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Monday, February 3, 2014

Mark Rothko / La burbuja del arte moderno




Mark Rothko (1903 – 1970)


Nacido en Rusia bajo el nombre de Marcus Rothkowitz,  se hizo famoso en el campo del expresionismo abstracto aunque se resistía a utilizar éstos términos para describir su obra. Inicialmente consistía en arte con mayor tendencia figurativa, incluyendo figuras mitológicas pero luego empezó a experimentar (en los años 40 y 50) con el estilo por el que se lo reconocería mundialmente y con el que alcanzaría su madurez artística: los campos rectangulares de color.
5) FOUR DARKS RED
4) Nº 61
3) BLACK GREY
2) MAGENTA, BLACK, GREEN ON ORANGE             
1) ORANGE & YELLOW

Mark Rothko en cuatro rectángulos


MARK ROTHKO EN CUATRO RECTÁNGULOS
Por Mauricio Montiel Figueiras

Marcus Rothkowitz, que cambió su nombre por el de Mark Rothko en 1940 aunque lo registró legalmente hasta 1959, adjudicaba a un recuerdo de infancia los rectángulos que fueron conquistando su pintura como un hábil batallón geométrico o bien como prefiguración de los monolitos cósmicos de2001: Odisea del espacio, esos umbrales que van a dar al fondo de lo ignoto al igual que las formas rothkianas. (El arte, afirmaría el pintor en 1943, es “una aventura hacia un mundo desconocido que sólo pueden explorar quienes estén dispuestos a asumir riesgos”.) El recuerdo en cuestión eran las fosas comunes ubicadas en los bosques cercanos a su ciudad natal (Dvinsk, Rusia, hoy Daugavpils, Letonia) y cavadas por los cosacos que cazaban y mataban judíos para mostrar fidelidad al zar. Los historiadores, no obstante, anotan que en aquellos años —Rothko nació en 1903 y emigró a Estados Unidos en 1913— no hubo ejecuciones de ese tipo en dicha zona, y establecen que el recuerdo pudo deberse a los relatos sobre los pogromos en la Rusia zarista oídos por un niño sensible. Así pues, ¿qué serán en realidad los misteriosos rectángulos de Rothko: los sepulcros de donde el color se levanta y anda como un Lázaro consagrado de golpe a la luz y al éxtasis dionisiaco? “Apolo —diría el artista— tal vez sea el dios de la escultura, pero también lo es de la luz extrema. El resplandor no sólo ilumina el todo sino que, al intensificarse, también lo diluye. Esa es la clave secreta por la que identifico lo dionisiaco con el resplandor.” Tumbas luminosas, sus cuadros se abren para recibirnos pero no con un abrazo de muerte sino con la bienvenida a un nuevo estadio de la existencia: quizá el mismo al que accede el Ulises sideral de 2001.

¿Tumbas o templos? En la primavera de 1959, para liberarse un poco de la tensión causada por los murales comisionados por Joseph Seagram and Sons para el restaurante Four Seasons en Park Avenue, Rothko hace su segundo viaje a Europa desde el exilio neoyorquino junto con su familia: Mary Alice (Mell) Beistle, su segunda mujer, y Kathy Lynn (Kate), su primogénita. Una vez en Nápoles, su primer destino, los Rothko visitan Pompeya y Mark se siente impresionado por la afinidad entre su obra y los frescos de la Casa de los Misterios (la complicidad dionisiaca); después deciden pasar un día en Paestum, antigua colonia grecorromana al sur de Nápoles, donde se yerguen tres magníficos templos dóricos y donde dos jóvenes vacacionistas italianos, al enterarse de la actividad de Rothko, le preguntan si ha venido a pintar los edificios, a lo que él contesta: “Llevo pintando templos griegos toda mi vida sin siquiera saberlo.” En el trayecto a Europa a bordo del trasatlántico USS Constitution, el artista confesó al editor John Fischer, compañero de ruta, que había aceptado la comisión Seagram en 1958 “con la esperanza de pintar algo que le estropeara el apetito a todo hijo de puta que comiera en la sala. El mejor cumplido sería que el restaurante se negara a colgar los murales, pero no lo harán. La gente aguanta lo que sea hoy en día”. Lo que sea: Rothko quería enterrar en vida a los frívolos comensales del Four Seasons, convertir Nueva York —la ciudad que no abandonaría salvo por motivos profesionales o recreativos— en una suerte de necrópolis rebautizada como Nueva Rothko gracias a esos murales inspirados —según admitió al mismo Fischer— por las puertas y ventanas ciegas del vestíbulo o ricetto de la Biblioteca Laurenciana en Florencia, diseñado por Miguel Ángel en la década de 1520. Nadie sale vivo de este espacio, pensó Rothko, así que rómpanse la crisma contra mis puertas y ventanas tapiadas el resto de la eternidad, o al menos hasta que el color les arroje la llave. Sin embargo, luego de un almuerzo con su esposa en el Four Seasons, el pintor rescindió el contrato con Seagram y rechazó los treinta y cinco mil dólares ofrecidos: los clientes de esa atmósfera banal no entenderían los cuadros que ahora cuelgan, partes de un rito simbólico de lapidación, en distintos museos. Imposible sobornar tal furia cromática: “Ni toda la corrupción de este mundo —apuntaría el poeta Stanley Kunitz en la oración fúnebre dedicada a su amigo— puede diluir esos preciados colores.”

Rothko tuvo que descender a los subterráneos no sólo de Nueva York sino de su espíritu (“Para mí el arte es una anécdota del espíritu”, diría en 1945) para regresar a la superficie con colores que nos harían precipitarnos a otras profundidades (“La experiencia de la profundidad es una experiencia de penetración en los estratos cada vez más internos de las cosas”, diría en 1954). Las criaturas largas y alienadas que pueblan la serie de óleos sobre el metro, inscritos en el periodo realista de su obra (1924-1940), son puntales que soportan los bloques donde ya late una poderosa obsesión cromática. En la fase surrealista (1940-1947), esas criaturas devienen emblemas mitológicos que se disuelven en las “multiformas” (1947-1949) de donde brotarán por fin los rectángulos incandescentes. Junto con la figura humana y los marcos, la firma de Rothko desaparece para dejar hablar con toda libertad a la materia —el pintor se definía como materialista—, a las “cosas” que le granjearían la inmortalidad: “Las áreas son cosas […] Mis cuadros no tienen nada que ver con el espacio. Mondrian divide el lienzo; yo pongo cosas en él.” Cosas, hay que señalarlo, que Rothko vislumbró al toparse en 1949 con El estudio rojo (1911), de Henri Matisse, que además le legó una especial afición por el color de la sangre. No es gratuito que la obra de teatro de John Logan que aborda el proceso de creación de los murales Seagram, y cuyo montaje en Broadway obtuvo siete premios Tony en junio de 2010, se titule simple y precisamente Red.

A las nueve de la mañana del miércoles 25 de febrero de 1970 el ayudante de Rothko, Oliver Steindecker, localizó el cadáver del pintor en el baño de su estudio situado en la calle 69 Este. La autopsia reveló que el artista murió de una sobredosis de barbitúricos al cabo de cortarse las arterias braquiales con una hoja de rasurar. Horas después del hallazgo del cadáver, nueve óleos destinados originalmente al restaurante Four Seasons llegaron a Londres para integrar lo que sería la Sala Rothko en la Tate Gallery y luego en la Tate Modern. Simon Schama sintetiza así el impacto de esas imágenes: “Algo allí vibra y pulsa constantemente, como el interior de una parte del cuerpo, todo carmesí y púrpura.” John Banville se inclina también por la veta orgánica: “Cada lienzo rezuma los colores como sangre fresca a través de un vendaje donde la sangre vieja ya se ha secado.” Estas palabras no dejan de remitir al triste y violento cuadro —un Estudio rojo muy diferente al de Matisse— que debió trazar la sangre de Mark Rothko durante su suicidio: el último gesto cromático de quien en algún momento declaró ser “tal vez un profeta. Pero no profetizo las desgracias por venir sino que pinto las que ya están aquí”.

http://prosas_y_cosas.espacioblog.com/post/2011/09/25/mark-rothko-cuatro-rectangulos#c5564487

Mark Rothko / Daño en la Tate




Un visitante daña ‘rothko’ en la Tate

El agresor se acercó hasta el mural y lo marcó con tinta negra

"Mi intención no era destruirla", ha declarado

 Londres 8 OCT 2012 - 18:33 CETWrigttg Twitter / The Guardian



Un visitante dañó un mural del pintor estadounidense Mark Rothko en la galería Tate Modern de Londres, lo que obligó el domingo al cierre temporal del museo. La Tate Modern informó de que un hombre se acercó hasta el mural, de la serie Seagram, y lo marcó con tinta negra, incidente que es investigado por la Policía Metropolitana de Londres.
"La Tate puede confirmar que hubo un incidente en el que un visitante desfiguró uno de los murales Seagram de Rothko al aplicar con una brocha pintura negra en un área pequeña de la pintura", señaló una portavoz de la galería.
De acuerdo con varios testigos, el individuo se había quedado un rato observando la obra antes de marcarla y salir de la sala rápidamente. Los medios británicos han identificado al vándalo como Vladimir Umanets, de Rusia, que llegó a escribir sobre el mural la frase: "Vladimir Umanet, una posible pieza de Yellowism".
En declaraciones posteriores a los medios británicos, el visitante admitió haber pintado el mural pero negó que su intención fuera dañarlo. "Algunos piensan que estoy loco o que soy un vándalo, pero mi intención no era destruirla (la obra)", dijo Umanet, que afirma ser estudiante de arte y uno de los fundadores de lo que denominó Yellowism (algo así como Amarillismo). Según dijo, el Yellowism "no es arte ni está en contra del arte", sino que es "un elemento de la cultura contemporánea visual".
"No es arte y no es realidad. Es Yellowism. No puede ser presentado en una galería de arte", afirmó este ciudadano ruso, que explicó además que la diferencia entre Yellowism y el arte es que en este último tienes "libertad de interpretación, en el Yellowism no tienes libertad de interpretación, todo es Yellowism, eso es todo".
Umanet, que no reveló a la prensa ni su edad ni su lugar de residencia, negó que su intención fuera hacerse famoso al pintar el mural, si bien admitió que lo más probable es que sea arrestado. El artista Mark Rothko (1903-1970), de origen ruso, emigró a EEUU cuando tenía 10 años y llegó a convertirse en uno de los artistas del expresionismo abstracto más importantes.
En 1958 recibió la comisión para pintar los murales Seagram para el restaurante Four Seasons de Manhattan (Nueva York), pero nunca llegaron a ser instalados allí, y poco antes de su muerte donó algunos de esos murales a la Galería Tate. Las obras de este artista han llegado a venderse en el mercado del arte por millones de dólares.















Sunday, February 2, 2014

Mark Rothko / Campos de color


Mark Rothko
CAMPOS DE COLOR

31 octubre de 2012
Mark Rothko, uno de los grandes artistas plásticos del siglo XX, y mi pintor favorito, nació en Letonia (1903-1970), aunque vivió gran parte de su vida en Estados Unidos.  Fue una de las figuras más destacadas del expresionismo abstracto americano de los años 40, junto a Barnett Newman y Jackson Pollock. 
Sus cuadros, ofrecen siempre la temática de los campos de color, dispuestos normalmente de manera horizontal, en número de dos, tres o cuatro, habitualmente sobre un fondo de otro color.  Rectángulos de grandes formatos confrontados de colores y con bordes desdibujados por veladuras.  Nuestra primera impresión puede ser la de encontrarnos frente a simples cuadrados de colores que hubieran podido ser realizados por cualquier aficionado. Sin embargo, son pocos los que saben que a Mark Rothko le tomó cerca de 20 años llegar a ese nivel de abstracción.
La intención del artista era que el espectador participara de una experiencia mística, de ahí los grandes formatos de los cuadros.  Rothko dotaba  a su obra de un sentido religioso.  A Rothko sólo le interesaba expresar las emociones.  La obra de arte tiene entonces un sentido de búsqueda del propio yo, de invitar a la reflexión y a la introspección.  Según sus propias palabras “expresar las emociones humanas más elementales.  La tragedia, el éxtasis,  la fatalidad del destino…” 
Las obras de Mark Rothko son hipnotizadoras y seductoras, y plasman su ideal de que la pintura debe ser “la expresión simple de una idea compleja”; esa es, justamente, la clave de la oscuridad que envuelve tanto a su obra como a su vida. 
Al principio su obra tenía colores más llamativos y positivos, vivos y brillantes, como el rojo, el amarillo, verde…, sin embargo al final de su vida, sus cuadros estaban plagados de tonalidades oscuras, como el verde, violeta, marrón y sobre todo los negros.  Este cambio en la paleta de colores se asocia al estado depresivo del artista que le llevó al suicidio. 
 Centro blanco (Amarillo, Rosa y Lavanda sobre Rosa), puesto en venta por Rockefeller, fue subastada en Sotheby´s por 72,8 millones de dólares.
20090707_rothko_merkin

Mark Rothko / Contemplación



Mark Rothko 
CONTEMPLACIÓN



Saturday, February 1, 2014

Ernesto Bertani / Aplaudido sin descanso



Ernesto Bertani
APLAUDIDO SIN DESCANSO


Ernesto Bertani fue aplaudido sin descanso por el público tandilense que llenó el Museo


11.08- Fue este fin de semana, en las instalaciones del Mumbat, donde el artista plástico inauguró su muestra. El Eco de Tandil dialogó con él y compartió la inauguración.





Comenzó la charla con este Diario diciendo que para él era un placer llegar a Tandil “porque es un lugar hermoso. Las veces que vine como artista o turista me encontré muy bien entre la gente. Además, tiene lugares hermosos. Cuando era chico mi abuela pasó una temporada en Tandil porque tenía un problema asmático y en esa época veníamos a visitarla. Es una ciudad donde me gustaría vivir, porque es lo suficientemente grande como para tener todo lo que uno necesita y lo suficientemente chica para no ser el `loquero´ que es Buenos Aires”.

-Llega con una selección de veinte años para compartir con los tandilenses...

-Traje veinte años de trabajo, una selección. Trato de hacer este tipo de muestras en lugares donde expongo por primera vez. Me interesa hacer una retrospectiva de una cantidad de años, para la gente que no me conoce, que no conoce mi obra o no tuvo la oportunidad de ver mis muestras en Buenos Aires u otros lugares. Así puede tener un panorama más amplio. Trato de elegir una obra de cada año o de cada serie.

-Su obra se expuso en el Fondo Monetario Internacional, en la Casa Rosada, pintó la tapa del libro de Lanata...¿Cómo se siente con eso?

-En realidad son los lugares que menos me entusiasman. Todo lo que tiene que ver con el poder... Es interesante en cuanto es un cierto reconocimiento, pero son los lugares que menos me interesan, por varias causas. Primero porque lo que más me cautiva es la gente llana. No trabajo para conocedores, expertos, para habitués de las galerías, sino para el público masivo, por eso me gusta hacer muestras en ciudades donde no expuse nunca, donde hay otra avidez. Lo otro, son cuestiones que tienen que ver con lo institucional, donde al otro no le importa demasiado.




De serie en serie

-Usted trabaja por temas o series...

-Sí, que no sólo tienen que ver con la unidad temática, sino con la técnica, porque hay series hechas sobre casimir, géneros estampados, lienzos, otros simulando arrugas, grandes telones. Yo siempre trabajo sobre el hombre y la mujer porteños, que podrían ser de cualquier gran ciudad. Los porteños tienen ciertos tics que los identifican. A veces, los personajes son los mismos, aunque cada actitud o situación prefiero manejarla con un soporte acorde. Por lo menos, la gente que ve la muestra tiene un panorama de los últimos veinte años.

-En su obra se muestra cierta ironía sobre algunos temas, ¿qué me puede decir de esto?

-Cuando expuse en lugares así, como el Fondo Monetario Internacional, pinté algo que tenía que ver con la corrupción, porque me gusta ser un poquito desafiante desde ese lugar, que particularmente detesto, no me interesa. Quise mostrar algo que sea un poco inquietante.

-Cuando uno recorre su obra, también están presentes el amor, las relaciones... 

-En esta muestra traté de traer un poco sobre las diferentes series, y los personajes son el hombre y la mujer de Buenos Aires, que tienen ciertas cosas en común con el hombre y la mujer de cualquier lado. Dentro de esos personajes, me interesa mucho el tema del poder, por eso lo de la corrupción. Me interesa la identidad, la idiosincrasia de los porteños, de los argentinos, por eso también hay obra que tiene que ver con cierta mitología. 

-¿El amor está enmarcado en series?

-Sí, la serie de los amantes, donde hay un amor pasional, intenso, aunque efímero, por eso hay papeles arrugados y soportes que están relacionados con la fragilidad. Otra serie es la de los matrimonios, donde la pareja está más sólida, más simbiotizada, fundidos el uno con el otro.





Particularidades

-En su obra, la figura humana está como unida al lienzo ¿Por qué?

-En general está unida porque me interesa que el soporte participe de la imagen, no me gusta hacer un fondo. En general, yo trabajo mucho el primer y el primerísimo primer plano, que hace que uno encuentre un fragmento de la figura, sobre todo, centrada en la vestimenta, que para mí es la piel del hombre urbano, donde el cuerpo está totalmente presente por la forma, pero la piel está tapada.

-¿Y los tatuajes?

-Esa es una serie sobre el tema del tatuaje, porque yo voy trabajando mucho sobre lo que va pasando socialmente. Esta moda del tatuaje es algo sobre lo que trabajé bastante en forma crítica e irónica. No estoy de acuerdo con el tatuaje como cosa de consumo, impuesta por la moda. Aparte, hay una cuestión muy grave y es que la gente que más se tatúa no tiene en cuenta que el tatuaje es una moda y, por definición, es efímera, va cambiando y el tatuaje es lo inverso, es eterno. Esa contradicción que está impuesta por una cuestión de consumo o de moda me parece absurda. El tatuaje que yo hago es con una tela estampada, porque busco que el tatuaje sea un producto industrial, de la moda, no de un artesano o artista, sino un sello estampado, como si fuera sobre la tela, aunque es sobre la piel.





Posición personal

-Desde el arte tiene la oportunidad de denunciar, llamar la atención...
-Yo creo que no es mucho lo que uno puede influir. Yo particularmente trabajo estos temas porque es como sacarme los fantasmas, las angustias y manifestarme yo, lo que es mi ideología. Que la gente lo perciba y lo lea como yo quiero es absolutamente personal y muy difícil de conseguir. No es que yo quiero hacer un panfleto para movilizar a la gente. Yo lo hago porque necesito sacarme eso. Estar todo el día en mi taller haciendo estas cosas, es metabolizar ese mundo que no me gusta, que me duele o me molesta y sale por ahí. Pero también trabajo con estas cuestiones que tienen que ver con el amor, la pasión.

-¿En qué está trabajando actualmente?

-En este momento yo estoy haciendo una muestra en Buenos Aires que es una serie de trabajos que está basada en los lápices de colores. Para mí, el lápiz es mi herramienta de creación y además, lo que sintetiza todos los elementos que el hombre usa para expresarse y crear. Un empresario, un ingeniero, un comerciante, un abogado, necesitan siempre graficar, ya sea escribiendo o dibujando. Empecé a utilizar los lápices en los `80 con ese sentido; ahora siento que desde hace unos cuantos años hay una gran falta de creatividad en todos los aspectos: políticos, económicos, sociales, la relación entre las personas, en la pareja; no hay un sistema que realmente funcione entre los hombres; entonces es una especie de llamado a la creatividad la que estoy haciendo, de decir “pongámonos a pensar qué hacer”. Utilizo mucho la frase del Mayo Francés “La imaginación al poder” y a partir de eso estoy trabajando sobre el tema de la creatividad y con los íconos de esta época que son el signo peso y el de interrogación, que se vincula a preguntarnos qué queremos de la vida, de los demás. Estoy muy contento y entusiasmado trabajando con esa serie. Es una época que me motiva mucho y me moviliza para cuestionarme cosas y tratar de profundizar.




Ernesto Bertani / Mujeres



Ernesto Bertani  

MUJERES

  MUJERES

 MUJERES

 MUJERES



El sentimentalismo de telenovela y los boleros de Sandro fueron la inspiración de “Rosa-Rosa”, la muestra que este artista acaba de inaugurar en la Galería Zurbarán y en la que vuelve a exhibir su particular estilo: vibrante, expresivo, efectivo, desprejuiciado y vendedor. Bienvenidos al mundo de un pintor cuya obra demuestra que en el arte todavía se puede hablar de amor.





Casimires y jerseys son algunas de las telas sobre las que Ernesto Bertani viene plasmando, desde hace casi treinta años, una obra que insiste en reflexionar sobre cómo la ropa que vestimos habla de nuestra sociedad y nuestro tiempo. “Todos nos relacionamos con la moda de algún modo–, asegura el artista–. Desde el tipo que se compra la ropa más cara hasta aquel que prescinde totalmente de eso. Como yo, que nunca uso traje ni corbata, y siempre busco comprarme ropa que no tenga marca ni etiqueta”. Así es como este pintor de 56 años –casado y con dos hijos adolescentes– se pone firme en su postura de combatir los embates de la moda. Una posición que exhibe en toda su magnitud en su propio espacio, en su taller de Ituzaingó, donde recibió a Para Ti.




Tanto en su serie de principios de los ´80 titulada “Las braguetas” –en la que indagaba los pliegues del machismo criollo–, como en sus pinturas llenas de hombres vestidos de traje que se meten unos a otros las manos en los bolsillos –y que alegorizan la corrupción en la década del ´90–, Bertani ha encontrado una manera de hacer crítica social a través de su pintura. “Lo que va sucediendo en la realidad me va dando pistas para meterme en ciertos temas. Hay una serie cuyo motivo son las corbatas –que tenía que ver con empresarios, con ejecutivos representados a través de los trajes que usan–que nació en un momento en que parte del mundo empresarial se instaló en los medios masivos. Fue la época en la que grandes empresarios empezaron a aparecer en las revistas del corazón, a salir con modelos, y dejaron su mundo de negocios para estar en la farándula. Antes, si vos hablabas de las grandes empresas, la gente no tenía ni idea de quién era el dueño o el ejecutivo de turno. Eso es un fenómeno reciente. Fue la explosión de lo mediático la que dictó que uno no existe si no está en los medios”.

–En los cuadros de tu nueva exhibición “Rosa-Rosa” es la decoración la que te sirve para ironizar sobre el modo en que las obras de arte terminan siendo muchas veces objetos decorativos...

–Sí, y por eso los cuadros aparecen haciendo juego con el sillón, y viceversa. Una de las cosas que estoy trabajando al pintar sobre tela de tapicería es la relación del cuadro con la decoración, que es una forma de banalizar el arte. Sin embargo, por más que uno pinte con una intención determinada, el cuadro después es comprado por alguien con una intención totalmente diferente. Así como un grupo de música popular como La Bersuit hace una canción con un sentido de crítica social y los pibes se ponen a bailar y no les importa lo que dice la letra, el artista tiene que lidiar con lo que después se hace con su obra. Una cosa es lo que uno quiso decir y otra es en qué termina todo eso.

–Entonces, ¿tus pinturas se resisten a decorar el living de una casa?

–No, no... Yo soy un tipo que pinta y no me interesa demasiado lo que pasa después con mis cuadros. Yo vivo en medio de la naturaleza, en una zona agreste –aunque viví bastante tiempo en la ciudad–, y algo que me resulta raro es ver cómo la gente que vive en departamentos, rodeada de cemento y asfalto, busca reproducir en sus hogares cosas de la naturaleza. Mis cuadros también reflexionan sobre eso: sobre la manía de hacer una ficción de la naturaleza, de poner muchas plantas o usar telas estampadas con flores, o alfombrar los balcones con césped sintético.
Bertani era de esos chicos que en la escuela dibujan caricaturas de todos sus profesores. Su pasión por la plástica se remonta a su infancia. 

“Quizá influyó en mi vocación un pariente de mi familia que era pintor y dibujante y que era muy conocido como ‘afichista’ de cine. En esa época, los afiches que promocionaban las películas eran dibujados, y él era un ilustrador muy importante. También tenía una tía que era dueña de una galería que quedaba justo arriba de lo que en ese entonces era el Instituto Di Tella. Desde muy chico estuve en contacto con el arte. Casi te diría que con mis primas íbamos a jugar al Di Tella”.

–Un gran tema de tu obra es el amor, la pareja. ¿Creés que, por lo general, es algo despreciado por los artistas? 

–Yo creo que en los ambientes artísticos que tienen que ver con una elite, donde el arte es visto a través de lo intelectual, hay prejuicios sobre todo lo que tiene que ver con las emociones. Para ellos, “cursi” es casi una mala palabra. Sandro –sin ir más lejos–, personaje en el que me inspiré en cierto modo para esta serie, era lo más grasa que había hace treinta años. Decir que te gustaba era como decir hoy que te gusta la cumbia. Pero a mí no me importa caer en lo cursi. Hace poco hice una serie sobre el beso, que es un tema clásico de la historia del arte. No creo que muchos pintores contemporáneos se hayan dedicado a trabajar sobre eso. Pero yo lo hice, y me interesé por el beso tal y como aparece en el cine o las telenovelas.
–¿Cómo surgió la idea de unir en tus pinturas lo cursi, lo kitsch, el amor, las flores, la deco rococó y Sandro?

–Todo tiene que ver con las telas floreadas. Yo venía trabajando con casimires, encajes, jerseys, telas casi lisas o con un diseño sobrio. Cuando descubrí esas telas llenas de rosas las compré sin saber bien qué iba a hacer. Y no fue difícil relacionarlas con la canción más emblemática de Sandro. Mi idea es decir que todos somos medio cursis cuando nos enamoramos, que todos decimos lugares comunes y cursilerías. Para mí es una deformación ocultar eso. Los artistas necesitamos que venga Umberto Eco a hablarnos de las telenovelas para aceptar que las miramos.
–¿Está mal visto en el mundo de los artistas plásticos vender bien? 

–Yo creo que está mal visto en el mundo de los artistas que no venden. Yo he tenido esos prejuicios. Cuando era joven, veía a los artistas consagrados y decía: “Este se vendió”, “Es comercial”. Después te das cuenta de que no siempre es así. Guillermo Kuitca es el artista más exitoso comercialmente, uno de los más cotizados, y es un tipo con una obra que no podés pensar que está hecha para ser vendida. Hay cuestiones –como el tamaño de un cuadro– que hacen que éste sea más o menos vendible. Yo he hecho obras de siete metros que sabía que no se venderían. Y también pinto cuadros de tamaños convencionales, que se pueden exhibir y vender en una galería. Pero lo que se ve en ellos lo pinto sin ningún condicionamiento.

La figura de mujer que trabajás tiene un cuerpo no idealizado, hasta imperfecto. ¿Puede el arte cuestionar la imagen de mujer que impone la industria de la comunicación?

–Yo creo que los medios ya no imponen un ideal de mujer. Me parece que ese asunto de la anorexia ya pasó. En realidad, ¡ahora todas se ponen siliconas! (risas). Habría que ver por qué los medios y las mujeres se engancharon tanto en esos años con la delgadez extrema. Me parece que ahora hay una diversidad de gustos. Ya hace algunas décadas que hay un gran eclecticismo en todo, incluso en el arte. ¿Qué es hoy el arte contemporáneo? Es difícil saberlo. Con el gusto y la moda también pasa lo mismo. No hay tendencias que se precien de ser únicas.–

PARA TI























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