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Sunday, July 28, 2013

Mick Jagger / Setenta años

Mick Jagger


FELIZ CUMPLEAÑOS, 

SU SATÁNICA MAJESTAD

Los 70 años de Mick Jagger: 

entre la gloria y el fracaso


La voz eterna de los Rolling Stones cumple siete décadas sin cumplir sus grandes sueños: alcanzar el estrellato y vender discos en solitario y triunfar como actor


Por Diego A. Manrique, El País,  26 JUL 2013 - 01:19 CET



Jagger, durante el concierto de los Rolling Stones en el último festival de Glastonbury. / MATT CARDY (GETTY IMAGES)
Mick Jagger tenía 25 años cuando grabó la canción que resumiría su trayectoria profesional. You can’t always get what you want enhebra viñetas de su cotidianidad en 1968: mujeres peligrosas, manifestaciones violentas, drogas duras. Pero lo que queda en la memoria es el majestuoso estribillo, amplificado por el London Bach Choir: “No siempre puedes conseguir lo que quieres/ pero si lo intentas, a veces podrías descubrir que/ consigues justo lo que necesitas”.
Asombra la carga profética de la letra. En el año de la Revolución, Jagger adelanta las decepciones políticas, avisa que la heroína se va a cobrar un altísimo precio, sugiere ajustar a la baja nuestras expectativas. Y lo dice alguien que, en ese momento, parece tener el mundo en la palma de la mano.
En 1963, Michael Phillip Jagger había acudido a su tutor en la London School of Economics para solicitar un año sabático: “tenemos un grupo musical y me gustaría probar, con la tranquilidad de saber que me reservarían mi puesto si necesito volver”. Era buen estudiante y se le aseguró que podría reincorporarse: “Le entiendo, Mister Jagger, yo también viví mi época bohemia”.

Más que una aventura bohemia, Jagger pretendía ser un misionero, difundir la buena nueva del rhythm and blues, aquella música afroamericana que en Europa era patrimonio de minorías. Lo que nadie podía imaginar es que, siguiendo la pista de los Beatles, se lanzarían a componer unas canciones que atraparían la imaginación de su generación, a ambos lados del Telón de Acero. Cantos de frustración (Satisfaction), reclamaciones de independencia (Get off of my cloud), retratos ácidos de los adultos (Mother’s little helper), patologías del presente (Paint it black)...
De repente, ya no eran simples melenudos, aptos para ser ridiculizados. Se habían convertido en cabecillas de una masa amenazadora, vagamente conocida como La Juventud. Potencialmente, poseía peso político: Tom Driberg, una de las luminarias del Partido Laborista, se empeñó en alistar a Jagger, garantizándole un puesto en el Parlamento.
Claro que su elegibilidad quedó afectada por los sucesos de 1967. Detenido en una redada antidrogas en la casa campestre de Keith Richards, le cayeron tres meses. Salió de la cárcel gracias a un editorial de The Times, que denunciaba la malévola venganza del establishment. Jagger aprendió la lección. Consumiría porros y rayas durante las siguientes décadas pero evitaría los opiáceos y, en general, preferiría no comprar: tomaba lo que estaba disponible. Y alrededor de los Stones se disfrutaba del material de mejor calidad, cocaína farmacéutica y otras exquisiteces.

Mick Jagger según Mcourage

Sus simpatías por la revolución se enfriaron. El desastre de Altamont, en 1969, evidenció que, si la contracultura no era capaz de montar un concierto multitudinario pacífico, parecía ingenuo esperar la construcción de una maravillosa sociedad paralela. Además, Jagger comprobó que se sentía más cómodo entre la beautiful people de Londres que en una comuna hippy.
Guapo, ingenioso y seductor, Mick se hizo un hueco en la jet setinternacional. Allí intimó con lo que llaman old money: familias ricas de siempre. Y puso la oreja. Los Stones tenían graves carencias económicas: habían sido despojados por un manager-tiburón, que terminó apropiándose de sus grabaciones de los años sesenta. Se enfrentaban, además, a impuestos confiscatorios: en determinados ingresos, la Hacienda británica se quedaba hasta con el 98%. Han leído bien: noventa y ocho por ciento.


Mick Jagger y Keith Richards en el Wembley Empire Pool, septiembre de 1973. / MICHAEL PUTLAND (GETTY IMAGES)
En ese momento, Jagger hizo lo mismo que cuando ha necesitado un entrenador personal o un negro para su (frustrada) autobiografía: una rigurosa selección de candidatos. En un banco londinense de inversiones, encontró al príncipe Rupert Lowenstein, que se transformaría en asesor financiero del grupo. Inmediatamente les convirtió en exiliados fiscales: en la Costa Azul materializaron el doble Exile on Main Street. Lowenstein establecería el entramado de empresas que les permitió establecer su discográfica-editorial y explotar la demanda de directos.
De su mano, Jagger inventó el modelo de empresa que sería imitada en el futuro por todas las superestrellas, del rock o de cualquier otra música. Control de su legado discográfico, que viajaría con ellos en su peregrinar por las diferentes multinacionales. Nuevo trato con los promotores de conciertos: quedaban al servicio de los Stones, privilegio por el que recibían un mínimo porcentaje. Pactos con patrocinadores.Merchandising.
Cuesta reconocerlo, pero las maquinaciones de Jagger trenzaron la red de seguridad que permitiría a Keith Richards desarrollar su monumental leyenda de kamikaze. Según el tópico, Keith es el corazón de los Stones. Resulta menos popular el inevitable corolario: sin el cerebro de Jagger, ese corazón se habría parado hace tiempo o estaría reducido a una caricatura. No hay un rollingstone bueno y otro malo: todas las decisiones comerciales de Mick fueron ratificadas por el guitarrista.
Los pecados de Jagger son compartidos por el resto de la banda. Pensemos en la crueldad con compañeros, relegados a la sombra (el pianista Ian Stewart) o directamente despedidos (Brian Jones). O la tacañeria para reconocer colaboraciones en la composición: casi todo sale firmado por Jagger-Richards, aunque partiera de la inspiración de Ry Cooder o Mick Taylor. Sin olvidar el calvario de Ronnie Wood, quince años de asalariado antes de ser aceptado como miembro de pleno derecho.
Cara a la galería, Mick sí cometió un grave desliz. Evidenció su escepticismo respecto a la visión fundamentalista del rock. En 1975 se fue de la lengua en la revista People: “Yo solo quería hacer esto durante dos años. Imaginaba que la banda se dispersaría un día, que diríamos adiós. Continuaría componiendo y cantando pero la verdad es que preferiría estar muerto a seguir interpretando Satisfaction cuando tenga 42 años”.
Calculó mal. Ya sabemos que ha estado cantando Satisfaction al borde de los setenta años, fracasados sus esfuerzos para construirse una ocupación legítima fuera de los Stones. Como actor, no ha tenido fortuna, a pesar de estrenarse con una genuina película de culto (la turbia Performance, 1968). Tardó en entender las incertidumbres del cine, que además requiere grandes inversiones si quieres, por ejemplo, comprar los derechos de La naranja mecánica, la novela de Anthony Burgess. En 1995, montó su propia productora, Jagged Films, que no ha podido realizar los proyectos más ansiados: el retrato de un potentado tipo Rupert Murdoch, una aproximación a la industria musical que dirigiría Scorsese. Aparte, han pasado desapercibidos sus papeles más valientes, en películas como Bent (1997) o Servicio de compañía (2001).
Mick Jagger según Andy Warhol

Algo similar ocurre con sus discos en solitario, que solo llegan a un público decreciente. De hecho, su última aventura musical, el proyectoSuperHeavy (2011), pasó cual estrella fugaz. Los pocos que se enteraron pensaron que se trataba de un capricho de millonario, aunque debería haber despertado al menos curiosidad: en el grupo figuraban Damian Marley, hijo de Bob, y A. R. Rahman, celebrado compositor de Bollywood.
Aquí sale a la superficie algo que es vox populi en el negocio de la prensa musical británica. Una portada con Keith Richards sube las ventas; lo mismo con Jagger, se salda con una bajada estrepitosa. Un síntoma de la exitosa reinvención pública de Richards, desde luego, pero también del desencuentro de Mick con los medios. Si está relajado y el temario desborda lo musical, Jagger puede ser el entrevistado ideal. Sin embargo, lo habitual son los cortes al periodista, la exhibición de un cinismo blindado, la evasión como táctica preferida.
Los periodistas, se queja, pretenden remover el pasado. Y Jagger vive para el futuro. A diferencia de Richards, se esfuerza en captar música nueva, que le sirva para remozar la suya propia. El concepto nostalgia le suena a pecado: habitualmente, los Stones salen de gira con canciones frescas, aunque no sean las que el respetable quiere escuchar; ellos insisten en demostrarse a sí mismos que están creativamente vivos.


Jagger también tiene vetado todo lo que se refiere a su conducta amorosa. Que no ha sido ejemplar. Nunca ha entendido el concepto de veda, mucho menos el de lealtad: en los buenos tiempos se insinuaba a todas, incluyendo novias o mujeres de sus amigos; Bryan Ferry, Eric Clapton, hasta Richards han sufrido su afán depredador. ¿Y qué ofrece? Aseguran algunas damas que rara vez se han encontrado con un hombre semejante, que entiende las necesidades femeninas, físicas y emocionales. Sin embargo, esa sabiduría no se traslada a sus letras: de la misoginia inicial ha saltado a extravagantes declaraciones de indefensión masculina, sin olvidar la cuota de mujeres fatales.
A estas alturas ¿qué le motiva? A diferencia de los artistas negros que le inspiraron, podría jubilarse y mantener el nivel de vida de su extensa prole. Pero conserva rastros del compañerismo que le llevó a fundar el grupo: mientras Keith Richards quiera seguir pateando escenarios, ahí estará él. Sin olvidar el orgullo de reiventarse bajo los focos, de mantenerse como un atleta, de cantar Satisfaction con un mínimo de dignidad. Y recuerden: su madre murió con 87 años, su padre con 93. Genéticamente, Mick Jagger tiene cuerda para rato.



Lea, además



Thursday, June 6, 2013

Bebo Valdés no existe en Cuba

Bebo Valdés, 2007

Muere Bebo Valdés, 

el mago de los ritmos cubanos

Por Mauricio Vicent
El País, 22 de marzo de 2013

El músico muere a los 94 años en Suecia

Protagonista de varios momentos de oro de la música cubana, fue precursor del jazz latino.




Bebo Valdés, músico cubano, entrevistado en el el Teatro Real de Madrid. / RICARDO GUTIÉRREZ
Ya se sabe que en la música cubana hay abundancia de genios y nombres imborrables. Sin duda, entre los que hay que escribir con mayúsculas está el de Bebo Valdés, fallecido en Suecia a los 94 años de edad, después de pasar los últimos años de su vida residiendo en Benalmádena (Málaga) enfermo de Alzheimer. Bebo fue protagonista de momentos de oro de la música cubana, además de ser precursor de las famosas descargas de jazz afrocubano y creador de un ritmo propio, la batanga, que arrasó en la isla en los años cincuenta. Era padre de otro pianista y compositor genial, Chucho Valdés, quien se traslado a Málaga a cuidarle en los últimos momentos de su vida. Hace aproximadamente dos semanas, los hijos de de su última esposa, la sueca Rose-Marie Perhson, que falleció el verano pasado, se llevaron a Bebo de Málaga a Estocolmo en contra de la voluntad de Chucho, pero esa es otra historia.
El verdadero nombre de Bebo era Ramón Emilio Valdés Amaro y nació el 9 de octubre de 1918 en Quivicán, un pequeño pueblo de guajiros y tierras rojas a 40 minutos de La Habana. Desde que nació Bebo llevaba la música en el ADN. Antes de salir de Quivicán fundó con un amigo de la infancia su primera banda, la Orquesta Valdés-Hernández, y desde entonces compaginó el piano con su vocación de arreglista y compositor.

En los años cuarenta, estando ya en la orquesta de Julio Cueva, compuso uno de sus primeros mambos, La rareza del siglo, en momentos en que la música popular cubana se modernizaba a toda velocidad.
A partir de 1948 y hasta 1957 trabajó en Tropicana, donde acompañó e hizo arreglos para la vedete Rita Montaner. Su orquesta, Sabor de Cuba, y la de Armando Romeu actuaban cada noche en el show del famoso cabaret y allí compartieron escenario con grandes artistas norteamericanos, incluido Nat King Cole, con quien llegó a grabar algún tema.
Por aquella época el jazz arrasaba en Estados Unidos y los músicos norteamericanos viajaban a la isla para descargar con sus colegas cubanos. Bebo participó en no pocas de aquellas legendarias jam session, que tenían como animador principal al percusionista Guillermo Barreto. En medio de aquel hervidero, el 8 de junio de 1952, con una banda de veinte músicos dio a conocer en los estudios de RHC Cadena Azul su nuevo ritmo, la batanga. Entre los tres cantantes que integraban aquella orquesta estaba el gran Benny Moré.
A finales de los cincuenta Bebo colaboró con Lucho Gatica, en México. En 1960, en medio de una gira decidió exiliarse en Estocolmo (Suecia), donde se caso con Perhson y rehízo su vida. Durante más tres décadas estuvo alejado de la música. Sólo amenizaba las veladas en el piano-bar de un hotel de la capital sueca cuando, en 1994, lo llamó Paquito D´Rivera y le invitó a grabar un nuevo disco, Bebo Rides Again, una colección de clásicos cubanos junto a temas originales de Valdés.

En el año 2000 fue el cineasta Fernando Trueba quien le redescubrió y le invitó a participar en su película ‘Calle 54’. Bebo se reencontró entonces en un escenario con su hijo Chucho y también con sus viejos amigos Israel López Cachao y Patato Valdés. Tras terminar el documental, Trueba grabó a los tres el disco ‘El arte del sabor’, que obtuvo el Grammy al Mejor Album Tropical Tradicional en 2001, primero de los nueve que obtuvo Bebo en los años siguientes gracias a su colaboración con el cineasta español.
Poco después triunfó nuevamente con Lágrimas negras, un álbum de temas cubanos con alma gitana realizado con el cantaor Diego el Cigala, con el cual obtiene otro Grammy y tres discos de platino en España. Con Trueba hizo ocho discos y se convirtió en el protagonista de su documental El milagro de Candeal, rodado en la favela del mismo nombre en Salvador de Bahía con Carlinhos Brown. También hizo la música y sirvió de inspiración para ‘Chico y Rita’, la película de animación dibujada por Javier Mariscal que fue nominada al Oscar en 2012.
Su último disco fue Bebo y Chucho Valdés, Juntos para siempre’, un homenaje en el que padre e hijo repasaron juntos el repertorio y los ritmos de la música cubana que siempre tocaron juntos y que Bebo interpretó como nadie.
Anoche, la muerte de Valdés fue recibida por Mariscal con dolor pero a la vez con el recuerdo azul de su alegría y sobre todo de su elegancia. “Bebo era la esencia de lo mejor de Cuba: todo en él era especial, su forma de tocar, su manera de caminar, su risa, su elegancia para todo”. El diseñador recordó las charlas y momentos musicales que pasaron juntos con Trueba durante la preparación de Chico y Rita y cómo, a través de los recuerdos de Bebo, él descubrió de nuevo Cuba. “Yo estaba enamorado de Cuba desde pequeño, y conocía el país y sus gentes, pero redescubrirla a través de los ojos y de la sensibilidad de Bebo fue algo especial”, afirma. “Bebo representaba la esencia de Cuba y de lo mejor de su música”.
El músico de Quivicán fue una de las inspiraciones del personaje protagonista de Chico y Rita, un pianista de la época de oro de la música cubana atrapado por el amor de una mulata y aquella Habana mágica. Mariscal, que piensa en imágenes, asegura que Bebo tocaba como “si de pequeño hubiera metido en una lavadora todas las partituras de Lecuona y de los mejores compositores de la música cubana”, atrapando fragmentos deshilachados y notas de cada uno e “incorporándolos a su espíritu”.
El contrabajista Javier Colina, que en 2007 ganó un Grammy con Valdés por Live in Vllage Vanguard, disco que grabaron a cuatro manos durante una semana en el mítico club de Nueva York, asegura que “aquella semana fue “la más feliz de su vida”. “Bebo no tenía igual”, aseguró. Chucho Valdés, que se mudo a Benalmádena a pasar junto a su padre los últimos años de su vida y se opuso a su reciente traslado a Suecia, se despidió de su padre como el “más grande” y con la felicidad de haber hecho antes de morir el disco Juntos para siempre.
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/22/actualidad/1363976182_566151.html?rel=rosEP

Bebo Valdés
Casa de América, Madrid, 2008 

Bebo Valdés

Lejos del paraíso


Diego A. Manrique, 22 MAR 2013 - 21:14 CET


Bebo Valdés sufrió el sino de tantos músicos cubanos. Tierra fabulosamente fértil en ritmos y melodías, sus artistas se ven obligados a emigrar, por conmociones políticas o, más frecuentemente, por la pura necesidad de ganarse un sustento decente, algo a veces imposible en un mercado tan áspero como el de Cuba.
Así nos encontramos con biografías guadianescas, pasmosas, como la de Bebo. Figura esencial de la explosión de la música habanera durante los rutilantes años cuarenta y cincuenta, funcionó como pianista, compositor, arreglador y líder de bandas. Habitual del Tropicana, fue convocado cuando llegó Nat King Cole para grabar en español.
Como tantos otros instrumentistas de su generación, andaba fascinado por las posibilidades del jazz, desarrollando su versión de las jam sessions con las descargas. También intentó dar la respuesta al mambo que popularizó Pérez Prado, con su batanga. Pero, insisto, no se pierdan los exuberantes discos de populares artistas de aquella era dorada que llevan sus huellas digitales.
De repente, el tajo de la Revolución y la primera oleada del exilio. Bebo dejó a su numerosa familia en La Habana y se buscó la vida en México, con el espléndido Rolando Laserie. Hubo luego estancias en Estados Unidos y España. Parecía carecer de todo tipo de divismo: acompañaba a triviales cantantes de música ligera pero también a boleristas de nivel como Lucho Gatica. Había trabajo para alguien de sus habilidades pero pocas posibilidades para expresarse creativamente. Más aún, cuando los azares del corazón le llevaron a Estocolmo, donde ejerció de pianista de hotel, siempre sonriente y dispuesto a complacer peticiones.
Pero Bebo no se había perdido. Le podían borrar de los registros históricos del castrismo pero estaba localizado en la red global de músicos cubanos dispersos por Europa y América. A principios de los noventa, cuando la discográfica alemana Messidor, decidió apostar por el jazz afrocubano, a Paquito D'Rivera no le costó convencerlo que protagonizara el disco Bebo rides again (1994), preparado y elaborado en pocos días. Nadie lo diría escuchando la finura de los arreglos, la energía de las composiciones y el deleite con que tocaban unidos exiliados y músicos residentes en Cuba.
Tenía 76 años y se le despertó toda la música que tenía adormecida. El proyecto de Messidor no prosperó pero entonces aparecieron Fernando Trueba y Nat Chediak, entusiastas que le embarcaron en discos y documentales que demostraban sus variados recursos. El público se enamoraba de aquel saber estar, de los dedos esqueléticos que iluminaban las imágenes de Calle 54 (2000) y El milagro de Candeal(2004). Su trayectoria vital inspiró Chico y Rita (2010), la película de dibujos animados de Trueba y Mariscal.
Pero la realidad fue más asombrosa que cualquier guion cinematográfico: un octogenario Bebo se convirtió en estrella internacional gracias a su primorosa labor en Lagrimas negras (2002), la colaboración con el cantaor Diego El Cigala. En el frenesí de las giras, Bebo demostró su alta calidad humana. Y sí, terminó reencontrarse con el más famoso de sus hijos, también pianista gigante: Chucho Valdés. Las vidas cubanas, ya saben, son atípicas.

Bebo Valdés y su hijo Chucho Valdés
Casa Limón de Madrid, 2007

Bebo Valdés no existe en Cuba

El periodista cubano recuerda que el compositor fue extirpado de la memoria musical tras su marcha

 Sigfredo Ariel, 23 MAR 2013 - 11:45 CET


Bebo Valdés es hoy extrañamente desconocido en Cuba. Su nombre y su obra se disolvieron en el imaginario colectivo de la isla a partir del éxodo compulsivo de músicos y artistas, a inicios de los años sesenta, cuando desapareció, por decreto, el ambiente musical nocturno, cabaretero, casinero,que imperaba en una Habana despreocupada, desentendida de todo otro asunto que no fuera girar sobre su propio ombligo.
Después, Bebo Valdés, como tantos otros, fue extirpado de diccionarios y manuales de música popular cubana, como si nunca hubiese existido. En la radio, su nombre fue acallado, como arreglista, como compositor, como director de orquesta. Su más reciente resurrección, la colaboración exitosa, planetaria, con Diego El Cigala fue sorteada con incomodidad a la hora de anunciar sus grabaciones: Bebo Valdés no existe en Cuba.
El gran Bebo, el Caballón, durante décadas subsistió en la memoria de la gente de la música de antes, en los memoriosos, no en su público natural, que ingratamente lo olvidó. No pocos fueron los intérpretes que le debieron su notoriedad: desde Celeste Mendoza —la reina del guaguancó— a Pío Leyva, a Pacho Alonso, rival de Benny Moré en los primeros años sesenta.
Bebo Valdés pudo haber sido un gran —tal vez inmenso, imaginativo— pianista de latin jazz, pero la premura del día a día lo obligó a dirigir su orquesta acompañante, a trabajar en discos de poca monta y en espectáculos cotidianos, del Coney Island de la playa de Marianao. Sus mejores ideas quedaron en el aire. Arregló para cuerdas, bandas de jazz y conjuntos; impulsó la carrera de cantantes mediocres y se prodigó en empresas de poca monta.
Paquito D’Rivera lo descubrió cuando parecía que había bajado el telón. Cuando apareció el disco Bebo Rides Again, el Caballón fue redescubierto inesperadamente: el resto es historia conocida.
A partir de su experiencia con Diego El Cigala, Bebo Valdés penetró en un espacio y un tiempo sin memoria, una especie de isla sin bordes, en la cual no existe la memoria ni hay antecedentes fidedignos de ella: se trata de tocar y cantar las mismas canciones de siempre cantadas y tocadas por gente sin historia —ninguna otra anécdota más que la sentimental, la propia, la verdadera—, y ese fue precisamente el secreto que escondía Bebo Valdés, el de su profunda emoción, el de su feeling, una impresión contenida, que a través de ningún arreglo orquestal ni composición podría revelarse.
La suya es la sabiduría del pianista de restaurante, pleno de recursos técnicos, artísticos, puestos en función de lo que antes se llamaba “sentimiento”. Esa fue su última muestra de humildad, después de haber reinado en las bandas y en las orquestas de cuerdas: fue su tributo a la memoria y a la desmemoria de los suyos, es su lección, y tal vez, también su drama.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/23/actualidad/1364035546_731989.html
foton
Bebo Valdés, en plena siesta, en un 'collage' fotográfico 

realizado por Fernando Trueba en su casa de Mallorca 

durante una visita del músico.


Bebo y el secreto

Por Fernando Trueba24 MAR 2013 - 00:19 CET

“Cuando yo muera, no quiero que nadie llore. Quiero que hagáis una fiesta y bailéis y os emborrachéis”. Se lo oí decir muchas veces.

Bebo era un niño. No había más que mirar sus ojos traviesos. Tenía una sonrisa inmensa y contagiosa. Y era un hombre modesto. Siempre daba más importancia a los demás que a sí mismo. No era ambicioso. Aunque orgulloso sí. Sobre todo de su hijo Chucho. Y del trabajo bien hecho. Era un profesional impecable. Siempre puntual, elegante, con los deberes hechos, amable con todos. En el hermoso documental biográfico que le dedicó Carlos Carcas, Old Man Bebo, aparece Pío Leyva, uno de los muchísimos a los que ayudó a lo largo de su vida, y dice: “Bebo Valdés...” y la voz se le corta, las lágrimas brotan de sus ojos y añade como en un suspiro que le sale del alma: “¡Qué buena persona!”.




Probablemente a Bebo eso le importaba más que todo, incluyendo la música, su obra, su carrera... cosas que no dudó en sacrificar a principios de los sesenta para que a su nueva familia no le faltase nada. No era un hombre religioso, aunque creía que detrás de todas las religiones había un único y mismo dios.



A Bebo no le gustaba hablar de política. Pero rara era la entrevista que no le preguntaban por Cuba, Castro... “Yo solo quiero hablar de música. No soy político”. Alguien le dijo una vez: “Entonces usted no piensa volver a Cuba mientras Castro esté vivo”. Bebo, sorprendido, lo miró: “¿Por qué usted dice eso? Sí, yo podría volver a Cuba con Castro vivo, perfectamente. Incluso con Castro de presidente. Eso sí, siempre que sea porque los cubanos lo han elegido”. ¿Es posible una mayor limpieza moral?


No tocaba el piano. Lo acariciaba. Te dejaba suspendido entre dos notas
Una vez le convencí de hacer un disco de piano solo. Fueron días maravillosos, los dos solos por estudios de ensayo y de grabación en Madrid, sin preocuparnos de nada, solo de la música. Ned Sublette (autor de Cuba and it's music, para mí el mejor libro que existe sobre la música cubana) se me acercó un día en Nueva York y me dijo: “Quiero decirte que Bebo es el mejor disco de música cubana nunca grabado, en cualquier época, en cualquier lugar”.
Creo que en ese disco están contenidas el alma de Bebo y también el alma de Cuba. Desnudas, sin adornos. Fue lo último que oyó Cabrera Infante, ya enfermo, antes de morir en el hospital, en Londres. Y salieron lágrimas de sus ojos. Pensé: ha muerto en Cuba. Se lo conté a Bebo y le dedicamos el disco. Guillermo murió en Londres. Bebo en Estocolmo. ¿Qué Gobierno puede ser el que hace que su mejor escritor, que su mejor músico, mueran tan lejos de su patria?

Su único credo político era la Constitución cubana de 1901
Su único credo político era la Constitución cubana de 1901 según la que “todos los cubanos son iguales, sea cual sea su raza, sexo o religión, con libertad de expresar su opinión de palabra o por escrito, viajar libremente dentro y fuera del país, etc, etc...”. Daba la impresión de que Bebo se la sabía casi de memoria.
La última vez que lo visité, en su casa en Benalmádena, de pronto me dice: “Chico, ¿sabes? me gustaría ir a Cuba”. No me lo podía creer. Jamás le había oído esa frase. “Me parece bien, Bebo. Ningún Castro puede impedirte que hagas lo que te apetezca. Aunque es un viaje muy largo. Y no te veo con fuerzas”. Pero me lo imaginaba abrazando a su hermano Arsenio, besando a sus hijos, a Miriam, a Mayra, a Raúl, a sus nietos... Y también a Carolina... “Me gustaría ir a ver a mis padres”. Entonces creí entender todo, le había fallado la cabeza, como ya le pasaba a menudo en los últimos tiempos. Pero no, Bebo estaba claro: “Quiero visitar su tumba”.
Le conocí cuando le ofrecí participar en Calle 54 y fue “amor a primera vista”. Entre 2000 y 2010 hicimos juntos ocho discos y cuatro películas. Viajamos, rodando y grabando, por España, Estados Unidos y Brasil, y hemos hablado horas, días, meses, desde el desayuno a la cena. Todos esos momentos son un tesoro para mí. Su humanidad, su bondad, su humildad, su alegría, su inocencia, eran desarmantes.
Era Cubano hasta el alma, pero amaba la música americana: especialmente Jerome Kern y George Gershwin. Pero también Cole Porter. También la española. Granados y Albéniz. Y Debussy. Y Rachmaninov. Y Lecuona y Cortot. Y amaba el jazz. Y aunque estuviese tocando música clásica, siempre improvisaba. Le gustaban Bill Evans y Hank Jones.

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Chucho Valdés aplaude a su padre durante un concierto en Madrid, en julio de 2007. / REUTERS
No era racista. Decía que alguna de la mejor “música negra” la habían compuesto blancos. Y que una de las mejores canciones cubanas —Romance en La Habana— era de un costarricense, Ray Tico. A veces me decía que se imaginaba descendiente de las antiguas tribus perdidas israelitas de Etiopía. Y eso sería la explicación de que durante toda su vida se hubiera entendido especialmente bien con los judíos, “ellos siempre me ayudaron”.
Cuando tocabas sus manos te daba la sensación de que ahí residía el misterio, eran fuertes y delicadas. Como su música. Bebo no tocaba el piano. Lo acariciaba. Su sentido del tiempo era mágico. Te dejaba suspendido entre dos notas. El alma se te encogía. Poseía “el secreto”. Algo más allá de la técnica o del virtuosismo. Con una nota te llevaba a otro continente, a otra época. Bebo era the real thing.
Yo tuve la inmensa suerte de conocer a Bebo Valdés, el privilegio de ser su amigo, y por ello le doy, una vez más, gracias a la vida.




Monday, June 3, 2013

Bob Dylan / Cómo ganar el Premio Nobel

Bob Dylan

Cómo ganar el Premio Nobel

Por Diego A. ManriqueMadrid 26 MAY 2013 - 20:48 CET

Regularmente, sale a la palestra el fantasma de Bob Dylan y el Premio Nobel de Literatura. “¿Será finalmente el año de Dylan?”, nos preguntan. Una excusa tonta para rellenar minutos en la radio, para publicar artículos cogidos por los pelos.
Sabemos que sería un disparate. Técnicamente, Dylan solo ha publicado dos libros. Me responden que sus letras fungirían comocorpus literario y que han alcanzado un fenomenal impacto cultural. En su contra, el hecho de que tiende a -¿cómo decirlo finamente?- la apropiación de hallazgos ajenos, escudándose en la tradición del reciclaje del folk process.
En esas discusiones banales, nos falta información fiable sobre los intríngulis de los Nobel: las deliberaciones de los académicos son secretas, aunque se han colado anécdotas intrigantes. Pero ahora tenemos un retrato revelador de lo ocurrido en 1954, cuando se premió a Ernest Hemingway.
Jeffrey Meyers, experto neoyorquino en Hemingway, ha entrado en los archivos de la Academia Sueca. Y ha publicado en The Times Literary Supplement un extenso texto sobre sus hallazgos, The swedish thing, que nos deja boquiabiertos.
Se sabe que Alfred Nobel especificó que los autores galardonados deberían tener “una tendencia idealista” (sí, podría encajar el primer Dylan). Pero pesan más los factores extraliterarios. Las circunstancias personales: edad y salud, ideología y, si procede, sufrimiento en cárceles o exilio. Y los elementos geopolíticos, como si fuera Eurovisión: los favores debidos, la presión de países poderosos enfrentada al noble deseo de reconocer a literaturas previamente ignoradas. Sin olvidar las rencillas históricas: en 1954, el Secretario Permanente de la Academia vetó al principal rival de Hemingway, el islandés Halldór Laxness, por haberse burlado de Olaf II El Santo, rey de Noruega. Que conste que el gran Laxness fue nobelizado al año siguiente.
La investigación del biógrafo de Hemingway pone al descubierto muchas de esas miserias del circo literario que tanto juego le dan a Andrés Trapiello en sus entregas del Salón de pasos perdidos. Que Jacinto Benavente, Nobel de 1922, aportó la candidatura de Concha Espina, una apuesta políticamente correcta en comparación con el expatriado Juan Ramón Jiménez (que finalmente conquistaría el premio en 1956). Y sorpresas, como el hecho de que J. R. R. Tolkien apostara por alguien tan distante de la Tierra Media como E. M. Forster. Que nunca ganó.
Asombra saber que el comité del Nobel no mostró un entusiasmo unánime por Hemingway; hubo un intento de rebelión, miembros que plantearon declarar desierto el premio. Eran otros tiempos: la literatura se difundía lentamente y los académicos no asumían los elementos biográficos de sus libros. Le salvó la popularidad de El viejo y el mar; los informes de sus paladines no mencionaban obras más indiscutibles como Fiesta o Por quien doblan las campanas. Así que ayuda tener unbest-seller reciente y, caramba, hace décadas que Dylan renunció a los temas de éxito.
Las discusiones que recoge Jeffrey Meyers me recuerdan lo experimentado cuando serví de jurado para un premio nacional. Mucho bochorno: la cabezonería de algunos de los presentes, empeñados en hacer triunfar a su candidato, aunque no encajara en el perfil requerido; el suave empuje ministerial para que el elegido fuera mediáticamente apetecible; los pactos implícitos que se formaban y deshacían según avanzaban las votaciones. Vencedor y candidatos hubieran palidecido de haber asistido a la deliberación.
 Para Hemingway, fue el final de una agonía. Quería que se acabara el suspense. No hizo campaña: despreciaba a anteriores ganadores estadounidenses, de Pearl S. Buck a William Faulkner (“mientras yo viva, tendrá que beber para justificarse por tener el Nobel”). Su ambigüedad se manifestó en la negativa a acudir a Estocolmo. Alegó que estaba en Cuba, recuperándose de dos accidentes aéreos que había sufrido en África. Todo cierto, aunque luego había viajado a España e Italia; lo que le faltaba era voluntad. Ahí si que puedo imaginar a un Bob Dylan escaqueándose del ritual. Ojalá nunca llegue el momento en que deba enfrentarse a esa decisión. El arte de Dylan es otra cosa, diferente de la literatura y tan digna en sus propios términos.