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Wednesday, January 8, 2014

Kate Moss según Lucian Freud

Retrato de Kate Moss, por Lucian Freud

Título: Naked Portrait 2002
Autor: Lucian Freud (UK, 1922-2011)
Técnica: óleo sobre tela
Residencia: colección privada
Medidas: 152.7 x 122.2 cm


KATE MOS SEGÚN LUCIAN FREUD




En “Naked Portrait 2002” vemos a una mujer desnuda y embarazada. Se trata de la muy famosa top model británica Kate Moss. El pintor, ni más ni menos que Lucian Freud, uno de los nietos del gran Sigmund Freud. Esta obra fue subastada en Christie’s y adquirida por una cantidad superior a los 7 millones de dólares. Si bien no es la obra mejor vendida de Freud (Benefits supervisor sleeping superó los 33 millones de dólares), por tratarse de un retrato de Kate Moss, sí es una de las más conocidas, al menos para el gran público.


Kate Moss Lucian Freud Christie's Subasta
Subasta en Christie's

 Hablar de las cantidades millonarias que se pagan por una obra de arte no deja de ser una frivolidad. Y si a esto añadimos el glamour del mundo de lastop models, verdaderamente nos internamos en el sancta sanctorum de lo que suelo denominar la “Era del látex”, que no es otra cosa que lo que Lipovetsky llama “El imperio de lo efímero”. Todo esto no deja de ser anecdótico. Lo importante es que estamos frente a una gran obra de arte, y no importa si es Kate Moss o una chica desconocida; lo que realmente importa es que se trata de una obra bien lograda que ilustra el arte figurativo contemporáneo.

Kate Moss desnuda y embarazada
Kate Moss próxima a dar a luz
Retrato de Kate Moss subastado en Christie's
 Lo primero que observamos es la disposición de la obra: está en diagonal y no ocupa toda la superficie del lienzo. Esos bordes vacíos nos dan la impresión de que el cuadro no está del todo terminado. La posición de Kate Moss, aún cuando tiene las piernas abiertas y muestra su sexo, no es lúbrica, sino cómoda; un cierto confort desembarazado. Y aquí esta última palabra resulta divertida, pues sabemos que la modelo pasó embarazada. No es que a Freud lo tuvieran obsesionado las curvas, como a Botero, pero tampoco era muy afecto a los cuerpos enjutos. De hecho la misma Kate Moss dijo en alguna entrevista que le gustaría posar para Lucian Freud. Casualmente el pintor leyó este deseo en alguna publicación, se puso en contacto con la modelo, y, bueno, he aquí el resultado.

El mundo de Kate Moss es el mundo de la belleza artificial, de la frivolidad, del glamour y de lo efímero, y en realidad poco o nada tendría que ver con el arte. Y es aquí donde el cuadro nos sorprende, porque retrata la desnudez de una forma brutal –esta es la impronta de Freud–. Tan brutal que parece hiperrealismo, no es el sentido de la corriente hiperrealista, sino en el sentido que es tan real que casi se sale del cuadro. Vaya, es como si dijera que una bala pintada en un cuadro es tan real que casi me mata; así este cuadro impacta mis sentidos y mi percepción.


Lucian Freud and Kate Moss

Kate Moss y Lucian Freud
Kate Moss y Lucian Freud

Naked Portrait 2002 detalle (Kate Moss)
 La perspectiva es el pintor al frente, ella recostada en la cama; por esta razón las piernas se ven más largas de lo normal en relación al tamaño de la cabeza. El vientre de la delgadísima Kate Moss se ve abultado y pende, por la fuerza de gravedad, hacia el lado izquierdo. Un pliegue de piel se observa debajo del seno derecho y otro más debajo del vientre. La sensación que nos dan estos pliegues, las famosas “lonjitas”, tan odiadas en el mundo de la moda –debo admitir que no sé por qué asociamos lonja y gordura, si aquélla se define, según la RAE, como “cosa larga, ancha y poco gruesa, que se corta o separa de otra”), es mucho más real que si se hubiesen editado en photoshop. En una foto editada vemos engaño; en esta obra de Freud vemos la realidad expuesta sin paliativo, sin adornos, tal cual es.

 Observemos el rostro de Kate Moss: no hay una sola gota de maquillaje. La mirada se dirige al pintor, y los ojos están ligeramente estrábicos. Pero lo mejor del cuadro es, a mi juicio, el sexo. Si observamos con atención veremos cómo de un modo implícito en la composición, Freud nos enseña los genitales de Kate Moss: podemos evocar los labios mayores y claramente podemos ver el clítoris.

Kate Moss vulva clítoris Lucian Freud

 Esta pintura es viva. Al admirarla, casi podemos sentir a Kate Moss; podemos percibir los aromas de su cuerpo, un poco de su sudor, y, desde luego, podemos sentir en la nariz los excitantes olores del sexo femenino. Este retrato de Kate Moss es mucho más rico y fiel a la realidad que muchas de las fotos que han aparecido en las portadas de revistas. Y esta es la magia del arte; la magia de la pintura.

Kate Moss Lucian Freud Subasta Christie's
Postores pujando

Yo prefiero a esta Kate Moss de carne y hueso, de olores, aromas y texturas, de sexo revelado, de cruda realidad, con su clítoris rojo y su vello púbico sin afeitar, a cualquier otra imagen de ella. A fin de cuentas, en doscientos o trescientos años este cuadro será un clásico del siglo XXI. Las portadas de las revistas de moda, quizá nadie las recordará; muy probablemente esas revistas ni siquiera existirán y Calvin Klein no significará nada. Kate Moss se convertirá en un icono del arte, no por su labor como modelo, sino gracias a que Lucian Freud la inmortalizó en este impresionante cuadro.

Reciban todos un abrazo desde México.
Venus ReX.

Kate Moss y Lucian Freud en Londres
Lucian Freud en su estudio
El abuelo Sigmund
Kate Moss posando

http://venusrex.blogspot.mx/2012/10/kate-moss-desnuda-por-lucian-freud.html


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Saturday, June 29, 2013

Joy Laville / Me gusta mirar mis cuadros

Joy Laville y Jore Ibargüengoitia

Joy Laville

“Me gusta mirar mis cuadros. 

Pero no admirarlos”


La artista británica afincada en México habla de su trabajo y evoca a su marido, el novelista Jorge Ibargüengoitia, fallecido ahora hace 30 años


Bernardo Marín, Cuernavaca 28 JUN 2013 - 23:42 CET




Laville, junto a su perra Mila en su casa de Cuernavaca. / PRADIP J. PHANSE
Aseguran los amigos de Joy Laville que a la pintora (Isla de Wight, Reino Unido, 1923) le falta solo una cosa para reunir todas las características que se atribuyen a los grandes artistas: el ego desmesurado. Y al hablar con ella da efectivamente esa impresión. Pero el salón de su casa en Cuernavaca (México) está decorado casi exclusivamente por cuadros suyos, esos paisajes de tonos apacibles habitadas por personajes lánguidos en las que su marido, el escritor Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), encontraba “una misteriosa familiaridad”. Laville resuelve esa aparente contradicción entre humildad y narcisismo de la misma forma que pinta, con un argumento sencillo: “Mis cuadros me dan tranquilidad. Me gusta mirarlos pero no admirarlos”.

Ilustración de Joy Laville
Laville supo desde niña que quería pintar. Quiso ir a una escuela de arte, pero estalló la Segunda Guerra Mundial y el sueño se aplazó hasta que con 32 años se instaló junto a su hijo Trevor, fruto de su primer matrimonio, en la localidad mexicana de San Miguel de Allende sin saber apenas una palabra de español. Allí tomó sus primeras clases de pintura y allí se enamoró de su país de adopción, aunque su paleta conserva unos colores suaves que recuerdan más a la isla brumosa de su infancia. Casi seis décadas después, archipremiada en México y reconocida fuera de su país, la artista no deja de trabajar ni un día, siempre por las mañanas, desde la diez y media hasta las dos de la tarde. “No pinto todo el rato”, aclara, “de vez en cuando me siento para mirar lo que he hecho”. No es una labor solitaria. Le acompaña su perra Mila, que bebe alegremente del cubo donde su dueña limpia los pinceles. “Aunque parezca un labrador, Mila fue una perra abandonada pero ha olvidado su pasado. Le encanta mandar sobre otros animales”, cuenta Laville. Y añade en voz baja: “No le gusta que lo diga, pero se le nota en las patas que fue una perra callejera”.


Dos mujeres, de Joy Laville.
La artista ya pintaba por las mañanas cuando convivía con Ibargüengoitia. En realidad, los dos trabajaban desde temprano, cada uno en su estudio de su casa en el barrio mexicano de Coyoacán. “Yo no podía ir a ver qué estaba escribiendo o él que estaba pintando yo salvo que uno pidiera al otro su opinión”, cuenta. Entonces ella se convertía en la primera lectora de Jorge. “Teníamos que ser sinceros el uno con el otro, aunque un comentario negativo generaba cierta hostilidad, que se dispersaba rápido”. Y se dispersaba rápido porque también eran cuidadosos. “Nunca decíamos ‘esto es horrible’, elegíamos otras fórmulas como ‘¿no crees que tal vez esto estaría mejor de otra forma…?’”. Y así hasta alrededor de las dos de la tarde, cuando el escritor inauguraba uno de los mejores momentos del día acercándose al estudio de la artista y proponiéndole tomar juntos un trago, siempre con la misma frase ritual, breve y sonora, como el sonido de una campanilla: “¿Un tequilín?”.



Laville no ha perdido esa costumbre del tequila. “Me tomo uno siempre antes de comer. Y si estoy invitada a alguna casa dos. Y a veces, hasta tres”. El tequilín le ayuda a “dormir la mona”, como decía su marido, porque otro de los grandes placeres de la jornada era y es la siesta, y en ocasiones la prolonga hasta las seis de la tarde, la hora de ver primero el informativo de la BBC, y luego algún documental de Animal Planet. “Jorge también se tumbaba después de comer, pero normalmente no dormía. Leía algún libro boca arriba en la cama, como esas figuras de piedra de las catedrales, una postura que yo bauticé como ‘Westminster Abbey’”, recuerda.


Jorge en la playa con perro, de Joy Laville.
Ibargüengoitia falleció hace ahora 30 años en un accidente aéreo cerca de Madrid pero se percibe su presencia en muchos rincones de la casa. En un cartel sobre su obra colocado ante la chimenea. En la parte izquierda de una estantería donde se conservan sus libros. Y sobre todo, en la memoria de su viuda. “Está aquí todavía. Era maravilloso vivir con él, sobre todo porque era muy feliz, lo cual es muy agradable. Y murió en su mejor momento, cuando disfrutaba de la vida y escribía como nunca”. El escritor tenía un inglés estupendo, aunque con un fuerte acento mexicano, pero cuando necesitaban emplear términos muy concretos, él hablaba en español y su esposa le contestaba en su idioma. “Su fama de sarcástico no era cierta. Podía irritarse con la gente pero incluso cuando se enfadaba usaba las palabras exactas. Una vez una vecina empezó a tocar con furia el claxon de su automóvil porque alguien había ocupado su plaza de estacionamiento. Y Jorge, que no podía más, salió a la ventana y gritó: ‘¡Cállese, pinche histérica!’. Pero es que era verdad. La señora era una pinche histérica”.
Tras la muerte de su esposo, Laville no quería regresar a México. Pero terminó por volver y acertó. “Me siento como en casa, no podría vivir en otro sitio. Este país me gusta físicamente, el campo es apasionante, me admira como crece todo: cortas una rama y brota enseguida. Y me gustan los mexicanos. Hay personas horribles, claro, pero la mayoría, la gente que trabaja es muy buena gente”. Sin embargo, no se siente mexicana. Pero tampoco inglesa. Y entonces, ¿qué se siente? La artista había avisado antes de la entrevista de que hablaba despacio porque pensaba despacio, pero en esta ocasión no tarda ni un segundo en contestar: “¡Me siento yo!”.
Joy Laville

LA MIRADA DE JOY LAVILLE
Por Antonio G. Iturbe
Qué leer, febrero de 2009
Una de las pinturas de Joy Laville
Una de las pinturas de Joy Laville
Ibargüengoitia compartió los últimos veinte años de su vida con la pintora londinense afincada en México Joy Lavílle. En algunas de sus crónicas habla de su relación y del respeto que sentía hacia los misterios de la obra pictórica. Ya octogenaria. la pintora vive en Jiutepec (en el estado le Morelos) y, veinticinco años después de la muerte de su marido, sigue recordando con melancolía su sentido del humor. Hace unos meses, el periodista Salvador García, de La Jornada le Morelos, la visitó en su casa: “No era sarcástico, pero si algo no le gustó, lo dijo, ya que era crítico y su crítica le permitía jugar con el absurdo. Él era muy directo, por eso tenía reputación de tener mal humor, pero esto es una mentira, él era muy alegre”. La pintora explica que “cocinaba muy bien. Tenía fama por su paella. Hacía paella para mucha gente; los domingos siempre teníamos invitados, que eran siempre los mismos amigos. También era buen bebedor. Pero en los últimos años, cuando estuvimos en París bebió muy poco. Siempre tomábamos un tequila. Yo todavía lo tomo. La cosa es que el último año, a veces se me olvida tomar. Dicen que la gente bebe para olvidar, pero a mí se me olvida tomar”.


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