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Monday, October 14, 2013

Alice Munro / Nadie como ella / Mi querida vida

Alice Munro

Nadie como ella

La rigidez moral de los 50 está presentes de un modo u otro en las historias del último libro de Alice Munro, 'Dear life'



Al final o cerca del final de casi cada cuento de Alice Munro hay que regresar al principio. Un quiebro ha sucedido y la historia ha cambiado de dirección tan bruscamente como si uno hubiera saltado unas páginas y se encontrara leyendo otro cuento; algo queda tan inexplicado que uno vuelve a las primeras páginas en busca de un nombre o de una información clave en la que no reparó; o simplemente uno vuelve al principio por el gusto de leer entera otra vez la historia, por el placer de observar con qué astucia y en cada momento pequeños indicios fueron señalando —para quien prestara la debida atención— que en realidad el cuento era otra cuento, que por debajo de lo dicho discurría un caudal subterráneo que es el rumor que le avisa a uno de que la literatura se escribe callando no menos que contando, y que más allá de lo que vemos y escuchamos y de lo que descubrimos en momentos singulares de lucidez o perspicacia hay cosas que no sabremos nunca, espacios en blanco a los que no llegan el conocimiento ni el recuerdo y que sería fútil rellenar con ficción.
Una mujer mayor que ha tenido algunos problemas de memoria sin importancia llega al barrio desconocido para ella en el que está la consulta del médico y descubre que ha olvidado en casa el papel donde apuntó el nombre. Un veterano vuelve de la guerra en el verano de 1945 y cuando después de un largo viaje a través de Canadá le falta menos de media hora para llegar a su pueblo salta del tren en marcha, aprovechando que ha reducido mucho la velocidad en una curva, y se acerca a una granja en la que vive una mujer sola. Un ama de casa joven que ha publicado por primera vez unos poemas en una revista es invitada a una fiesta de escritores en la que nadie le hace caso y se emborracha tanto que tiene que sentarse en el suelo, y un desconocido la ayuda a levantarse y la lleva a casa, y cuando ella va a salir del coche él le dice que ha tenido la tentación de besarla. Una maestra muy joven viaja en mitad del invierno hacia su primer trabajo en un sanatorio para niños tuberculosos que está cerca de un lago helado. Un arquitecto joven, casado, con hijos, se hace amante de la hija de un potentado local, y durante años él y ella han de pagar el dinero del chantaje que les hace una criada que descubrió el enredo por casualidad. Un niño ve que su hermana mayor está a punto de ahogarse en una laguna y corre a pedir ayuda y luego no recuerda por qué motivo se sentó en los escalones a la entrada de su casa en lugar de golpear la puerta. Una mujer casada con un hombre doce años mayor que ella recibe a una vendedora de cosméticos a domicilio, y cuando el marido, un profesor, un poeta célebre, vuelve a casa, él y la vendedora se quedan hechizados mirándose porque tuvieron una historia de amor muchos años atrás, cuando él era soldado y estaba a punto de partir para la guerra.
Los años de la II Guerra Mundial, los tiempos oscuros de la Gran Depresión, la rigidez moral de los cincuenta, el gran cambio que sobrevino muy poco después, están presentes de un modo u otro en las historias del último libro de Alice Munro, Dear life. El contraste del ayer lejano y el ahora ha sido siempre uno de sus motivos centrales, y con él la brusquedad de los cambios, en las costumbres y en las vidas, la libertad conquistada o encontrada, sobre todo para las mujeres, y junto a ella una desolación o una crudeza que habrían sido como el reverso inevitable de todo lo que se ganó: las calles vacías y las tiendas cerradas en el corazón de las pequeñas ciudades arruinadas por la omnipresencia del coche y de los centros comerciales; los viejos que ayer mismo eran fuertes y jóvenes extraviados en espacios impracticables que no comprenden; los nombres y las vidas de los muertos que se disuelven rápidamente en un olvido que será definitivo cuando desaparezcan también los últimos que los recordaban, o cuando el Alzheimer les vaya borrando la memoria.
En libros anteriores, incluido el penúltimo, Demasiada felicidad, Alice Munro se ha movido con solvencia entre un mundo y otro, entre el presente observado con un máximo de agudeza y los pasados sucesivos que se remontaban hasta su infancia e incluso más atrás, hasta la memoria de los emigrantes escoceses que viajaban a Canadá en el siglo XVIII dispuestos a sobrevivir en circunstancias durísimas, en un continente de llanuras sin límite y de inviernos polares. Nacida en 1931, ella tuvo tiempo de conocer la aspereza de aquellas vidas, antes de la prosperidad que trajo por primera vez la guerra, antes de la calefacción central, los electrodomésticos, las autopistas, la fiesta del consumo mezclada con la alegría de la emancipación sexual.

A los 81 años es lícito que en sus historias las inventadas y las otras prevalezca el pasado
Ahora, a los 81 años, es lícito que en sus historias, las inventadas y las otras, prevalezca el pasado. Eso no quiere decir que Alice Munro capitule a la nostalgia. Incluso su agudeza es ahora más afilada porque ha ido todavía más lejos en el despojamiento de su escritura, que ahora tiene brevedades lapidarias, frases comprimidas sin verbo y párrafos que consisten en una sola palabra y un punto y aparte. Una palabra del todo común o un nombre propio le bastan para titular la mayoría de los cuentos: Amundsen, Gravel, Haven, Pride, Corrie, Train, Dolly, Night, Voices. En cada uno de ellos están las fronteras visibles o secretas a las que se asoma cualquiera en su vida, las que se dejan atrás y las que nunca llegan a cruzarse, las que separan desde el nacimiento a los seres humanos, en pobres y en ricos, en hombres o mujeres, en atrevidos o cobardes; la frontera entre el que vive en la ciudad y quien ve sus luces desde lejos, entre el momento anterior a un encuentro definitivo y lo que viene después, entre los actos imaginados y los actos cumplidos, las palabras dichas y las que se quedan en el silencio.
En la última sección del libro, Alice Munro, que ha construido tantas ficciones con los materiales de su biografía, decide atenerse a unos cuantos recuerdos explícitos, cuatro estampas separadas entre sí que tienen algo de confesión y de despedida: “… las primeras y las últimas cosas —y también las más fieles— que tengo que decir sobre mi propia vida”.
No son grandes experiencias, o no aparentan serlo. Ni siquiera son historias con tramas definidas, con principio final. Casi nada sucede en ellas, salvo las sensaciones de la infancia, esa mezcla de percepción muy viva e información fragmentaria que llena de misterios unas veces confortadores y otras amenazantes la vida de un niño. Y la lectura que piden no es la de la prosa sino la de la poesía: un regreso al principio después del final, una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.



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FICCIONES


Sunday, October 13, 2013

Alice Munro según Rodrigo Fresán



Alice Munro
Por Rodrigo Fresán
Letras Libres, febrero de 2013 

Para sus cada vez más numerosos seguidores –y en especial para sus fans españoles–, la canadiense y duquesa de Ontario en el Reino de Redonda Alice Munro (Wingham, 1931) es como Billy Wilder o Bruce Springsteen. Nada de lo que haga estará mal y todo lo que hizo (aun en horas bajas o momentos irregulares) siempre será, como mínimo, algo rozado por la genialidad. Pero, se sabe, ningún genio es genial todo el tiempo. Lo que no ha impedido –como ya ocurrió en inglés– que la decimocuarta colección de sus cuentos, Mi vida querida (Lumen publicará la traducción al español en marzo), sea recibida con fuegos artificiales, aleluyas sinfónicos y corales, el infaltable “Chejov con faldas”, histeria cuasi religiosa, etc. Incluso Jonathan Franzen se permitió años atrás –en un ensayo incluido ahora en su Más afuera (Salamandra, 2012)– exagerar a su favor la condición “de culto” de la gran maestra para así, con su característica humildad (Franzen es el Cristiano Ronaldo de las letras made in USA; el espectro de David Foster Wallace vendría a ser Lionel Messi), casi atribuirse su descubrimiento más allá de que, de un tiempo largo a esta parte, Munro aparezca, octubre tras octubre, en las quinielas del Nobel.

¿Y festejo merecido? Sí. ¿Un tanto exagerado? También.

Porque Mi vida querida no es Las lunas de Júpiter (Debolsillo, 2010) o Amistad de juventud (Debolsillo, 2010) o Secretos a voces (RBA, 2008)u Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA, 2005), del mismo modo que Aquí un amigo no es El crepúsculo de los dioses y Human Touch no es Born to Run. Y digámoslo también: el mejor relato escrito por Munro no solo no alcanza las alturas de “Adiós, hermano mío” o “El marido rural” de John Cheever sino que, además, su corona es disputada. Para muchos, por el irlandés William Trevor (otro dedicado narrador de su patria chica). Para algunos, entre los que me cuento, por Mavis Gallant: otra anciana dama canadiense cuya megaantología de relatos (también en Lumen, en el 2009) pasó incomprensible e injustamente sin pena ni gloria entre nosotros.

Pero las loas reflejas y automáticas (que la han ascendido, cortesía de escritores en nuestro idioma, al mismo sitial que alguna vez ocuparon Charles Bukowski o Raymond Carver como virus de alto contagio) resultan árboles que no dejan ver el bosque de algo mucho más interesante y poco común: el raro e infrecuente paisaje de una escritura y escritora rehaciéndose mientras se deshace. Me explico: Munro, octogenaria, ya había avisado de su retiro en el 2006 con la publicación de esa magnífica y fragmentaria autobiografía inventada que fue La vista desde Castle Rock (RBA, 2008). Entonces –lo afirmó en entrevistas– cerraba el círculo regresando a las historias de sus antepasados entretejiéndolas con la propia historia. Y adiós a todo eso. Pero no. Munro siguió escribiendo y así llegaron en el 2009 Demasiada felicidad (Lumen, 2010) y ahora Mi vida querida, títulos que parecen retratar tanto a alguien que dice gracias como a quien se aferra con uñas y dientes al borde de un precipicio. Y parece que esta vez va en serio. Según sus palabras a The New Yorker –su alma máter–, Munro, menos histriónica que Philip Roth a la hora de la retirada, dice que hasta aquí llegó: “Ahora es verdad. Ya tengo ochenta y un años. Se me olvidan con cada vez más frecuencia nombres y palabras, así que...” Y no cuesta nada creerle. Porque en Demasiada felicidad y Mi vida querida –el síntoma y la fuga ya comenzaban a detectarse e insinuarse en Escapada (2004; RBA, 2005)– algo ha cambiado para siempre. Algo que ya no podrá volver a cambiar porque no queda demasiado. Ya no parece haber espacio o tiempo para esas historias de prosa serpenteante que parecían abrirse ante nosotros, con modales de origami, como novelas comprimidas, abarcando años. Ahora es un mismo tono, un mismo lenguaje, las palabras justas. Ahora son apenas escenas, momentos, sensaciones que se revelan como polaroids lentas y breves. Despedidas, sí. Lo único abrupto son ciertas acciones, más incoherentes que inesperadas, marcadas como por el ritmo de eficientes corazones artificiales. Algunos personajes hacen cosas raras sin explicación ni motivo. Algunos desenlaces suceden páginas antes de acabar y lo que sigue es como una suerte de coda en susurros. Y, si en Demasiada felicidad destacaba esa inesperada rareza –el cuento que daba nombre al libro, en el que la Munro revisitaba la historia verdadera de la matemática y novelista rusa de finales del XIX Sofía Kovalevski–, en Mi vida querida todo parece especialmente diseñado y ubicado para no molestar; para provocar en el fiel lector esa ambigua sensación de déjà vu que lo hace sentirse feliz experto y especialista e iniciado en el misterio. La otra cara de este efecto es que aquí –en relatos medulares desde señas como “Orgullo” o “Tren” o “Amundsen” o “Voces” o “Corrie” o “Dorrie” o “Noche” o “El ojo”– Munro ya no tiene nada nuevo ni nada más que contar pero, paradoja de paradojas, termina contándonos, magistralmente, exactamente eso. Y lo hace en cuatro textos de cierre donde se nos ofrecen “las primeras y las últimas –y las más íntimas– cosas que tengo que decir sobre mi propia vida”. Y, allí, también nos advierte de que “no son cuentos exactamente”. Son y es, a su manera, una nueva Munro. Es la última Munro. Es la Munro que ya no es la que fue pero que nos recuerda cómo era. Una Munro que –como aquella sentimental supercomputadora HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio– lo siente todo y siente tanto el disolverse de su memoria recordando frente a nosotros –astronautas impiadosos e insensibles pero admirados– mientras la oímos cantar una inolvidable y vieja y querida y definitiva canción. 





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