Friday, July 5, 2013

Lydia Davis / Creo que los lectores son felices



Lydia Davis

"Creo que los lectores son felices

 cuando son muy activos"


Lydia Davis, escritora. La edición de sus cuentos completos 

confirma la altura de una autora breve, concisa y con mucho humor 



A Lydia Davis no le hacen falta muchas palabras para contar cosas. A veces basta con un par de frases, como en Compañera, una las historias de los Cuentos completos, que publica Seix Barral (en traducción de Justo Navarro). Dice así: "Nos sentamos juntas mi digestión y yo. Leo un libro y ella trabaja con ahínco en el almuerzo que acabé hace un rato".



Sería demasiado aventurado decir que Davis ha inventado un género literario propio, despojado de detalles, pero se encuentra entre los mejores. Sus personajes y los lugares no suelen tener nombre, pero eso no se convierte en un estilo frío. Todo lo contrario: historias, cálidas, llenas de humor e, incluso, ternura, tratan de temas mundanos (sin olvidarse ni siquiera de la escatología) o mucho más cercanos. Algunos han calificado sus escritos de "flash fiction".
Davis, hija del maestro y escritor Robert Gorham Davis y Hope Hale Davis, es también una reconocida traductora al inglés de las obras de Flaubert y Proust, dedicación que compartió con su exmarido Paul Auster. En Nueva York, a mediados de los setenta, los dos sobreviven como pueden con estas labores y Auster comienza a trabajar sobre Pour un tombeau d'Anatole, de Stéphane Mallarmé. Juntos también traducen Vida /Situaciones, de Jean Paul Sartre. La relación entre ambos acaba en 1981, en una relación deteriorada además tras la sequía más grave de Auster, que en ese año se casa con la escritora noruega Siri Hustvedt.
Lydia Davis vive en el norte del estado de Nueva York, cerca de la capital, Albany, donde enseña literatura en la universidad pública.
¿Cómo empezó a traducir libros del francés? Es una ocupación solitaria y la mayor parte del tiempo árida y muy poco reconocida en EEUU.
"La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede"
Me gusta mucho escribir en inglés. Me gusta escribir lo que otra persona ha escrito. La soledad... Me temo que escribir es una actividad solitaria o sea que eso no puede ser un problema. En cuanto al reconocimiento, creo que ahora está mucho más apreciado que antes. Pero EEUU está muy atrasado en el tema de las traducciones, y eso es una pena. En mis clases de ficción siempre digo a mis alumnos que deben traducir a autores extranjeros. Yo llegué al idioma francés, como muchas cosas en la vida, un poco por casualidad. Antes había aprendido alemán. Sólo tenía 7 años y me metieron en una escuela donde la única lengua extranjera era el francés. Tenía un buen profesor.
No es usted una autora convencional. ¿Esta antología de sus relatos, que aparece ahora en castellano, escritos a lo largo de más de 20 años, puede ayudar a entender mejor su trabajo?
Creo que sí. El crítico de la revista The New Yorker, James Wood, dijo [en un celebrado y elogioso artículo de cuatro páginas que publicaron al aparecer esta antología en EEUU, en 2009] que entendió mis relatos de forma muy distinta el día en que los vio todos juntos, porque algunos son cortos, otros muy cortos... a veces es difícil tener una idea global de lo que he querido decir.
"Mis personajes tienen mucha curiosidad por el mundo"
¿Le molesta que la califiquen de autora experimental?
Entiendo lo que quieren decir, pero no me gusta la palabra porque implica que el experimento ha fallado. La mayoría de los experimentos no acaban bien, a lo mejor uno de vez en cuando tiene éxito. También me han llamado atrevida o innovadora, esa palabra sí me gusta, porque parece que has hecho algo nuevo. Aunque hay precedentes de lo que hago, quizás no en la tradición estadounidense, sino más europea, estoy pensando en el escritor vienés Peter Altenberg (1859-1919). Escribía historias muy cortas, de una o tres páginas, transformaba experiencias propias, a veces las convertía un poco en ficción. Son historias muy bonitas, divertidas, raras, líricas. He traducido algunas para revistas literarias.
En sus relatos los silencios, todo lo que no cuenta, es tan importante como las palabras. ¿Cómo llega a calcular todo lo que no debe decir?
No es el resultado de un cálculo, es algo más intuitivo, depende de cómo me llegue historia. Mi reflexión gira alrededor de cuánta información es suficiente para una buena historia: lo que sobra y lo que falta, y cómo mantener el equilibrio mientras lo escribo. Pero soy incapaz de pensarlo con antelación, tampoco lo pienso luego ni pulo cosas. El autor debe mantener un equilibrio entre el control que ejerce y la actividad del lector. Leo a autores que ejercen demasiado control, que explican demasiadas cosas. Creo que los lectores son felices cuandohacen mucho, cuando son muy activos.
¿Cómo se consigue que en una sola frase pueda incluirse toda una historia?
Según la sensación de concreción que me transmite cuando la leo. Un sentido físico de que la historia es parte de otra historia. En las conversaciones me gustan las interjecciones, es decir, todo lo que puede llegar a decir un comentario corto sobre la persona que lo dice. La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede, incluso Marcel Proust decía que era muy conciso. Escribía páginas y páginas, pero no escribía más de lo que debía.
Sus historias también alargan el tiempo y sus personajes parecen congelados en un momento preciso de su vida
Algunos lectores me han dicho que siguen pensando en las historias más cortas, las que tienen una línea o dos, después de haberlas leído. De alguna manera crean sus propias historias que van más allá de lo que he escrito.
Sus personajes viven en una constante derrota su cotidianidad, ¿cree que están perdidos?
Quizás, pero sobre todo tienen mucha curiosidad por el mundo. Ellas, porque la mayor parte del tiempo son mujeres, se sienten intrigadas, intentan entender lo que les rodea, sus circunstancias de vida, etc. Están fascinadas por lo que pasa a su alrededor. Yo, por ejemplo, he publicado un pequeño libro sobre las vacas que viven del otro lado de mi casa.
¿Se ha visto tentada de volver a una narración más tradicional?
Sí, desde luego. Una de las historias, El paseo (parte de Variedades de perturbación), obedece justamente a ese impulso, porque me gusta la narración tradicional de las historias cortas.
En alguna ocasión ha explicado que ya está trabajando en una narración muy larga.
Hay un par de proyectos, pero mi próximo libro será, sin duda, de nuevo historias cortas. Pero si me decido a escribir algo largo será Historia, una historia de no ficción. Quiero cruzar la línea hacia otro tipo de narrativa. Tengo dos ideas en mente, una sobre la historia estadounidense antes de la revolución. Y otra es en Francia, en el siglo XIV. Son muy distintas, pero no soy historiadora, es un handicap, así que tendré que hacer mucha investigación.




Lydia Davis

La autora más breve y adictiva

Cruel
A pesar de que el humor siempre figure de alguna manera, aunque sólo sea para no tomarse demasiado en serio, Lydia Davis construye a partir del conflicto, y en ese terreno la familia es el campo de batalla. En el relato ‘La madre' describe una relación asfixiante entre una madre y su hija. De hecho, la presencia materna, sostenida a lo largo de estos 20 años de trabajo, siempre es inquietante. 
Derrota
Los héroes de Lydia Davis son gente de poca monta, son la mayoría. Y el material del que se nutren sus relatos, por tanto, es la inseguridad, los sueños incumplidos y las pérdidas. 
Doméstica
"No sabía si había sido él o el perro", es el arranque del cuento ‘Ventosear' al describir la primera cita de una pareja. Davis parte de lo trivial para transformarlo en un recurso para el asombro. Maestra en el retrato de vidas vulgares, vidas singulares. 
Moral
En ‘La casa de atrás' presenta el enfrentamiento entre vecinos, la versión del qué dirán en EEUU. Unos no se hablan con otros, pero todos opinan de todos. Violencia y silencio, prejuicios y rumores. "La costumbre provocará que la gente de atrás recobre su raída pulcritud, el cáustico cotilleo de todas las mañanas contra la gente de la casa de delante, la frugalidad en las pequeñas compras, su decencia sin riesgos". 
Presente
Directa y sencilla. Su estilo lima la retórica, desmiga la tercera persona y se olvida del recuerdo si no es para perfilar a sus criaturas. Todo en Lydia Davis es presente: "La comida de mi marido en la infancia era la ternera en lata. Lo descubrí ayer cuando vinieron unos amigos y empezamos a hablar de comida". 


http://www.publico.es/culturas/382215/creo-que-los-lectores-son-felices-cuando-son-muy-activos


Thursday, July 4, 2013

Lydia Davis / Man Booker International Prize


El Man Booker premia a Lydia Davis, virtuosa del relato corto

Día 23/05/2013 - 00.56h

La escritora estadounidense, apasionada de la belleza, 

se alza en Londres con el preciado galardón literario


«Observo a la gente y a las cosas, y también a mí misma. La escritura te permite coger distancia y me ayuda a entenderme». Este es el manual de instrucciones con el que la estadounidense Lydia Davis elabora sus libros que anoche le valieron, en una gala celebrada en Londres, el premio Man Booker Internacional. Virtuosa del relato corto y considerada uno de los gigantes silenciosos de la ficción norteamericana, esta escritora, traductora, profesora y crítica literaria, es una auténtica amante de los retos y apasionada de la belleza del lenguaje.
Alabada por Joyce Carol Oates, quien la ha calificado de «ágil, hábil, irónica y sorprendente», y señalada por Jonathan Franzen como uno de los pocos escritores «que hacen que las palabras sean tan importantes», Lydia Davis es poco conocida en España, donde sí se han publicado «Cuentos completos» (Seix Barral, 2011). En él se reúnen todos sus relatos cortos, algunos de ellos minimalistas de apenas un par de líneas. Este formato literario, que ella embadurna de poesía, filosofía y con un aderezo de humor en prodigiosa simbiosis, le han valido fama y prestigio internacional. Los críticos han destacado de este libro su «lucidez, brevedad aforística, originalidad formal y sabiduría humana». Una voz única y brillante en el mundo literario.
Nacida en Massachusetts en 1947, Lydia Davis siempre se ha confesado como una entusiasta lectora de Nabokov, Hardy, Joyce o Dostoievsky. Sus traducciones de Flaubert o Proust al inglés han sido ampliamente reverenciadas. Finalista del National Book Award Fiction, en 2007, Lydia Davis fue la primera esposa de Paul Auster, con quien estuvo casada entre 1974 y 1978.
Es de esperar que este prestigiosa galardón sirva ahora para que Lydia Davis sea considerada como una de las mejores voces de la literatura estadounidense en la actualidad. Su nombre debería empezar a codearse con los mejores a la hora de elaborarse las quinielas para los mejores premios literarios del año.

Torsiones y distorsiones


Cuando en 1976 Raymond Carver publicó su primer libro de relatos,¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el clima era propicio. El esfuerzo de revistas como The New Yorker –que todavía incluye un relato semanal– contribuía a familiarizar al público lector con ese formato.
Aquí la coyuntura del cuento es bien distinta y ni los editores se pelean precisamente por incentivarlo ni los lectores lo consideran algo más que un género menor. Afortunadamente, aunque estamos a años luz del panorama norteamericano (el que sentó sus bases en los cincuenta y sesenta, cuando se publicaba a Bellow y Roth, y el actual, que sigue teniendo el cuento en alta estima), ahora está viviendo un pequeño auge.
El trabajo de Lydia Davis (Massachusetts, 1947), acaso una de las representantes más brillantes del paisaje narrativo actual y casi desconocida entre nosotros –hasta la fecha solo disponíamos de uno de sus libros de cuentos, Samuel Johnson está indignado (Emecé, 2004)– es hijo del apogeo de ese “género menor” que ha durado décadas en Estados Unidos, y que ha permitido la eclosión de múltiples variantes que se retroalimentan a modo de vasos comunicantes y exhiben una riqueza de estilos y enfoques digna de envidia (Cheever, Joyce Carol Oates, Foster Wallace, Lorrie Moore...). No recuerdo que su único libro traducido tuviera gran eco, pongamos que unos mil lectores accedieran a él. Mil lectores que sin duda debieron de sentir la fascinación que despierta su arrojo literario, fundado ante todo en la capacidad de asunción de riesgos (por poner un ejemplo fácil, el cuento que da título al citado volumen consta de una sola frase).
Aun así, no deja de ser una apuesta audaz que Seix Barral se haya lanzado a publicar sus Cuentos completos sabiendo que para amortizar la inversión necesitará vender muchos más ejemplares. Bien es cierto que pueden cubrirse las espaldas diciendo que este ladrillo que pesa ochocientos gramos viene avalado por Los Angeles Times y el San Francisco Chronicle, que lo eligieron el mejor libro del año; por no hablar de la excelente versión que ha hecho Justo Navarro, siempre garantía de calidad. Quiero pensar que la editorial, y con ella el traductor, han hecho una aportación casi desinteresada a la urgente transformación de la narrativa imperante, que luce tan decimonónica como esos salones presididos aún por un bodegón donde coexisten ajos y perdices.
Davis, hija de un crítico literario y una novelista, casada en primeras nupcias con Paul Auster, es profesora de escritura creativa en la Universidad de Albany y traductora del francés, responsable de versiones de Flaubert, Foucault y Proust. Queda claro que se ha nutrido de libros desde la infancia, de ahí que sus piezas vayan más allá del vulgar “voy a contar una historia”, algo que se espera incluso de un camionero en un bar de carretera. Precisamente Carver en un texto crítico saca a colación la brillante frase de Scott Fitzgerald que reza: “Coloca la silla al borde del precipicio y te contaré una historia.” Parafraseándole, podríamos afirmar que Lydia Davis coloca la silla al borde de la literatura y nos cuenta una historia. Mejor dicho 197 historias –las que se incluyen en este volumen–, resultado de reunir sus cuatro libros de relatos publicados hasta hoy: el citado Samuel Johnson está indignado, Desglose (1986), Sin apenas memoria (1997) y Variedades de perturbación (2007).
Si no le gustan las historias con planteamiento, nudo y desenlace, este es su libro. Si los cuentos donde los personajes tienen nombre, apellido e incluso antecedentes penales le hastían, este es su libro. Absténganse los lectores demasiado apegados a conceptos como verosimilitud y credibilidad. Brevedad, humor  y un interesante manejo de la elipsis constituyen algunos de los pilares sobre los que se asienta la literatura de Lydia Davis. Sirva como muestra el comienzo del relato “Trabajo municipal”:

Por toda la ciudad hay ancianas negras que han sido contratadas para llamar a la gente por teléfono a las siete de la mañana y preguntar con voz apagada si está Lisa. Es un trabajo que pueden hacer en casa. Estas mujeres forman parte de un ejército de empleados municipales que se ocupan de llamar a números equivocados. El mejor pagado de todos es un indio de la India capaz de insistir en que no se ha equivocado de número.

Davis es por un lado capaz de dotar a un relato de profundidad en un espacio muy breve, es decir con muy pocos medios expresivos, y por otro partidaria de que el cuento incluya “formas más excéntricas” (son palabras suyas). De ello deja constancia en notables ejercicios como “Extractos de una vida”, donde utiliza fragmentos del libro en que se basa el método Suzuki de aprendizaje musical. Por su parte, en el extenso relato titulado “El viaje de Lord Royston” emplea fragmentos de las cartas que el propio lord, erudito en estudios clásicos, remitía a casa durante su periplo alrededor del mundo.
Mucho menos discursivos que los largos, sus cuentos breves crecen en la mente del lector (como es deseo confeso de la autora) a partir de un empleo muy certero del lenguaje, donde la voluntad minimalista parece tener un gran peso y se sigue el precepto de Pound según el cual la precisión y la exactitud son la única moral de la escritura. Mayoritariamente, como dijo Guelbenzu, Davis retrata “gente media que vive permanentemente derrotada” (El País, 11 de junio de 2011) y hace que la vida cotidiana destelle de un modo inusual.
Resumiendo, hay una gran capacidad en ella de abrir nuevas sendas en el relato, también una lucidez psicológica muy novedosa. Si Carver dio un paso adelante en el camino hacia la renovación del cuento clásico, ahora lo da Lydia Davis. Quizá se le podría reprochar que la excesiva consciencia de lo que está escribiendo, y el tono displicente que sobrevuela su obra, provoque cierta frialdad: ese espacio vacío que genera entre el lector y el texto probablemente sea su mayor virtud y su mayor defecto. ~






Lydia Davis
Cuentos completos
Traducción de Justo Navarro, Barcelona, Seix Barral, 2011, 752 pp



Lydia Davis


CUENTOS COMPLETOS DE LYDIA DAVIS
Por Lector Malherido


El novelista, sin embargo, no puede hacer lo mismo porque en su carrera bibliográfica se apelotonan muchas tías/títulos de los que ya ni se acuerda. Y si se acordara, se avergonzaría.
Entonces vienen poetas y cuentistas, relatadores, con todo su amor amontonado y un título tan anodino como su vida sexual: completo.
Lo completo persigue establecer los límites de un talento, y por eso da como pena que los autores que ven en vida sus Obras Completas no se mueran enseguida, que es lo que deberían hacer, y no otro libro, pie suelto de sus últimos gases creativos.
Lydia Davis ha visto publicado en castellano este curso este Cuentos completos (Seix Barral, 28 euros) en edición antañona y antigua, deliciosa. Sólo le falta la cintita marcapáginas incorporada para sentirnos como esos lectores antiguos que arrastraban por la superficie de las cosas la colita de los libros.
Se reúnen 5 títulos de Lydia y medio millar de relatos: algunos son de una sola frase o de un sólo párrafo: microrrelatos habemus.
El conjunto me ha empachado un poco, pero leídos remansadamente hemos de reconocer el gran descubrimiento que supone esta autora, una americana que deja atrás el cuento-escena de mi marido se me divorcia y yo me veo gorda en su sonrisa infiel en favor de cuentos imaginativos, desconcertantes, que van muchos también de mujeres divorciadas y solas pero que tienen ya otros problemas mucho más narrativos. También hay cuentos-aporía bastantes y cuentos-tuit en abundancia y cuentos-epigrama cada tanto.
Lo más importante de este libro es entender que los libros de cuentos no necesariamente tienen que ser un coñazo, que el cuento abierto seguido de otro cuento abierto y del mismo tono, y ahora uno cortito y ahora uno de 20 págs., hace del volumen de cuentos un tránsito agradable, frente a la habitual gimnasia carcelaria de leer 12 cuentos perfectos y predecibles y extenuantes.
Como sigo siendo el rey, me lo han regalado. Con corazones a bic, [suspirito].





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FICCIONES
MESTER DE BREVERÍA

DRAGON
Lydia Davis / My style is a reaction to Proust's long senteces



Wednesday, July 3, 2013

Quim Monzó / Lydia Davis

Escenarios diferentes

Lydia Davis
ESCENARIOS DIFERENTES
Por Quim Monzó
20 de junio de 2013

Lydia Davis es una de las personalidades más interesantes de la literatura actual. Es traductora del francés (Flaubert, Proust, Foucault...) y profesora de Creación Literaria en la Universidad Estatal de Nueva York. En los setenta estuvo casada con Paul Auster. Cuatro años, lo suficiente para tener un hijo: Daniel Auster. Con su actual marido, el pintor Alan Cote, tiene otro: Theo Cote.

Escribe básicamente relatos: cuentos fríos, neblinosos, fascinantes, impregnados de humor y, en general, muy cortos. La descubrí el 2001 (afortunadamente pongo la fecha de compra en la anteportada de los libros) con Break It Down. Me quedé boquiabierto. Tres años después, Emecé publicó en español otro de sus libros: Samuel Johnson está indignado. Hace un par de años Seix-Barral editó Cuentos completos de Lydia Davis. Es un volumen impecablemente traducido por Justo Navarro y con una sobrecubierta de color naranja, preciosa por sobria. Si aún no lo han leído, zambúllanse en él, a no ser que sean ustedes de esas personas que impepinablemente necesitan “planteamiento, nudo y desenlace”.

Ahora, Davis ha anunciado que piensa escribir microcuentos en Twitter. En The Guardian explica que es su editor quien se lo ha propuesto: “Me pidió que lo probase, y pienso que, quizá, por un tiempo, sí”. Considera que el tono de Twitter encaja con ella: “Yo no recorto mucho. Escribo el inicio de un cuento en una libreta y sale muy semejante a como será al final. No hay nada muy deliberado”.

Mi primera impresión ha sido de rechazo. He visto a tantos escritores en Twitter haciéndose los creativos sin llegar ni a la suela de los zapatos a los tuiteros de verdad, los que, sin ir de escritores, crean historias de una brillantez que iguala o supera a la de tantos libros de aforismos o a las mismísimas greguerías de Gómez de la Serna, que he pensado: “No, Davis, no la cagues...”. Pero luego he cavilado que otros escritores no dan pena en Twitter: Stephen Fry, Steve Martin, Bernard Pivot... Pero –ojo– ninguno de ellos aplica en esa red estrategias narrativas de ningún tipo, sino que simplemente se deja: opina, comparte o juega. Ese es el problema: confundir Twitter con una cátedra desde la que dictar lecciones magistrales, como hacen muchos, o usar estructuras narrativas que en los libros funcionan, pero que resultan ridículas en medio del marasmo constantemente cambiante que es Twitter.

En esa entrevista Davis explica que no tiene aún cuenta. He entrado ahora a ver si ya la había creado, pero hay decenas y decenas de señoras que se llaman Lydia Davis. Sólo una podría cuadrar con ella: @Lydia_Davis. Pero la biografía de ese perfil es chusca –ella nunca se definiría como una “contemporary American author”– e incluye un link a su entrada en Wikipedia, lo que resulta poco creíble. Para acabar de rematarlo, los pocos tuits que hay son del 2009, y ella misma dice ahora que aún no tiene cuenta. Los tuits son de un nivel que está en sus antípodas. Un ejemplo: “Jodeos, putas. Conseguid dinero”. No te metas en Twitter, Lydia Davis, si no es para jugar y lidiar con todo eso.





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Tuesday, July 2, 2013

Élmer Mendoza / El breve

Élmer Mendoza: 

“La narcoliteratura no es oportunista”


El autor de 'Nombre de perro' defiende el compromiso social del género y arremete contra la guerra de Calderón


L. Prados, Guadalajara (México) 26 NOV 2012 - 20:44 CET



Elmer Mendoza. / SAÚL RUIZ
El Zurdo Mendieta ha vuelto. El detective tiene esta vez que resolver el caso de una mujer que busca venganza por la muerte de su amante y para ello deberá sumergirse en la guerra contra el narco, esa tragedia diaria de la realidad mexicana en los últimos seis años que como dice su creador, el escritor Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), solo ha servido para “crear enconos inconcebibles y exacerbar la violencia de las bandas”. Mendoza presentó el domingo por la noche en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara su última novela, Nombre de perro (Tusquets), llamado a ser otro hito de la narcoliteratura, un género del que es padre por derecho propio.
Travieso, de hablar suave y actitud inocente, Mendoza rechaza que la narcoliteratura se esté convirtiendo en un género para oportunistas. Al contrario, para el autor de Balas de plata y La prueba del ácido, se trata de novelas que restituyen la verdad en toda su complejidad social. “Es una estética de la violencia que se está dando en el cine y la música pero también en la ópera, la danza, las artes plásticas y el teatro. Es todo un movimiento, no es oportunismo. Es como descubrir una veta de metales: habrá quien saque las mejores pepitas y quienes solo rasquen. Me gusta la palabra narcoliteratura porque los que estamos comprometidos con este registro estético de novela social tenemos las pelotas para escribir sobre ello porque crecimos allí y sabemos de qué hablamos”.
Acaba el sexenio del presidente Felipe Calderón con su reguero de más 60.000 muertos asociados al combate contra el crimen organizado. El próximo sábado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) volverá al poder de la mano de Enrique Peña Nieto. El novelista no perdona los llamados “daños colaterales” de la etapa que termina: “Comparto la indignación de los 50 millones de mexicanos sometidos a la angustia de ver al Ejército en sus calles. En mi ciudad jamás había estallado una bomba y más de 60 policías fueron asesinados. La guerra contra el narco creó terror y una atmósfera de desconfianza. Dicen que la van ganando, pero la guerra no afectó a las actividades principales de las bandas. Todos tenemos la esperanza de que se acabe esta guerra, por eso voté al PRI, porque queremos recorrer las calles sin ir mirándonos la espalda”.
Hombre del norte, de la frontera, Mendoza se explaya contra la guerra de Calderón. “Alteró mi mundo, se rompieron los códigos. En el norte estábamos acostumbrados a los traficantes. Los sicarios son siempre indeseables, siempre están fuera de sí. Los narcos quieren que se les note, que las chicas guapas se fijen en ellos, quieren convertirse en héroes. El sicario siempre mira de abajo arriba, no tiene esa opción”. Y también contra la lacerante desigualdad de México: “Tenemos casi 60 millones de pobres. La pobreza es la mayor derrota de un país. Nuestros jóvenes no tienen sueños. Cuando pregunto a mis alumnos donde quieren estar dentro de 50 años no lo saben, no tienen proyecto de vida”.
Élmer Mendoza iba para ingeniero y empezó a publicar tarde, a los 50 años, pero desde los 28 supo que sería escritor y empezó a estudiar Literatura en la UNAM. “Siempre fui un acomplejado para arriba”, dice riéndose de sí mismo. “Era feo, pero era el único de mis amigos que se atrevía a hablarle a la chica que nos gustaba y si me ponía a entrenar para atleta pensaba en ir a los Juegos Olímpicos. Si no fuera escritor, me hubiera gustado ser científico y ganar el premio Nobel”. Cuando empezó a escribir no pensaba dedicarse a la violencia. Su primer proyecto literario tenía que ver con la guerrilla, pero su ilusión era y es crear una novela de ciencia ficción. “He hecho siete intentos y he fracasado, pero la tengo que hacer”.
¿Tiene ya la trama? “Sería una novela de anticipación del futuro. Ocurre en Culiacán dentro de cien años. No hay comida ni agua y miles de autos se acumulan en el centro de la ciudad. Hay acaparadores de alimentos, controladores de la escasez y un proyecto científico para reducir la talla de la gente…, pero no me sale”, concluye entre bromas.
Edgar el zurdo Mendieta vuelve con una nueva historia, con su picaresca, su sarcasmo y su habla popular, pero sobre todo vuelve el estilo de Elmer Mendoza. “Un autor no depende de las tramas pero sí de un estilo, y cuando agarras uno no puedes dejarlo. Yo creo que lo conseguí”.

Élmer Mendoza, el breve

El escritor mexicano, padre de la narcoliteratura, publica unos cuentos que empezó a escribir hace 20 años y da una clase magistral sobre cómo abordar el relato breve


Juan Diego Quesada, México DF 23 JUN 2013 - 03:39 CET


foton
Élmer Mendoza. / TUSQUETS
Un adolescente pasaba los días con una bandita en una esquina de la Colpop (colonia popular), un fraccionamiento a las afueras de Culiacán. Eran los sesenta y en España le habrían aplicado la ley de vagos y maleantes. Años después, ese mismo chico se puso a escribir en el español estándar con el que había leído a los clásicos. El problema es que sus textos no tenían alma, le quedaban cojos. Encontró su verdadera voz en la jerga de la calle, el habla popular. Llenó sus textos de expresiones como ándese paseando, me la ando acabando, órale. “Hice la mezcla y fue emocionante, como cuando los Beatles descubrieron el pelo largo”, dice Élmer Mendoza, considerado el padre de la narcoliteratura.
Mendoza (1949) sigue viviendo en Culiacán y a mucha honra. “No he vivido mucho en lo que son los centros de flujo cultural. Mi ciudad es distinta, es pequeña. Estoy consiguiendo ubicar la forma de hablar de mi región (Sinaloa, norte de México) como algo respetable”, señala. De hecho hay una corriente de lexicólogos interesados en su obra, tan distinta a la del resto. El autor acaba de publicar Trancapalanca(Tusquets), un libro de cuentos que comenzó a escribir hace más de 20 años y que siguen en esa misma línea: “Ese estar en la esquina moldeó mi lenguaje”.
Algunas historias tienen tintes autobiográficos. Mendoza se enteró de la muerte de Julio Cortázar en mitad de una corrida de toros en La Monumental de México. A las cinco de la tarde, tremenda hora. Un espectador abrió un periódico y allí estaba la terrible noticia. Se puso a llorar como un niño. Los vecinos de asiento se indignaron porque la faena estaba siendo bastante mediocre y pensaban que tampoco era para ponerse así. En la fiesta uno solo llora de emoción. El escritor vivió el duelo en silencio.
Mendoza, autor de Balas de plata, explora esta vez formas narrativas que no utiliza habitualmente en sus novelas más conocidas, como los del detective El Zurdo Mendieta. Le costó mucho trabajo ser imaginativo a la hora de plantear cada una de las historias. “La literatura es muy cruel”, se explica, “si eres apocado nunca consigues hacer nada que merezca la pena, tienes que posicionarte en una categoría de creador infalible”. Ese poder le lleva a no dejar que ningún detective resuelva un crimen, porque a él no le da la gana, o a convertirse a sí mismo en un sicario infalible.
¿Esos juegos no le funcionan en carreras más largas? “El cuento permite cosas que la novela no, es un género distinto. En un texto breve el fastidio es soportable. Leí otras novelas que tienen ciertos juegos difusos que a mi modo de ver no funcionan”. Este proceso de creación le llevó a padecer “fuertes emociones”. A veces tenía una historia que le bullía en la cabeza y tenía que irse inmediatamente a casa a escribirla.
Es un curioso profesional. La conversación camina por derroteros no esperados y acaba diciendo que Málaga (sur de España) es una de sus ciudades favoritas. Mendoza estuvo indagando en cuáles fueron las drogas que usaba la gente de su generación del otro lado del charco. “Era una juventud loquísima, nada que ver con Marisol y las películas que nos llegaban de allá”, suelta, y se entusiasma al saber que Pepa Flores, la actriz, renegó de su personaje y se refugió en una vida cotidiana que incluye regentar una pizzería en la ciudad andaluza. “A ver si me doy una vuelta por allá”.
La escritura de Mendoza, volviendo al tema, sigue teniendo mucho que ver con la forma de hablar de aquellos chicos de la esquina. Considera que una cosa que distingue a esos jóvenes mexicanos es la fascinación por crear expresiones. Lo llama deslices del lenguaje. Él se limitó a capturarlo. “A final de cuentas tengo un gen que me permite reflexionar sobre cómo hablamos. Era un sentimiento inconsciente y primitivo que hacía que me llamara la atención las expresiones que te decían los amigos”, se pone trascendente.
Aunque a continuación rompe el hechizo, de cursi nada. Una de sus aficiones, “una pésima costumbre”, es la de escuchar a los locutores de televisión que narran deportes. “Se están haciendo bromas y maneras muy lindas de calificar. La literatura cuesta mucho hacerla así. Cuando uno está joven trae lo de la verosimilitud pero el recurso más seguro es el lenguaje. Intentas reproducir un habla y a veces por ahí se inventan expresiones”, reflexiona. Uno de los mejores cuentos de la recopilación narra la pelea de un boxeador de Acapulco que duda del sentido de ganar la pelea ahora que ha muerto su madre. “Mi amá nos pasó a mejor vida y como dicen; y yo, cuando ella murió, pos carajo, como que ya no tenía caso ”, dice.
Está a punto de terminar la entrevista y no hemos hablado nada de narcotráfico. Ni una palabra. “Hay muchas otras cosas de las que hablar”, se despide Mendoza.


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Monday, July 1, 2013

Jorge Ibargüengoitia / El humor en serio

Jorge Ibargüengoitia


Jorge Ibargüengoitia, el humor en serio

Nuevas ediciones mantienen viva la memoria del escritor mexicano en el 30ª aniversario de su muerte.

Gran retratista de la idiosincracia de su país


Víctor Núñez Jaime, El País, 9 de enero de 2013 
"Si no ha leído a Jorge Ibargüengoitia, compre alguno de sus libros y léalo. Es muy probable que no encuentre nada en las librerías españolas, lo que demuestra, una vez más, que la vida puede estar muy bien, pero el mundo está muy mal. Si tiene un amigo en México, consiga que le envíe las obras de Ibargüengoitia. Si no tiene ese amigo, laméntelo amargamente. Insisto: lea a Ibargüengoitia". Con este reclamo empezaba Juan Villoro, en 2009, el prólogo de Revolución en el jardín (Reino de Redonda) del escritor mexicano. Cuatro años después la obra literaria de Ibargüengoitia tiene más presencia en las librerías y, en el 85º aniversario de su nacimiento y 30º de su muerte, goza de un mayor reconocimiento por parte de los lectores.
Toda la obra literaria del mexicano Jorge Ibargëngoitia (1928-1983) está llena de humor, ironía y sarcasmo. Miraba con agudeza lo que ocurría a su alrededor y poco tardaba en escribir un cuento, una novela o un artículo periodístico. Se burlaba con cierto lamento de las tropelías cometidas por la clase política del PRI. Contaba los hábitos sociales de sus paisanos y daba así las claves para entender a México. En forma divertida pero, en el fondo, muy seria. Este 2013 se cumplen 30 años de su muerte, mientras sus libros se reeditan en España.
El académico y escritor Guillermo Sheridan asegura que “Ibargüengoitia privilegia la sedimentación de la historia como farsa en la imaginación convencional, su condición de catecismo civil, y procede a analizar narrativamente sus argucias legitimantes por medio de una feroz parodia del estilo, aplicándole a destiempo el sinsentido común, buscando en su tejido interior la razón de la sinrazón característica de la débil cultura política y moral del país.”
Sheridan compiló en cuatro libros los artículos que Ibargüengoitia escribió para el viejo diario Excélsior (quizá el más famoso seaInstrucciones para vivir en México) y en el Centro de Estudios Literarios de la UNAM ha diseccionado varias de las novelas de su compatriota. “En un país en el que los que pierden las batallas son los que llegan más lejos, Ibargüengoitia consigue, como quizá ningún otro narrador en México, con una asombrosa economía de medios, un retrato perfecto de la lacónica idiosincracia mexicana en su lenguaje: en el retórico y el coloquial. Detrás de ambas formas del silencioso disimulo, traza una cotidianeidad que sobrevive las ruidosas olas de la historia con un escepticismo total”, explica.
La Ley de Herodes y otros cuentos es el quinto libro de Jorge Ibargüengoitia que la editorial RBA publica en España. Son once ingeniosas historias en donde el narrador y protagonista se convierte en víctima de las circunstancias, la arrogancia, la mezquindad, la falta de respeto o las mentiras de sus más allegados. Tienen la etiqueta de cuentos, pero bien podrían ser crónicas de la propia cotidianidad del autor. A veces íntimas, a veces ridículas, pero siempre catárticas.
Ibargüengoitia nació en Guanajuato (centro de México) en 1928. Se fue al Distrito Federal porque quería ser ingeniero, pero después de tres años de estudiar la carrera decidió que lo suyo eran las letras y no era hacer puentes o carreteras. Probó primero en el teatro. Fue discípulo del dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, pero cuando éste no lo mencionó entre sus alumnos “más prometedores”, el ánimo de Ibargüengoitia quedó tan afectado que no quiso escribir más obras. Así que comenzó a hacer novelas. Con la primera, Los relámpagos de agosto, una sátira de la Revolución Mexicana, ganó en 1964 el prestigioso Premio Casa de las Américas que en Cuba consagraba a los escritores hispanos. Pero con Las muertas (1977), basada en la historia real de una banda de lenonas conocidas como “Las Poquianchis”, se consolidó entre el gusto de los lectores.
“Si Juan Rulfo elevó la literatura mexicana a una narrativa tan telúrica como transtemporal”, señaló en 2009 el escritor Sergio González Rodríguez en las páginas del suplemento Babelia, “tan inserta en las fatalidades de su historia como en sus relatos de cacicazgos violentos, tan magistral en el reflejo de la pervivencia de los muertos y su nostalgia amorosa, que hablan igual que si estuvieran vivos y al hacerlo construyen un espacio extraordinario de lo que se debe aceptar y valorar como ficción moderna en un rango superior, Las muertas es una novela en la que la tierra aparece con todo su peso temporal, irónica frente a los determinismos de sus instituciones corruptas: gobierno, ley, religión, trabajo; funérea en su sarcasmo de la ignorancia y la incuria y deslumbrante en su retrato de mujeres explotadas por parte de unas hermanas criminales en un confín del centro de México. Es la degradación de vivos que hablan como si estuvieran muertos.”

Los pasos de Ibargüengoitia

Además de La Ley de Herodes y otros cuentos, RBA ha publicado en España otras cuatro obras del autor mexicano:
  • Estas ruinas que ves. Una sucesión festiva, dinámica y alegre de anécdotas bajo una atmósfera provinciana. Después de vivir muchos años en la capital, el protagonista regresa a su ciudad natal contratado para dar clases en su “provinciana” Universidad.
  • Las muertas. Varios testimonios reconstruyen un caso real que conmocionó al México los años sesenta: la aparición de varios cadáveres de prostitutas en distintas propiedades de unas madames.
  • Dos crímenes. En clave policial y tragicómica, se narran las pasiones y las mezquindades con las que se topa Marcos, cuya militancia política clandestina lo lleva a huir al campo para refugiarse en casa de un tío rico. Pero las mentiras que teje complican su situación.
  • Los pasos de López. La aventura de una conspiración en plena lucha por la Independencia, tan cómica como errónea, desencadena las fuerzas de la historia en donde se ven implicados unos personajes que poco tienen de héroes patrios.
Ibargüengoitia fue esposo de la pintora inglesa Joy Laville, que le ilustraba las portadas de sus libros, y juntos se fueron a vivir a París a finales de la década de los setenta del siglo pasado. En 1983 el escritor fue uno de los invitados al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá, Colombia. Estaba trabajando en una nueva novela que iba a llamarse Isabel cantaba, pero le pareció oportuno hacer una pausa para ir al Congreso. El avión que lo llevaría hasta la capital colombiana hizo una escala en Madrid y, poco después del despegue, se estrelló en Mejorada del Campo. Era el 27 de noviembre de 1983.
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/08/actualidad/1357665137_187497.html