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Thursday, November 28, 2013

Venezuela / La caza del dólar


La caza del dólar en Venezuela

El billete verde es el bien más preciado en el país, pero sólo los elegidos, o los que puedan pagar su alto costo en el mercado negro, pueden tenerlo



Dos venezolanos en una calle de Caracas. / JUAN BARRETO (AFP)
Mientras el desabastecimiento y el malestar entre los venezolanos por la recurrente falta de alimentos básicos se acrecienta, el Gobierno de Nicolás Maduro intenta aliviar las causas que originaron esta situación, derivadas del sistema de controles a la economía impuesto por su antecesor Hugo Chávez hace una década. Pero el Gobierno se enfrenta a un problema. No tiene dólares oficiales para satisfacer la demanda de productores y comerciantes.
Esta semana el alza del dólar en el mercado negro, con la que se reponen muchos de los bienes no esenciales que se consumen en el país, multiplica por siete el valor referencial de la tasa oficial, de 6,30 bolívares por dólar. Cada día que pasa el salario se deteriora, se acentúa la escasez —que entre enero y agosto exhibe un promedio de 19.9% según las cifras del Banco Central de Venezuela— y aumenta la inflación, la más alta de América Latina, que entre enero y agosto de 2013 trepó al 45% interanual, triplicando el registro del mismo período de 2012.
Se espera que en los próximos días se anuncie un nuevo mecanismo para aliviar la presión sobre la cotización de la moneda estadounidense en el mercado negro, que en el último mes subió un 20%. El Gobierno, sin embargo, esta vez tiene un menor margen para maniobrar. Venezuela, que prácticamente sólo exporta petróleo (representa el 96,23% de sus ingresos al término del segundo semestre del año), depende mucho del oxígeno de una mermada Petróleos de Venezuela (PdVsa) para abastecer ese mercado cambiario.
Cálculos de la firma Ecoanalítica indican que PdVsa solo dispone de 1,7 millones de barriles diarios de petróleo para generar caja. Si eso se compara con la cantidad disponible para vender en 2012 (2,15 millones) se constata una reducción de 400.000 barriles diarios de crudo que no podrá colocar. El Gobierno de Nicolás Maduro dejará de cobrar unos 14.600 millones de dólares. Además de lo que consume el mercado interno, PdVsa entrega 250.000 barriles diarios a China para honrar el pago de préstamos y otros 200.000 a los países que forman parte de PetroCaribe a cambio de alimentos, ropa, cemento y profesores de inglés. Otra empresa local, Econométrica, es aún más pesimista en sus proyecciones. Su director, Ángel García Banchs, estima que la estatal petrolera sólo tiene para vender 1,4 millones de barriles, de los cuales habría que deducir unos 200.000 que corresponden al intercambio de crudo venezolano por médicos y entrenadores deportivos cubanos firmados en 2000 por Hugo Chávez y Fidel Castro.

PdVsa solo dispone de 1,7 millones de barriles diarios de petróleo para generar caja
En uno u otro caso está claro que la razón del desabastecimiento son los compromisos asumidos por la política internacional del chavismo y la incapacidad de incrementar la producción petrolera al mismo ritmo que la demanda. Venezuela produce unos 2,9 millones de barriles diarios, pero cada día hay menos petrodólares que vender. Para compensar la falta de flujo de caja el Gobierno ha diseñado un plan. Maduro iniciará el sábado una gira de doce días a China en aras “de reforzar la multipolaridad o la política internacional de respeto y cooperación con los países que se oponen al intervencionismo de Estados Unidos”, según el presidente de la Comisión de Política Exterior de la Asamblea Nacional, Yul Yabour, que el martes aprobó el permiso para que se ausentara. El propósito no es tan nebuloso como parece: Caracas espera que en ese viaje se amplíe la ayuda financiera que ya recibe de Pekín. En su cuenta de Twitter el ministro de Energía y Petróleo, Rafael Ramírez, ya anunció un nuevo préstamo de 5.000 millones de dólares a través del Fondo Chino-Venezolano.
Aunque ese dinero no podrá ser ofertado directamente al mercado cambiario en ciernes, sí alivia la presión del Gobierno. En años pasados el Sitme, el mecanismo alternativo diseñado para otorgar los dólares que no entregaba la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), liquidaba unos 40 millones de dólares diarios, pero el Gobierno decidió eliminarlo en febrero debido a que descubrió importaciones ficticias. El ministro de Planificación, Jorge Giordani, reveló entonces que se habían defraudado al Estado unos 5.000 millones de dólares. “El sector privado sólo exporta 3.000 millones de dólares, pero demanda 30.000. ¿Qué clase de burguesía es esa? Son parásitos”.

Venezuela sólo tiene reservas líquidas para  cuatro días de importaciones
En realidad todo el mundo en Venezuela entiende que la única manera de proteger el patrimonio y generar rápida riqueza es hacerse de dólares subsidiados para luego revenderlos en el mercado negro. Un oscuro objeto de deseo no siempre disponible. Ese es un dolor de cabeza que el Gobierno no ha logrado aliviar con ninguna estrategia. Ningún negocio puede dar una rentabilidad mayor y el Estado tampoco logra el objetivo de lograr que se mantengan en el país las reservas internacionales. Valga un dato para ilustrarlo. El economista García Banchs dice que Venezuela sólo tiene 800 millones de dólares en sus reservas líquidas que equivalen según sus cálculos a cuatro días de importaciones. Cuando Carlos Andrés Pérez asumió la presidencia de Venezuela el 2 de febrero de 1989 tenía 300 millones de dólares en las arcas. Tres semanas después de aplicar un duro ajuste macroenonómico se produjo el estallido social conocido como el Caracazo.




Venezuela / Turismo para conseguir dólares


Turismo para conseguir dólares

Los venezolanos abarrotan los vuelos para salir del país y obtener 'billetes verdes' que luego revenden a precios desorbitados en un mercado sediento de divisas


"Nos encontramos muy contentos y orgullosos de los resultados que se obtuvieron en este periodo de vacaciones", declaró hace una semana Luis Graterol, director del aeropuerto internacional de Maiquetía, que sirve de puerta de Caracas. El funcionario tenía un anuncio que hacer: por la terminal aérea se habían movilizado un 7% más de pasajeros que el verano anterior. Pero tal vez se apresuró en atribuir ese éxito a un motivo postizo: "Esto dice mucho de las políticas en materia turística que viene desarrollando el Gobierno revolucionario y del verdadero poder adquisitivo de los venezolanos".
El origen del boom tiene otro propósito y no es precisamente turístico. Se lo ha bautizado a media voz con el nombre de "raspar la tarjeta". La clase media venezolana, compuesta por viajeros empedernidos y grandes consumidores gracias a la prodigalidad de los ingresos petroleros —ya en los años setenta se ganaron el mote de los "tabarato" en Miami, por sus compras desenfrenadas—, han encontrado la manera de hacer del viaje un negocio en sí mismo —lo que no es igual a un viaje de negocios—, en el marco del régimen cambiario impuesto hace un decenio por el Gobierno chavista y las distorsiones que genera.

El control de cambios vigente desde 2003 reserva al Estado la asignación de cupos anuales de divisas a particulares, que pueden obtenerlas a cambio de bolívares (la moneda local) para ocasiones como estudios en el exterior, remesas a familiares dependientes, o viajes. Ese cupo se otorga como dinero en efectivo o un haber en la cuenta de tarjetas de crédito, autorizado con anterioridad por una oficina gubernamental. El trámite es engorroso y su aprobación nunca está garantizada. Pero algunos avivados se dieron cuenta de que su potencial de negocio hacía que la pena valiera.
Como el diferencial entre la tasa de cambio oficial —hoy de 6,3 bolívares por dólar— y la que rige en el inevitable mercado negro —ahora en torno a los 43 bolívares por dólar— es tan amplia, resultaba rentable viajar por pocos días o, incluso, por horas a destinos internacionales cercanos, como Bogotá, Panamá o las vecinas islas de Aruba o Curaçao, retirar allí en efectivo los dólares asignados a gastos de tarjetas de crédito, y revender las divisas con un gran margen de ganancia, ya de vuelta en Venezuela. De hecho, el viaje salía gratis.
Esas prácticas movieron al Gobierno en 2009 a emitir una providencia por la que establecía cupos diferenciales de acuerdo al destino y duración del viaje: estadías en los lugares más cercanos a Venezuela obtendrían montos menores. Para evitar simulaciones de viaje, los beneficiarios debían mostrar con posterioridad los soportes de los gastos incurridos.
Pero como el agua, el ardid siempre encuentra su cauce. Destinos intermedios como Lima y Quito se han convertido en los más demandados por los viajeros. Un pasaje a Perú ha visto aumentar su precio siete veces este año. Un pasaje a Bogotá, punto de conexión regional que se alcanza en un vuelo de hora y media de duración desde la capital venezolana, cuesta el equivalente a 2.700 dólares. Todavía así, no hay billetes disponibles hasta comienzos de 2014, no sólo para esas rutas, sino hacia destinos más tradicionales como Miami, Buenos Aires o Madrid.
Muchas de las compras en rutas aéreas se hacen efectivas para que los viajeros, sin embargo, no vuelen. De un grupo de cuatro o cinco pasajeros, sólo uno aborda el vuelo; los otros cancelan. El viajero porta las tarjetas de crédito autorizadas de los demás, que usa en lugares prestablecidos de su destino internacional donde, a cambio de una comisión, le entregan las divisas y las facturas que justifican los gastos.
Con tal estratagema, venezolanos comunes y corrientes se aseguran ingresos varias veces superiores a sus entradas regulares. Un espíritu de tahúr invade a la gente que arriba, por las oportunidades que ofrece un sistema de restricciones, al mundo de la especulación cambiaria. "Para nosotros es un momento estelar del negocio", admite a este diario una agente de viajes que pide se mantenga su nombre en reserva.
El presidente Nicolás Maduro ha anunciado para los próximos días medidas drásticas "para estabilizar la economía". Una de sus prioridades es la de atajar la cotización de las monedas extranjeras en el mercado negro, que, según el propio Ejecutivo Nacional, es uno de los responsables del agudo aumento de los precios en el país. Se anticipa que en el paquete vendrá una reforma de la Ley de Ilícitos Cambiarios —un texto de carácter penal, promulgado en 2005, que intenta desalentar a los ciudadanos de que participen en transacciones con divisas— para imponer contramedidas ante esas prácticas que burlan el sistema. Sin embargo, cabe vaticinar que el incentivo para encontrar otras brechas en el control cambiario seguirá funcionando: la posibilidad de un enriquecimiento fácil y rápido.


Venezuela / El Gobierno manda milicias a los supermercados

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Cola para comprar alimentos en una tienda en el centro de Caracas. / MERIDITH KOHUT (BLOOMBERG)

El Gobierno venezolano manda milicias a los supermercados

Maduro acusa a los empresarios de tener pocos cajeros para crear colas y malestar

El Gobierno interviene los puertos para agilizar el abastecimiento


El chavismo se ha internado en su propio laberinto y aún no encuentra el hilo de Ariadna para salir de este. El Gobierno es consciente del desabastecimiento de productos básicos y ha preferido decirle a sus electores que está haciendo frente —y derrotando— a "una guerra económica de la burguesía" tras evaluar cómo trabajaban los supermercados de capital privado. La semana pasada, el presidente Nicolás Maduro denunció que estos eran parte de un plan que pretendía en última instancia generar un estallido social. Denunciaba el presidente que la gerencia ordenaba no colocar los productos en los anaqueles y causaba largas filas de clientes frente a las cajas registradoras al no destinar personal para operarlas. Era la manera, dijo, de dar la sensación de un mayor desabastecimiento, a pesar de que el Banco Central de Venezuela reportó esta semana que para 17 alimentos básicos las provisiones eran un 40% inferior al nivel adecuado para satisfacer la demanda.




Mujer en un supermercado en Caracas

En realidad las largas filas que a veces salen de los locales son consecuencia de la aprobación de la nueva Ley del Trabajo, la última gran transformación legada por Chávez antes de su desaparición, que obliga al patrono a garantizar dos días de descanso continuo al personal y un máximo de 40 horas laborales a la semana. Una ley que nació con la idea de que los privados contrataran más personal terminó siendo un bumerán para el Gobierno en su intento de bajar el índice de desempleo y subempleo.
Los empresarios en cambio ajustaron sus estructuras de costos a la nueva realidad —algunos decidieron cerrar el fin de semana, otros establecieron nuevos horarios para respetar las disposiciones— y los consumidores son quienes pagan las consecuencias. En un muy sintonizado programa en la radio local un oyente contaba al presentador del espacio, el periodista César Miguel Rondón, que el gobierno había convertido los sábados en domingos y éstos en 1 de enero.
Para paliar esa situación Hebert García Plaza, jefe del Órgano Superior de la Economía, anunció que incorporará a la milicia bolivariana —grupos de civiles encuadrados por el Gobierno susceptibles de estar armados— a las cajas registradoras. Antes de que esa presencia se concrete el Gobierno deberá coordinar con los supermercados la preparación de los milicianos para que puedan conocer los códigos de los productos y la metodología de trabajo. Al mismo tiempo, el vicepresidente Arreaza prometió agilizar el despacho en los puertos creando nuevos turnos el fin de semana para descargar la mercancía que pasa semanas sin poder atracar en los muelles. Maduro dice tener el dinero necesario para garantizar el abastecimiento pleno. Pesa y mucho el recuerdo de lo que ocurrió hace once años, cuando el paro de la industria petrolera y de parte del empresariado hizo que los venezolanos vivieran una precaria Navidad.
Por ello, apenas bajó del avión que lo trajo desde China, donde cumplió una visita oficial de cuatro días, el presidente Maduro decidió aceptar una propuesta del gabinete económico y el Órgano Superior de la Economía para atacar el repunte de la escasez. Con un aparato productivo nacional arruinado debido al modelo impulsado por el Gobierno, las masivas importaciones de productos para la época de fin de año —Venezuela trae desde el exterior el 96% de lo que consume— corren por estos días el riesgo de quedarse varadas en los puertos debido a una serie de trabas burocráticas que impiden sacarla a tiempo de los contenedores y a una muy interesada interpretación de la Ley del Trabajo por parte de los empleadores que ha reducido el horario de trabajo.
El Gobierno ha pretendido impulsar la producción nacional en medio de un severo control de cambios que lleva más de una década vigente, pero al empresariado le es más rentable importar debido al tipo de cambio sobrevaluado (6,30 bolívares por un dólar estadounidense). Para evitar esa vieja práctica y continuar con su plan desde 2007, cuando el presidente Hugo Chávez anunció el viraje hacia el socialismo —que se concretó en la nacionalización de empresas productivas y la masiva expropiación de tierras—, el Estado exige a los empresarios una serie de trámites que ralentizan e impiden en muchos casos la importación expedita de productos terminados o materias primas para fabricarlos en el país. Antes de tramitar las divisas a precios preferenciales ante Cadivi, el órgano regulador, el importador debe presentar un Certificado de No Producción Nacional y solvencias del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales y del Ministerio del Trabajo.
El resultado de ese pulso ha sido un generalizado desabastecimiento que se ha profundizado tras la muerte del presidente Chávez. Hasta este miércoles el mismo Gobierno impedía cualquier solución al problema de la escasez de productos, pero el vicepresidente Jorge Arreaza anunció que se agilizarán los trámites para importar en el menor tiempo posible alimentos básicos y otros productos necesarios para abastecer, por ejemplo, el mercado de repuestos de vehículos.

Tuesday, November 26, 2013

Venezuela / Llegó la harina. Vente.

“Llegó la harina. ¡Vente!”

Venezuela se aferra a un modelo económico que mantiene al país desabastecido de alimentos básicos

El Gobierno importará 400.000 toneladas hasta fin de año


El jueves pasado llegó la harina de maíz precocida al supermercado más grande del barrio Santa Cruz, al sureste de Caracas (Venezuela), donde las casas se amontonan sobre suelos inestables. Al pie de esa colina hay talleres mecánicos, ferreterías, una parada de autobuses y contenedores rebosantes de basura. Los habitantes se enteraron de la llegada de la harina sin necesidad de mirarse o hablarse. Es una práctica extendida entre los consumidores venezolanos: solo tienen que observar las bolsas que cargan los vecinos que vienen del supermercado para saber si están disponibles o no los productos que escasean.
Desde hace varios meses no se consiguen con facilidad la harina de maíz precocida en su presentación de un kilo —la base para cocinar las arepas, el plato típico venezolano—, el aceite, la leche en polvo y líquida, el azúcar, la mantequilla o el pollo. Hay que recorrer varios supermercados o comprarlos a los vendedores informales. Al desabastecimiento se suma la escasez. Ahora el promedio de escasez es del 20%, un porcentaje que no se había alcanzado en los cuatro años anteriores según los informes del Banco Central de Venezuela (BCV). Y desde 2005 el marcador no ha bajado del 10%, lo que indica que en Venezuela la escasez es ya crónica, de acuerdo con el economista Ángel Alayón. “Lo normal es 5%”, explica. En septiembre el índice trepó a 21,2% el segundo más alto del año.
Venezuela ha llegado a esta situación por una combinación de varios factores: un control de precios de productos esenciales vigente desde hace una década que solo es revisado por el Gobierno cuando estos no aparecen en los anaqueles; la sobrevaluación del tipo de cambio que fomenta las importaciones en desmedro de la producción local y el contrabando de extracción. Los productos venezolanos cruzan la frontera con Colombia pese a los esfuerzos que hace el Gobierno por evitarlo.
Rosa Delgado, una vecina de Santa Cruz que la tarde del jueves se acercó al supermercado, llevaba dos meses sin conseguir Harina Pan, la presentación producida por el gigante alimentario Alimentos Polar, la marca de su preferencia en harina precocida. Cuando vio a unos vecinos del barrio con el producto le pidió a su hijo Yonaiker Pico que la acompañara. Los bultos de harina estaban dispuestos de cualquier forma en el pasillo del fondo del supermercado sobre una paleta de madera. Yonaiker abrazó 12 paquetes. Como entre los dos no podían llevarse todos los paquetes, Yonaiker le escribió un mensaje de texto a su hermana. “Llegó la Harina Pan. Vente”.
Una hora después la clientela casi había acabado con todas las reservas. Apenas quedaban algunos bultos que la gente despedazaba con la desesperación del hambriento. Los empleados del supermercado miraban el espectáculo con cierta indiferencia aunque trataban de identificar si sobraba algún paquete para guardarlo. Eran las sobras, sí, pero en una situación de persistente desabastecimiento trabajar en un sitio donde venden comida es un privilegio. Una de las supervisoras de pronto dijo en voz alta: “Los empleados pueden pasar por la caja número ocho con su carnet para pagar su compra”.
Elba, una de las empleadas del supermercado que retiraba los retazos de los bultos, apartó entonces un empaque aplastado y siguió hurgando entre los restos que habían dejado los clientes a ver si conseguía algo más. Puede llevarse hasta cuatro unidades. Esa es otra de las regulaciones impuestas por los supermercados para evitar que una persona se lo lleve todo. Pero la gente encuentra la forma de saltarse esa regla. “¿Ves aquel muchacho que está allá?", le dice la cajera a una mujer que se dispone a pagar. “Él ha entrado varias veces a comprar Harina Pan. Yo no puedo hacer nada porque a mí me pagan por facturar la compra”. Lo más probable es que aquel hombre luego revendiera el producto al triple o al cuádruple de su valor en las redes de la economía informal. O lo almacenara en su casa.
Esa desesperación del consumidor está reflejada en las cifras del Banco Central. El informe más actualizado asegura que de cada 100 establecimientos visitados por los técnicos en 71,4 no había harina de maíz precocida de ninguna marca. En 85,8 faltaba la leche entera en polvo, en 84,2 los aceites mezclados y en 85,3 el azúcar. El supermercado de Santa Cruz no tenía el jueves azúcar ni leche en polvo. Nadie tenía la certeza de cuándo podría llegar. Elba, la empleada del supermercado, dice: “Nosotros no podemos tener inventarios. Mercancía que llega, mercancía que sale hasta que se la llevan toda”. Las grandes cadenas temen que si tienen stock los acusen de acaparadores.
Este jueves el Gobierno anunció que los controles seguirían. El gabinete económico ha decidido afrontar la crisis apelando a las reservas estratégicas de alimentos e importando masivamente todo lo que falta. Entre noviembre y diciembre, según el ministro de Alimentación, Carlos Osorio, llegarán 400.000 de alimentos provenientes de Nicaragua, Argentina y Brasil.
El presidente, Nicolás Maduro, ha insistido en que su Gobierno es víctima de una “guerra económica” y que si los empresarios produjeran no habría desabastecimiento. Las empresas tienen en el diferencial cambiario una tentación muy grande. Es más rentable producir cantidades controladas con los dólares preferenciales que entrega el Gobierno y quedarse con una parte para revenderlos en el mercado negro. Las ganancias son del 500%.
Los clientes del supermercado que ya habían completado su cupo de harina revisaban al final de la tarde las existencias de papel higiénico, aceite y mantequilla. No parecía llamarles tanto la atención El papel solo se vendía por rollos y había llegado al país procedente de Colombia. La mantequilla, marca Mirasol, no era tomada en cuenta por los clientes, que estaban buscando Mavesa, una marca de Alimentos Polar que ya casi no se ve. Al final de la tarde, cuando la afluencia de clientes en el supermercado ya había bajado, Yonaiker seguía esperando a su hermana para poder llevarse los 12 paquetes de harina. Si ella no llegaba, Rosa y él solo se podrían llevar ocho. Parecían preocupados. Entonces otro cliente les dijo: “Señora, pague y vuelva a entrar otra vez”.