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Monday, October 7, 2013

Pablo de Llano / El Gaviero murió antes que Mutis


El Gaviero murió antes que Mutis

Pablo de Llano
México, 5 de octubre de 2013

Los amigos de México del escritor colombiano recuerdan su alegría de siempre y el drama familiar que apagó sus últimos años



El escritor Álvaro Mutis en su casa del DF / MARCELO SALINAS
En una cafetería de la Ciudad de México, Rodrigo Castaño, un viejo amigo de Álvaro Mutis. habla del “parteaguas” que dividió la vida del escritor colombiano: la pérdida en el año 2007 de su hija Francine. Dice que antes de eso, desde que llegó a México en 1956, Mutis fue siempre “una fiesta ambulante”, “la alegría, la carcajada”; que era “lo más desparpajado de la Tierra”, “un gocetas, un gran sibarita, el rey del salón”, pero que después se desconsoló. “Alrededor de ella giraba todo. Pero a Francine le da un cáncer y se muere, y con Francine se muere Maqroll”.
Los últimos años del creador de la saga novelesca de Maqroll el Gaviero, fallecido el 22 de septiembre a los 90 años en la Ciudad de México,fueron lo opuesto a todo su tiempo anterior, como explica este amigo, hijo de Álvaro Castaño –promotor de la primera emisora de radio cultural de Colombia e íntimo de Mutis desde que eran jóvenes–. Otros conocidos del escritor también hablan de esa penumbra final de la vida del autor, retirado en casa y apenas sin escribir, como un contraste cruel con toda la luz que regaló por la capital de México durante medio siglo.
Una cosa que le quedó grabada a la poeta colombiana Ana María Jaramillo fue lo mucho que disfrutó Mutis de un cuadro que ella tiene en su casa y que al parecer no es exactamente una maravilla del arte. Es el retrato de un bisabuelo de su marido, el poeta mexicano José María Espinasa. Ella dice que es un retrato “pomposo” de un prohombre con lentes redondos oscuros y “un pelito ondulado peinado muy a ras”. Un día Ana María Jaramillo rescató el cuadro de la basura –que es el destino que le había otorgado su suegra, la propia nieta del prohombre– y lo colgó en una pared de la entrada de su casa porque le gustó el marco. Cuando Mutis fue a su casa y lo vio se quedó impresionado, pero no por el marco sino por la imagen egregia del ancestro. “Esto le da respetabilidad a una familia”, dijo. Álvaro Mutis, un colombiano criado en Europa, un burgués que se declaraba monárquico, un intelectual vacilón, sabía apreciar la solera de un antiguo pelito ondulado. En su despacho, además de una máquina de escribir y de un tocadiscos donde ponía música clásica, el escritor tenía un retrato del rey Juan Carlos encima de la chimenea.

Mutis llegó a la Ciudad de México en 1956 y se convirtió en una estrella de la bohemia intelectual
El sentido del humor y la capacidad de contar cosas asombrosas de una variedad enorme de temas, porque su cultura era tan amplia como su historial de viajes, fueron dos de las cualidades principales del poeta y novelista colombiano. Desde que llegó a México se convirtió en una estrella de la bohemia intelectual de esta ciudad. Entre sus amigos estaban el cineasta Luis Buñuel, el escritor Carlos Fuentes, la novelista Elena Poniatowska, Luis Alcoriza, también director de cine, el historiador Fernando Benítez, el escritor Octavio Paz, el publicista Jomi García Ascot. Algunos fueron visitantes habituales de Mutis en la cárcel de Lecumberri cuando lo encarcelaron en 1959 durante más de un año por gastarse en lo que quiso algunos dineros de la petrolera Esso, para la que había trabajado de relaciones públicas en Colombia.



Otro de sus grandes amigos en México fue Gabriel García Márquez, que lo definió como “el colombiano más simpático del mundo”. Fueron íntimos, con gustos en común como la literatura y la joda, concepto colombiano de la burla, y con particularidades diferentes, según dice Rodrigo Castaño. “Gabo era un hombre de canto y de cumbia, y Álvaro era más de Bach y de Beethoven. Gabo era de jolgorios bruscos, y Álvaro era un hombre de club. Gabo se comprometía políticamente, y Álvaro solo se debía a su real majestad Felipe II”. Entre ellos no se hablaba de política. Y menos de Cuba: “Castro no era tema”.
Mutis siempre se mantuvo a las afueras de los bloques de poder, políticos o intelectuales, y eso resultó ser una virtud para cuajar bien en el mundo de la cultura de México, según dice el escritor Alberto Ruy Sánchez, que frecuentó las comidas que organizaba el autor colombiano los domingos en su casa del barrio de San Jerónimo, donde vivía con su esposa Carmen Miracle. “En México había una polarización muy grande, y Mutis fue una figura de confluencia”. Cuando se asomaba una discusión política él solía evitarla, y si acaso se amparaba con sorna en el artículo 33 de la Constitución mexicana: Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país.

Fue una figura de confluencia en el polarizado mundo cultural mexicano
Álvaro Mutis era un hombre que primaba la amistad sobre las ideas, el marisco sobre las doctrinas, el buen licor sobre la teoría política. En la Casa Refugio de Citlaltépetl, una asociación de la Ciudad de México que hospeda a escritores amenazados, siempre tenían guardada para él una botella de whisky escocés de marca Glenfiddich. Mutis era el presidente del patronato de la Casa Refugio. Su director, Philippe Ollé, dice que el padre de las aventuras de Maqroll el Gaviero era muy generoso con los autores jóvenes o desconocidos que pasaban por allí. Iba a hablar con ellos, acudía a las charlas.



Ollé recuerda que una noche en un coloquio sobre la literatura y el exilio salió a dar un discurso un poeta kosovar llamado Xhevdet Bajraj. Al escritor extranjero le había traducido las notas al español su esposa. Ella también era de Kosovo. La traducción fue modesta. Xhevdet Bajraj se puso a leer y sus palabras no fluían. La sala del centro estaba llena. El poeta kosovar lo intentó pero no pudo más y acabó tirando sus papeles al suelo. Pidió perdón a los asistentes y habló en español como pudo: “Yo vengo de un país destruido. He conocido momentos terribles, y en mi país hay un dicho popular que dice que la vida escribe historias. Pero yo desde que atravesé todo esto sé que la poesía la escribe la muerte”. Ollé tenía a Mutis sentado a su lado. Lo miró y vio que estaba llorando. El distinguido escritor colombiano se levantó de la silla y abrazó al poeta kosovar que no era capaz de decir las cosas bien.

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FICCIONES

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***



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DRAGON

PESSOA




Tuesday, July 2, 2013

Élmer Mendoza / El breve

Élmer Mendoza: 

“La narcoliteratura no es oportunista”


El autor de 'Nombre de perro' defiende el compromiso social del género y arremete contra la guerra de Calderón


L. Prados, Guadalajara (México) 26 NOV 2012 - 20:44 CET



Elmer Mendoza. / SAÚL RUIZ
El Zurdo Mendieta ha vuelto. El detective tiene esta vez que resolver el caso de una mujer que busca venganza por la muerte de su amante y para ello deberá sumergirse en la guerra contra el narco, esa tragedia diaria de la realidad mexicana en los últimos seis años que como dice su creador, el escritor Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), solo ha servido para “crear enconos inconcebibles y exacerbar la violencia de las bandas”. Mendoza presentó el domingo por la noche en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara su última novela, Nombre de perro (Tusquets), llamado a ser otro hito de la narcoliteratura, un género del que es padre por derecho propio.
Travieso, de hablar suave y actitud inocente, Mendoza rechaza que la narcoliteratura se esté convirtiendo en un género para oportunistas. Al contrario, para el autor de Balas de plata y La prueba del ácido, se trata de novelas que restituyen la verdad en toda su complejidad social. “Es una estética de la violencia que se está dando en el cine y la música pero también en la ópera, la danza, las artes plásticas y el teatro. Es todo un movimiento, no es oportunismo. Es como descubrir una veta de metales: habrá quien saque las mejores pepitas y quienes solo rasquen. Me gusta la palabra narcoliteratura porque los que estamos comprometidos con este registro estético de novela social tenemos las pelotas para escribir sobre ello porque crecimos allí y sabemos de qué hablamos”.
Acaba el sexenio del presidente Felipe Calderón con su reguero de más 60.000 muertos asociados al combate contra el crimen organizado. El próximo sábado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) volverá al poder de la mano de Enrique Peña Nieto. El novelista no perdona los llamados “daños colaterales” de la etapa que termina: “Comparto la indignación de los 50 millones de mexicanos sometidos a la angustia de ver al Ejército en sus calles. En mi ciudad jamás había estallado una bomba y más de 60 policías fueron asesinados. La guerra contra el narco creó terror y una atmósfera de desconfianza. Dicen que la van ganando, pero la guerra no afectó a las actividades principales de las bandas. Todos tenemos la esperanza de que se acabe esta guerra, por eso voté al PRI, porque queremos recorrer las calles sin ir mirándonos la espalda”.
Hombre del norte, de la frontera, Mendoza se explaya contra la guerra de Calderón. “Alteró mi mundo, se rompieron los códigos. En el norte estábamos acostumbrados a los traficantes. Los sicarios son siempre indeseables, siempre están fuera de sí. Los narcos quieren que se les note, que las chicas guapas se fijen en ellos, quieren convertirse en héroes. El sicario siempre mira de abajo arriba, no tiene esa opción”. Y también contra la lacerante desigualdad de México: “Tenemos casi 60 millones de pobres. La pobreza es la mayor derrota de un país. Nuestros jóvenes no tienen sueños. Cuando pregunto a mis alumnos donde quieren estar dentro de 50 años no lo saben, no tienen proyecto de vida”.
Élmer Mendoza iba para ingeniero y empezó a publicar tarde, a los 50 años, pero desde los 28 supo que sería escritor y empezó a estudiar Literatura en la UNAM. “Siempre fui un acomplejado para arriba”, dice riéndose de sí mismo. “Era feo, pero era el único de mis amigos que se atrevía a hablarle a la chica que nos gustaba y si me ponía a entrenar para atleta pensaba en ir a los Juegos Olímpicos. Si no fuera escritor, me hubiera gustado ser científico y ganar el premio Nobel”. Cuando empezó a escribir no pensaba dedicarse a la violencia. Su primer proyecto literario tenía que ver con la guerrilla, pero su ilusión era y es crear una novela de ciencia ficción. “He hecho siete intentos y he fracasado, pero la tengo que hacer”.
¿Tiene ya la trama? “Sería una novela de anticipación del futuro. Ocurre en Culiacán dentro de cien años. No hay comida ni agua y miles de autos se acumulan en el centro de la ciudad. Hay acaparadores de alimentos, controladores de la escasez y un proyecto científico para reducir la talla de la gente…, pero no me sale”, concluye entre bromas.
Edgar el zurdo Mendieta vuelve con una nueva historia, con su picaresca, su sarcasmo y su habla popular, pero sobre todo vuelve el estilo de Elmer Mendoza. “Un autor no depende de las tramas pero sí de un estilo, y cuando agarras uno no puedes dejarlo. Yo creo que lo conseguí”.

Élmer Mendoza, el breve

El escritor mexicano, padre de la narcoliteratura, publica unos cuentos que empezó a escribir hace 20 años y da una clase magistral sobre cómo abordar el relato breve


Juan Diego Quesada, México DF 23 JUN 2013 - 03:39 CET


foton
Élmer Mendoza. / TUSQUETS
Un adolescente pasaba los días con una bandita en una esquina de la Colpop (colonia popular), un fraccionamiento a las afueras de Culiacán. Eran los sesenta y en España le habrían aplicado la ley de vagos y maleantes. Años después, ese mismo chico se puso a escribir en el español estándar con el que había leído a los clásicos. El problema es que sus textos no tenían alma, le quedaban cojos. Encontró su verdadera voz en la jerga de la calle, el habla popular. Llenó sus textos de expresiones como ándese paseandome la ando acabandoórale. “Hice la mezcla y fue emocionante, como cuando los Beatles descubrieron el pelo largo”, dice Élmer Mendoza, considerado el padre de la narcoliteratura.
Mendoza (1949) sigue viviendo en Culiacán y a mucha honra. “No he vivido mucho en lo que son los centros de flujo cultural. Mi ciudad es distinta, es pequeña. Estoy consiguiendo ubicar la forma de hablar de mi región (Sinaloa, norte de México) como algo respetable”, señala. De hecho hay una corriente de lexicólogos interesados en su obra, tan distinta a la del resto. El autor acaba de publicar Trancapalanca(Tusquets), un libro de cuentos que comenzó a escribir hace más de 20 años y que siguen en esa misma línea: “Ese estar en la esquina moldeó mi lenguaje”.
Algunas historias tienen tintes autobiográficos. Mendoza se enteró de la muerte de Julio Cortázar en mitad de una corrida de toros en La Monumental de México. A las cinco de la tarde, tremenda hora. Un espectador abrió un periódico y allí estaba la terrible noticia. Se puso a llorar como un niño. Los vecinos de asiento se indignaron porque la faena estaba siendo bastante mediocre y pensaban que tampoco era para ponerse así. En la fiesta uno solo llora de emoción. El escritor vivió el duelo en silencio.
Mendoza, autor de Balas de plata, explora esta vez formas narrativas que no utiliza habitualmente en sus novelas más conocidas, como los del detective El Zurdo Mendieta. Le costó mucho trabajo ser imaginativo a la hora de plantear cada una de las historias. “La literatura es muy cruel”, se explica, “si eres apocado nunca consigues hacer nada que merezca la pena, tienes que posicionarte en una categoría de creador infalible”. Ese poder le lleva a no dejar que ningún detective resuelva un crimen, porque a él no le da la gana, o a convertirse a sí mismo en un sicario infalible.
¿Esos juegos no le funcionan en carreras más largas? “El cuento permite cosas que la novela no, es un género distinto. En un texto breve el fastidio es soportable. Leí otras novelas que tienen ciertos juegos difusos que a mi modo de ver no funcionan”. Este proceso de creación le llevó a padecer “fuertes emociones”. A veces tenía una historia que le bullía en la cabeza y tenía que irse inmediatamente a casa a escribirla.
Es un curioso profesional. La conversación camina por derroteros no esperados y acaba diciendo que Málaga (sur de España) es una de sus ciudades favoritas. Mendoza estuvo indagando en cuáles fueron las drogas que usaba la gente de su generación del otro lado del charco. “Era una juventud loquísima, nada que ver con Marisol y las películas que nos llegaban de allá”, suelta, y se entusiasma al saber que Pepa Flores, la actriz, renegó de su personaje y se refugió en una vida cotidiana que incluye regentar una pizzería en la ciudad andaluza. “A ver si me doy una vuelta por allá”.
La escritura de Mendoza, volviendo al tema, sigue teniendo mucho que ver con la forma de hablar de aquellos chicos de la esquina. Considera que una cosa que distingue a esos jóvenes mexicanos es la fascinación por crear expresiones. Lo llama deslices del lenguaje. Él se limitó a capturarlo. “A final de cuentas tengo un gen que me permite reflexionar sobre cómo hablamos. Era un sentimiento inconsciente y primitivo que hacía que me llamara la atención las expresiones que te decían los amigos”, se pone trascendente.
Aunque a continuación rompe el hechizo, de cursi nada. Una de sus aficiones, “una pésima costumbre”, es la de escuchar a los locutores de televisión que narran deportes. “Se están haciendo bromas y maneras muy lindas de calificar. La literatura cuesta mucho hacerla así. Cuando uno está joven trae lo de la verosimilitud pero el recurso más seguro es el lenguaje. Intentas reproducir un habla y a veces por ahí se inventan expresiones”, reflexiona. Uno de los mejores cuentos de la recopilación narra la pelea de un boxeador de Acapulco que duda del sentido de ganar la pelea ahora que ha muerto su madre. “Mi amá nos pasó a mejor vida y como dicen; y yo, cuando ella murió, pos carajo, como que ya no tenía caso ”, dice.
Está a punto de terminar la entrevista y no hemos hablado nada de narcotráfico. Ni una palabra. “Hay muchas otras cosas de las que hablar”, se despide Mendoza.


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Monday, July 1, 2013

Jorge Ibargüengoitia / El humor en serio

Jorge Ibargüengoitia


Jorge Ibargüengoitia, el humor en serio

Nuevas ediciones mantienen viva la memoria del escritor mexicano en el 30ª aniversario de su muerte.

Gran retratista de la idiosincracia de su país


Víctor Núñez Jaime, El País, 9 de enero de 2013 
"Si no ha leído a Jorge Ibargüengoitia, compre alguno de sus libros y léalo. Es muy probable que no encuentre nada en las librerías españolas, lo que demuestra, una vez más, que la vida puede estar muy bien, pero el mundo está muy mal. Si tiene un amigo en México, consiga que le envíe las obras de Ibargüengoitia. Si no tiene ese amigo, laméntelo amargamente. Insisto: lea a Ibargüengoitia". Con este reclamo empezaba Juan Villoro, en 2009, el prólogo de Revolución en el jardín (Reino de Redonda) del escritor mexicano. Cuatro años después la obra literaria de Ibargüengoitia tiene más presencia en las librerías y, en el 85º aniversario de su nacimiento y 30º de su muerte, goza de un mayor reconocimiento por parte de los lectores.
Toda la obra literaria del mexicano Jorge Ibargëngoitia (1928-1983) está llena de humor, ironía y sarcasmo. Miraba con agudeza lo que ocurría a su alrededor y poco tardaba en escribir un cuento, una novela o un artículo periodístico. Se burlaba con cierto lamento de las tropelías cometidas por la clase política del PRI. Contaba los hábitos sociales de sus paisanos y daba así las claves para entender a México. En forma divertida pero, en el fondo, muy seria. Este 2013 se cumplen 30 años de su muerte, mientras sus libros se reeditan en España.
El académico y escritor Guillermo Sheridan asegura que “Ibargüengoitia privilegia la sedimentación de la historia como farsa en la imaginación convencional, su condición de catecismo civil, y procede a analizar narrativamente sus argucias legitimantes por medio de una feroz parodia del estilo, aplicándole a destiempo el sinsentido común, buscando en su tejido interior la razón de la sinrazón característica de la débil cultura política y moral del país.”
Sheridan compiló en cuatro libros los artículos que Ibargüengoitia escribió para el viejo diario Excélsior (quizá el más famoso seaInstrucciones para vivir en México) y en el Centro de Estudios Literarios de la UNAM ha diseccionado varias de las novelas de su compatriota. “En un país en el que los que pierden las batallas son los que llegan más lejos, Ibargüengoitia consigue, como quizá ningún otro narrador en México, con una asombrosa economía de medios, un retrato perfecto de la lacónica idiosincracia mexicana en su lenguaje: en el retórico y el coloquial. Detrás de ambas formas del silencioso disimulo, traza una cotidianeidad que sobrevive las ruidosas olas de la historia con un escepticismo total”, explica.
La Ley de Herodes y otros cuentos es el quinto libro de Jorge Ibargüengoitia que la editorial RBA publica en España. Son once ingeniosas historias en donde el narrador y protagonista se convierte en víctima de las circunstancias, la arrogancia, la mezquindad, la falta de respeto o las mentiras de sus más allegados. Tienen la etiqueta de cuentos, pero bien podrían ser crónicas de la propia cotidianidad del autor. A veces íntimas, a veces ridículas, pero siempre catárticas.
Ibargüengoitia nació en Guanajuato (centro de México) en 1928. Se fue al Distrito Federal porque quería ser ingeniero, pero después de tres años de estudiar la carrera decidió que lo suyo eran las letras y no era hacer puentes o carreteras. Probó primero en el teatro. Fue discípulo del dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, pero cuando éste no lo mencionó entre sus alumnos “más prometedores”, el ánimo de Ibargüengoitia quedó tan afectado que no quiso escribir más obras. Así que comenzó a hacer novelas. Con la primera, Los relámpagos de agosto, una sátira de la Revolución Mexicana, ganó en 1964 el prestigioso Premio Casa de las Américas que en Cuba consagraba a los escritores hispanos. Pero con Las muertas (1977), basada en la historia real de una banda de lenonas conocidas como “Las Poquianchis”, se consolidó entre el gusto de los lectores.
“Si Juan Rulfo elevó la literatura mexicana a una narrativa tan telúrica como transtemporal”, señaló en 2009 el escritor Sergio González Rodríguez en las páginas del suplemento Babelia, “tan inserta en las fatalidades de su historia como en sus relatos de cacicazgos violentos, tan magistral en el reflejo de la pervivencia de los muertos y su nostalgia amorosa, que hablan igual que si estuvieran vivos y al hacerlo construyen un espacio extraordinario de lo que se debe aceptar y valorar como ficción moderna en un rango superior, Las muertas es una novela en la que la tierra aparece con todo su peso temporal, irónica frente a los determinismos de sus instituciones corruptas: gobierno, ley, religión, trabajo; funérea en su sarcasmo de la ignorancia y la incuria y deslumbrante en su retrato de mujeres explotadas por parte de unas hermanas criminales en un confín del centro de México. Es la degradación de vivos que hablan como si estuvieran muertos.”

Los pasos de Ibargüengoitia

Además de La Ley de Herodes y otros cuentos, RBA ha publicado en España otras cuatro obras del autor mexicano:
  • Estas ruinas que ves. Una sucesión festiva, dinámica y alegre de anécdotas bajo una atmósfera provinciana. Después de vivir muchos años en la capital, el protagonista regresa a su ciudad natal contratado para dar clases en su “provinciana” Universidad.
  • Las muertas. Varios testimonios reconstruyen un caso real que conmocionó al México los años sesenta: la aparición de varios cadáveres de prostitutas en distintas propiedades de unas madames.
  • Dos crímenes. En clave policial y tragicómica, se narran las pasiones y las mezquindades con las que se topa Marcos, cuya militancia política clandestina lo lleva a huir al campo para refugiarse en casa de un tío rico. Pero las mentiras que teje complican su situación.
  • Los pasos de López. La aventura de una conspiración en plena lucha por la Independencia, tan cómica como errónea, desencadena las fuerzas de la historia en donde se ven implicados unos personajes que poco tienen de héroes patrios.
Ibargüengoitia fue esposo de la pintora inglesa Joy Laville, que le ilustraba las portadas de sus libros, y juntos se fueron a vivir a París a finales de la década de los setenta del siglo pasado. En 1983 el escritor fue uno de los invitados al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá, Colombia. Estaba trabajando en una nueva novela que iba a llamarse Isabel cantaba, pero le pareció oportuno hacer una pausa para ir al Congreso. El avión que lo llevaría hasta la capital colombiana hizo una escala en Madrid y, poco después del despegue, se estrelló en Mejorada del Campo. Era el 27 de noviembre de 1983.
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/08/actualidad/1357665137_187497.html


Saturday, June 29, 2013

Joy Laville / Me gusta mirar mis cuadros

Joy Laville y Jore Ibargüengoitia

Joy Laville

“Me gusta mirar mis cuadros. 

Pero no admirarlos”


La artista británica afincada en México habla de su trabajo y evoca a su marido, el novelista Jorge Ibargüengoitia, fallecido ahora hace 30 años


Bernardo Marín, Cuernavaca 28 JUN 2013 - 23:42 CET




Laville, junto a su perra Mila en su casa de Cuernavaca. / PRADIP J. PHANSE
Aseguran los amigos de Joy Laville que a la pintora (Isla de Wight, Reino Unido, 1923) le falta solo una cosa para reunir todas las características que se atribuyen a los grandes artistas: el ego desmesurado. Y al hablar con ella da efectivamente esa impresión. Pero el salón de su casa en Cuernavaca (México) está decorado casi exclusivamente por cuadros suyos, esos paisajes de tonos apacibles habitadas por personajes lánguidos en las que su marido, el escritor Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), encontraba “una misteriosa familiaridad”. Laville resuelve esa aparente contradicción entre humildad y narcisismo de la misma forma que pinta, con un argumento sencillo: “Mis cuadros me dan tranquilidad. Me gusta mirarlos pero no admirarlos”.

Ilustración de Joy Laville
Laville supo desde niña que quería pintar. Quiso ir a una escuela de arte, pero estalló la Segunda Guerra Mundial y el sueño se aplazó hasta que con 32 años se instaló junto a su hijo Trevor, fruto de su primer matrimonio, en la localidad mexicana de San Miguel de Allende sin saber apenas una palabra de español. Allí tomó sus primeras clases de pintura y allí se enamoró de su país de adopción, aunque su paleta conserva unos colores suaves que recuerdan más a la isla brumosa de su infancia. Casi seis décadas después, archipremiada en México y reconocida fuera de su país, la artista no deja de trabajar ni un día, siempre por las mañanas, desde la diez y media hasta las dos de la tarde. “No pinto todo el rato”, aclara, “de vez en cuando me siento para mirar lo que he hecho”. No es una labor solitaria. Le acompaña su perra Mila, que bebe alegremente del cubo donde su dueña limpia los pinceles. “Aunque parezca un labrador, Mila fue una perra abandonada pero ha olvidado su pasado. Le encanta mandar sobre otros animales”, cuenta Laville. Y añade en voz baja: “No le gusta que lo diga, pero se le nota en las patas que fue una perra callejera”.


Dos mujeres, de Joy Laville.
La artista ya pintaba por las mañanas cuando convivía con Ibargüengoitia. En realidad, los dos trabajaban desde temprano, cada uno en su estudio de su casa en el barrio mexicano de Coyoacán. “Yo no podía ir a ver qué estaba escribiendo o él que estaba pintando yo salvo que uno pidiera al otro su opinión”, cuenta. Entonces ella se convertía en la primera lectora de Jorge. “Teníamos que ser sinceros el uno con el otro, aunque un comentario negativo generaba cierta hostilidad, que se dispersaba rápido”. Y se dispersaba rápido porque también eran cuidadosos. “Nunca decíamos ‘esto es horrible’, elegíamos otras fórmulas como ‘¿no crees que tal vez esto estaría mejor de otra forma…?’”. Y así hasta alrededor de las dos de la tarde, cuando el escritor inauguraba uno de los mejores momentos del día acercándose al estudio de la artista y proponiéndole tomar juntos un trago, siempre con la misma frase ritual, breve y sonora, como el sonido de una campanilla: “¿Un tequilín?”.



Laville no ha perdido esa costumbre del tequila. “Me tomo uno siempre antes de comer. Y si estoy invitada a alguna casa dos. Y a veces, hasta tres”. El tequilín le ayuda a “dormir la mona”, como decía su marido, porque otro de los grandes placeres de la jornada era y es la siesta, y en ocasiones la prolonga hasta las seis de la tarde, la hora de ver primero el informativo de la BBC, y luego algún documental de Animal Planet. “Jorge también se tumbaba después de comer, pero normalmente no dormía. Leía algún libro boca arriba en la cama, como esas figuras de piedra de las catedrales, una postura que yo bauticé como ‘Westminster Abbey’”, recuerda.


Jorge en la playa con perro, de Joy Laville.
Ibargüengoitia falleció hace ahora 30 años en un accidente aéreo cerca de Madrid pero se percibe su presencia en muchos rincones de la casa. En un cartel sobre su obra colocado ante la chimenea. En la parte izquierda de una estantería donde se conservan sus libros. Y sobre todo, en la memoria de su viuda. “Está aquí todavía. Era maravilloso vivir con él, sobre todo porque era muy feliz, lo cual es muy agradable. Y murió en su mejor momento, cuando disfrutaba de la vida y escribía como nunca”. El escritor tenía un inglés estupendo, aunque con un fuerte acento mexicano, pero cuando necesitaban emplear términos muy concretos, él hablaba en español y su esposa le contestaba en su idioma. “Su fama de sarcástico no era cierta. Podía irritarse con la gente pero incluso cuando se enfadaba usaba las palabras exactas. Una vez una vecina empezó a tocar con furia el claxon de su automóvil porque alguien había ocupado su plaza de estacionamiento. Y Jorge, que no podía más, salió a la ventana y gritó: ‘¡Cállese, pinche histérica!’. Pero es que era verdad. La señora era una pinche histérica”.
Tras la muerte de su esposo, Laville no quería regresar a México. Pero terminó por volver y acertó. “Me siento como en casa, no podría vivir en otro sitio. Este país me gusta físicamente, el campo es apasionante, me admira como crece todo: cortas una rama y brota enseguida. Y me gustan los mexicanos. Hay personas horribles, claro, pero la mayoría, la gente que trabaja es muy buena gente”. Sin embargo, no se siente mexicana. Pero tampoco inglesa. Y entonces, ¿qué se siente? La artista había avisado antes de la entrevista de que hablaba despacio porque pensaba despacio, pero en esta ocasión no tarda ni un segundo en contestar: “¡Me siento yo!”.
Joy Laville

LA MIRADA DE JOY LAVILLE
Por Antonio G. Iturbe
Qué leer, febrero de 2009
Una de las pinturas de Joy Laville
Una de las pinturas de Joy Laville
Ibargüengoitia compartió los últimos veinte años de su vida con la pintora londinense afincada en México Joy Lavílle. En algunas de sus crónicas habla de su relación y del respeto que sentía hacia los misterios de la obra pictórica. Ya octogenaria. la pintora vive en Jiutepec (en el estado le Morelos) y, veinticinco años después de la muerte de su marido, sigue recordando con melancolía su sentido del humor. Hace unos meses, el periodista Salvador García, de La Jornada le Morelos, la visitó en su casa: “No era sarcástico, pero si algo no le gustó, lo dijo, ya que era crítico y su crítica le permitía jugar con el absurdo. Él era muy directo, por eso tenía reputación de tener mal humor, pero esto es una mentira, él era muy alegre”. La pintora explica que “cocinaba muy bien. Tenía fama por su paella. Hacía paella para mucha gente; los domingos siempre teníamos invitados, que eran siempre los mismos amigos. También era buen bebedor. Pero en los últimos años, cuando estuvimos en París bebió muy poco. Siempre tomábamos un tequila. Yo todavía lo tomo. La cosa es que el último año, a veces se me olvida tomar. Dicen que la gente bebe para olvidar, pero a mí se me olvida tomar”.


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