Monday, October 28, 2013

Alice Munro / La vocación definitiva

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena

ALICE MUNRO

La vocación definitiva


Por Juan Fernando Merino
Cali, 17 de octubre de 2013


El Premio Nobel a Alice Munro ha sido celebrado por miles de lectores. Sus cuentos delicados exploran la fragilidad de la memoria, así como la intimidad de las relaciones entre hombres y mujeres.

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena


Y de repente, a sus ochenta y dos años, la vida irrumpió como un torbellino en la cotidianidad de la escritora canadiense Alice Munro: en lo que va del 2013, de hecho en los últimos siete meses y medio, la autora anunció que después de más de seis décadas se retiraba definitivamente del oficio de la escritura, falleció su segundo esposo, el geógrafo Gerald Fremlin, con quien había compartido los pasados treinta y siete años, y recibió, finalmente, el Premio Nobel de Literatura.


Sin duda un “año de pensamiento mágico” para Munro, parafraseando el título del libro que otra gran escritora norteamericana, Joan Didion, publicó a raíz de la muerte de su marido, y unos meses de sobresaltos inusitados para una autora que hasta entonces había llevado una existencia bastante sosegada –al menos en lo externo–, con poquísimos cambios de oficio, de rutina o de residencia. De hecho, la autora, siempre digna, elegante, sutilmente vanidosa, ha sido muy poco dada a aparecer en público, ofrecer entrevistas o asistir a eventos literarios, y siempre ha preferido compartir con su familia más cercana y sus pocas amistades el poco tiempo libre que le dejaba la escritura.

De cierta manera, Munro jamás se marchó de su aldea natal, en una zona rural de Ontario; y si bien asistió algunos años a la universidad, vivió un tiempo en Vancouver y con su primer marido tuvo una librería en Victoria, la mayoría de sus relatos se enfoca en las vidas de mujeres de comunidades agrarias del suroeste de su provincia. Para cerrar el círculo, en 1972 Munro regresó a su estado natal para quedarse a vivir y desde hace una veintena de años reside a muy pocos kilómetros del sitio en que nació.

A lo largo de su prolífica trayectoria, el medio de expresión privilegiado por la escritora ha sido el relato, un género que ha llevado a una nueva dimensión, complejidad emocional y riqueza, hasta el punto de ser llamada la Chejov canadiense. La Academia destacó su posición indiscutible como maestra del relato y añadió de manera muy diciente: “Munro es conocida sobre todo como autora de relatos, pero aporta tanta profundidad, tanta sabiduría y tanta precisión en cada una de sus historias como lo harían la mayoría de los novelistas en la totalidad de su obra”.

En los inicios de su carrera, la autora también quiso ser novelista, según ha confesado en algunas entrevistas, convencida de que hasta que no publicara una novela no sería tomada en serio como escritora. Pasado un tiempo, no obstante, aquello dejó de preocuparle y se concentró en hacer lo que mejor hacía y lo que hace mejor que nadie: relatar historias fascinantes basadas en las personas de los alrededores que ha ido conociendo a lo largo de su vida y situadas en aquel rincón del mundo que conoce al dedillo.

No es de extrañar entonces que en una de las primeras declaraciones después del anuncio del Nobel, una entrevista que le hizo Radio Canadá, afirmara que esperaba que el premio sirviera para que la gente tomara conciencia de la importancia del cuento como forma artística. “No se trata ni mucho menos de algo con lo que uno se entretiene hasta que le llega el momento de escribir una novela”, explicó.

Bienvenido sea el regreso de la preeminencia del relato después de tantas décadas en que ha sido relegado a un tercer o cuarto plano por parte de lectores y editores. Si aún se encontrara con nosotros, seguramente estaría brindando a su salud con un buen gin-tonic el gran cuentista estadounidense John Cheever, el “Chejov de los suburbios”, primer escritor en ganar el Premio Pulitzer por una colección de relatos.

De la miríada de apreciaciones de su vida y obra que han aparecido o reaparecido a raíz del premio, me quedo con esta aproximación de Antonio Muñoz Molina, publicada en el 2005: “Su atención cuidadosa y escrutadora a los sentimientos es un cristal transparente que no se empaña nunca de complacencia ni de sentimentalismo... En su escritura, tan limpia, está esa claridad en las percepciones, esa capacidad de revivir los pormenores de un objeto vulgar o de una planta o del plumaje de un pájaro y de transmitir el tono de una voz y las singularidades del habla de alguien”.

También me quedo con este párrafo que me escribe mi amiga la escritora neoyorquina Rolaine Hochstein, contemporánea de Munro y seguidora de su obra: “Aunque nunca publicó, hasta donde yo sé, un solo texto políticamente ‘feminista’, Alice Munro ha hecho más por resaltar la elevación de la mujer que cualquier otro narrador contemporáneo que yo recuerde. La sola pluridimensionalidad de sus protagonistas femeninos despoja de sentido cualquier ángulo simplista o evaluación convencional de su obra. La vida que imprime a sus personajes –lo que hacen y dicen, lo que sienten, la manera en que responden, en que imaginan, recuerdan o se las arreglan para seguir adelante con su existencia– ha ampliado la definición de lo que significa ser mujer, hasta el punto que resulta imposible toda definición. Y todo ello sin que empecemos a hablar de sus relatos absorbentes, resonantes…”.

Nacida en el seno de una familia puritana y humilde de granjeros emigrados de Escocia, Alice Munro decidió a la edad de once años que sería escritora, propósito del cual no se desviaría jamás, ni siquiera en la época en que debía ocuparse del cuidado del hogar y la crianza de sus hijos. En 1950 y mientras estudiaba Inglés y Periodismo en la Universidad de Western Ontario, publicó su primer relato “Las dimensiones de una sombra”, y aunque continuaría escribiendo intermitentemente –y destruyendo cientos de páginas que no consideraba suficientemente logradas– su primer libro de cuentos, Danza de las sombras felices, solo vendría a aparecer en 1968, y recibiría un reconocimiento casi inmediato, así como el Premio Gobernador General, el galardón más importante de Canadá.

En aquel volumen se vislumbraba ya el enorme talento de Munro y con una escritura tersa, elegante y en ocasiones un humor algo melancólico, aparecían muchos de los temas que han ido consolidando su universo narrativo: las relaciones entre padres e hijos, los contrastes entre la ciudad y el campo, los secretos que jamás se comparten o solo se comparten a regañadientes, las oportunidades perdidas y las repercusiones que tienen las enfermedades, el envejecimiento y la muerte en los individuos, las parejas y las familias.

En su segunda colección de relatos, La vida de las mujeres (1971), una serie de historias interconectadas que a veces se clasifica erróneamente como novela, Munro abordaría las peripecias del crecimiento emocional y los conflictos familiares de una joven que debe elegir entre la vida que desea llevar y la que pretenden imponerle las presiones de su entorno. 

La obra contaría también con una recepción entusiasta y a partir de entonces Munro continuaría publicando volúmenes de relatos, aproximadamente uno cada cuatro años, y recibiría muchos de los premios literarios más importantes del planeta, incluyendo el Prix Molson, el Premio Giller y en el 2009 el prestigioso Man Booker Prize. Solo le faltaba el Nobel, que por fin le ha llegado, para sorpresa de muy pocos y contrariedad de muchos menos. Con todo bombo y con todo merecimiento, pero también, irónicamente, de manera un poco tardía, cuando ya había decidido retirarse “para llevar una vida un poco más normal” y cuando ya no podrá celebrarlo con su compañero de media vida, Gerald, un geógrafo a quien había conocido en su época universitaria con quien se reencontró para almorzar cuatro años después de su divorcio y con quien decidió irse a vivir después de tres martinis, como contó la autora con una gran sonrisa en una de aquellas escasas entrevistas. Sería el comienzo de otra gran historia…




Alice Munro / Un cuento de Nobel



Ilustraciones de Triunfo Arciniegas

Fotografía ajena

Alice Munro, un cuento de Nobel

Cómo y por qué una canadiense es galardonada con el Premio Nobel de Literatura.


Por John Meza Mendoza
El Espectador, 18 de octubre de 2013


Alice Munro. /EFEAlice Munro. /EFE
El Premio Nobel de Literatura no es simplemente un reconocimiento a un autor y a sus obras. Con frecuencia el premio reivindica un país, una lengua, una región, un género literario o un grupo cultural o étnico; enfoca la mirada de los medios, de los especialistas en literatura y de los lectores hacia un tipo particular de textos y hacia una región del mundo. Así, cabe explorar hacia dónde se dirigen las miradas literarias al otorgar el premio por primera vez a una escritora canadiense, Alice Munro, una mujer de 82 años que escribe, desde hace más de cuatro décadas, colecciones de lo que ella misma denomina “algo así como relatos”.
Alice Munro nació en 1931 en Wingham, un pueblito situado en la provincia occidental de Ontario, una de las más importantes en la historia del país, con una población mayoritaria de habla inglesa. Su primera colección de relatos se publicó en 1968 con el nombre de Dance of the Happy Shades, luego de varios años de haber publicado en algunas revistas literarias locales. Munro hace parte de una generación de escritores anglófonos canadienses que han luchado por encontrar un público más allá de Canadá, incluso más allá de sus propias provincias y más allá de los ámbitos de la literatura anglófona. Como reitera con frecuencia Margaret Atwood, otra autora canadiense y lectora de Munro, el sistema literario canadiense en los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando Munro publicó su primera colección de relatos y su única novela, estaba lejos de ser prometedor. Los escritores se enfrentaban a un público que leía la gran literatura inglesa y estadounidense. Había que encontrar espacios de difusión de la literatura contemporánea escrita en lengua inglesa en Canadá y, además, era necesario establecer los temas y problemas propiamente canadienses de esa escritura. “Cuando Munro estaba creciendo en los años treinta y cuarenta, la idea de que una mujer de Canadá —pero especialmente de un pueblito del sudeste de Ontario— pudiera ser una escritora tomada en serio a lo largo del mundo era risible”, afirma Atwood.
Risible y al tiempo necesario, justamente porque pocas personas pensaban (o piensan) en Canadá como un lugar importante donde pudiera haber escritores, editoriales, revistas literarias, magacines, círculos de lectura… como un lugar apto para producir su propia literatura en lengua inglesa, aunque pueda parecer una exageración, considerando la importancia de Canadá en el contexto global. La literatura que se enseñaba en las escuelas, la literatura que tenía un estatus positivo, que era signo de un buen “gusto” literario, era la literatura de los siglos XVIII al XX de Inglaterra y Estados Unidos: eran la tradición ¿Qué había entonces en Canadá, en materia de literatura, que no hubiera en Estados Unidos o en Inglaterra? ¿Qué era lo canadiense en este contexto? ¿Cómo encontrar una tradición literaria propia a la cual aferrarse y ligarse? ¿Cuál era la historia de Canadá que había que contar? Estas preguntas son válidas tanto para Munro como para sus compañeros de generación, y aunque no siempre aparezcan explícitas en su escritura, deben considerarse como elementos clave para entender su posición estética y sus particularidades literarias, en la búsqueda de una literatura propia. Sobre estas preguntas se enfoca ahora la mirada con el reconocimiento del Nobel a una canadiense.
El nombre de Alice Munro ha ido conociéndose poco a poco —como es lógico, mucho más en contextos de habla inglesa— por la publicación de una docena de libros de relatos y de una sola novela, Lives of Girls and Women. La valoración de la literatura de Munro presenta una serie de contradicciones en cuanto a la definición del género que practica, a los temas y al estilo con el que los aborda. Con frecuencia la ficción de Munro se encasilla dentro el realismo psicológico, y se le menciona como una “maestra” del relato, sin tener en cuenta su origen, su trayectoria ni las preguntas a las que intenta responder en el contexto de la literatura canadiense contemporánea. La afirmación de que es una maestra del “género” debe entrecomillarse, pues la escritura de Munro es difícil de definir genéricamente. Sus ficciones son narraciones, en efecto, pero con forma híbrida entre la novela y el cuento como tal; incluso, los diversos relatos dentro de un mismo libro funcionan como episodios de una estructura de temas más general, al modo de la novela de Milan Kundera. Por su extensión tanto por su tono, por el tratamiento de las anécdotas su estilo, la forma que elige Munro es el producto de una búsqueda formal por darle una “marca al género del relato”; es una mezcla incluso contradictoria de elementos de la novela, del relato periodístico, de la prosa poética: “Ha ‘dado a luz’ a su propia variedad del relato”, afirma uno de sus críticos, Brad Hooper. En el prólogo a La vista desde Castle Rock, Munro es enfática al decir: “Estos son relatos”, solamente para añadir, a renglón seguido, que esto no implica pensar en una forma estable ni definida: “La parte de este libro que podría calificarse de ‘historia familiar’ se ha expandido hacia la ficción, aunque siempre dentro del marco de una narración auténtica. Y al desarrollarse, estas dos corrientes se aproximaron tanto que parecen confluir en un solo cauce, como ocurre en este libro”.
Así mismo ocurre con los temas y el tratamiento de las anécdotas en el estilo de Munro. Parece haber una especie de indeterminación con respecto a la forma en que los aborda. Con personajes aparentemente planos, la literatura de Munro no es completamente una literatura de las pasiones ni de la mente, no es una literatura que se adentre del todo en los pensamientos humanos. Una vez más, aparentemente; en realidad, el estilo directo y claro de sus frases hacen que el lector no se centre tanto en lo que está diciendo —la anécdota—, sino en cómo lo dice, de manera que incluso un alejamiento deliberado del drama de las pasiones humanas revela su existencia y su importancia. Al final de uno de los relatos de La vista desde Castle Rock, su protagonista no tiene nada más que decir, y la escritora señala el silencio como un ideal posible, efectivo: “Mary nunca hablaba de él, y sus sentimientos hacia él se convirtieron en asunto suyo y de nadie más”.
Sin más explicaciones que la frase misma, Munro opta por un laconismo cercano al silencio para denunciar lo evidente: los dramas humanos y el fracaso no deben ser contados, no hay tal necesidad. Esta otra ambigüedad se relaciona también con la culpa que debieran sentir algunos de sus personajes por no tener éxito sus propósitos de vida. En lugar de culpa o de sentencias morales con respecto a las acciones, hay un mero señalamiento de la complejidad de lo humano y de la imposibilidad de narrarlo: “Aquí hay una contradicción. Cuando uno escribe sobre personas reales, siempre se encuentra con contradicciones”, dice la voz de uno de los relatos de Munro.

Pero así como la culpa y la frustración no se muestran en su dimensión más profunda y dramática, la gracia, el perdón y la sanación tampoco aparecen como un ideal, como una pesada promesa futura: “la gracia desciende sobre nosotros sin ninguna acción de nuestra parte. En las obras de Munro la gracia abunda, pero se encuentra extrañamente disfrazada: nada puede predecirse. Las emociones emergen. Los prejuicios se desmoronan. Las sorpresas proliferan”, opina Atwood acerca de la introspección de Munro en lo humano. Los personajes van dándose cuenta del artificio de su vida, pero ello no constituye una revelación existencial, sino más bien la aceptación de su modo de ser. “Almeda ha notado que siempre se trata de una especie de charada con la gente; hay una tonta parodia, una exageración, una conexión perdida. Como si cualquier cosa que hicieran —incluso asesinar— fuera algo en lo que no creen, pero que no son capaces de parar”.
Se ha comparado a Munro, por un lado, con Faulkner y con otros escritores del sur de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo xx, por la introspección y el flujo de consciencia que logra en sus personajes; por otro, con el ruso Anton Chejov, por su manejo del cuento como género y por el efecto de realismo de sus relatos.
Cabe decir, sin embargo, que Munro en realidad reelabora ambas influencias conforme a sus propósitos: el flujo de consciencia no tiene la profundidad novelesca de Faulkner ni dispone del tiempo necesario para llegar a lo más íntimo de los personajes, y de ahí que Munro nos ofrezca más bien miradas fugaces a dicha intimidad. Por otro lado, el realismo a lo Chejov se desmorona por el llamado de atención de la propia autora sobre el carácter ficcional de la narración, por la conciencia de su material literario como invención.
Esto muestra que Munro no es simplemente una “maestra” consumada de un género y unas técnicas ya dadas. Su virtud radica, por el contrario, en ser una buscadora incansable de un lugar propio desde el cual hablar y de una forma literaria que exprese sus preocupaciones estéticas, búsqueda a la cual ha sido fiel a lo largo de su carrera. Esto, por supuesto, no puede separarse de su condición de canadiense ni de su condición de escritora. Las preguntas por lo propio —sin chovinismos ni radicalismos— desembocan en una literatura que muestra su pasado, sin la intensión de crear una genealogía que la vincule con las grandes tradiciones literarias, sino como un señalamiento al desarraigo, como una puesta en evidencia de la complejidad del origen. Y del presente. En este sentido, la ambigüedad y la contradicción, la celebración de lo pequeño, de lo simple y la posibilidad de construir lo propio invitan al lector a experimentar el mundo que lo rodea sin caer en existencialismos ni idealismos radicales.
La mayoría de historias de Alice Munro transcurren en el terruño de Sowesto, en el Condado de Huron, un lugar real a partir del cual configura su universo ficcional. Al igual que otros lugares literarios —como el Condado de Yoknapatawpha de Faulkner, o incluso Comala y Macondo—, Munro ha hecho célebre un paisaje cultural, le ha dado una forma específica para habitarlo. Así, las ficciones de Munro se enfocan en una identidad literaria siempre en proceso, indeterminada; en una literatura como la canadiense en lengua inglesa, que ha luchado por emerger en el contexto de la letras anglosajonas de la mano de escritores como Michael Ondaatje, John Kenneth Galbraith, Robertson Davies, Margaret Atwood, Marian Engel, Graeme Gibson y James Reaney, entre muchos otros. El hecho de otorgar el Nobel a Alice Munro es un reconocimiento a la búsqueda constante de la intimidad, de la simplicidad de las pasiones, los sufrimientos y la gracia humana.







José Emilio Pacheco / La historia de la gente sin historia en Alice Munro


José Emilio Pacheco
Alice Munro, la historia de la gente sin historia

18 DE OCTUBRE DE 2013


Para Enrique González Rojo en sus 85


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Excepto para quienes hemos vivido allí y tenemos hijos canadienses, el nombre de Canadá evoca en la imaginación mexicana una vastedad hermosa pero informe, llena de lagos, bosques y montañas, habitada por sombras que no sabemos definir. Para el niño Amado Nervo, como escribió después en un cuento, “el dominio del Canadá” tenía algo demoniaco, era una especie de monstruo cuyo solo nombre aterraba. En la época del cine de episodios y el apogeo de las historietas, Canadá era sobre todo la Policía Montada que triunfaba siempre sobre los indios y los bandoleros.



Entre las sorpresas del salinismo figuró la de enterarnos que también nosotros éramos norteamericanos al mismo título, aunque no con la misma riqueza, de los Estados Unidos y Canadá. Entonces apareció ante nuestros ojos como un gran territorio casi despoblado, lleno de oportunidades de progresar y abierto como ningún otro a los emigrantes. Toronto, por ejemplo, se nos reveló como una gran ciudad con todas las ventajas pero sin los problemas que agobiaban a sus semejantes de los Estados Unidos. Los mexicanos, que imitamos todo, jamás pudimos adoptar su sistema de transportes que conecta el Metro con los autobuses e impide las feroces congestiones. Por desgracia, cambió las cosas el neoliberalismo que entró en este continente con el primer misil lanzado contra el Palacio de la Moneda. Tiempo después apareció la violencia en las maravillosas ciudades junto a los grandes lagos y los grandes ríos, y la frontera se convirtió en un muro impenetrable.



Entre los lagos y las islas


El pasado 10 de octubre se hizo justicia a la gran escritora Alice Munro y se dio al Canadá de lengua inglesa su primer Premio Nobel. (Saúl Bellow, que lo obtuvo en 1976, nació en Quebec pero realizó toda su carrera en Chicago y pertenece a la literatura de los Estados Unidos.)

Alice Munro, quien había anunciado su retiro en 2012 con la publicación de Dear Life (Mi vida querida), uno de sus mejores libros, no es una escritora mediática. Vive entre Clinton, Ontario, cerca del lago Hurón, y pasa algunos meses en Comox, en la isla de Vancouver, en la Columbia Británica. Rara vez sale en televisión o da entrevistas. No opina sobre lo que no sabe ni descalifica a otros escritores. Su única tarea es narrar, convertir en obras universales las historias de la gente sin historia. La mayor parte de sus cuentos han aparecido en The New Yorker gracias al genio editorial de Maxwell Taylor. Él le consiguió el privilegio de una anualidad a cambio de darle la primera opción sobre toda su obra.

Chejov de los grandes lagos

Cynthia Ozick fue tal vez la primera en compararla con Chejov: “Ella es nuestro Chejov y va a sobrevivir a la mayoría de sus contemporáneos”. En cambio Harold Bloom le negó la eminencia de Hemingway, Faulkner, Eudora Welty, Flannery O’Connor y John Cheever, y la relegó a “los autores de segundo orden”, brillante compañía en la que figuran Nabokov, Sherwood Anderson, Bernard Malamud, John Updike, Ann Beattie, Raymond Carver y la propia Ozick. Sin embargo en la introducción de Cuentos y cuentistas: el canon del cuento Bloom la cita en primer lugar entre “las ausencias lamentables”.

La calidad de sus cuentos le ha dado sin prisa ni pausa un prestigio casi universal que se confirma en cada uno de sus libros. Contra la polémica que siempre rodea al Nobel, ella ha sido aceptada con verdadera alegría por los escritores y por los lectores que hoy pueden opinar a través de los medios electrónicos.

A diferencia de las superestrellas contemporáneas, Alice Munro no tiene más biografía que sus propios libros. Hija de una familia presbiteriana de origen escocés, nació en 1931 en Whinghan, un pueblo de Ontario, y en plena Depresión. Su padre tenía una granja de armiños y visones, así que desde niña pudo darse cuenta de la brutalidad que implica la existencia. Amó la naturaleza, entonces casi intacta, y de su madre heredó la afición por la lectura y por las narraciones orales en largas noches de invierno.

Como todos, escribió lo que leía, primero una novela infantil inspirada por El último mohicano, y luego una novela de amor salvaje, fruto de la conmoción que le causó Cumbres borrascosas. Mientras estudiaba en la universidad gracias a una beca para pobres, el esfuerzo bélico de Canadá para aplastar a los ejércitos de Hitler cambió la economía del país. Llegaron a él la riqueza y las primeras manifestaciones del consumismo.


Alice Clarke Laidlow, su nombre de soltera, se casó en 1951 con James Munro y aceptó, como casi todas las mujeres de la época, su papel de esposa, madre y ama de casa. El matrimonio se trasladó a Victoria, en la isla de Vancouver, donde abrió una librería y nacieron sus tres hijas.

De noche y en el alba logró escribir su primera y única novela: Lives of Girls and Women, que muchos consideran un tomo de cuentos entrelazados. Comprendió que sin el cuarto propio que reclamaba Virginia Woolf y la energía que se requiere para sentarse varias horas diarias a la máquina en vez de consagrarlas a las fatigosas y efímeras labores de la casa, le era imposible ser novelista. En 1972 se divorció y regresó a Ontario.

Halló que el mundo de su niñez y adolescencia había desaparecido y que su propia gente la veía con desconfianza por ser escritora y divorciada. En 1976 se casó con Gerald Fremlin, muerto a comienzos de este año, y desde entonces ha vivido en Clinton, otro pueblo de su provincia natal. Halló el cuento como su vehículo ideal para desarrollar su vocación. Esto también significaba ir a contracorriente pues en la posguerra el género había perdido el lugar central que tuvo en años anteriores.

Las aventuras del cuento

El cuento es el más antiguo y el más nuevo de los géneros literarios. La narración es ancestral y es inmortal. Gran parte de la vida consiste en contarnos historias unos a otros aunque jamás hayamos abierto un libro. De pequeños, niños y niñas tienen una avidez inmensa por los cuentos al grado que hacen repetir al infinito sus predilectos.

Sin embargo, el cuento literario aparece con la Revolución Industrial. No se explica sin las grandes ciudades, sin el ferrocarril, sin el auge de la alfabetización indispensable para hacer de los campesinos obreros especializados, sin la lámpara de gas que permitió la lectura solitaria y silenciosa y sin la aparición de la pluma metálica que aumentó la velocidad de la escritura.

Se difundió gracias a su gran aliado, el tren. Fue una manera ideal de ocupar las horas muertas del viaje. Las primeras revistas que ya adquirieron un formato distinto del libro se llamaron “magazines” porque, como en las tiendas departamentales, uno podía optar por muchas cosas y entre ellas figuraba, en primer término, un cuento.

Ya en el siglo XX escritores como Faulkner y Scott Fitzgerald vivieron no de sus novelas sino de los cuentos que les pagaban espléndidamente las revistas populares. Los libros en que más tarde, para fortuna nuestra, los reunieron no producían las utilidades que esperaban sus editores y se difundió la falsa idea de que un libro de cuentos no se vende, al menos no tanto como una novela. Lo equivocado de esta creencia se demuestra con el hecho incontrovertible de los cientos de miles de ejemplares que han vendido y siguen vendiendo El Llano en llamas o las Ficciones de Borges.

Para hacer más sombrío el panorama, en los primeros años de su trabajo Alice Munro encontró una nueva competidora: la televisión, que en sus inicios saqueó inmisericordemente los cuentos. Nadie se imaginaba entonces otras formas hoy omnipresentes de narración que ha hecho posible la electrónica. Por otra parte, los guionistas de las series difundidas en todo el mundo han creado un nuevo género y a él se consagran quienes antes hubieran escrito cuentos, piezas de teatro y aun guiones de cine. Es lástima que este impulso no llegue aún a las telenovelas.


El cuento eterno de la humanidad


Muchas protagonistas de Alice Munro no son malas ni buenas, se sienten oprimidas por el bienestar que les dan sus maridos con sus trabajos de nueve a seis, a cambio de someterse a un modelo exteriormente impuesto y hecho para reproducirse al infinito. Un día huyen de ese porvenir garantizado y se entregan a la incertidumbre de la aventura. Ya no son Emma Bovary ni Anna Karenina que pagan con el suicidio la culpa del pecado; no obstante, sienten remordimientos porque saben que al liberarse de su asfixia hacen un gran daño a quienes en modo alguno hubieran querido causar dolor.

Casi todos los libros de esta autora pueden leerse en español: El progreso del amor, Amistad de juventud, Secretos a voces, El amor de una mujer generosa, Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, Escapada, Demasiada felicidad, Mi vida querida. Forman la biografía tan real como imaginaria de una mujer que es y no es su autora, una vida observada sin piedad desde la niñez hasta la ancianidad. Revelan que en lo ordinario de nuestras vidas está oculto lo extraordinario y lo irremplazable. La historia de la gente sin historia puede ser el más asombroso de los cuentos, el cuento eterno de la humanidad y el privilegio de estar vivos por un instante en el viaje de la nada a las tinieblas.

PROCESO


Sunday, October 27, 2013

Morfi Jang / Desnudos


Morfi Jang
DESNUDOS

Fotógrafos polacos, ucranianos, rusos, todos hacen de la fotografía un mundo inagotable. Cada día descubrimos nuevos nombres, y cada uno con su cuento. Fotógrafos de veinte o veinticinco años demuestran una experiencia de viejos pintores, apenas rompen el cascarón y ya dominan la luz con la sabiduría de los sabios maestros. De hecho, fotografía y pintura se apoyan y se confunden en delicioso maridaje.

¿Qué tiene el agua en esos países? ¿Qué beben los fotógrafos para mantenerse tan alucinados? Y sobre todo, madre mía, ¿qué beben estas mujeres tan bellas?

Morfi Jang nació en Lodz, Polonia, en el año 1977. No hace fotografías, hace poemas. ¿Cómo será su mundo, cómo pasa los días y las noches? ¿Cómo serán las calles de Lodz? No hay ciudades en el mundo de Mofi Jang. Solamente hay mujeres y a veces una ventana. Lo demás es el hechizo de la luz.

Mofi Jang no hace fotografías: registra sueños. Casi no hay rostros. Solo cuerpos, carne de los sueños, territorios del delirio.


Triunfo Arciniegas
Bogotá, 27 de octubre de 2013








































Andrey Yokoylev / Mujeres



Andrey Yakoylev
MUJERES

Art-director: Lili Aleeva
Models:
Kristina Kudina, Ira Zyryanova, Yana Vilkina
Mona, Olga,
Sofia Sannikova,Irina Meshina, Julija Galimova