme en medio del campo. Piense que durante treinta años yo cociné para mi familia. Cuando nadie mira, devoro ‘Vogue’, pero me molesta ver los precios, me parecen indecentes. Antes, cuando podía, me escapaba a Toronto a ver escaparates. ¡Ay, qué vergüenza! No sé si Eudora Welty se la pasaría pensando en este tipo de cosas. Al menos estoy segura de que Katherine Mansfield sí lo hacía, y ya les conté que fue una gran inspiración.


Alice Munro
Premio Man Booker Internacional a los 78
Por Catalina Holguín Jaramillo
Revista Arcadia




Una mujer empleada en una casa donde un hombre viudo vive solo con su nieta huye a un extremo desolado del país con el papá de la niña en cuestión. La mujer no tiene dinero, el hombre tampoco y además está enfermo. Solo se han visto una vez. El resto del contacto ha sido por medio de cartas que al parecer él ha escrito.
Esa es la trama básica de “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”, un cuento simplemente perfecto que toca los temas más representativos de la obra de la autora canadiense Alice Munro, reciente ganadora de la tercera edición del Premio Man Booker International: abandono y escape, los dilemas morales cotidianos y los pequeños fracasos, amor filial, de pareja y entre extraños, todo esto transmitido en un lenguaje aterradoramente sencillo y aparentemente plano. Excepto una novela titulada Lives of Girls and Women, Alice Munro sólo ha escrito cuentos cortos, y es por eso precisamente y porque solo escribe sobre mujeres que uno de los jurados del premio declaró que la probabilidad de que ella ganara era de 16 contra 1.




El nuevo Nobel

El premio Man Booker fue fundado en 1969 por un consorcio empresarial del mismo nombre. Desde entonces, cada año se premia un libro escrito en Gran Bretaña o un país de la comunidad británica de naciones (esto excluye a Estados Unidos), que haya sido postulado por una editorial y que, según el presidente del premio, sir Michael Caine, sea tan bueno al momento de ser elegido así como veinte años después. A pesar de que el premio representa un prestigio inigualable y un incremento en ventas fundamental, “nunca nos hemos propuesto”, dice Sir Caine, “y nunca nos propondremos premiar o crear best sellers. Si ese fuera nuestro propósito, no tendríamos jurados”.
El Man Booker International, el que ganó Munro, es un poco diferente. Primero, este se inauguró en 2005 cuando se galardonó al escritor albano Ismail Kadaré, elegido entre un selecto grupo de finalistas que incluyó a Gabriel García Márquez, Philip Roth, Ian McEwan y John Updike, entre otros. A diferencia del otro Booker, este se entrega cada dos años y los jurados postulan a los autores, a quienes juzgan por su obra completa y sin importar su país de origen.




“Un mundo de conocimiento casi adictivo”

La elección de los jurados del Man Booker Internacional, explica sir Michael Caine, busca representatividad de edad, género, nacionalidad y orientación crítica. Así, en esta ocasión, el jurado fue compuesto por el escritor de origen indio Amit Chauduri, el ruso Andrey Kurkov y la norteamericana Jane Smiley, quien ofició como presidenta del grupo. En el discurso de la ceremonia, Smiley se pregunta: “¿Cómo es posible que el anuncio de este premio haya sido muy bien recibido por casi todos los medios? La respuesta es porque todos sabemos que la superficie de la obra de Alice Munro, esa simplicidad y apariencia callada, es engañosa; que bajo esa superficie hay un reservorio de lucidez, un cuerpo de observaciones y un mundo de conocimiento casi adictivo, y una serie de pensamientos de personajes que no nos queremos perder y de eventos que necesitamos comprender”.
Además de ser una valoración inteligente y sensible de la obra de Munro, el discurso de Smiley es un dictamen crucial sobre el estado de la literatura y el papel de la mujer, como escritora y como lectora, en este ámbito. Al escribir sobre mujeres que, por pobres o impotentes que sean, tienen control sobre su propia vida, Munro cuestiona la representación de la mujer en la literatura, proponiendo personajes femeninos capaces de “vivir una vida moral compleja” y usando, además, una forma literaria marginal: el cuento corto. El triunfo de Munro contra todo pronóstico fue un verdadero triunfo de los géneros.




“Ama de casa encuentra tiempo para escribir”

Alice Munro nació en un pueblo remoto de Ontario, Canadá. Fue a la universidad, pero pronto se casó y tuvo tres hijas. Publicó su primer libro de cuentos a los 37 años de edad, después de unos veinte años de trabajo. Desde entonces, no ha dejado de escribir. A sus 78 años, Munro ha publicado 16 libros de cuentos y una novela breve. Cuenta la autora en una entrevista concedida a un diario español que su elección del cuento corto “estaba puramente determinada por el largo de las siestas de mis hijos. Pero después resultó que esa fue la manera en la que aprendí a escribir y ya no pude hacer otra cosa”. No era entonces enteramente falso el titular de un periódico local que, hace muchos años cuando Munro no era muy conocida, anunció: “Ama de casa encuentra tiempo para escribir”.
La literatura de Munro nace y se enfoca en un ambiente doméstico, pero, como las obras de la inglesa Jane Austen, trasciende esa domesticidad. Smiley, certera en su valoración de la obra de Munro, explica la resonancia universal de una serie de cuentos aparentemente enfocados en la vida de unas mujeres: “Descubrimos como lectores que venimos de algún punto en el mapa a miles de millas de distancia de Sowesto [la provincial natal de Munro], que las costumbres y hábitos y pasiones y defensas de los seres humanos que conocemos también son examinadas y reveladas por el escalpelo literario de Alice Munro—emociones reprimidas, apariencias decorosas, excesos sexuales ocultos, resentimientos antiguos: así funciona el mundo, sin importar dónde te encuentres”.