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Tuesday, August 27, 2013

Lydia Davis / Los temores de la señora Orlando



Lydia Davis
Los temores de la señora Orlando

El mundo de la señora Orlando es oscuro. Conoce los peligros de su casa: la estufa de gas, las escaleras empinadas, la bañera resbaladiza y distintos cables eléctricos en mal estado. Fuera de su casa sabe de ciertos peligros, pero no de todos, y su propia ignorancia la asusta, ávida de información sobre crímenes y desastres.
Aunque tome las precauciones posibles, ninguna precaución será suficiente. Procura estar preparada para una hambruna imprevista, para el frío, el aburrimiento y las hemorragias. Jamás le falta un esparadrapo, un imperdible y una navaja. En el coche tiene, entre otras cosas, un trozo de cuerda y un silbato, además de una historia social de Inglaterra para leerla mientras espera a sus hijas, que suelen pasar mucho tiempo de compras.
En general, le gusta que los hombres la acompañen: ofrecen protección tanto por su gran envergadura como por su visión racional del mundo. La señora Orlando admira la prudencia y respeta al hombre que reserva una mesa por adelantado, y también al que duda antes de contestar alguna de sus preguntas. Confía en los abogados y se siente comodísima cuando habla con abogados, puesto que la ley respalda cada una de sus palabras. Pero, antes que ir sola, les pedirá a sus hijas o a alguna amiga que la acompañen al centro, cuando sale de compras.
Un hombre la asaltó en un ascensor, en el centro de la ciudad. Era de noche, el hombre era negro, y la señora Orlando no conocía la zona. Entonces era más joven. La habían molestado varias veces en autobuses llenos. En un restaurante una vez, después de una discusión, un camarero nervioso le derramó café en las manos.
En la ciudad teme subir a algún vagón de metro equivocado y perderse, pero jamás pedirá información a desconocidos de una clase inferior. Se cruza con muchos negros que planean toda clase de crímenes. Cualquiera podría robarle, incluso otra mujer.
En casa, habla con sus hijas por teléfono durante horas y sus palabras son siempre una premonición del desastre. No le gusta expresar satisfacción, porque teme arruinar su buena suerte. Si se ve obligada a decir que algo va bien, baja la voz para decirlo y toca madera, la mesa del teléfono. Las hijas le cuentan muy poco, pues saben que encontrará algo de mal agüero en lo que le cuenten. Y, ante lo poco que le cuentan, a señora Orlando teme que tengan algún problema de salud o matrimonial.
Un día les contó una historia por teléfono. Había ido sola al centro, de compras. Deja el coche y entra en una tienda de tejidos. Ve las telas y no compra nada aunque se lleva un par de muestras en el bolso. En la acera hay bastantes negros rondando y la ponen nerviosa. Se dirige a su coche. Cuando saca las llaves, desde debajo del coche una mano la agarra por el tobillo. Hay un hombre tumbado debajo del coche y ahora agarra con su mano negra el tobillo cubierto por la media y le dice con voz apagada que suelte el bolso y se aleje. Obedece, aunque apenas si se tiene en pie. Espera pegada a la pared del edificio y mira el bolso, pero el bolso no se mueve de donde está, en el bordillo. Alguna gente la observa. Entonces se acerca al coche, se arrodilla en la acera y mira debajo del vehículo. Ve la luz del sol en la calle, al otro lado, y algunos tubos de los bajos del coche: el hombre no está. Recoge el bolso y vuelve a casa.
Sus hijas no se creen la historia. Le preguntan por qué iba a hacer alguien una cosa tan rara, y a plena luz del día. Le hacen ver que es imposible que el hombre desapareciera de pronto, que se desvaneciera en el aire. Su incredulidad la irrita, y no le gusta la manera en que hablan de la luz del día y el aire.
Unos días después del ataque contra el tobillo, un segundo incidente la perturba. Al atardecer, va en el coche a un aparcamiento en la playa, como hace de vez en cuando para ver la puesta de sol a través del parabrisas. Esa tarde, sin embargo, mientras mira el agua más allá del paseo de tablas, no ve la playa desierta y en paz que ve habitualmente, sino un corrillo de gente alrededor de algo que, según parece, yace en la arena.
Inmediatamente siente curiosidad, pero también la tentación de alejarse sin contemplar la puesta de sol ni ir a ver qué hay en la arena. Intenta adivinar qué podría ser. Probablemente sea algún tipo de animal, porque la gente no se para tanto tiempo a mirar algo, a menos que esté vivo o haya estado vivo. Imagina un pez grande. Debe de ser grande porque un pez pequeño no tiene el menor interés, como tampoco lo tiene una medusa, por ejemplo, que también es pequeña. Imagina un delfín e imagina un tiburón. También podría ser una foca. Muy probablemente, muerta ya, aunque podría estar agonizando y el corrillo de gente quizá quiera ver cómo se muere.
Al final la señora Orlando va a descubrirlo por sí misma. Coge el bolso y se apea del coche, lo cierra con llave, salta un pequeño muro de cemento y se hunde en la arena. Mientras camina despacio, hundiendo los tacones altos, abriendo mucho las piernas, coge por la correa el bolso flamante, que se balancea de un modo insensato de acá para allá. La brisa marina le pega el vestido de flores a los muslos y el dobladillo aletea alegremente sobre sus rodillas, pero sus rizos plateados y bien peinados no se mueven, y la señora Orlando arruga la frente mientras prosigue su avance, hundiendo los tacones en la arena.
Se abre paso entre la gente y mira al suelo. Lo que yace en la arena no es un pez ni una foca, sino un muchacho. Yace muy derecho, con los pies juntos y los brazos a lo largo del cuerpo, y está muerto. Alguien lo ha cubierto con periódicos, pero la brisa levanta las hojas, que, una a una, se encrespan y acaban en la arena, enredándose en las piernas  de los curiosos. Por fin un hombre de piel oscura, que a la señora Orlando le parece mexicano, alarga el pie y lentamente echa a un lado la última hoja de periódico y ahora todo el mundo puede ver bien al muerto. Es guapo y delgado, de un color gris, y está empezando a ponerse amarillo por algunas zonas.
La señora Orlando lo mira absorta. Lanza una mirada a los demás y ve que también ellos se han olvidado de sí mismos. Un ahogado. Incluso podría tratarse de un suicidio.
Lucha con la arena para volver al coche. Cuando llega a casa, inmediatamente llama a sus hijas y les cuenta lo que ha visto. Empieza diciendo que ha visto a un muerto en la playa, un ahogado, y luego vuelve al principio y añade más detalles. A sus hijas no les gusta que se emocione tanto cada vez que cuenta la historia.
En los días que siguen, se queda en casa. Luego, de improviso, sale y va a casa de una amiga. Le cuenta a la amiga que ha recibido una llamada telefónica obscena, y se queda a pasar la noche. Cuando vuelve a su casa al día siguiente, cree que alguien ha entrado, porque faltan algunas cosas. Más tarde encuentra cada cosa en un sitio inusual, pero no puede quitarse la impresión de que ha entrado alguien.
Sentada en su casa, con miedo a los intrusos, vigila el menor incidente. De noche, sobre todo, oye a menudo ruidos extraños y los atribuye con total seguridad a merodeadores que acechan bajo al alféizar de las ventanas. Entonces tiene que salir y mirar la casa desde fuera. Da una vuelta a la casa, a oscuras, y no ve merodeadores y vuelve a entrar. Pero, después de pasar sentada media hora, tiene que volver a salir e inspeccionar la casa desde fuera.

Entra y sale, y al día siguiente también entra y sale. Luego se queda dentro y sólo habla por teléfono, vigilando sin tregua puertas y ventanas, atenta a las sombras extrañas, y luego, durante cierto tiempo, deja de salir, salvo de madrugada, para examinar el suelo en busca de huellas.


Lydia Davis
Cuentos completos de Lydia Davis


Thursday, August 22, 2013

Lydia Davis / Historia

Fotografía de Triunfo Arciniegas
Lydia Davis
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en la casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas del garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en la casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, peor ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron a cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera por cerveza.

El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si no que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto, si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no, cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.

Lydia Davis
Cuentos completos de Lydia Davis
Seix Barral, Barcelona, 2011, pp. 3-6





Lea, además

FICCIONES
MESTER DE BREVERÍA

DRAGON







Sunday, July 7, 2013

Lydia Davis / Variedad de malestares


Lydia Davis

Variedad de malestares




He estado escuchando lo que dice mi madre por más de 40 años y he estado escuchando lo que dice mi esposo durante tan solo 5 años, y habitualmente he pensado que ella estaba en lo cierto y que él no, pero ahora con frecuencia creo que él tiene razón, especialmente en un día como hoy, cuando acabo de tener una larga conversación por teléfono con mi madre sobre mi hermano y mi padre, y después una más breve conversación por teléfono con mi esposo acerca de la conversación que tuve con mi madre.

Mi madre estaba preocupada después de haber herido los sentimientos de mi hermano cuando él le dijo por teléfono que quería usar parte de sus vacaciones para ir a ayudarlos, dado que mi madre acaba de salir del hospital. Ella le contestó, aunque no estuviera diciendo la verdad, que él no podía ir porque no se sentía capaz de recibir a nadie en la casa sin ponerse en la obligación de preparar comidas, por ejemplo, y que ya tenía bastantes dificultades con sus muletas. Él replicó muy airado diciendo que ese no era el punto, que estaba fuera de toda lógica, y ahora su teléfono no responde. Ella tiene miedo de que le haya pasado algo, pero yo le digo que no creo que la haya pasado nada. Probablemente se ha tomado el tiempo de vacaciones que había apartado para estar con ellos y viajó a algún lado por su cuenta. Ella olvida que es un hombre cercano a los cincuenta años, pero me duele que hayan lastimado sus sentimientos de ese modo. Al rato que ella cuelga llamo a mi marido y le repito todo esto.

Alegando sentimientos propios para proteger sentimientos particulares de mi padre, mi madre hirió los de mi hermano, y dado que para mí era difícil rechazar los sentimientos particulares de mi padre, que me resultan bien conocidos, también me fue difícil dejar de pensar que no había habido otra forma de hacer las cosas de modo que la oferta de ayuda de mi hermano no fuera rechazada y él no resultara lastimado.

Ella lastimó los sentimientos de mi hermano mientras protegía a mi padre de ciertos sentimientos de malestar, anticipados por él si mi hermano llegaba a ir a su casa, mostrando, mi madre, ante mi hermano ciertos sentimientos de molestia propios, ligeramente diferentes. Ahora, mi hermano, al no contestar el teléfono ha causado nuevos sentimientos de malestar en mi madre y también en mi padre, sentimientos que son iguales o casi iguales en ambos, pero diferentes tanto a los sentimientos de malestar anunciados por mi padre como a aquellos aducidos por mi madre ante mi hermano. Y ahora, en su malestar me ha llamado mi madre para contarme sobre los sentimientos de mi padre, y los suyos, de malestar respecto de mi hermano, y haciendo esto ella ha provocado sentimientos de malestar en mí también, si bien un tanto más débiles y diferentes de los sentimientos ahora experimentados por mi padre y mi madre y de aquellos anticipados por mi padre y falsamente esgrimidos por mi madre.

Cuando le describo esta conversación a mi esposo, provoco sentimientos de malestar también en él, más fuertes que los míos y de diferente tipo que los de mi madre y mi padre, esgrimidos y anunciados por ellos oportuna y respectivamente. Mi esposo está molesto por el rechazo de mi madre a la ayuda de mi hermano, a quien le produjo así un obvio malestar, y por el relato que ella me hizo de su propio malestar, causando en mí un malestar más grande, según él me dice, de lo que alcanzo a darme cuenta, pero también en general está molesto por el malestar en general causado por ella, no solo en mi hermano sino también en mí, más denso de lo que imagino y más frecuente de lo que advierto, y cuando él dice todo esto causa en mí otro malestar, distinto en grado e intensidad de aquel causado en mí por lo que mi madre me contó, por ello el malestar es no sólo por mí y por mi hermano, y no sólo por mi padre y su anticipado y su actual malestar, sino también y sobre todo por mi madre misma, que ahora ha causado, como lo hace generalmente, demasiado malestar como mi esposo tiene razón en decir, aunque ella misma esté afectada por una pequeña parte de esto.

Lydia Davis 
“Varieties of Disturbance” en Varieties of Disturbance
Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2007, p. 83

Lea, además
BIOGRAFÍA DE LYDIA DAVIS


Saturday, July 6, 2013

Lydia Davis / Ya no escribo sobre broncas


Lydia Davis, 2009

Lydia Davis

"Ya no escribo sobre broncas, 

agoté el material"



Reverenciada traductora de Flaubert y Proust al inglés, a principios de los setenta estuvo casada con el escritor Paul Auster, pero la fama de Lydia Davis (Massachusetts, 1947) no es tangencial a la de estos novelistas: discurre en otro plano. Señalada como una de las voces más brillantes, experimentales y únicas del panorama literario estadounidense, su antología Cuentos completos (Seix Barral, en versión de Justo Navarro) fue aclamada por críticos como James Wood, que en las páginas de la revista The New Yorker destacó su peculiar mezcla de "lucidez, brevedad aforística, originalidad formal, taimada comedia, desconsuelo metafísico, presión filosófica y sabiduría humana". Dave Eggers, el escritor fundador de la revista y editorial McSweeneys, se cuenta entre sus devotos seguidores y con él publicó Davis uno de los cuatro libros de relatos reunidos en esta nueva colección. Desde 2003 la escritora forma parte de la American Academy of Arts and Sciences y aquel mismo año ganó la llamada beca de los "genios", la McCarthur, que David Foster Wallace recibió en 1997.

La escritora y traductora publica sus celebrados 'Cuentos completos'

"¿Cómo de breve puedes ser sin caer en la broma?", se pregunta la autora
Sentada frente a la mesa de madera de la cocina de su casa -el edificio de una antigua escuela al norte del estado de Nueva York, que compró y rehabilitó junto a su esposo, el artista abstracto Alan Cote- Davis, hija de un crítico literario y una novelista, explica que la recepción de su obra nunca fue un factor que tuviera en cuenta. "Siempre he hecho lo que he querido", explica. "Empiezas en la oscuridad y a nadie le importa lo que haces excepto a tus amigos y familia. No tengo muy claro cuál era mi ambición, era algo idealista, no quería exactamente la fama".
Sus primeros libros, publicados en pequeñas editoriales, le dieron el espacio y el tiempo para desarrollar su estilo sin preocuparse de las reseñas. Y así llegaron los cuentos de un párrafo; historias sin narrador que incluyen, por ejemplo, una lista; personajes sin nombre en lugares ignotos; relatos con forma de poema o en los que suena la música de rimas infantiles. "En 2000 comencé con los cuentos de una frase. Traducía a Proust y apenas me quedaba tiempo para escribir. En parte fue una reacción a ese trabajo. ¿Cómo de breve puedes ser sin caer en la broma, manteniendo un cierto peso?", pregunta.
A pesar de su aspecto discreto -media melena, gafas de concha, camisa de flores y rebeca, dentro de esta cocina que parece sacada de una estampa de la campiña inglesa- en la mirada y en las precisas respuestas de esta escritora hay una veta subversiva e inteligente que escapa a la convención. A Davis le gustan los retos, especialmente los que tienen que ver con las palabras. A menudo habla de la influencia de Beckett, autor que leyó por primera en la adolescencia, pero además hay un espíritu lúdico en su trabajo que recuerda a los grandes cuentistas latinoamericanos. "A Borges le leí en la universidad y me gustó su extraña imaginación", asegura escueta.
Cuando habla de su trabajo como traductora Davis se refiere a autodefinidos y crucigramas, y se define como "perfeccionista". Algunos de sus narradores hablan de la furia que les impulsa a escribir o de lo complicado y fatuo que puede resultar este esfuerzo de poner las cosas sobre papel. "Observo a la gente y a las cosas y también a mi misma. La escritura te permite coger distancia y me ayuda a entenderme", dice. "Si escribes sobre una situación muy emocional encuentras un cierto patrón, pones orden. Me gustan los patrones en el comportamiento y en la vida". Dice que "el material" dicta el tono y la forma de sus cuentos. Esta materia prima puede surgir a partir de un plato con vaho que cubre la polenta, de pensar en amigos aburridos o de tener que decidir que comida preparar para dar una cena. Sus últimos proyectos incluyen un serie de relatos construidos a partir de extractos de la correspondencia de Flaubert y un pequeño libro sobre las vacas que observa desde la ventana de su cocina.
Por debajo del amplio abanico de formas que cobran sus escritos -relatos-flash dicen algunos, ella habla de cuentos "muy, muy cortos"- subyace una aguda e irónica mirada sobre temas como la maternidad, la muerte de un ser querido, los celos, las discusiones y la conducta obsesiva a la que puede llevar el amor. "Ya no escribo sobre broncas porque creo que agoté todo el material, pero siempre arranco a partir de cosas que tienen poco que ver con la escritura, tienen más que ver conmigo".
Desde los 12 años guarda un diario, también tiene cuadernos de viaje y echa mano de cualquier trozo de papel si hay alguna observación que no quiere olvidar, incluso cuando conversa con su esposo, que le toma el pelo por ello. En el umbral de la puerta se despide y hace entrega de una bolsa con galletas para el camino de vuelta, tal vez un buen principio para un cuento.



Friday, July 5, 2013

Lydia Davis / Creo que los lectores son felices



Lydia Davis

"Creo que los lectores son felices

 cuando son muy activos"


Lydia Davis, escritora. La edición de sus cuentos completos 

confirma la altura de una autora breve, concisa y con mucho humor 



A Lydia Davis no le hacen falta muchas palabras para contar cosas. A veces basta con un par de frases, como en Compañera, una las historias de los Cuentos completos, que publica Seix Barral (en traducción de Justo Navarro). Dice así: "Nos sentamos juntas mi digestión y yo. Leo un libro y ella trabaja con ahínco en el almuerzo que acabé hace un rato".



Sería demasiado aventurado decir que Davis ha inventado un género literario propio, despojado de detalles, pero se encuentra entre los mejores. Sus personajes y los lugares no suelen tener nombre, pero eso no se convierte en un estilo frío. Todo lo contrario: historias, cálidas, llenas de humor e, incluso, ternura, tratan de temas mundanos (sin olvidarse ni siquiera de la escatología) o mucho más cercanos. Algunos han calificado sus escritos de "flash fiction".
Davis, hija del maestro y escritor Robert Gorham Davis y Hope Hale Davis, es también una reconocida traductora al inglés de las obras de Flaubert y Proust, dedicación que compartió con su exmarido Paul Auster. En Nueva York, a mediados de los setenta, los dos sobreviven como pueden con estas labores y Auster comienza a trabajar sobre Pour un tombeau d'Anatole, de Stéphane Mallarmé. Juntos también traducen Vida /Situaciones, de Jean Paul Sartre. La relación entre ambos acaba en 1981, en una relación deteriorada además tras la sequía más grave de Auster, que en ese año se casa con la escritora noruega Siri Hustvedt.
Lydia Davis vive en el norte del estado de Nueva York, cerca de la capital, Albany, donde enseña literatura en la universidad pública.
¿Cómo empezó a traducir libros del francés? Es una ocupación solitaria y la mayor parte del tiempo árida y muy poco reconocida en EEUU.
"La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede"
Me gusta mucho escribir en inglés. Me gusta escribir lo que otra persona ha escrito. La soledad... Me temo que escribir es una actividad solitaria o sea que eso no puede ser un problema. En cuanto al reconocimiento, creo que ahora está mucho más apreciado que antes. Pero EEUU está muy atrasado en el tema de las traducciones, y eso es una pena. En mis clases de ficción siempre digo a mis alumnos que deben traducir a autores extranjeros. Yo llegué al idioma francés, como muchas cosas en la vida, un poco por casualidad. Antes había aprendido alemán. Sólo tenía 7 años y me metieron en una escuela donde la única lengua extranjera era el francés. Tenía un buen profesor.
No es usted una autora convencional. ¿Esta antología de sus relatos, que aparece ahora en castellano, escritos a lo largo de más de 20 años, puede ayudar a entender mejor su trabajo?
Creo que sí. El crítico de la revista The New Yorker, James Wood, dijo [en un celebrado y elogioso artículo de cuatro páginas que publicaron al aparecer esta antología en EEUU, en 2009] que entendió mis relatos de forma muy distinta el día en que los vio todos juntos, porque algunos son cortos, otros muy cortos... a veces es difícil tener una idea global de lo que he querido decir.
"Mis personajes tienen mucha curiosidad por el mundo"
¿Le molesta que la califiquen de autora experimental?
Entiendo lo que quieren decir, pero no me gusta la palabra porque implica que el experimento ha fallado. La mayoría de los experimentos no acaban bien, a lo mejor uno de vez en cuando tiene éxito. También me han llamado atrevida o innovadora, esa palabra sí me gusta, porque parece que has hecho algo nuevo. Aunque hay precedentes de lo que hago, quizás no en la tradición estadounidense, sino más europea, estoy pensando en el escritor vienés Peter Altenberg (1859-1919). Escribía historias muy cortas, de una o tres páginas, transformaba experiencias propias, a veces las convertía un poco en ficción. Son historias muy bonitas, divertidas, raras, líricas. He traducido algunas para revistas literarias.
En sus relatos los silencios, todo lo que no cuenta, es tan importante como las palabras. ¿Cómo llega a calcular todo lo que no debe decir?
No es el resultado de un cálculo, es algo más intuitivo, depende de cómo me llegue historia. Mi reflexión gira alrededor de cuánta información es suficiente para una buena historia: lo que sobra y lo que falta, y cómo mantener el equilibrio mientras lo escribo. Pero soy incapaz de pensarlo con antelación, tampoco lo pienso luego ni pulo cosas. El autor debe mantener un equilibrio entre el control que ejerce y la actividad del lector. Leo a autores que ejercen demasiado control, que explican demasiadas cosas. Creo que los lectores son felices cuandohacen mucho, cuando son muy activos.
¿Cómo se consigue que en una sola frase pueda incluirse toda una historia?
Según la sensación de concreción que me transmite cuando la leo. Un sentido físico de que la historia es parte de otra historia. En las conversaciones me gustan las interjecciones, es decir, todo lo que puede llegar a decir un comentario corto sobre la persona que lo dice. La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede, incluso Marcel Proust decía que era muy conciso. Escribía páginas y páginas, pero no escribía más de lo que debía.
Sus historias también alargan el tiempo y sus personajes parecen congelados en un momento preciso de su vida
Algunos lectores me han dicho que siguen pensando en las historias más cortas, las que tienen una línea o dos, después de haberlas leído. De alguna manera crean sus propias historias que van más allá de lo que he escrito.
Sus personajes viven en una constante derrota su cotidianidad, ¿cree que están perdidos?
Quizás, pero sobre todo tienen mucha curiosidad por el mundo. Ellas, porque la mayor parte del tiempo son mujeres, se sienten intrigadas, intentan entender lo que les rodea, sus circunstancias de vida, etc. Están fascinadas por lo que pasa a su alrededor. Yo, por ejemplo, he publicado un pequeño libro sobre las vacas que viven del otro lado de mi casa.
¿Se ha visto tentada de volver a una narración más tradicional?
Sí, desde luego. Una de las historias, El paseo (parte de Variedades de perturbación), obedece justamente a ese impulso, porque me gusta la narración tradicional de las historias cortas.
En alguna ocasión ha explicado que ya está trabajando en una narración muy larga.
Hay un par de proyectos, pero mi próximo libro será, sin duda, de nuevo historias cortas. Pero si me decido a escribir algo largo será Historia, una historia de no ficción. Quiero cruzar la línea hacia otro tipo de narrativa. Tengo dos ideas en mente, una sobre la historia estadounidense antes de la revolución. Y otra es en Francia, en el siglo XIV. Son muy distintas, pero no soy historiadora, es un handicap, así que tendré que hacer mucha investigación.




Lydia Davis

La autora más breve y adictiva

Cruel
A pesar de que el humor siempre figure de alguna manera, aunque sólo sea para no tomarse demasiado en serio, Lydia Davis construye a partir del conflicto, y en ese terreno la familia es el campo de batalla. En el relato ‘La madre' describe una relación asfixiante entre una madre y su hija. De hecho, la presencia materna, sostenida a lo largo de estos 20 años de trabajo, siempre es inquietante. 
Derrota
Los héroes de Lydia Davis son gente de poca monta, son la mayoría. Y el material del que se nutren sus relatos, por tanto, es la inseguridad, los sueños incumplidos y las pérdidas. 
Doméstica
"No sabía si había sido él o el perro", es el arranque del cuento ‘Ventosear' al describir la primera cita de una pareja. Davis parte de lo trivial para transformarlo en un recurso para el asombro. Maestra en el retrato de vidas vulgares, vidas singulares. 
Moral
En ‘La casa de atrás' presenta el enfrentamiento entre vecinos, la versión del qué dirán en EEUU. Unos no se hablan con otros, pero todos opinan de todos. Violencia y silencio, prejuicios y rumores. "La costumbre provocará que la gente de atrás recobre su raída pulcritud, el cáustico cotilleo de todas las mañanas contra la gente de la casa de delante, la frugalidad en las pequeñas compras, su decencia sin riesgos". 
Presente
Directa y sencilla. Su estilo lima la retórica, desmiga la tercera persona y se olvida del recuerdo si no es para perfilar a sus criaturas. Todo en Lydia Davis es presente: "La comida de mi marido en la infancia era la ternera en lata. Lo descubrí ayer cuando vinieron unos amigos y empezamos a hablar de comida". 


http://www.publico.es/culturas/382215/creo-que-los-lectores-son-felices-cuando-son-muy-activos


Thursday, July 4, 2013

Lydia Davis / Man Booker International Prize


El Man Booker premia a Lydia Davis, virtuosa del relato corto

Día 23/05/2013 - 00.56h

La escritora estadounidense, apasionada de la belleza, 

se alza en Londres con el preciado galardón literario


«Observo a la gente y a las cosas, y también a mí misma. La escritura te permite coger distancia y me ayuda a entenderme». Este es el manual de instrucciones con el que la estadounidense Lydia Davis elabora sus libros que anoche le valieron, en una gala celebrada en Londres, el premio Man Booker Internacional. Virtuosa del relato corto y considerada uno de los gigantes silenciosos de la ficción norteamericana, esta escritora, traductora, profesora y crítica literaria, es una auténtica amante de los retos apasionada de la belleza del lenguaje.
Alabada por Joyce Carol Oates, quien la ha calificado de «ágil, hábil, irónica y sorprendente», y señalada por Jonathan Franzen como uno de los pocos escritores «que hacen que las palabras sean tan importantes», Lydia Davis es poco conocida en España, donde sí se han publicado «Cuentos completos» (Seix Barral, 2011). En él se reúnen todos sus relatos cortos, algunos de ellos minimalistas de apenas un par de líneas. Este formato literario, que ella embadurna de poesía, filosofía y con un aderezo de humor en prodigiosa simbiosis, le han valido fama y prestigio internacional. Los críticos han destacado de este libro su «lucidez, brevedad aforística, originalidad formal y sabiduría humana». Una voz única y brillante en el mundo literario.
Nacida en Massachusetts en 1947, Lydia Davis siempre se ha confesado como una entusiasta lectora de Nabokov, Hardy, Joyce o Dostoievsky. Sus traducciones de Flaubert o Proust al inglés han sido ampliamente reverenciadas. Finalista del National Book Award Fiction, en 2007, Lydia Davis fue la primera esposa de Paul Auster, con quien estuvo casada entre 1974 y 1978.
Es de esperar que este prestigiosa galardón sirva ahora para que Lydia Davis sea considerada como una de las mejores voces de la literatura estadounidense en la actualidad. Su nombre debería empezar a codearse con los mejores a la hora de elaborarse las quinielas para los mejores premios literarios del año.

Torsiones y distorsiones


Cuando en 1976 Raymond Carver publicó su primer libro de relatos,¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el clima era propicio. El esfuerzo de revistas como The New Yorker –que todavía incluye un relato semanal– contribuía a familiarizar al público lector con ese formato.
Aquí la coyuntura del cuento es bien distinta y ni los editores se pelean precisamente por incentivarlo ni los lectores lo consideran algo más que un género menor. Afortunadamente, aunque estamos a años luz del panorama norteamericano (el que sentó sus bases en los cincuenta y sesenta, cuando se publicaba a Bellow y Roth, y el actual, que sigue teniendo el cuento en alta estima), ahora está viviendo un pequeño auge.
El trabajo de Lydia Davis (Massachusetts, 1947), acaso una de las representantes más brillantes del paisaje narrativo actual y casi desconocida entre nosotros –hasta la fecha solo disponíamos de uno de sus libros de cuentos, Samuel Johnson está indignado (Emecé, 2004)– es hijo del apogeo de ese “género menor” que ha durado décadas en Estados Unidos, y que ha permitido la eclosión de múltiples variantes que se retroalimentan a modo de vasos comunicantes y exhiben una riqueza de estilos y enfoques digna de envidia (Cheever, Joyce Carol Oates, Foster Wallace, Lorrie Moore...). No recuerdo que su único libro traducido tuviera gran eco, pongamos que unos mil lectores accedieran a él. Mil lectores que sin duda debieron de sentir la fascinación que despierta su arrojo literario, fundado ante todo en la capacidad de asunción de riesgos (por poner un ejemplo fácil, el cuento que da título al citado volumen consta de una sola frase).
Aun así, no deja de ser una apuesta audaz que Seix Barral se haya lanzado a publicar sus Cuentos completos sabiendo que para amortizar la inversión necesitará vender muchos más ejemplares. Bien es cierto que pueden cubrirse las espaldas diciendo que este ladrillo que pesa ochocientos gramos viene avalado por Los Angeles Times y el San Francisco Chronicle, que lo eligieron el mejor libro del año; por no hablar de la excelente versión que ha hecho Justo Navarro, siempre garantía de calidad. Quiero pensar que la editorial, y con ella el traductor, han hecho una aportación casi desinteresada a la urgente transformación de la narrativa imperante, que luce tan decimonónica como esos salones presididos aún por un bodegón donde coexisten ajos y perdices.
Davis, hija de un crítico literario y una novelista, casada en primeras nupcias con Paul Auster, es profesora de escritura creativa en la Universidad de Albany y traductora del francés, responsable de versiones de Flaubert, Foucault y Proust. Queda claro que se ha nutrido de libros desde la infancia, de ahí que sus piezas vayan más allá del vulgar “voy a contar una historia”, algo que se espera incluso de un camionero en un bar de carretera. Precisamente Carver en un texto crítico saca a colación la brillante frase de Scott Fitzgerald que reza: “Coloca la silla al borde del precipicio y te contaré una historia.” Parafraseándole, podríamos afirmar que Lydia Davis coloca la silla al borde de la literatura y nos cuenta una historia. Mejor dicho 197 historias –las que se incluyen en este volumen–, resultado de reunir sus cuatro libros de relatos publicados hasta hoy: el citado Samuel Johnson está indignadoDesglose (1986), Sin apenas memoria (1997) y Variedades de perturbación (2007).
Si no le gustan las historias con planteamiento, nudo y desenlace, este es su libro. Si los cuentos donde los personajes tienen nombre, apellido e incluso antecedentes penales le hastían, este es su libro. Absténganse los lectores demasiado apegados a conceptos como verosimilitud y credibilidad. Brevedad, humor  y un interesante manejo de la elipsis constituyen algunos de los pilares sobre los que se asienta la literatura de Lydia Davis. Sirva como muestra el comienzo del relato “Trabajo municipal”:

Por toda la ciudad hay ancianas negras que han sido contratadas para llamar a la gente por teléfono a las siete de la mañana y preguntar con voz apagada si está Lisa. Es un trabajo que pueden hacer en casa. Estas mujeres forman parte de un ejército de empleados municipales que se ocupan de llamar a números equivocados. El mejor pagado de todos es un indio de la India capaz de insistir en que no se ha equivocado de número.

Davis es por un lado capaz de dotar a un relato de profundidad en un espacio muy breve, es decir con muy pocos medios expresivos, y por otro partidaria de que el cuento incluya “formas más excéntricas” (son palabras suyas). De ello deja constancia en notables ejercicios como “Extractos de una vida”, donde utiliza fragmentos del libro en que se basa el método Suzuki de aprendizaje musical. Por su parte, en el extenso relato titulado “El viaje de Lord Royston” emplea fragmentos de las cartas que el propio lord, erudito en estudios clásicos, remitía a casa durante su periplo alrededor del mundo.
Mucho menos discursivos que los largos, sus cuentos breves crecen en la mente del lector (como es deseo confeso de la autora) a partir de un empleo muy certero del lenguaje, donde la voluntad minimalista parece tener un gran peso y se sigue el precepto de Pound según el cual la precisión y la exactitud son la única moral de la escritura. Mayoritariamente, como dijo Guelbenzu, Davis retrata “gente media que vive permanentemente derrotada” (El País, 11 de junio de 2011) y hace que la vida cotidiana destelle de un modo inusual.
Resumiendo, hay una gran capacidad en ella de abrir nuevas sendas en el relato, también una lucidez psicológica muy novedosa. Si Carver dio un paso adelante en el camino hacia la renovación del cuento clásico, ahora lo da Lydia Davis. Quizá se le podría reprochar que la excesiva consciencia de lo que está escribiendo, y el tono displicente que sobrevuela su obra, provoque cierta frialdad: ese espacio vacío que genera entre el lector y el texto probablemente sea su mayor virtud y su mayor defecto. ~






Lydia Davis
Cuentos completos
Traducción de Justo Navarro, Barcelona, Seix Barral, 2011, 752 pp



Lydia Davis


CUENTOS COMPLETOS DE LYDIA DAVIS
Por Lector Malherido


El novelista, sin embargo, no puede hacer lo mismo porque en su carrera bibliográfica se apelotonan muchas tías/títulos de los que ya ni se acuerda. Y si se acordara, se avergonzaría.
Entonces vienen poetas y cuentistas, relatadores, con todo su amor amontonado y un título tan anodino como su vida sexual: completo.
Lo completo persigue establecer los límites de un talento, y por eso da como pena que los autores que ven en vida sus Obras Completas no se mueran enseguida, que es lo que deberían hacer, y no otro libro, pie suelto de sus últimos gases creativos.
Lydia Davis ha visto publicado en castellano este curso este Cuentos completos (Seix Barral, 28 euros) en edición antañona y antigua, deliciosa. Sólo le falta la cintita marcapáginas incorporada para sentirnos como esos lectores antiguos que arrastraban por la superficie de las cosas la colita de los libros.
Se reúnen 5 títulos de Lydia y medio millar de relatos: algunos son de una sola frase o de un sólo párrafo: microrrelatos habemus.
El conjunto me ha empachado un poco, pero leídos remansadamente hemos de reconocer el gran descubrimiento que supone esta autora, una americana que deja atrás el cuento-escena de mi marido se me divorcia y yo me veo gorda en su sonrisa infiel en favor de cuentos imaginativos, desconcertantes, que van muchos también de mujeres divorciadas y solas pero que tienen ya otros problemas mucho más narrativos. También hay cuentos-aporía bastantes y cuentos-tuit en abundancia y cuentos-epigrama cada tanto.
Lo más importante de este libro es entender que los libros de cuentos no necesariamente tienen que ser un coñazo, que el cuento abierto seguido de otro cuento abierto y del mismo tono, y ahora uno cortito y ahora uno de 20 págs., hace del volumen de cuentos un tránsito agradable, frente a la habitual gimnasia carcelaria de leer 12 cuentos perfectos y predecibles y extenuantes.
Como sigo siendo el rey, me lo han regalado. Con corazones a bic, [suspirito].





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