Wednesday, June 5, 2013

Patti Smith / Entre la mugre y la gloria

Patti Smith
Foto de Robert Mapplethorpe
Patti Smith

ENTRE LA MUGRE Y LA GLORIA

Publicado por jlfercan en agosto 11, 2009

Lenny Kaye se desgañita en la parte final de “Rock n’ Roll Nigger”, cuando en un momento dado, Patti comienza a arrancar frenéticamente las cuerdas de la guitarra que ha estado rasgando torpemente durante los bises. Finalmente, arroja el instrumento furiosamente al suelo bajo la atenta mirada del batería Jay Dee Daugherty. Las luces se apagan y el público ruge. No, no estamos hablando de 1978, ni de una actuación del legendario Patti Smith Group en el  CBGB’s neoyorkino. Lo sucedido fue el final de su reciente actuación en San Sebastián, durante la gira de presentación de su recién publicado “Twelve”. Los días dorados del Punk neoyorkino son ya historia, y niJoey Ramone, ni Andy Warhol, ni Nico se encuentran entre la audiencia. Pero su actual tour no ha hecho sino certificar que la autora de“Horses” se encuentra, a sus sesenta años, en muy buena forma.

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Estamos en el Teatro Victoria Eugenia de Donostia, para ver a un mito del Punk, y el marco no podría ser más desconcertante. Afuera cuelga el cartel de “no hay entradas” desde hace semanas. Tickets a cuarenta euros comprados, en mayor medida, por parejas de mediana edad y ejecutivos que por supuesto, también tienen su corazón rockero. Al desagradable olor a naftalina hay que sumar que veremos un show tan visceral en un aséptico teatro donde por supuesto, no habrá ni barra, ni humo, ni el más mínimo olor a Rock n’ Roll. Cosas de los mitos. Menos mal que al menos han arrancado de cuajo las butacas para que esto no parezca un aburrido recital de cantautores. Mejor quedémonos con el lado positivo del asunto: el poder de convocatoria de Patti sigue siendo enorme tras tantos años de carrera, y pese a sus visitas continuadas a nuestro país desde su regreso en los 90, hay hambre de vivir una nueva velada en su compañía.
Lo que prometía ser una noche rutinaria a cargo de una artista que no pasa precisamente por una racha creativa, termina siendo algo mucho más orgánico, y ligado al azar. Situémonos a hora y media ya transcurrida desde el inicio del show. Todo ha ido como esperábamos, “People have the power”, el tema que suele cerrar sus actuaciones, acaba de sonar, pero sorprendentemente, las luces no se han encendido. La banda vuelve a salir y la poetisa del Rock por excelencia aprovecha la oscuridad reinante para coger el micro y pedir silencio. “Hoy es un día muy importante”, afirma, “porque exactamente hoy, hace cuarenta años, se publicaba el disco más importante de todos los tiempos: un álbum que cambió el mundo”. La efeméride es el aniversario de “Sgt. Peppers’s Lonely Hearts Club Band”, el revolucionario trabajo de los Beatles, del que la cantante ha incluído un tema, “Within’ you without you”, de Harrison, en su nuevo álbum “Twelve”, y que ya ha sonado durante el show, en una versión que prescinde de los arreglos hindúes del original para alcanzar un registro mucho más íntimo, que sin embargo conserva intacto su misticismo. “En esa época”, prosigue, “no teníamos Internet, ni televisión por cable, ni teléfonos móviles. Lo único que teníamos era la música. Y no había nada más excitante, aquel día de 1967, que estar pegados a la radio para conocer cualquier noticia relacionada con el acontecimiento”. Inmediatamente después, la banda acomete una (según ellos improvisada para la ocasión) versión del “A day in the life”, aquel rutilante himno de los de Liverpool que cambió para siempre el concepto de canción Rock.

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Esta noche, la poetisa del Rock presenta “Twelve”, un álbum donde recrea doce canciones que en teoría tienen un gran valor sentimental para ella, y por tanto escucharíamos numerosos temas ajenos durante la actuación. Un álbum, sin embargo, que ha decepcionado al grueso de sus seguidores, y es que Mrs. Smith no ha sabido imprimir a esta docena de cortes su propia personalidad, al contrario de lo que la siempre la ha caracterizado en el pasado. Son versiones eficientes, pero sosas, por así decirlo. Y a ello debemos sumar que la elección se mueve entre clásicos obvios de todas las épocas (“White Rabbit” de Jefferson Airplane“Gimme shelter” de los Stones) y lo francamente estrambótico (al intentar abarcar todas las décdas, incluye bodrios ochenteros de Tears for Fears entre otros). ¿Sequía creativa? ¿Nostalgia exacerbada? ¿Prisas por finalizar un contrato quizá?. Mientras que discos como “Pin ups” de Bowie“Copycats” de Johnny Thunders y Patti Paladin“Kicking against the Pricks”de Nick Cave o, por qué no, el último trabajo de Southern Culture on the skids, cumplen un cometido casi pedagógico, al devolver a la vida canciones perdidas en el tiempo en muchos casos, y sorprendiendo con frescura al llevar al terreno propio registros en la mayoría de los casos muy ajenos,Smith ha optado por el camino más obvio y predecible. Además, resulta decepcionante que no sepa articular un show como este a partir de un repertorio centrado en las excelentes covers que ha facturado a lo largo de su carrera, de “Hey Joe” a la sublime de “Land of 1000 dances” que aparecia en “Horses”, amén de enérgicas recreaciones de The WhoThe Byrds y demás luminarias de los años sesenta.
En lugar de ello, la antaño niñata Punk se ha reconvertido en una militante abuela hippy (melenas canosas, jeans, un crucifijo colgando, botas y una roñosa camiseta blanca, sobre la que ha pintarrajeado el anagrama hippy a rotulador), opta por epatar, combinando momentos de rock adrenalínico con recitados al más puro estilo beat, en los que parece levitar con la mirada perdida. Desde luego, se hace extraño verla salir  a un escenario asi y empezar con un clásico como “Priviledge (set me free)”, un tema que lleva interpretando desde principios de los 70, antes incluso de grabar su debut. Una canción nacida en clubs de mala muerte y lecturas de poesía ante grupos de beatniks drogados hasta las cejas, siguiendo aquella ruta del Village neoyorkino en la que también debutara Bob Dylan y que la convirtió en la musa de los pioneros del punk de la época.
Pero quizá Patti siempre había soñado con actuar en recintos tan solemnes como éste, y no fue una artista Punk más que por la coyuntura histórica. Es probable que el punk, ese ponzoñoso callejón sin salida lleno de excrementos y jeringuillas usadas la encontrase a ella, y no viceversa. Y es más que probable que Patti usase esa credibilidad extra que le aportaba moverse en esa escena, para erigirse como la frontman femenina definitiva. Lo suyo por supuesto era una actitud muy física y visceral, pero jamás tuvo demasiado que ver con el movimiento, más que la reinvindicación de ciertas influencias que los punks hicieron suyas desde el primer momento. No, lo suyo tenía un fondo mucho más arty, dramático y en definitiva, afectado. Y en sus actuales shows, todavía impresiona verla en esa faceta, cuando se pone unas gafas de anciana para recitar, con la mirada perdida, las líneas de “Birdland”, o divagar sobre el martirio de San Sebastián mientras amaga un tiro de flecha al público con su pie de micro como arma.  Lástima que todo ese aura de misterio y misticismo que encarna como nadie se venga abajo bruscamente con las inevitables concesiones del show a su público ochentero, que es, innegablemente, el que se acaba de dejar una talegada en taquilla. Ya sea un “Because the night” que ni siquiera Lenny Kaye parece tomarse en serio (no deja de hacer muecas mientras la interpreta) o en la hipersobada “People have the power”, himno “cumbayá” yanki reconvertido en nuestro país en sintonía consumista por obra y gracia de una compañía de telefonía movil, y que por supuesto desatan el karaoke masivo entre la concurrencia.
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Pese a todo, y cuando arremete con “Free Money” o “Pissing in a river”, logra meterse al público en el bolsillo y tenerle en ascuas durante una interpretación tan teatral como emocionante. Hubo otras mujeres antes, pero ella fue la primera en romper todos los estereotipos. Habían estado antes Joni Mitchell, representando a la cantautora prototípica, con tantas ensoñaciones abstractas como desvaríos sentimentales, Janis Joplin cantando lamentos de amante despechada en clave de Blues, Grace Slick poniendo una bonita voz a los principios revolucionarios de los 60, o incluso la candidez de una Nancy Sinatra defendiendo su derecho a rockear calzándose las botas más famosas de su generación. Pero Patti llegó más lejos, y se negó a aceptar los corsés de género que la sociedad pretendía imponerle. Andrógina y deslenguada, quiso escribir como Dylan y ser tan enérgica y física en escena comoMick Jagger. Y todo ello, tras haber caminado por el lado salvaje. Habiéndose escapado del anodino trabajo en una cadena de montaje en los 60 tras enamorarse de las palabras de Rimbaud y de la foto de Dylan en una tienda de discos. Dando un primer hijo anónimo en adopción y fugándose posteriormente a New York para romper con el pasado y tratar de emular a Dylan en el circuito de poesía de la ciudad. Tiempos en los que fue groupie y amante orgullosa de muchos de los mitos de aquel entonces, aunque esa es una historia que sólo le corresponde contar a ella. A tiempo para intentar cambiar poco a poco el panorama cultural de una época que se nos antoja más libre que la actual, de la mano de amigos y admiradores como William S. Burroughs, el fotógrafo Robert Mapplethorpe o Sam Shepard. Proclamando sin temor una nueva era donde el Rock se fundiría con la poesía, recogiendo así el testigo de todo un Jim Morrison, por inocente y presuntuoso que nos pueda parecer esto hoy en día. Y sin hacer ascos, por supuesto, a la mugre y los escupitajos del Punk. Muchos la han retratado como una oportunista sin escrúpulos, capaz de pisar a quien fuera para llegar a la cumbre, y tantos otros critican ahora la excesiva previsibilidad de sus trabajos actuales. Pero su pasado sigue pesando mucho: “Easter”“Radio Ethiopia” y “Horses” son clásicos del Rock capaces de mirar a la cara a cualquier otro disco del momento. Y desde luego, ella fue la primera en luchar en un mundo de hombres con sus mismas armas, siendo algo más que una cara bonita o el prototipo de sueño húmedo de melenudos en plena efervescencia hormonal. Su mérito fue el de romper ciertos clichés dentro de una industria cuyo trabajo es, precisamente, el de crear esos clichés. En cierto modo, dignificó el papel de la mujer en el Rock y eso debería ser tenido en cuenta por todas sus sucesoras, desde la etérea Shirley Manson hasta la bellísima Cat Power, sin obviar a toda una Juliette Lewis que parece haber dejado atrás su papel de Lolita hollywoodiense para ejercer de Patti Smith del siglo XXI al frente de su banda The Licks.
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Si algo queda de la Smith más indómita, es que sus conciertos siguen conservando ese aura de imprevisibilidad, y en consecuencia la artista hace lo que le viene en gana en cada momento, ya sea departir con las primeras filas, soplar un oboe, escupir una y mil veces en el pijísimo suelo del Victoria Eugenia, soltar un increíble monólogo sobre los agujeros del culo y la mierda, o bailar patosamente a un lado del escenario mientras Lenny Kaye interpreta un tema como solista, mientras se parte de risa berreando los coros de turno. Ya en los bises, se emociona recordando a Kurt Cobain y dedicándole una lúgubre versión de “Smells like teen spirit”, que poco tiene que ver con el rabioso espíritu de la original. Todo un mérito por su parte, el conseguir llevar a su terreno el que de momento es, probablemente, el último himno generacional que el Rock nos ha brindado. De una generación, por cierto, a la que la artista adelanta en casi cuatro décadas. Y que decir de esa grandiosa versión del“Gloria” de Van Morrison, que es ya un clásico inmortal en su voz, y que sirve como preludio a un final emocionantemente caótico. Todo lo que ella significó y significa para el Rock de los 70 está condensado en su particular relectura de este tema. “Jesus murió por los pecados de otro; no por los míos”, sigue cantando con desarmante firmeza, mientras todos los que no aceptamos ninguna clase de moral impuesta, sentimos como nuestras esas palabras. Un festivo fin de fiesta para un show que muestra a la poetisa del Rock viviendo una segunda juventud, tal como sucedería al día siguiente en el Primavera Sound, ya en territorio barcelonés. Un dulce momento que esperemos se plasme en un nuevo trabajo con material propio, a la altura de su leyenda.
DEL CBGB’S AL ROCK N’ ROLL HALL OF FAME
El presente año ha sido especialmente significativo para la artista, ya que además de la edición de “Twelve” y su correspondiente gira, ha sido incluida en el Rock n’ Roll Hall of Fame, algo de los que muy pocos pueden presumir. Su inclusión, al lado de otros grandes del Rock como las RonettesR.E.M. o Van Halen, se basa, según el prestigioso museo, en “su carácter transgresor, en el que se unía el Rock más visceral con la poesía, lo que acerca a Patti a otros intérpretes como Jim Morrison”. Una inclusión que entronca, inevitablemente, con la de los Sex Pistols el año pasado, y que viene a significar cierta apertura de miras en tan conservadora institución, y desde luego, la dignificación de todo aquello que significó el Punk y sus aledaños, ya fuese a una u otra orilla del Atlántico.
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Todo un hito para la que se diese a conocer sobre las tablas del mítico (y extinto) CBGB’s neoyorkino, cuna del punk y con la fama de ser el agujero inmundo más cool del planeta. Alli encandiló Patti a la vanguardia cultural de su época, y no deja de ser curioso que, mientras entraba por la puerta grande al museo más importante del mundillo rockero, decidiese protagonizar la que a la postre sería la última performance del afamado club, en la misma noche de su cierre por orden municipal. Todo un retorno al pasado que entronca en un mismo año los dos ambientes entre los que Patti se ha movido siempre: la mugre y la gloria.
Pero no nos engañemos, si ahora la poetisa rockera puede gozar de una posición prestigiosa entre los altares de la crítica rockera más Standard, es debido a sus primeras obras, esa trilogía mágica registrada junto al Patti Smith Group y en la que están sus mejores canciones, ya sea de la mano de un avispado John Cale (“Horses”), de la inyección de músculo rockero aplicada por el gran Jack Douglas (“Radio Ethiopia”), o de “Easter”, todo un ejemplo de cómo explorar nuevos caminos sin perder la esencia, y que sigue siendo su trabajo más completo a día de hoy. Lo cierto es que, si perdemos de vista esa trilogía fundamental, los diez años que separan su cuarto disco, “Wave”, de su sucesor, “Dream of life”, parecen un agujero espacio temporal en los que Patti tomó la decisión más controvertida de su carrera: convertirse en ama de casa.
Y es que hay quien echa a perder una carrera por excederse con las drogas, pelearse con su compañía de discos o no saber reinventarse cuando la tónica del mercado le es adversa. En el caso de Patti, fue el matrimonio lo que hasta el momento había sido una trayectoria fulgurante. Al igual que le sucedió a Lennon, a Cobain y a tantas personas que conocemos, el “sí quiero” supuso, de la noche a la mañana, el fin. Incluso un disco como “Wave”, facturado antes de su retiro, grabado deprisa por compromiso con su compañía, y que apenas contenía un par de buenos temas, como “Dancin’ barefoot”, había tenido una gran aceptación, y todo parecía indicar que el tránsito hacia los ochenta no supondría mayor problema para su trayectoria. Patti Smith era cool, una estrella que podía exigir al productor que quisiera, pero a su futuro marido, Fred “Sonic” Smith de MC5, que su señora fuese una estrella y girase por todo el mundo no le hacía demasiada gracia.
Y es que la controversia rodeó a los miembros de MC5 desde que la banda despuntase, y no precisamente por su música. Drogas, proclamas de revolución, contactos con grupos armados, cárcel, y rumores de ser unos auténticos cavernícolas en lo que a su compañía femenina se refiere. Al menos eso afirmaba Eric Ehrman en la revista Rolling Stone en 1969. El periodista fue invitado a viajar hasta la comuna de Ann Arbor en la que los músicos vivían en la época de su debut discográfico. El artículo causó una enorme polémica, y las acusaciones de machismo han sido rebatidas por Wayne Kramer en multitud de ocasiones, pero lo cierto es que el mundo conoció un retrato desolador de la formación, que dejó en ridículo sus arengas revolucionarias y mostró que lo que había en realidad detrás del telón era algo muy diferente. Para muestra un parrafo tan demoledor como el que sigue: “Cada tarde nos sentábamos a hablar sobre revolución y amor libre ante una mesa rústica, y a devorar la comida preparada por las mujeres del grupo, a las que ellos se referían como gallinitas. La emancipación de la mujer no ocupaba un lugar muy destacado en el ideario libertario de la banda, y ellas parecían más que contentas de que se retrasase, en bien de sus machos”.
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En su defensa, señalar que Fred Smith era una persona diferente cuando conoce a Patti y deciden casarse, diez años mas tarde del citado artículo, pero el resultado no fue muy diferente. No deja de ser extraño que una personalidad tan fuerte y arrolladora decidiese enviar al carajo una carrera en auge, y quedarse en casa procreando y preparando tartas de cumpleaños, pero así fue. Tuvo dos hijos, Jackson y Jesse, que la acompañan en escena de vez en cuando, y defiende esa etapa como los años más felices de su vida. Entre su matrimonio y la muerte de Fred, en 1995, la artista no se dignó a pisar un escenario. Quince años de ausencia sólo rotos por un álbum, “Dream of life”, en el que su compañero lo revisó absolutamente todo, desde la producción hasta la firma de cada tema, por no hablar de que tocó cada una de las guitarras que suenan en el álbum. Un álbum menor, en el que Fred Smithencarna torpemente el papel de Lenny Kaye, y que da como resultado un álbum predecible, donde no hay lugar para el riesgo de antaño y si para anodinas canciones de amor que parecen diseñadas para sonar en FMs.
En los 90, sin embargo, el Grunge parece borrar de un plumazo el gusto por los sonidos FM y reivindicar cierta querencia por lo sucio, lo caótico, y el dramatismo más afectado. ¿Y qué podía haber más dramático y sucio que “Horses”? Efectivamente, la generación alternativa en la cresta de la ola, empezando por Courtney Love y terminando en Michael Stipe, consagraron a Patti como su heroína rockera. El líder de R.E.M., sin ir más lejos, proclama que colaborar con Patti es el gran sueño de su vida, cosa que conseguirá en el sobrenatural disco de R.E.M.“New adventures in Hi-Fi”, de 1996.
Una serie de tragedias personales encadenadas, que hubiesen hundido al más fuerte, la hacen regresar al estudio para registrar su disco más sombrío, “Gone again”. Uno de los comebacks más sonados de aquellos años, que muestra a una artista que compone para olvidar, para recordar a los ausentes, quizá para ambas cosas. Primero fue su marido, Fred, después su hermano, Todd, y por último, el fallecimiento debido al cáncer de Robert Mapplethorpe, el conocido fotógrafo y uno de sus mejores amigos. Los tres fallecen en el espacio de escasos meses, y por tanto el material aquí presente es de auténtico dolor. Una fotografía de Anne Leibowitz como portada era el reverso oscuro de aquella mítica estampa de Mapplethorpe que ilustraba “Horses”, para cubrir de melancolía ya desde fuera una colección de once lamentos que cortan la respiración. Smith se alía de nuevo con Kaye, Daugherty y viejos amigos como Tom Verlaine, e incluso el mismísimo Jeff Buckley rinde pleitesía a la vocalista, aportando su voz en los coros de la inmensa “Beneath the southern cross”, dedicada a su marido. Devuelve el favor a la generación Grunge dedicando “About a boy” al recién fallecido Cobain, e incluso versionea el “Wicked Messenger”de Dylan. En definitiva, “Gone again” es un trabajo soberbio, lleno de poesía y dolor, que entronca directamente con aquellos días de angustia existencial tan de los 90, y que siempre es un placer recuperar, entre el “Grace” de Jeff Buckley, y cualquiera de los primeros discos de Mark Lanegan.
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Y bien, lo que ha venido después no es que haya sido para tirar cohetes, pero parece mantenerse en mejor forma que contemporáneos suyos como Lou Reed (y sus bochornosas actuaciones, gurú zen incluido) o John Cale, y ya no digamos losenfant terrible del punk de la época. Quizá no haya vuelto a editar un nuevo clásico, pero tampoco ha decepcionado a sus devotos, y su directo sigue siendo de un nivel bastante alto. El problema no es otro que la standarización del sonido, y que álbumes como “Peace and Noise” (1998) y “Trampin’” (2004) rezumen convencionalidad en formas, y la hagan parecer una cantautora, ese odioso término del que precisamente ella era némesis en los setenta. O que no haya sabido separar su militancia política de su discurso artístico, al menos cuando visita Europa, ya que un tema tan plano como “People have the power”, aunque en USA suene militante y aguerrido, en el viejo continente nos resulte un burdo e infantiloide panfleto buenrollista, y de otros como “Ghandi” o “Peaceable Kingdom” mejor no decimos nada. A la altura de lo peor de cantautores coñazo como Jackson Browne o Billy Bragg.
Pero la de songwriter es, ante todo, una profesión que exige tanta dedicación como talento innato, y en su caso, en cada uno de sus discos encontramos esos cuatro o cinco temas perfectos que nos emocionan como antaño. Desde luego, aunque sus días dorados queden muy lejos, las buenas canciones seguirán huerfanas de oídos ansiosos de emocionarse, y la poesía siempre tendrá un lugar en la dieta musical de aquellos que no se conforman con canciones que hablen de chicas, coches y corazones rotos. Ahí seguirá Patti, vieja y al mismo tiempo extrañamente joven, cantando a caballos salvajes, alucinaciones febriles y a fabricas de meados. Fascinada con Dylan y Rimbaud y deseando subirse al escenario, para ser, una vez más, la genuína negrata del Rock n’ Roll.
J.L. Fernandez, 2007. Artículo completo publicado en el nº405 de la revista Popular 1.


Tuesday, June 4, 2013

Keith Richards / Entrevistas



Keith Richards

ENTREVISTAS
I

Me encontré con Keith Richards en su oficina.

Sí, tiene una oficina.

Uno no se imagina que Keith Richards tenga un lugar así, con recepcionista e intercomunicador. Pero lo tiene. Probablemente por motivos relacionados con los impuestos, o algo así. Está en el octavo piso de un departamento antiguo en Soho, Nueva York, con vista a Broadway y a puestos callejeros de comida.

Me citaron a las cuatro de la tarde. Esperé sentado durante una hora en la sala de espera, que tiene una apariencia dulcemente vulgar –menos como la sala de espera de Keith Richards y más como el santuario suburbano de algún fan de los Stones–. Había algunas revistas People manoseadas en una mesa para televisión de metal negro (pero sin televisión), un candelero marroquí vacío y tapas de discos enmarcadas (Steel Wheels, Voodoo Lounge) y fotos. Una pared tenía el poster de la película Chuck Berry Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll. (Con la leyenda: “Todo el mundo conoce a la música. Nadie conoce al hombre”.) Incluso había un muñeco de Ronnie Wood. Todo parecía listo para eBay.

Pasaron más minutos, quizá quince. Entonces una empleada volvió y me dijo que Keith estaba listo. Me llevaron a su oficina. Keith estaba parado ahí, con su taza roja y un cigarrillo colgando de los labios como sólo Keith Richards puede hacer que un cigarrillo cuelgue de sus labios. Tenía una chaqueta de cuero verde sobre un chaleco verde sobre una remera verde. Y jeans negros. En los pies, botas Uggs púrpura.


“¿Cómo estás, amigo? Perdón por la tardanza”, me dijo. Y se arrojó al sillón de terciopelo verde. Golpeó el almohadón a su lado y me dijo: “Siéntate, amigo”.

¿Hace cuánto que tiene este lugar?
No tengo idea (se ríe). Estuvimos más arriba en Broadway cerca del Carnegie Hall por muchos años, y el alquiler se venció.

¿Y no podía pagarlo?
(Se ríe) Rara vez vengo a la oficina.

Qué sorpresa.
Sí, ése soy yo. Todo un tipo de 9 a 5.

Bueno, acabo de ver la nueva película, el concierto que filmó Scorsese. Y me hizo pensar en la historia de los Stones con documentalistas...
Estás hablando de Robert Frank, Cocksucker Blues...

Sí. Y después de esa película, y toda la controversia que vino con ella, todo lo que atrapó en pantalla, las grupies, las drogas, me sorprende que hayan dejado entrar a otro realizador. ¿Hubo discusiones acerca de dejar entrar a Scorsese?
Creo que aceptamos por el hecho de que es Martin. Nosotros ya tenemos bastante en nuestras manos. Tenemos que hacer un show. Mick, la prima donna, decía: “Oh no, no deberíamos hacerlo”. Tuve que decirle: “¡Sacate eso de la cabeza, pendejo! Vamos a hacer un show y Martin va a capturarlo”. Y ese es el punto. Yo sólo quería ver qué podía hacer Martin Scorsese con los Stones. No quería interferir. Le dije: “Voy a hacer mi parte, Martin. Haz la tuya”. La primera vez que nos encontramos decía (imita la voz apresurada de Scorsese): “Solamente quiero filmar un show”. Charlie Watts es brillante como siempre sólo por salir y tocar, y dijo: “Si puede hacer una película con eso, ¡buena suerte!”.

Entre Martin y Mick, tuvo que lidiar con dos control freaks.
Exactamente. Por eso no quería ponerle mi aura. Sólo iba a dar lo que Martin quería, que era una muy buena película de los Rolling Stones.

¿Cuándo fue la última vez que vio uno de los viejos documentales de los Stones?
No los veo demasiado seguido. Cuando aparece Cocksucker Blues, lo veo.

¿No tiene una copia?
No. Bueno, supongo que tengo una, pero probablemente está enterrada. No me gusta demasiado verme a mí mismo.

¿Cuáles son sus recuerdos sobre trabajar con Godard en Simpatía por el demonio?
Como trabajar con un cajero de banco francés (se ríe). Estaba fuera de su elemento en Inglaterra. Yo conocía sus películas y para mí era “¡Wow, Jean Luc Godard!”. Debía estar atravesando una crisis de la mediana edad o... ¿Alguna vez entendiste de qué va la película? Es como si lo hubieran atrapado estudiantes marxistas. Y éste es un tipo que hizo películas increíbles. Y uno se pregunta por dónde penetró la estupidez. Debería haberse quedado con las novelas francesas.

¿Los Rolling Stones hubieran sobrevivido a la cultura de los paparazzi y los tabloides? ¿O los hubieran destrozado?
Es muy interesante, porque los Stones junto con Andrew Loog Oldham, ese demonio, salimos a manipular a la prensa. Sabes, aquello de ¿Dejaría que su hija se case con un Rolling Stone? Andrew se dio cuenta de que la percepción es más importante que la realidad. Porque lo que uno tiene, finalmente, es dos guitarristas, un bajista, un cantante. Y son muchachos bastante normales. Pero... voy a decir esto de los Stones, haciendo un aparte: dadas las circunstancias, éramos probablemente cuatro de las personas más decentes y morales que se podían encontrar.

¿Qué quiere decir?
Éramos tipos que no sacamos realmente ventaja de lo que pudimos tener. O lo que podríamos haber hecho. Alguna groupie aquí y allá. A las que veíamos como, bueno, estaciones de servicio. “Uh, estamos en Cincinnati, necesitamos cargar el tanque.” Y lo otro sobre las groupies es que no era todo traca traca. Solían cuidarnos. Te masajeaban el pecho con Vicks si estabas resfriado. A veces uno no hacía nada. A veces ellas eran... sucias. ¿Me entiendes?

¿Las extraña?
No, no las extraño.

Todos tienen su fantasía de lo que es ser un Stone...
Es otra de las cosas que nunca sé: la percepción de los demás sobre esto. Uno puede preguntar por ahí “¿Qué significan los Stones?”, y la respuesta irá cambiando. Y después está el aura sexual del rock’n’roll. Lo raro es mantener una banda por tanto tiempo. La verdad es que no me dejan ir (se ríe). Ahora me doy cuenta que esta banda es lo que siempre pensé que sería. Es Count Basie. Es Duke Ellington. Quiero decir, tipos que mantienen bandas juntos tanto tiempo. Tiene un significado. Yo sólo estoy buscándolo.

Hablemos de mujeres. Específicamente de usted, Brian y Anita Pallenberg en Marruecos, cuando se la robó a Brian.
No tenía intenciones de robarle a la mujer. Estaba tratando de curar ciertas heridas con Brian abiertas en las giras. Para mí, alguien de la banda tenía que enderezarlo... Estaba tratando de salvar mi banda, y ella era mucho más dura que él. Cada vez que tenían una pelea, yo pedía las vendas y resulta que había que mandárselas a Brian. Ese conflicto debía ser desactivado, y lo desactivé. Le dije: “Vamos, nena, vámonos de acá”. Eso no me ayudó a hacer las paces con Brian.

Pero se amigaron.
Sí, de alguna manera. El verdadero quiebre vino cuando Brian insistió en seguir siendo Brian. Cuando estás en la mitad del Medioeste, tocando en Tulsa o en alguna parte, y tu guitarrista está tirado en un hospital en Chicago demasiado drogado para tocar. Cuando estuviste de gira por 350 días –ahora puede parecer una cosa menor, cuando lo digo– pero cuando estás de gira y lo tienes que cubrir, las cosas se vuelven un poco peliagudas, ¿sabes?

¿Dónde crees que estaría Mick Jagger si no te hubiera conocido?
En ninguna parte. Sería otro aspirante. Y yo también. Hay una química increíble con los Stones. No quiero analizarla. Para mí Charlie Watts es la base de todo, porque desde ahí trabajo, y lo venimos haciendo desde siempre. A Ian Stewart, el fundador de los Rolling Stones, le tengo que dar la derecha, y creo que Charlie estaría de acuerdo, en un buen día. Es la banda de Ian Stewart. La estamos manteniendo reunida para él. Fue su visión. Todo tiene que ver con la pureza, ¿sabes? Lo que debe sonar muy extraño viniendo de mí, ¿no?

Habla de moral. Hablemos de usted como hombre de familia. La imagen de ustedes en el sur de Francia en un château, tomando drogas, bebiendo vino, haciendo Exile, y aún así toda la familia está ahí. Esposas. Chicos. No era exactamente un modelo de paternidad.
Supongo que mis hijos te dirían que fueron criados por un padre que fue un poco nómade, y hubo momentos en que estábamos todos juntos, y momentos en que no. Era un poco como Herman Melville: “Nos vamos a cazar ballenas. ¡Los veo en tres años!”. Pero tampoco fue tan difícil. Si miras cómo son los chicos de los Stones –mis hijos, los de Mick–, son pendejos bastante estables.

¿Qué consejos les da?
Ninguno. Que si tienen problemas se pongan en contacto conmigo. Mis hijos vinieron a verme cuando me partí la cabeza estúpidamente en Fiji. Porque hay amor. Y eso es lo que les enseño: amor.

¿Mick se acostó con Anita?
Posiblemente. Probablemente cuando estaban filmando Performance.

¿Cómo siguieron adelante después de eso?
En el momento, no lo sabía y no me importaba.

¿No le importaba?
No. Quiero decir, Anita y yo no estábamos casados. Y uno no puede montarse una yegua así sin pensar que, bueno, ya sabes... Me la banqué. Estuve ahí. Es una mierda. Y yo me tiré a muchas chicas de Mick, también.

¿Cuántas chicas tienen en común?
Después de Marianne (Faithfull), un establo (se ríe).

¿Más de cinco?
No. No quiero dar nombres de otras perras porque le robé unas cuantas, y él se las arregló para entrar a mis dominios, pero no significativamente. Después de lo de Anita, decidí que iba a robarle cada hembra que tuviera.

¿Y la de ahora?
¡A esa no me la agarraría!

En el momento más gay de Mick, ¿cuán gay era realmente?
Era camp.

¿Camp?
Sí. La verdad es que no tenga la menor idea de si alguien se lo montó.

¿Ni siquiera Bowie?
No. Tampoco estoy ahí viendo lo que pasa todo el día. Pero hubo un tiempo en el que tenían lugar un montón de actitudes camp muy dolorosas.

¿Quería pegarle?
No. Era una cosa amariconada (imita la forma de hablar afectada de Truman Capote). ¿Cómo hace un grupo de tipos para estar juntos tanto tiempo sin dejar pasar ciertas cosas? No estaríamos aquí si no tuviéramos que hacer lo que tenemos que hacer. Que es sacar buenos discos y buenas canciones y tocar para la gente. La razón por la que uno está en esto es porque quiere salir y encender a la gente. Y encenderse a uno mismo, claro.

Mucha gente lo considera el alma de la banda y usted habla de moral...
Bueno, ¡tengo una!

Pero todo el mundo piensa que es el alma oscura y torturada.
Esta banda tiene mucha alma.

Hablemos de Fiji. Tuvo que ser trepanado, le abrieron un agujero en la cabeza. ¿Cómo fue eso?
Fue un poco raro. Pero básicamente fue como ir al hospital por una costilla rota. Ya me las rompí todas. Ya me rompí la cabeza. No hay mucho que quede por romperse. Hay médicos de todo el mundo que quieren mi cuerpo cuando finalmente deje de funcionar.

Debería vender su cuerpo en eBay.
Creo que sí. Aparentemente, tengo un sistema inmune increíble. Tuve hepatitis C y me la curé solo.

¿Y las legendarias transfusiones de sangre?
Eso es todo mentira. Dije eso porque me tenía que limpiar de heroína. No hay nada como una leyenda.

¿Sigue cortándose el pelo usted mismo? Lo ha hecho toda la vida, ¿no?
Sí. Me corté esta parte ayer (levanta unos mechones del costado de su cabeza). También estoy dejando que se vaya la tintura, ahora que no estoy de gira. Si a mi esposa le gusta, lo mantengo.

¿A ella le tiene que gustar todo, no?
Sí.

¿Cuál es la clave de un buen matrimonio?
Depende de la mujer. Con eso dado, creo que los chicos. Quiero decir, aparte de ser enormemente exitoso, ver a los chicos crecer es el mayor placer. Los nietos son todavía mejor, porque uno los puede devolver. Es la continuidad de la vida. Cuando era más joven decía: “Si vivo hasta los 30, me pego un tiro”. Uno llega a los 30 y deja el arma de lado. Crecer es un proceso fascinante. Depende del modo en que uno lidia con el proceso. Desafortunadamente, nuestras vidas a veces están bombardeadas con decadencia... Finalmente sólo depende de tu relación con otra gente, incluyendo tu familia. Uno la puede cagar. Yo lo he hecho. La vida no se hace más fácil cuando uno envejece. Se vuelve más compleja. Al mismo tiempo, uno empieza a discernir ciertas pistas que es importante seguir.

¿Qué pistas ha discernido al hacerse viejo? Está hablando de sabiduría, ¿no?
No me estoy llamando sabio. Me niego a crecer. Pero hay ciertas pistas. Si uno tiene la capacidad de conectarlas es otra cosa. Y realmente no hay nada como que tus hijos y tus nietos y la gente que amas te digan que eres buena gente, porque honestamente no sé si lo soy o no. Quiero decir, hago lo que tengo que hacer y debo vivir con las consecuencias, cosa que ha sucedido con frecuencia –incluyendo la muerte de gente como Brian– y pensar: ¿yo causé esa muerte? Porque nunca maté a un hombre. Todavía. A sabiendas. Y no quiero... digo, me estoy jubilando, lo quiera o no. ¿Sabes que en Inglaterra ya tengo el pase gratis para el autobús? Llegué a la edad en que me dan un pase gratis (se ríe). ¡Tengo ganas de ir a Inglaterra ahora mismo y subirme a todos los buses que pueda! Hay algo sobre volverse viejo a lo que todavía me estoy acostumbrando. Es una experiencia nueva por completo.

¿Hay algo que les diría a sus nietos sobre envejecer?
Sí. Adelante, que lo abracen. Que no traten de permanecer jóvenes. Que no se apuren. Ya estuve ahí. Todavía recuerdo la idea de que tener 25 años era algo horrendo.

¿Nunca fue un joven iracundo, o sí?
Sí, lo era, pero no tenía un blanco, un objetivo. Viniendo de mi generación, estaba enojado porque las cosas seguían siendo igual a fines de los años ‘50. Cuando estaba creciendo, cuando tenía 13 o 14 años y nada cambiaba. Especialmente en la Gran Bretaña de la posguerra. No limpiaron los escombros por un tiempo largo. Y uno tenía que acostumbrarse a crecer en esa especie de paisaje lunar.

¿Cree que los Beatles están sobrevalorados?
Definitivamente. Y nosotros también.

¿Por qué?
En ese momento, los Beatles... Pero cómo puede uno... quiero decir, sí. Como músico, sí, diría que estaban sobrevalorados. Como un aliento de aire fresco y una inyección de vida a la sociedad no, ciertamente no. Eran justo lo que se necesitaba. Fueron un enema fantástico.

¿Y eso en qué los convierte a ustedes?
En un gran inodoro (se ríe).

¿Cuál es su mejor canción de amor?
Todavía no la escribí.

¿Cuál les toca a las chicas? Tantos hombres ganaron con canciones de los Stones, ¿usted con cuáles gana?
Se puede decir “Angie”, pero es un poco... “Sleep Tonight”. Esa es una. Ah, y “Thief in the Night”.

¿”Wild Horses”?
Podría, también.

¿Hay alguna canción de los Stones que mejor articule su filosofía?
Es difícil ponerla en una canción de dos minutos y medio. Pero diría que “Tumbling Dice”.

¿Quisiera que la tocaran en su funeral?
Espero que sí. Mientras yo no esté presente.





II

En las últimas semanas, desde que aparecieron en el Reino Unido sus memorias bajo el título de Life, Keith Richards (Dartford, 1943) se ha mostrado muy fiel a su personaje. Por momentos, el guitarrista de The Rolling Stones, músico salvaje a quien ni siquiera han acabado por el momento de domar sus tres nietos, parecía tan pronto iracundo, como a ratos, encantador. Pero siempre directo, transparente, de vuelta de todo, poniéndose el mundo por montera cuando hablaba de su turbia relación con las drogas, de su amistad con Mick Jagger o de sus sentidos de culpa. Así es que la pregunta que uno se hace cuando espera su turno en la antesala del Hotel Meurice, en París, 45 minutos antes de la hora pactada –aunque luego todo vaya con retraso– es cómo le encontrará.

En la habitación aguarda otro periodista. En concreto, Markus Larsson, un sueco que, medio ahogado en un té, pregunta: “¿Estás nervioso?”. Nervioso, nervioso, no, responde uno. A lo que él contesta: “Yo sí”.

No es para menos. El tipo había publicado hacía tres años una crítica demoledora del último concierto del grupo por Goteborg. Se preguntó si valía la pena gastarse 100 euros para escuchar a unos tipos que de mala manera controlaban el riff de Brown Sugar. Uno se muestra escéptico ante la probabilidad de que Richards se acuerde del agravio. Incluso de que a estas alturas lea las críticas. Pero el colega dice que sí, que lo leyó y que había jurado machacarle. Demasiado riesgo por un simple sueldo prestarse a un duelo así.
Tampoco parece que Richards ande demasiado soliviantado. Ya a solas, el músico entra en la lujosa habitación con vistas al Louvre y a la Torre Eiffel, tan inalterado, acompañado de una copa de vodka con naranja en la mano y despreciando el agua que nos han servido. Llega con su fular estampado de calaveras, haciendo gala de su imagen corsaria que le ha valido el papel de padre de Jack Sparrow en Piratas del Caribe, un elegante sombrero beis y sus anillos dignos de un legendario adepto al vudú en los dedos.
La promoción de un libro poco tiene que ver con el circo del rock. Sus editores lo han padecido. Ha querido viajar en jet privado, alojarse en hoteles de cinco estrellas, algo que, junto a los minutos de promoción, costean cada uno de los sellos que publican el libro por todo el mundo –en España aparece como Vida(Global Rhythm)–, aunque el negocio empiece a notar los estragos de la crisis.

El caso es que no decepciona. Cuando uno lee esta descarnada y abundante autobiografía escrita a medias con su amigo James Fox –por la que dicen que ha cobrado casi cinco millones de euros– espera encontrar la crudeza de Richards en relación a sus constantes bajadas al infierno. Pero también le ve subir a la Tierra y a veces tocar el cielo. Sobre todo cuando se trata de la familia: su madre, sus hijos, sus mujeres y sus nietos. En Vida, aparte del crápula, además del confeso adicto a la heroína, a la cocaína y los ácidos, camello de John Lennon, uno encuentra el autorretrato de un tremendo padre orgulloso que presume de haber criado una prole de descendientes muy sana.

El repaso es hondo, sincero, violento, hosco, radical y entrañable con los seres a los que admira y adora, que son muchos. No engaña a nadie, y menos a sí mismo. Igual entona un dramático mea culpa por la muerte de su hijo Tara cuando este apenas contaba dos meses, que acusa a Mick Jagger de intentar traicionar al grupo.

Fue cuando el cantante intentó negociar, aparte de un nuevo contrato para los Stones, uno paralelo que le permitiera lanzar su carrera en solitario. No les dijo ni mu. “Fue una puñalada por la espalda”, escribe Richards. En esa época se ganó el apelativo de la “puta de Brenda”, o “Su Majestad”, además de ridiculizar el tamaño de su pene, para enfatizar el delirio egomaniaco en el que su amigo del alma había caído. Al parecer, Jagger ha leído el libro. Pero no se ha quejado especialmente. Esas supuestas declaraciones en las que contestaba que nadie puede imaginarse lo que es viajar con un yonqui fueron patrañas que circularon por Internet y que Jagger desmintió más tarde.

Aquí paz y después gloria. Todo sea por preservar el negocio del rock and rollunos cuantos años más. Al fin y al cabo, estos chicos londinenses nunca se metieron en esto para cambiar el mundo, como muchos pueden llamarse a engaño, sino para hacerse millonarios. Y lo consiguieron.

En este libro ha ido usted a tumba abierta.
No tengo nada que esconder. También tenía el tiempo, encontrarlo era difícil. Después de la última gira que hicimos se dio la posibilidad, iba a tener tiempo. No fue idea mía, me lo sugirieron, además, diciéndome que James Fox se prestaba a colaborar en ello. Somos amigos de hace años, luego te planteas: es la oportunidad y si no lo hago ahora…

¿Quién sabe?
Eso, quién sabe. La vida es un misterio.

Le advierto una cosa. Todo este lujo de promoción, con los editores pagando para que les concedan entrevistas, pertenece más al circo del rock que al negocio editorial. Estos son más modestos. Si tienen que gastarse la pasta en esas cosas, acabarán por no publicar nada, y libros como el suyo no los leerá nadie. ¿Es consciente?
Mucho, es mi primera experiencia en este mundo. Aunque hay muchas similitudes entre vender discos y libros. Claro que, un libro es un libro y necesitas más argumentos para animar a la gente a leerlo. Pero, al final, no tiene nada que ver con el marketing, es una cuestión de afinidad. Hago lo que puedo.

¿Se centra en su criatura?
Sí y pienso ir a librerías por todo el mundo y conseguir que la gente se lo lea.

Veo entonces que está como un niño con la idea de haber publicado un libro. ¿Lo siente como algo más propio?
Pues sí. Al principio pensaba, bueno, tengo cosas que contar, así que no será tan difícil. Pero cuando lo veo ahora, en perspectiva, revivir tu vida dos veces, con la memoria, volver a experimentar ciertas emociones… Mira, las cosas en la vida van pasando, y en la mía todo ha ido muy rápido, he estado a punto de morir, he sufrido accidentes, me he pasado el tiempo muy pendiente de sobrevivir más que de sentir miedo, de hacer, afrontar las cosas sin temor. Pero luego veo que han quedado experiencias muy dolorosas dentro de mí. La muerte de mi hijo...

Terrible. Y no se lo perdona, aunque fuera un accidente.
Es natural la muerte, sabes que llegará, tratas de prepararte. Pero aquello fue muy duro.
De hecho, Richards trata de hacer un exorcismo en su confesión. Una buena mañana, el bebé apareció muerto en la cuna. Él estaba de gira. Anita Pallenberg, la pareja del guitarrista entonces y madre de su hijo mayor, Marlon, lo encontró: “Decidí no hacer preguntas en su día. Solo Anita sabrá. En cuanto a mí, nunca debí haberla abandonado. No creo que fuera culpa de ella. Pero dejar a mi recién nacido es algo que no me perdonaré jamás. Es como si hubiera desertado de mi puesto”, confiesa.

Si le digo Doris, ¿qué viene a su memoria?
La música. Ni siquiera madre: música. Encendía la radio y la música nos envolvía, si no sonaba nada en la casa, mis alarmas se disparaban. ¿Dónde está mamá? Luego es que había ido a hacer la compra, pero me inquietaba que no sonara la música.

¿Y si le digo Brenda…?
Bueno, pues ese es Mick. Un apodo de camerinos. No significa nada especial, son cosas de la trastienda. Como los soldados y las barricadas. Son bromas.

Es que no me puedo imaginar a usted dirigiéndose a Mick Jagger diciéndole: Brenda, esto; Brenda, aquello.
No, no, es un apodo de hace tiempo.

¿Y cómo se lo ha tomado él?
Bueno, él ha leído el libro. Se lo di antes de que apareciera. La única queja que tuve por su parte ¿sabe cuál fue?

No…
Que contara que había tenido un maestro de canto. Mira, no es nuevo, todo el mundo lo sabe, le dije.

Y otro de baile.
Sí, está rodeado de entrenadores, por eso su camerino queda tan alejado del mío. Tiene otra manera de prepararse para salir a escena. Pero no me importa nada de eso, lo que de verdad me interesa es lo que la gente retenga del libro, no anécdotas que tengan que ver con buscar divisiones entre él y yo. Esas bromas no lo conseguirán.

Puede que las bromas no, pero algunos pasajes sobre su amigo son crudos: “Padece el síndrome del solista vocal”. “No formamos este grupo para apuñalarnos por la espalda”. “Cuando echas ácido, todo se corroe”…

Pero con esas anécdotas, un poco fuertes, uno piensa que no queda apenas nada auténtico de lo que fueron The Rolling Stones; que son más una empresa que un grupo de ‘rock and roll’.
Existe ese aspecto, pero a la hora de la verdad, en el momento en que estamos en nuestros camerinos y tenemos que saltar al escenario, estamos Mick, Charlie, Ronnie, yo, y a eso se reduce. Te une mucho exponerte ante decenas de miles de personas, es un intercambio de energía muy poderoso. Se abre la jaula y saltamos…

Como leones…
Como tigres… Una histeria.

¿Justo como lo contó Martin Scorsese en Shine a light?
No siento mariposas en el estómago, eso hace mucho tiempo que pasó. Pero me encuentro como un tigre enjaulado al que acaban de soltar, lo que probablemente es una variación de lo de las mariposas…

Ustedes, lo que siempre quisieron ser fue millonarios. Nada de cambiar el mundo, como The Beatles.
¿Y quién no? ¿Quién no quiere ser millonario? Nuestra dimensión se salió de madre muy rápidamente. Y nos dimos cuenta de que merecía la pena disponer de dinero para crecer. Cinco chicos que se meten en un negocio que aumenta y aumenta. Te planteas qué hacer con él, cómo invertirlo para superar tus propias barreras. El dinero tiene sus ventajas y sus desventajas. No te diría que podría vivir sin ello. No lo pienso, sencillamente. Soy un tipo generoso, si alguien me pide algo, lo presto sin pensar cuando me lo va a devolver.

En el libro aparecen constantemente The Beatles. No sé si es algo consciente o inconsciente. Esas comparaciones, para usted, ¿qué significan?
Desde nuestro punto de vista, todo era muy obvio. Cuando escuchamos a The Beatles tocar en clubes antes de que se convirtieran en un fenómeno, para nosotros estaba claro algo: nos aliviaba saber que éramos la única banda inglesa que hacía cosas distintas. Sentimos también una afinidad por ellos. Aunque vinieran de Liverpool y nosotros les miráramos despectivamente desde nuestro origen londinense.

¿Como si fueran unos pueblerinos del norte?
Sí, pero eso también nos sirvió de acicate. En el sentido de que veíamos que si unos chiquillos de Liverpool podían hacerlo, ¿cómo no íbamos a ser capaces nosotros, que vivíamos en Londres? Si esos tipos habían grabado un disco, ¿cómo nosotros no íbamos a conseguirlo? Meternos en un estudio y gozar de la oportunidad de explorar, trabajar y transformar lo que tocábamos en un disco. Grabar era el mayor deseo de cualquier banda. Sentíamos celos, pero también nos inspiraron.

¿Qué aportaron ustedes de más a esa revolución moral y de las costumbres en los sesenta con respecto a ellos?
Para empezar, había una cuestión de imagen. Ellos aparecían con sus trajecillos, sus corbatas, repeinados, muy monos, muy limpios. En Londres nos propusimos ser más auténticos. Durante algunas semanas intentamos lo de los trajes. Pero fue un fracaso: los perdíamos, los dejábamos por ahí. En cierto sentido todo se convirtió en una especie de película del Oeste. The Beatles eran los buenos… Pero, ¿qué sentido tiene que existan si no aparecen los malos?

Quizá ustedes iban más allá a la hora de describir cierta desesperación en canciones como ‘Mother’s Little Helper’, ‘Paint it black’ o ‘Satisfaction’. ‘Sympathy for the Devil’ tenía una clara intención de socavar la moral imperante.
Queríamos provocar, destruir clichés y colocar el espejo real enfrente de la sociedad con canciones así. En los sesenta ocurrían muchas cosas, debíamos reflejar un estado de ánimo, más en nuestro país. Veíamos que París experimentaba la locura, había energía por todos lados, pero sin dirección concreta, que nosotros utilizábamos para canciones como Street Fighting man. ¿Cuál es el papel de un artista, aparte de reflejar lo que ocurre a su alrededor? Captar visiones, sentimientos… Es lo que han hecho toda la vida…

Pero, ¿eso se asemeja más a la ambición de un escritor que a la de un músico de rock? En ese aspecto, ¿fueron voluntariamente más allá que otros?
Nos dábamos cuenta de que el arma de hacer canciones no era una tontería. Que a través de ellas podías cargar muchas cosas, proponer ideas contundentes, otras visiones, otras formas de ver la vida y la sociedad. Tampoco ser revolucionarios, eso nos aburría. Pero nos dimos cuenta de lo que podíamos significar no gracias a nuestras intenciones, sino cuando el establishment empezó a ponerse nervioso. Y luego te parabas a observar, veías a The Beatles y pensabas: ¿Cómo es posible que el Gobierno se sienta amenazado por cuatro tipos que tocan la guitarra?”. ¡Era alucinante! Y nos animaba. Era la propia reacción de las autoridades la que nos mosqueaba. Podíamos dedicarnos a cantar tonterías de amor todo el tiempo, era más fácil. Pero esto nos motivó.

Tuvo una gran idea Andrew Oldham al meterles a Jagger y a usted en aquella cocina para que compusieran su primera canción. ¿Cómo fue aquello?
Andrew era nuestro primer manager y productor. El vio un potencial que nosotros ignorábamos. Nunca nos habíamos planteado escribir canciones. Había demasiados temas de rythm and blues que venían desde Estados Unidos y queríamos interpretarlos. Pero Andrew había trabajado con The Beatles y entendía la fuerza de la creación propia, la personalidad que daba a un grupo, era lo ideal. Así que nos dijo: “Meteros en la cocina con una guitarra y salid con una canción”. Nos sentamos un par de horas, nos hicimos té, pedimos vino y pensamos que nos aburriríamos un huevo si no salíamos con algo. Nos pusimos a trabajar y la canción salió naturalmente: As tears go by. Cuando teníamos dos o tres estrofas estábamos deseando largarnos al bar y tocamos la puerta para que nos soltaran.

Quien no llevó nada bien que lo suyo cuajara fue Brian Jones…
Es cierto, pero la verdad es que si Brian se hubiese presentado un día con una canción, la habríamos tocado, o Bill Wyman, o Charlie Watts bueno, creo que en el caso de Charlie eso no sería posible, aunque estaríamos abiertos.

Era una cuestión de ponerse, de voluntad.
Exactamente, el problema es que él creyó que durante un tiempo iba a ser el líder de la banda, incluso llegó a cobrar 50 libras más a la semana por ello. Pero nuestro grupo era muy democrático, con un toque comunista, y no le salió bien.

De drogas también habla a fondo en el libro.
Ah, sí. He tratado ser muy directo en ese asunto. Es una tentación muy fácil para los músicos caer en ese mundo. Cuando yo empecé era un hábito muy escondido, de trastienda. Aquello de ver a los músicos negros y plantearse cómo se lo hacían era normal. Estaban tan frescos a los 40, y yo, con 20, hecho polvo. Había que ver a los músicos negros de jazz con la corbata, el traje. Les preguntaba: ¿Cómo aguantan el ritmo?”. Y respondían: “Mira, chiquillo, te tomas un poco de esto, un poco de aquello, te fumas tal…”. Era el comienzo y, además, pensabas que acababas de entrar en una especie de hermandad secreta.

¿Una secta?
Casi. Pero pronto acabó, rápidamente se empezó a comentar y a saber, era difícil mantener el secreto. Yo utilizaba la heroína porque nunca me vi capaz de afrontar bien la fama. Sabía que para ser feliz y hacer lo que quería, música, la fama era uno de los precios a pagar, y no me acostumbraba. Era más fácil meterse heroína y utilizar eso como una forma de distanciarse que afrontar la presión exterior.

¿Pero también habría otras razones?
Obviamente, era un experimento, con mi propio cuerpo, que siempre controlé bien, aunque bueno, el experimento nunca acababa: seguía, seguía… Lo terminé en 1977.

La verdad es que sobre ese tema, yo creo que ha exagerado bastante. No se le ve nada mal.
Es que no estoy seguro de que las drogas afecten tanto como dicen.

¿Ni siquiera al trabajo, como inspiración?
Tampoco. Hay dos maneras de verlo. El símbolo fue Charlie Parker. Tocaba como los ángeles, pero era un yonqui. Y eso afectó a muchos saxofonistas. Creían que la droga les haría mejores, pero era mentira. El enorme talento que tenía no se agrandaba por tomar drogas. Con esas cosas te das cuenta de que estás empujando a otra gente, pero lo que en realidad les diría es: No los metan en esto solos. En mi caso fue una decisión personal y no quería arrastrar a nadie con mi ejemplo. No aumenta tu habilidad, ni tu inspiración, nada. Y si tienes un buen metabolismo tampoco te lo destroza.

Entonces, ¿decepcionado con su experiencia?
Lo que sí me parecía estupendo era la percepción del tiempo. Corre de otra manera. El reloj anda, pero a otro ritmo.

El tiempo para cada uno de nosotros es relativo, como todo.
Verdaderamente.
Otra cosa que me sorprende de usted es que parece un tremendo padre. Un hombre de familia. Si uno se detiene a ver las fotos de su libro, en la mayoría aparecen sus padres, sus hijos, sus mujeres. Me llama la atención cómo ellos han llevado las zonas más oscuras de su vida. Su relación con las drogas, su nomadismo como estrella del rock. ¿Muchos traumas?
Para mí ha resultado fácil ser un buen padre. Tenía 26 años cuando nació Marlon, rápidamente cayó sobre mí la responsabilidad. Me metía caballo, pero responsablemente. Debía cuidar a aquella criaturita. Pero no me planteaba grandes cosas. Nunca pensé que fuera para tanto. Dependía de cada uno. No era tan determinante. El resultado, al final, ha sido muy bueno. Son muy sanos, tengo tres nietos… Los chicos no se enteraban de nada, estábamos juntos, siempre les cuidaba con mucha paciencia. ¡Dios mío! ¡La cantidad de pañales que he cambiado!

¿De verdad? ¿Con todo el dinero que ha ganado, no le dejaba eso a las niñeras?
Un momento, eh. Cuando son tus hijos no quieres dejarle eso a nadie. Su mierda es la mía.

¿En qué cree?
No es que crea en muchas cosas, sinceramente. Creo en Dios… cuando me corro.

¿En serio?
Cuando me corro. Es el momento en el que exclamo: ¡Oh, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!”.

Nos ocurre a muchos. Lo más cercano a la mística.
Cierto, esa es la única vez que hablamos directamente con un ser superior.

Me lo imagino.
Pero también creo en mí, en mis amigos, en la gente, creo que la buena gente tiene muchas salidas, muchas respuestas. Creo en la vida y en vivirla intensamente, en hacer lo que te apetece y no lo que debes solamente, aunque sé que ese es muchas veces un sueño imposible de cumplir, que hay que buscarse la vida en lo que se puede y no en lo que uno quiere. Pero, más allá, creo en que hay que abordar la vida con pasión, como yo le he hecho, aunque los grados de eso varíen. Imagínate: ¡hay tipos apasionados con el trabajo!

Rarezas.
Cada uno deberíamos seguir lo que nos interesa, en la medida en que la libertad nos lo permita. Lo ideal es que todo el mundo sienta en lo más hondo la libertad y que sepa qué mierda hacer con ella.

Y tanto. Comenta en su libro que ni The Beatles ni The Rolling Stones hubiesen durado más de dos años si no existieran los discos. ¿Qué hubiese sido de ustedes hoy en día?
Todo habría sido distinto con tanta tecnología. Quizá todavía es pronto para calibrar cuánto nos va a afectar. La verdad es que el formato disco nos daba tiempo para explorar, expandirnos, ser muy creativos. El público buscaba un álbum completo, como una obra, no una sola canción. Todos aprovechamos mucho esa manera de trabajar. La tecnología ha cambiado los ritmos de las grabaciones.

¿Volveremos a verles por ahí?
Espero. Yo no paro de componer, la mayoría son malos temas. Una idea, un esbozo.
...
Pasado el tiempo pactado, Richards sale encantado de la vida con el aroma de las naranjas valencianas y el recuerdo de Anita Pallenberg en la cabeza hacia su próxima cita. Parece incapaz de matar una mosca. Días después salta la noticia: “Keith Richards golpea a un periodista”. El pobre crítico sueco tenía sus razones para andar nervioso. En cuanto se enteró de que había sido él le atizó en la cabeza. Ya saben, Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. A mí me tocó el primero, el tremendo padre, el que cambiaba los pañales. Luego se transformó.


2008, 2010


The Rolling Stones

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Monday, June 3, 2013

Bob Dylan / Cómo ganar el Premio Nobel

Bob Dylan

Cómo ganar el Premio Nobel

Por Diego A. ManriqueMadrid 26 MAY 2013 - 20:48 CET

Regularmente, sale a la palestra el fantasma de Bob Dylan y el Premio Nobel de Literatura. “¿Será finalmente el año de Dylan?”, nos preguntan. Una excusa tonta para rellenar minutos en la radio, para publicar artículos cogidos por los pelos.
Sabemos que sería un disparate. Técnicamente, Dylan solo ha publicado dos libros. Me responden que sus letras fungirían comocorpus literario y que han alcanzado un fenomenal impacto cultural. En su contra, el hecho de que tiende a -¿cómo decirlo finamente?- la apropiación de hallazgos ajenos, escudándose en la tradición del reciclaje del folk process.
En esas discusiones banales, nos falta información fiable sobre los intríngulis de los Nobel: las deliberaciones de los académicos son secretas, aunque se han colado anécdotas intrigantes. Pero ahora tenemos un retrato revelador de lo ocurrido en 1954, cuando se premió a Ernest Hemingway.
Jeffrey Meyers, experto neoyorquino en Hemingway, ha entrado en los archivos de la Academia Sueca. Y ha publicado en The Times Literary Supplement un extenso texto sobre sus hallazgos, The swedish thing, que nos deja boquiabiertos.
Se sabe que Alfred Nobel especificó que los autores galardonados deberían tener “una tendencia idealista” (sí, podría encajar el primer Dylan). Pero pesan más los factores extraliterarios. Las circunstancias personales: edad y salud, ideología y, si procede, sufrimiento en cárceles o exilio. Y los elementos geopolíticos, como si fuera Eurovisión: los favores debidos, la presión de países poderosos enfrentada al noble deseo de reconocer a literaturas previamente ignoradas. Sin olvidar las rencillas históricas: en 1954, el Secretario Permanente de la Academia vetó al principal rival de Hemingway, el islandés Halldór Laxness, por haberse burlado de Olaf II El Santo, rey de Noruega. Que conste que el gran Laxness fue nobelizado al año siguiente.
La investigación del biógrafo de Hemingway pone al descubierto muchas de esas miserias del circo literario que tanto juego le dan a Andrés Trapiello en sus entregas del Salón de pasos perdidos. Que Jacinto Benavente, Nobel de 1922, aportó la candidatura de Concha Espina, una apuesta políticamente correcta en comparación con el expatriado Juan Ramón Jiménez (que finalmente conquistaría el premio en 1956). Y sorpresas, como el hecho de que J. R. R. Tolkien apostara por alguien tan distante de la Tierra Media como E. M. Forster. Que nunca ganó.
Asombra saber que el comité del Nobel no mostró un entusiasmo unánime por Hemingway; hubo un intento de rebelión, miembros que plantearon declarar desierto el premio. Eran otros tiempos: la literatura se difundía lentamente y los académicos no asumían los elementos biográficos de sus libros. Le salvó la popularidad de El viejo y el mar; los informes de sus paladines no mencionaban obras más indiscutibles como Fiesta o Por quien doblan las campanas. Así que ayuda tener unbest-seller reciente y, caramba, hace décadas que Dylan renunció a los temas de éxito.
Las discusiones que recoge Jeffrey Meyers me recuerdan lo experimentado cuando serví de jurado para un premio nacional. Mucho bochorno: la cabezonería de algunos de los presentes, empeñados en hacer triunfar a su candidato, aunque no encajara en el perfil requerido; el suave empuje ministerial para que el elegido fuera mediáticamente apetecible; los pactos implícitos que se formaban y deshacían según avanzaban las votaciones. Vencedor y candidatos hubieran palidecido de haber asistido a la deliberación.
 Para Hemingway, fue el final de una agonía. Quería que se acabara el suspense. No hizo campaña: despreciaba a anteriores ganadores estadounidenses, de Pearl S. Buck a William Faulkner (“mientras yo viva, tendrá que beber para justificarse por tener el Nobel”). Su ambigüedad se manifestó en la negativa a acudir a Estocolmo. Alegó que estaba en Cuba, recuperándose de dos accidentes aéreos que había sufrido en África. Todo cierto, aunque luego había viajado a España e Italia; lo que le faltaba era voluntad. Ahí si que puedo imaginar a un Bob Dylan escaqueándose del ritual. Ojalá nunca llegue el momento en que deba enfrentarse a esa decisión. El arte de Dylan es otra cosa, diferente de la literatura y tan digna en sus propios términos.


Sunday, June 2, 2013

Frank Báez / La poesía sólo es poesía


Frank Báez
ENTREVISTA






Frank Báez
“La poesía sólo es poesía”
Por Luis Martin Gómez



Frank Báez tiene un aire de Pablo Neruda post moderno: Elefante manso de movimientos suaves y ojos bondadosos. Pero la semejanza es sólo física; en poesía difieren, pues Frank parece más cercano al estadounidense Walt Whitman o al dominicano Domingo Moreno Jimenes.
Poesía diferente la suya, que puede gustarnos o no pero jamás dejarnos indiferentes. Sus versos molestan, encantan, irritan, seducen, sustentados en una propuesta estética provocadora, y nutridos con signos cotidianos que conmueven por su transparencia y simplicidad.

El autor está consciente que sus poemas son como fogaraté que producen ronchas (al lector y la crítica) y lo admite en Autorretrato, trabajo que abre su poemario Postales, ganador del Premio Nacional de Poesía 2009.

LMG En ese texto todo el mundo te golpea, Frank, menos un policía, quien hace una reverencia cuando escucha tus poemas; ¿cómo lograste conciliar verso y macana?

FB Ese poema con el que me presento a los lectores, al estilo de las obras del siglo XIX, revela que el poeta recibe muchos atropellos, vejaciones que te llevan a cuestionar, bueno, si eso le sucede al poeta, qué no le pasará al libro; pero la intención del texto es transmitir que a pesar de los golpes, de los contratiempos, puedes seguir escribiendo poesía. Lo del policía es un recurso para dar a entender que la mía no es una poesía maldita sino una que cualquiera puede entender y disfrutar. 

Frank Báez no tiene, como otros, pose de poeta, y no cree que el poeta sea un ser divino con características sobrenaturales; lo deja establecido en Damen, citando a John Keats al decir que “no hay nada menos poético que un poeta”.

FB Pienso que el poeta es sencillamente un medio, que el poeta no es la poesía, sino simplemente alguien que prepara la fiesta para que la disfruten otros. Es mi visión de la poesía, mi propuesta estética, pero también en ese trabajo planteo la función de la poesía en los tiempos modernos, hablo del papel del poeta en la actualidad, de lo que hay que hacer para que la poesía se lea. Estoy convencido de que al final la poesía sólo trata de la poesía.


Trasvestis, diyeis, surfistas

En la poesía de Frank Báez viven y mueren personajes no tradicionales que forman parte de lo que él llama mitología urbana: Trasvestis que transmutan en Marilyn Monroe, diyeis exaltados que rozan la divinidad, surfistas que escriben con olas poesía que luego el mar recita. En ocasiones, el poeta, demiurgo travieso, crea personajes y hasta un género musical, como la bachata metal.

FB Ese poema (Bachata metal) surge de un sueño y tiene una deuda evidente con el científico y político estadounidense Benjamín Franklin, inventor del pararrayos, pero también se explica porque yo tengo una banda musical que se llama El hombrecito en la que mezclamos poesía y música, por ejemplo, bachata con heavy metal, dos ritmos sin relación aparente.

“…y el bachatero se movía en la tarima con su guitarra que le había bendecido/ un brujo de Bonao y el público gozaba y aplaudía/ y tarareaba las canciones hasta que del cielo rodó un rayo/ que le dio de lleno al bachatero y su guitarra y los prendió/ como un arbolito de Navidad/ Y así, hijos míos, fue que se inventó/ la Bachata Metal”.

LMG Llama la atención que el trasvesti que se desdobla en la malograda actriz Marilyn Monroe, en el poema Marilyn Monroe en Santo Domingo, aconseja al lector hacerse la prueba del VIH, con lo que das una función social al poema, adicional a su natural propósito estético del que hablabas. 

FB El mensaje es como un (spot) comercial que tiene el poema, a mi me gusta mucho eso; sobre lo del sida, hay varias referencias en el poemario a esa plaga de esta época que se ha llevado a muchos artistas importantes, como el poeta costarricense Felipe Granados, quien presentó en Costa Rica la primera edición de mi poemario Postales.

Whitman, Mir, Del Cabral

Frank Báez no puede ocultar sus influencias ni busca hacerlo. Whitman brota aquí o allá como verdolaga, incluso metido en la cartera de la Marilyn Monroe dominicana.

LMG ¿Homenaje o deuda?

FB Ambas cosas. A Whitman, poeta de la democracia, la poesía latinoamericana le debe muchísimo; de Whitman sale Borges, por un lado, que es la versión intelectual, y por otro, Neruda, que es el lado sensual. Pero también es un homenaje a los poetas dominicanos que considero “whitmanianos”, como Manuel Rueda, Pedro Mir y Manuel del Cabral.

Con esa patente de corso expedida por sus maestros tutelares anda este poeta que vive una realidad distinta a la de las luchas ideológicas y no siente nostalgia del aquel mundo que no conoció pero al que tal vez reinterpreta, sin saberlo, porque las carencias vuelven como las estaciones y el abuso fijó residencia en estas tierras que ya han olvidado soñar.

Escribe como entiende le toca hacerlo y eso es valentía, cualidad escasa en los tiempos que corren. Y se ha sobrepuesto con honor a las insinuaciones maliciosas sobre la validez de su premio. Tiene a su favor la paciencia de quien todavía espera que toque suelo la pelota que lanzó una vez mientras jugaba en el parque de su barrio.



Saturday, June 1, 2013

Frank Báez / Cinco poemas

Frank Báez


Frank Báez
CINCO POEMAS

AUTORRETRATO

Rodé al año y medio por las escaleras
hasta el segundo piso.
A los seis casi me ahogo en una piscina.
A los siete me arrastró la corriente de un río.
Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,
con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara
y otro en el estómago, rodillazos,
machetazos, fuetazos.
El perro del vecino me mordió un brazo.
Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo.
Noqueado. Abofeteado. Calumniado.
Abucheado. Apedreado.
Perseguido por sargentos en motor. Por dos cobradores.
Por tres mormones en bicicleta.
Por muchachas de Herrera y del Trece.
Me han atracado treinta veces.
En carros públicos. Taxis. Voladoras. A pie.
Alguien me dio una bola y me dijo I am gay.
Me robaron un televisor, un colchón,
seis pares de tenis, cuatro carteras,
un reloj, media biblioteca.
Se llevaron varios manuscritos y cometieron plagio.
(Con lo que me han robado pudieran abrir
una compraventa en Los Prados).
Me fracturé el brazo derecho, el anular,
la cadera, el fémur y perdí cuatro dientes.
El hermano Abelardo me dio un cocotazo que todavía me duele.
En la fiesta de graduación me cayeron a trompadas y botellazos.
Luego publiqué un libro de poesía y una vecina lo leyó
y escéptica dijo que era capaz de escribir
mejores poemas en media hora, y lo hizo.
Accidente con un burro en la carretera.
Intento de suicidio en Cabarete.
Taquicardia. Hepatitis. Hígado jodido.
Satanizado en Europa del Este. Pateado por mexicanos en Chicago.
En Montecristi una mesera me amenazó de muerte
(ahora mismo, clava alfileres en un muñeco idéntico a mí).
Los vecinos sueñan conmigo baleado.
Los poetas con dedicarme elegías.
Otros con rociarme gasolina en la cabeza
y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas.
Otras con llevarme a la cama.
Y hace semanas un policía me detiene y me pregunta
si yo no era el poeta que había leído poesía
aquella noche y le digo que sí y el policía
dice que son buenos poemas
y hace una reverencia o algo así.

Llegó el fin del mundo a mi barrio


Llegó el fin del mundo a mi barrio
sin que a nadie le importara.
Mis padres tenían puesto CNN
esperando el boletín especial.
Los liquor stores y los cyber cafés
siguieron abiertos hasta tarde.
Nadie comprendía las señales.
Hasta la mujer que vio la silueta
de la virgen de la Altagracia
en el cristal delantero de su jeepeta
fue al car wash a lavarla.
Moteles y bingos estaban abarrotados.
Las evangélicas que con sus panfletos
habían anunciado tanto el fin
se fueron a la cama temprano.
No cortaron las líneas de teléfono.
Ni se llevaron el agua y la luz.
Nadie vio las estrellas que caían del cielo.
Para cuando el arcángel Miguel sonó la trompeta
el partido de los Yankees
iba por el octavo inning.

Treinta y tres años y aun no soy calvo

Que otros se jacten de las páginas que han escrito,
yo me vanaglorio de que no soy calvo.
Pobres papás de mis compañeritos del colegio
que con treinta y tantos ya eran calvos.
De noche rezaba y le pedía a Dios
que no dejara que se me cayera el pelo
y Dios no me defraudó
porque no soy calvo.
No soy calvo.
Nunca seré calvo.
No puedo querer ser calvo.
Tengo una buena relación
con los barberos y compro
los productos más caros.
Mi barbero me llama
cada vez que el último corte de pelo ha expirado.
Mi barbero que tiene dos años
que no prueba drogas y que se ha enliado
con una peluquera casada.
Mi barbero es mi hermano.
Pero estaba hablando de mi pelo.
Me gusta tu pelo, dice en chino
la cajera del supermercado.
¡Asia entera sueña con un día tener mis rizos!
En Taipei trataron de llevarme secuestrado.
Treinta y tres años y no soy calvo.
¡Virgen de la Altagracia! Llamaré a mis panas
para emborracharnos en el colmado.
No, mejor sigo garabateando
poemas en mi cuarto.
Quizás no pueda seguir escribiendo poesía
cuando me vuelva calvo.
Así que aprovecho ahora,
me echo todo el pelo para atrás
y aporreo el teclado.

Variaciones acerca de un poema de amor

1
he tratado de escribir un poema de amor
pero los poemas nunca dicen lo que uno quiere decir
o puede que digan exactamente lo que uno quiere decir
y lo que no sabemos es qué es lo que tratamos de decir
2
si digo tú me refiero a ti
pero cuando escribo tú
ya no me sigo refiriendo a ti
sino más bien a un tú platónico
que tiene que ver más conmigo
que contigo
3
cuando Quevedo no lograba escribir
un poema de amor se exasperaba
y se subía en los campanarios de las iglesias
y le arrojaba piedras a los que iban a misa
4
he escrito poemas de amor durante toda mi vida
y he fracasado
sobre todo he escrito cientos de poemas de amor
cuando no tenía a quién escribirle poemas de amor
5
las recepcionistas y las masajistas
se saben de memoria mis poemas
las viejas con quienes juego bingo
lloran con los lentes puestos
recordando mis poemas
6
los poetas seducían muchachas
y las inmortalizaban en sus versos
sin embargo cuantas Claudias hemos olvidado
cuantas Julietas cuantas Margaritas
cuantas Crisilandias
7
las muchachas ya no creen en los poemas
y si se acuestan con poetas es porque se han quedado jamonas
o porque los psicoanalistas están caros
y se acuestan con todos los poetas excepto conmigo
esta noche todos los poetas han ligado
y tienen entre sus brazos muchachas desnudas
mientras yo escribo solo en medio
de este cuarto
8
todos los poemas de amor son irreales
los poemas de amor que el poeta escribe intencionalmente irreales
son los más reales de todos
9
Lucian Blaga escribió que las palabras
son las lágrimas de los que quisieron llorar
y no pudieron
y esto es todo lo que tengo que decir

Mejor que el sexo

Lo mejor es cuando
le pones seguro a la puerta
y sólo están tú y el poema
y no tienes más remedio que preguntarte
si eres tan bueno como te dijeron el otro día
o tan malo como dicen siempre.
O cuando uno escribe un poema
tan intenso que acabas viniéndote
con los pantalones puestos.
O cuando sientes que estás escribiendo uno
que van a leer tus tataranietos
y piensas que ellos van a sentir
lo que una vez sentiste
y creo que es Joyce quien dice
que se siente como si el otro al leer
estuviera inventando las palabras
del poema nuevamente.
Así como el guitarrista del metro
de Chicago que tocó una hermosa melodía
y luego golpeó su guitarra
contra el piso hasta hacerla añicos,
he roto papeles y poemas
para mi propio deleite.
Y escribir es como caminar.
Cada palabra que escribo
es un paso que voy dando.
¿Hasta donde he llegado?
¿He encontrado mi hogar?

Cuatro poemas de Frank Báez
FRANK BÁEZ


Poeta y escritor dominicano (Santo Domingo, 1978). Ha publicado los libros Jarrón y Otros Poemas (Editorial Betania, Madrid, 2004), Págales tú a los psicoanalistas(Editorial Ferilibro, Santo Domingo, 2007), con el que obtuvo el Premio Internacional de Cuento Joven de la Feria Internacional del libro; Postales (Editorial Casa de poesía, San José, 2008; Editorial Textos de Cartón, Córdoba, 2009, Editorial Cara de Cuis, Córdoba, 2010, 2011; Editorial Ediciones De a Poco, Santo Domingo, 2011; Ediciones Liliputienses, Madrid, 2012) , que obtuvo e Premio Nacional de poesía de la República Dominicana; y En Rosario no se baila cumbia (Editorial Folía, Buenos Aires, 2011). 

Sus textos han aparecido en diversas antologías; entre estas se encuentran: Cuerpo Plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (editorial Pre – textos, 2010); y Antología de crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed (editorial Alfaguara, 2012) Es coeditor de la revista de poesía Ping Pong:
www.revistapingpong.org Junto a Homero Pumarol fundó y conforma el colectivo de spoken word El Hombrecito que en el 2009 editó un disco titulado Llegó el hombrecito. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com


www.frankinvita.blogspot.com
http://4gatos.co/item.php?id=32



Más datos sobre el autor en
BIOGRAFÍA DE FRANK BÁEZ