Friday, June 7, 2013

Bebo Valdés / El último padre del jazz afrocubano

Bebo Valdés (retratos)

BEBO VALDÉS
EL ÚLTIMO PADRE 
DEL JAZZ AFROCUBANO
Por Carlos Fuentes
Hay aventuras personales que retratan bien la historia reciente de un país. Y la vida azarosa de Bebo Valdés, fallecido en Estocolmo (Suecia) a los 94 años de edad, sintetiza a las claras los vaivenes culturales que Cuba ha sufrido en el último siglo. Pianista de talla enorme, talento nato para la composición y la búsqueda de nuevos estilos, el patriarca de la saga Valdés deja una herencia nutrida de tardes de gloria, una posterior noche de frío exilio y, al fin, un renacer postrero con aval mundial. En las enciclopedias de música latina Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro constará por la B de batanga, el ritmo nuevo que creó después de afianzar su reinado en las noches habaneras anteriores a la Revolución.


La vida agitada de Bebo Valdés, nacido el 9 de octubre de 1918 en el municipio habanero de Quivicán, se puede contar en tres capítulos cronológicos. Desde primeros de los años cuarenta la capital cubana era una olla cultural en ebullición constante. Al trasiego de grandes artistas internacionales se sumaba la cantera infinita de las músicas populares cubanas. Desde el son campesino de Miguel Matamoros al cha cha chá bailable de Enrique Jorrín, con el mambo de Dámaso Pérez Prado como campeón comercial, aunque el más genuino hallazgo sonoro en la isla del caimán verde se llamó jazz afrocubano. Y Bebo Valdés logró aunar como no se había hecho desde los tiempos del maestro Ernesto Lecuona el alma elegante de la cancionística cubana con las influencias noctámbulas del jazz que se cosechaba al otro lado del estrecho de la Florida. 
Bebo Valdés (piano)























El pianista grabó descargas para Norman Granz, actuó durante una década, hasta 1957, como jefe de orquesta en el club Tropicana del barrio de Marianao y protagonizó frecuentes tardes de radio en directo, algunas con Benny Moré como cantante. En aquella época actuó junto a Senén Suárez, uno de los amigos que nunca supo antes de sus planes para dejar Cuba. “Nos conocimos en 1948 cuando él estaba en la orquesta de Antonio María Romeu y yo en el conjunto de Ernesto Grenet”, recordaba Suárez a este cronista en 2008. “Nos hicimos amigos desde el principio porque tuve, y tengo, alto concepto de él como músico y como persona. Hizo el batanga, hizo de todo: siempre me impresionó su creatividad”. Pero luego llegó el comandante, la tropa de barbudos mandó parar y, en 1960, Bebo Valdés optó por dejar La Habana. De la cima del éxito al exilio sueco.
Cuando salió de Cuba, en compañía de su amigo cantante Rolando Laserie, paró primero en Estados Unidos pero un problema de visado le obligo a viajar a Madrid, donde lo encontró Lucho Gatica. Con el bolerista se ganó las primeras pesetas, luego cierta fama como músico de sesión y, a la primera oportunidad, un pasaporte salvavidas. Durante una gira por el norte de Europa conoció a la joven sueca Rose Marie y con ella formó familia en las antípodas del Caribe. En Escandinavia, donde llegó a actuar en clubes del círculo polar ártico, Bebo Valdés tuvo noches tranquilas, casi siempre como pianista de hotel, repertorios de clásicos para un consumo fácil en el restaurante Ambassadeur. Y todos, absolutamente todos, se olvidaron de aquel joven pianista tan desgarbado como talentoso. El caballón, le decían en Cuba. Fue tal la desaparición que en La Habana lo dieron por muerto. Incluso artistas cubanos de fama mundial como Antonio Machín lamentaron la muerte del compañero. Hasta que ambos se encontraron una noche de verano en los años setenta en un salón de baile en Canarias: “Coño, un fantasma. ¡Pensé que estabas muerto!”. El pianista contaba esta anécdota con Machín entre carcajadas pero, risas aparte, siempre latió en Bebo Valdés la certeza de que no iba a volver a Cuba mientras no se produjera un cambio de régimen. “Es que no me gusta recibir órdenes”, zanjaba.

Bebo Valdés

Así, anestesiado por la nostalgia, aunque sin rencores estériles, se lo encontró el año 2000 el cineasta español Fernando Trueba. No era el primero (Valdés ya había grabado una primera versión de su suite afrocubana en una disquera de Barcelona y con Paquito D´Rivera había registrado el álbum Bebo rides againpara la disquera alemana Messidor) pero sí fue Trueba el artífice de un regreso como dios manda, a la altura del personaje: con él, y con su hijo Chucho (ya reconciliados después de que la política se hubiera metido en la azucarera del jazz cubano: tras Bebo marcharon de Cuba el saxofonista Paquito D´Rivera y el joven pianista Gonzalo Rubalcaba, entre otros tantos), con su amigo Israel López “Cachao”, a quien defendía como genuino padre del mambo, Bebo Valdés grabó el documental Calle 54, luego el disco de boleros y coplas Lágrimas negras con el cantaor Diego el Cigala, también un delicioso disco de piano solo con contradanzas añejas de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes.
También cumplió el sueño de visitar Salvador de Bahía, la capital negra de Brasil, allí grabó el documental El milagro de Candeal junto a Trueba y Carlinhos Brown. Con Cachao y Carlos Patato Valdés registró el disco El arte del sabor, que obtuvo un premio Grammy en 2001. Ganaría otros tres galardones por las coplas con El Cigala. Y, por fin, en una pirueta que culminó una suerte de círculo, la versión definitiva de Suite Afro-Cubana, la obra de una vida.
bebo valdes mucho saborSe marcha Bebo Valdés después de disfrutar en los últimos años de la costa malagueña, ya enfermo del mal de Alzheimer, con el reconocimiento de todos, el cariño de muchos y dejando la impresión de que por una vez, al menos por una vez, la historia azarosa de Cuba hace justicia. “Bebo Valdés, sin duda, fue uno de los sustentos fundamentales que comenzó a tener la música popular cubana mediando la década del cuarenta”, explica el musicólogo y productor cubano René Espí, autor de la antología La Habana era una fiesta con rescates de época de radios y estudios de grabación cubanos. “El suyo fue un talento creativo que desbordó con creces en los primeros años de los cincuenta, tanto a nivel de compositor como creador de formas bailables novedosas como su ritmo batanga”.
En el amplio espectro de la música cubana, una isla que ha dado más estilos a los papeles pautados que muchos países del mundo occidental, Espí subraya los trabajos de Bebo Valdés como arreglista de orquesta. “Fue un arreglista de primer orden, porque junto a músicos primordiales como Ernesto Duarte, Julio Gutiérrez o René Touzet oxigenó el cauce musical cubano”, indica el productor, hijo de otro personaje clave de la escena cubana, Roberto Espí, director del Conjunto Casino. De vueltas a la memoria de Bebo brota la poética caribeña: “Vistió de seda, con luz propia, prácticamente todo género bailable con arreglos maravillosos. Sobresaliente en cualquiera de estas facetas, sobre todo como conductor de orquesta e intérprete de piano. Deja una obra trascendental como músico y su digna grandeza como ser humano. Bebo es y será Cuba siempre”.
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Publicado en el diario digital El Confidencial en marzo de 2013

Bebo Valdés


BEBO VALDÉS 

(1918-2013)

Por Carlos Fuentes

Coño, un fantasma. ¡Pensé que estabas muerto!”. Antonio Machín se quedó pasmado cuando Bebo Valdés vino a saludarle después de verle cantar, en los años setenta, en una sala de Canarias. Es una de las anécdotas preferidas del influyente pianista cubano. Un músico con tres vidas: su éxito popular en Cuba, cinco décadas de exilio y, qué paradoja, de nuevo el triunfo masivo con Lágrimas negras. A punto de los 90 años, Bebo Valdés hace recuento de su trayectoria y de sus experiencias. Y en el disco Juntos para siempre convoca a su hijo y heredero, Chucho Valdés, a un dúo sostenido de pianistas.
Entre la alegría de vivir y el rencor por las penas del pasado, Bebo Valdés eligió siempre la música. Desde sus inicios como alumno pobre de maestras particulares en un suburbio humilde de La Habana, al homenaje que Casa de América le rendirá el próximo jueves en Madrid, coincidiendo con su cumpleaños. Esta fiesta de cumpleaños en el festival VivaAmérica anuncia, además, una gira a dos pianos en compañía de su hijo Chucho. Han ocurrido muchas cosas entre aquellos días de infancia feliz en Quivicán y el reconocimiento masivo recobrado en los últimos años. Y Bebo Valdés ha llegado a tiempo para contarlo. Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro nació el 9 de octubre de 1918. Se crió con el danzón, pronto admiró a Ernesto Lecuona y Art Tatum. Contemporáneo de la generación que modernizaría la música cubana, aprendió primero con Óscar Bouffartique. En 1938 debutó con la orquesta Happy D’Ulacia, y pronto destacó por su capacidad como autor y, sobre todo, arreglista. En 1945 el singular Julio Cueva (que abandonó a Don Azpiazu, se afilió al Partido Comunista de España e hizo la guerra civil) le dio un chance como pianista en Santa Clara y con Cueva grabó su primer éxito, el montuno beguine Rareza del siglo. Trabajó luego en Haití, pero sería en la febril Habana de los cuarenta donde Bebo Valdés iba a lanzar su carrera. Entre 1948 y 1957 se ocupó del piano en el club Tropicana y fue arreglista de Rita Montaner. Muy versátil, escribió para Miguelito Valdés, Chano Pozo, Benny Moré, Pío Leiva, Celeste Mendoza, Rolando Laserie… incluso Nat King Cole visitó Tropicana.
Bebo Valdés (disco)En la efervescencia del primer jazz latino, cuando músicos norteamericanos actuaban de tarde en La Habana antes de volar para dar sesiones nocturnas en Florida, Bebo Valdés se coló también en la escena del filin habanero, el bolero cubano dramatizado con jazz y sentimiento. César Portillo de la Luz estaba allí: “Bebo Valdés era en sí mismo una potencia y formó parte del proceso modernizador de la música cubana contemporánea. Cada cultura tiene su biorritmo y su piano singular. Cuando interaccionaron el jazz y Cuba nació el latin-jazz”, explica el autor de Contigo en la distancia en conversación con este periódico desde La Habana. La de Bebo fue la primera generación de músicos cubanos que tuvo acceso habitual a la industria del disco. También gozó del auge de la radio. Y el jazz americano flotó siempre en el ambiente. Jazz con tumbao. “Bebo podía tocar a Lecuona, pero su biorritmo cubano y el aporte del jazz le hicieron abrirse a dos mundos. Él, que venía de estudiar con Félix Guerrero, tenía una formación más amplia y sólida que los guitarristas. Pero no fue un fenómeno aislado: era uno de nuestros ídolos, junto a Peruchín, Mario Romeu y René Touzet. Son los modernizadores de la música cubana, y Bebo era un eslabón importante”, dice Portillo confirmando que daba pasos de gigante. En el otoño de 1952 grabó Cubano, el disco con la primera descarga cubana, al frente del Andre’s All Stars.
Bebo Valdés Bebo de CubaCon Fidel, el jazz cubano paró. Harto de líos (“me tumbaron”, suele contar de su exclusión de los hoteles Hilton y Riviera y de la dirección musical de Radio Progreso), Bebo Valdés apuró grabaciones en Cuba junto a Omara Portuondo, Pacho Alonso y Niño Rivera. El 26 de octubre de 1960, él y Laserie volaron a México con Cubana de Aviación. “Sin un peso”. Nadie se lo esperaba. Tampoco Senén Suárez. El músico matancero participó en el debut de Valdés en el cabaret Tropicana. “Fue en 1948, él con la orquesta de Romeu y yo en el conjunto de Ernesto Grenet. Nos hicimos amigos desde el principio porque tuve, y tengo, alto concepto de él como músico y como persona”, recuerda Suárez desde La Habana.  Habla con orgullo cubano de Bebo: “Hizo el batanga, hizo de todo: siempre me impresionó su creatividad”. Y de su hijo Chucho: “Su padre lo traía bien jovencito a las descargas”. Asume, no sin emoción, la distancia que vino después. “Perdí contacto completo cuando Bebo salió de Cuba en 1960. Fue duro, piense que fueron nueve años de música todos los días en el Tropicana”, cuenta Suárez.
Atrás quedaron la isla, una vida, una familia rota… Chucho ni siquiera fue a despedirle al aeropuerto. Hasta 1963, Bebo Valdés pasó por España (vino para el Festival de Benidorm, pero acabó tocando con Lucho Gatica) antes de unirse a los Lecuona Cuban Boys. Con ellos llegó a Suecia y el verano de Estocolmo cambió su vida. Conoció a Rose Marie Pehrson, se casó el 1 de diciembre y asumió, ya, que nunca volvería a Cuba. “No tengo nada en contra del pueblo cubano. Tenía sólo un problema. Siempre he dicho lo mismo. No me gusta el régimen y punto”, dijo a la radio P2 en 2003. En los años del frío, Bebo armó otra familia y peleó por no dejar la música. Pianista del restaurante Ambassadeur, tocó en hoteles con repertorios de fácil consumo, escribió para un ballet y actuó un par de meses en barcos de línea a Dinamarca. Dos sesiones al día, hasta en el Círculo Polar actuó, pero el sueldo nunca fue bueno.
Bebo Valdés retratoEn 1987 Dizzy Gillespie actúa en Estocolmo. Paquito D’Rivera está en su banda. Y ve a Bebo Valdés tocar en el hotel Continental. En 1994 graban juntos Bebo rides again, que pone fin a 34 años de silencio. Ocho arreglos nuevos que el pianista escribe en día y medio. “Un disco de emergencia”, bromearía después. En el otoño de 1995 Bebo y Chucho se citan en San Francisco. Graban El manisero para el disco de Paquito D’Rivera 90 miles from Cuba. En 1998 graba una primera versión de su pieza de una vida, Afro-Cuban Suite, con Eladio Reinón en Barcelona, y al año siguiente El arte del sabor con Cachao, D’Rivera y Patato Valdés antes de ponerse en manos de Fernando Trueba para capitalizar la película musical Calle 54. Ya esperaban las listas de éxitos, más premios Grammy, libros y exclusivas. Lágrimas negras, álbum de boleros con Diego El Cigala, y la suite Bebo de Cuba ajustan cuentas con “uno de los más completos músicos que ha dado Cuba”, según Helio Orovio. Brilla también Old man Bebo, conmovedor documental hilvanado por Carlos Carcas.
De buen día, desde La Habana, Chucho Valdés confiesa “emoción” antes de embarcar para reunirse con el padre pianista. “Es un ciclo que se cierra. Lo deseaba y no estaba seguro de que llegara. Es maravilloso que hayamos llegado a un puerto tan hermoso”, reflexiona el líder de Irakere. “En Bebo lo más genial es que no ha perdido nada de la calidad que siempre tuvo. El piano de Bebo es el piano puro cubano, lo más puro del piano cubano”, nos cuenta.  El nuevo disco,Juntos para siempre, “fue algo siempre soñado en la familia”. “Hemos grabado ahora lo que tocábamos a cuatro manos en el piano de casa para aprender”, recuerda Chucho Valdés. “Bebo hacía el acompañamiento y yo empezaba a improvisar. Era una clase magistral diaria, que luego se perdió por muchos años. Volver ahora con mi papá es lo mejor que me ha pasado en la vida. Para Cuba y su música es también zanjar un asunto pendiente. Bebo es la raíz y el tronco, yo sólo soy una rama”. Como él dice, no es lo mismo pero es igual.
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Publicado en el diario Público en octubre de 2008



Thursday, June 6, 2013

Bebo Valdés no existe en Cuba

Bebo Valdés, 2007

Muere Bebo Valdés, 

el mago de los ritmos cubanos

Por Mauricio Vicent
El País, 22 de marzo de 2013

El músico muere a los 94 años en Suecia

Protagonista de varios momentos de oro de la música cubana, fue precursor del jazz latino.




Bebo Valdés, músico cubano, entrevistado en el el Teatro Real de Madrid. / RICARDO GUTIÉRREZ
Ya se sabe que en la música cubana hay abundancia de genios y nombres imborrables. Sin duda, entre los que hay que escribir con mayúsculas está el de Bebo Valdés, fallecido en Suecia a los 94 años de edad, después de pasar los últimos años de su vida residiendo en Benalmádena (Málaga) enfermo de Alzheimer. Bebo fue protagonista de momentos de oro de la música cubana, además de ser precursor de las famosas descargas de jazz afrocubano y creador de un ritmo propio, la batanga, que arrasó en la isla en los años cincuenta. Era padre de otro pianista y compositor genial, Chucho Valdés, quien se traslado a Málaga a cuidarle en los últimos momentos de su vida. Hace aproximadamente dos semanas, los hijos de de su última esposa, la sueca Rose-Marie Perhson, que falleció el verano pasado, se llevaron a Bebo de Málaga a Estocolmo en contra de la voluntad de Chucho, pero esa es otra historia.
El verdadero nombre de Bebo era Ramón Emilio Valdés Amaro y nació el 9 de octubre de 1918 en Quivicán, un pequeño pueblo de guajiros y tierras rojas a 40 minutos de La Habana. Desde que nació Bebo llevaba la música en el ADN. Antes de salir de Quivicán fundó con un amigo de la infancia su primera banda, la Orquesta Valdés-Hernández, y desde entonces compaginó el piano con su vocación de arreglista y compositor.

En los años cuarenta, estando ya en la orquesta de Julio Cueva, compuso uno de sus primeros mambos, La rareza del siglo, en momentos en que la música popular cubana se modernizaba a toda velocidad.
A partir de 1948 y hasta 1957 trabajó en Tropicana, donde acompañó e hizo arreglos para la vedete Rita Montaner. Su orquesta, Sabor de Cuba, y la de Armando Romeu actuaban cada noche en el show del famoso cabaret y allí compartieron escenario con grandes artistas norteamericanos, incluido Nat King Cole, con quien llegó a grabar algún tema.
Por aquella época el jazz arrasaba en Estados Unidos y los músicos norteamericanos viajaban a la isla para descargar con sus colegas cubanos. Bebo participó en no pocas de aquellas legendarias jam session, que tenían como animador principal al percusionista Guillermo Barreto. En medio de aquel hervidero, el 8 de junio de 1952, con una banda de veinte músicos dio a conocer en los estudios de RHC Cadena Azul su nuevo ritmo, la batanga. Entre los tres cantantes que integraban aquella orquesta estaba el gran Benny Moré.
A finales de los cincuenta Bebo colaboró con Lucho Gatica, en México. En 1960, en medio de una gira decidió exiliarse en Estocolmo (Suecia), donde se caso con Perhson y rehízo su vida. Durante más tres décadas estuvo alejado de la música. Sólo amenizaba las veladas en el piano-bar de un hotel de la capital sueca cuando, en 1994, lo llamó Paquito D´Rivera y le invitó a grabar un nuevo disco, Bebo Rides Again, una colección de clásicos cubanos junto a temas originales de Valdés.

En el año 2000 fue el cineasta Fernando Trueba quien le redescubrió y le invitó a participar en su película ‘Calle 54’. Bebo se reencontró entonces en un escenario con su hijo Chucho y también con sus viejos amigos Israel López Cachao y Patato Valdés. Tras terminar el documental, Trueba grabó a los tres el disco ‘El arte del sabor’, que obtuvo el Grammy al Mejor Album Tropical Tradicional en 2001, primero de los nueve que obtuvo Bebo en los años siguientes gracias a su colaboración con el cineasta español.
Poco después triunfó nuevamente con Lágrimas negras, un álbum de temas cubanos con alma gitana realizado con el cantaor Diego el Cigala, con el cual obtiene otro Grammy y tres discos de platino en España. Con Trueba hizo ocho discos y se convirtió en el protagonista de su documental El milagro de Candeal, rodado en la favela del mismo nombre en Salvador de Bahía con Carlinhos Brown. También hizo la música y sirvió de inspiración para ‘Chico y Rita’, la película de animación dibujada por Javier Mariscal que fue nominada al Oscar en 2012.
Su último disco fue Bebo y Chucho Valdés, Juntos para siempre’, un homenaje en el que padre e hijo repasaron juntos el repertorio y los ritmos de la música cubana que siempre tocaron juntos y que Bebo interpretó como nadie.
Anoche, la muerte de Valdés fue recibida por Mariscal con dolor pero a la vez con el recuerdo azul de su alegría y sobre todo de su elegancia. “Bebo era la esencia de lo mejor de Cuba: todo en él era especial, su forma de tocar, su manera de caminar, su risa, su elegancia para todo”. El diseñador recordó las charlas y momentos musicales que pasaron juntos con Trueba durante la preparación de Chico y Rita y cómo, a través de los recuerdos de Bebo, él descubrió de nuevo Cuba. “Yo estaba enamorado de Cuba desde pequeño, y conocía el país y sus gentes, pero redescubrirla a través de los ojos y de la sensibilidad de Bebo fue algo especial”, afirma. “Bebo representaba la esencia de Cuba y de lo mejor de su música”.
El músico de Quivicán fue una de las inspiraciones del personaje protagonista de Chico y Rita, un pianista de la época de oro de la música cubana atrapado por el amor de una mulata y aquella Habana mágica. Mariscal, que piensa en imágenes, asegura que Bebo tocaba como “si de pequeño hubiera metido en una lavadora todas las partituras de Lecuona y de los mejores compositores de la música cubana”, atrapando fragmentos deshilachados y notas de cada uno e “incorporándolos a su espíritu”.
El contrabajista Javier Colina, que en 2007 ganó un Grammy con Valdés por Live in Vllage Vanguard, disco que grabaron a cuatro manos durante una semana en el mítico club de Nueva York, asegura que “aquella semana fue “la más feliz de su vida”. “Bebo no tenía igual”, aseguró. Chucho Valdés, que se mudo a Benalmádena a pasar junto a su padre los últimos años de su vida y se opuso a su reciente traslado a Suecia, se despidió de su padre como el “más grande” y con la felicidad de haber hecho antes de morir el disco Juntos para siempre.
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/22/actualidad/1363976182_566151.html?rel=rosEP

Bebo Valdés
Casa de América, Madrid, 2008 

Bebo Valdés

Lejos del paraíso


Diego A. Manrique, 22 MAR 2013 - 21:14 CET


Bebo Valdés sufrió el sino de tantos músicos cubanos. Tierra fabulosamente fértil en ritmos y melodías, sus artistas se ven obligados a emigrar, por conmociones políticas o, más frecuentemente, por la pura necesidad de ganarse un sustento decente, algo a veces imposible en un mercado tan áspero como el de Cuba.
Así nos encontramos con biografías guadianescas, pasmosas, como la de Bebo. Figura esencial de la explosión de la música habanera durante los rutilantes años cuarenta y cincuenta, funcionó como pianista, compositor, arreglador y líder de bandas. Habitual del Tropicana, fue convocado cuando llegó Nat King Cole para grabar en español.
Como tantos otros instrumentistas de su generación, andaba fascinado por las posibilidades del jazz, desarrollando su versión de las jam sessions con las descargas. También intentó dar la respuesta al mambo que popularizó Pérez Prado, con su batanga. Pero, insisto, no se pierdan los exuberantes discos de populares artistas de aquella era dorada que llevan sus huellas digitales.
De repente, el tajo de la Revolución y la primera oleada del exilio. Bebo dejó a su numerosa familia en La Habana y se buscó la vida en México, con el espléndido Rolando Laserie. Hubo luego estancias en Estados Unidos y España. Parecía carecer de todo tipo de divismo: acompañaba a triviales cantantes de música ligera pero también a boleristas de nivel como Lucho Gatica. Había trabajo para alguien de sus habilidades pero pocas posibilidades para expresarse creativamente. Más aún, cuando los azares del corazón le llevaron a Estocolmo, donde ejerció de pianista de hotel, siempre sonriente y dispuesto a complacer peticiones.
Pero Bebo no se había perdido. Le podían borrar de los registros históricos del castrismo pero estaba localizado en la red global de músicos cubanos dispersos por Europa y América. A principios de los noventa, cuando la discográfica alemana Messidor, decidió apostar por el jazz afrocubano, a Paquito D'Rivera no le costó convencerlo que protagonizara el disco Bebo rides again (1994), preparado y elaborado en pocos días. Nadie lo diría escuchando la finura de los arreglos, la energía de las composiciones y el deleite con que tocaban unidos exiliados y músicos residentes en Cuba.
Tenía 76 años y se le despertó toda la música que tenía adormecida. El proyecto de Messidor no prosperó pero entonces aparecieron Fernando Trueba y Nat Chediak, entusiastas que le embarcaron en discos y documentales que demostraban sus variados recursos. El público se enamoraba de aquel saber estar, de los dedos esqueléticos que iluminaban las imágenes de Calle 54 (2000) y El milagro de Candeal(2004). Su trayectoria vital inspiró Chico y Rita (2010), la película de dibujos animados de Trueba y Mariscal.
Pero la realidad fue más asombrosa que cualquier guion cinematográfico: un octogenario Bebo se convirtió en estrella internacional gracias a su primorosa labor en Lagrimas negras (2002), la colaboración con el cantaor Diego El Cigala. En el frenesí de las giras, Bebo demostró su alta calidad humana. Y sí, terminó reencontrarse con el más famoso de sus hijos, también pianista gigante: Chucho Valdés. Las vidas cubanas, ya saben, son atípicas.

Bebo Valdés y su hijo Chucho Valdés
Casa Limón de Madrid, 2007

Bebo Valdés no existe en Cuba

El periodista cubano recuerda que el compositor fue extirpado de la memoria musical tras su marcha

 Sigfredo Ariel, 23 MAR 2013 - 11:45 CET


Bebo Valdés es hoy extrañamente desconocido en Cuba. Su nombre y su obra se disolvieron en el imaginario colectivo de la isla a partir del éxodo compulsivo de músicos y artistas, a inicios de los años sesenta, cuando desapareció, por decreto, el ambiente musical nocturno, cabaretero, casinero,que imperaba en una Habana despreocupada, desentendida de todo otro asunto que no fuera girar sobre su propio ombligo.
Después, Bebo Valdés, como tantos otros, fue extirpado de diccionarios y manuales de música popular cubana, como si nunca hubiese existido. En la radio, su nombre fue acallado, como arreglista, como compositor, como director de orquesta. Su más reciente resurrección, la colaboración exitosa, planetaria, con Diego El Cigala fue sorteada con incomodidad a la hora de anunciar sus grabaciones: Bebo Valdés no existe en Cuba.
El gran Bebo, el Caballón, durante décadas subsistió en la memoria de la gente de la música de antes, en los memoriosos, no en su público natural, que ingratamente lo olvidó. No pocos fueron los intérpretes que le debieron su notoriedad: desde Celeste Mendoza —la reina del guaguancó— a Pío Leyva, a Pacho Alonso, rival de Benny Moré en los primeros años sesenta.
Bebo Valdés pudo haber sido un gran —tal vez inmenso, imaginativo— pianista de latin jazz, pero la premura del día a día lo obligó a dirigir su orquesta acompañante, a trabajar en discos de poca monta y en espectáculos cotidianos, del Coney Island de la playa de Marianao. Sus mejores ideas quedaron en el aire. Arregló para cuerdas, bandas de jazz y conjuntos; impulsó la carrera de cantantes mediocres y se prodigó en empresas de poca monta.
Paquito D’Rivera lo descubrió cuando parecía que había bajado el telón. Cuando apareció el disco Bebo Rides Again, el Caballón fue redescubierto inesperadamente: el resto es historia conocida.
A partir de su experiencia con Diego El Cigala, Bebo Valdés penetró en un espacio y un tiempo sin memoria, una especie de isla sin bordes, en la cual no existe la memoria ni hay antecedentes fidedignos de ella: se trata de tocar y cantar las mismas canciones de siempre cantadas y tocadas por gente sin historia —ninguna otra anécdota más que la sentimental, la propia, la verdadera—, y ese fue precisamente el secreto que escondía Bebo Valdés, el de su profunda emoción, el de su feeling, una impresión contenida, que a través de ningún arreglo orquestal ni composición podría revelarse.
La suya es la sabiduría del pianista de restaurante, pleno de recursos técnicos, artísticos, puestos en función de lo que antes se llamaba “sentimiento”. Esa fue su última muestra de humildad, después de haber reinado en las bandas y en las orquestas de cuerdas: fue su tributo a la memoria y a la desmemoria de los suyos, es su lección, y tal vez, también su drama.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/23/actualidad/1364035546_731989.html
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Bebo Valdés, en plena siesta, en un 'collage' fotográfico 

realizado por Fernando Trueba en su casa de Mallorca 

durante una visita del músico.


Bebo y el secreto

Por Fernando Trueba24 MAR 2013 - 00:19 CET

“Cuando yo muera, no quiero que nadie llore. Quiero que hagáis una fiesta y bailéis y os emborrachéis”. Se lo oí decir muchas veces.

Bebo era un niño. No había más que mirar sus ojos traviesos. Tenía una sonrisa inmensa y contagiosa. Y era un hombre modesto. Siempre daba más importancia a los demás que a sí mismo. No era ambicioso. Aunque orgulloso sí. Sobre todo de su hijo Chucho. Y del trabajo bien hecho. Era un profesional impecable. Siempre puntual, elegante, con los deberes hechos, amable con todos. En el hermoso documental biográfico que le dedicó Carlos Carcas, Old Man Bebo, aparece Pío Leyva, uno de los muchísimos a los que ayudó a lo largo de su vida, y dice: “Bebo Valdés...” y la voz se le corta, las lágrimas brotan de sus ojos y añade como en un suspiro que le sale del alma: “¡Qué buena persona!”.




Probablemente a Bebo eso le importaba más que todo, incluyendo la música, su obra, su carrera... cosas que no dudó en sacrificar a principios de los sesenta para que a su nueva familia no le faltase nada. No era un hombre religioso, aunque creía que detrás de todas las religiones había un único y mismo dios.



A Bebo no le gustaba hablar de política. Pero rara era la entrevista que no le preguntaban por Cuba, Castro... “Yo solo quiero hablar de música. No soy político”. Alguien le dijo una vez: “Entonces usted no piensa volver a Cuba mientras Castro esté vivo”. Bebo, sorprendido, lo miró: “¿Por qué usted dice eso? Sí, yo podría volver a Cuba con Castro vivo, perfectamente. Incluso con Castro de presidente. Eso sí, siempre que sea porque los cubanos lo han elegido”. ¿Es posible una mayor limpieza moral?


No tocaba el piano. Lo acariciaba. Te dejaba suspendido entre dos notas
Una vez le convencí de hacer un disco de piano solo. Fueron días maravillosos, los dos solos por estudios de ensayo y de grabación en Madrid, sin preocuparnos de nada, solo de la música. Ned Sublette (autor de Cuba and it's music, para mí el mejor libro que existe sobre la música cubana) se me acercó un día en Nueva York y me dijo: “Quiero decirte que Bebo es el mejor disco de música cubana nunca grabado, en cualquier época, en cualquier lugar”.
Creo que en ese disco están contenidas el alma de Bebo y también el alma de Cuba. Desnudas, sin adornos. Fue lo último que oyó Cabrera Infante, ya enfermo, antes de morir en el hospital, en Londres. Y salieron lágrimas de sus ojos. Pensé: ha muerto en Cuba. Se lo conté a Bebo y le dedicamos el disco. Guillermo murió en Londres. Bebo en Estocolmo. ¿Qué Gobierno puede ser el que hace que su mejor escritor, que su mejor músico, mueran tan lejos de su patria?

Su único credo político era la Constitución cubana de 1901
Su único credo político era la Constitución cubana de 1901 según la que “todos los cubanos son iguales, sea cual sea su raza, sexo o religión, con libertad de expresar su opinión de palabra o por escrito, viajar libremente dentro y fuera del país, etc, etc...”. Daba la impresión de que Bebo se la sabía casi de memoria.
La última vez que lo visité, en su casa en Benalmádena, de pronto me dice: “Chico, ¿sabes? me gustaría ir a Cuba”. No me lo podía creer. Jamás le había oído esa frase. “Me parece bien, Bebo. Ningún Castro puede impedirte que hagas lo que te apetezca. Aunque es un viaje muy largo. Y no te veo con fuerzas”. Pero me lo imaginaba abrazando a su hermano Arsenio, besando a sus hijos, a Miriam, a Mayra, a Raúl, a sus nietos... Y también a Carolina... “Me gustaría ir a ver a mis padres”. Entonces creí entender todo, le había fallado la cabeza, como ya le pasaba a menudo en los últimos tiempos. Pero no, Bebo estaba claro: “Quiero visitar su tumba”.
Le conocí cuando le ofrecí participar en Calle 54 y fue “amor a primera vista”. Entre 2000 y 2010 hicimos juntos ocho discos y cuatro películas. Viajamos, rodando y grabando, por España, Estados Unidos y Brasil, y hemos hablado horas, días, meses, desde el desayuno a la cena. Todos esos momentos son un tesoro para mí. Su humanidad, su bondad, su humildad, su alegría, su inocencia, eran desarmantes.
Era Cubano hasta el alma, pero amaba la música americana: especialmente Jerome Kern y George Gershwin. Pero también Cole Porter. También la española. Granados y Albéniz. Y Debussy. Y Rachmaninov. Y Lecuona y Cortot. Y amaba el jazz. Y aunque estuviese tocando música clásica, siempre improvisaba. Le gustaban Bill Evans y Hank Jones.

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Chucho Valdés aplaude a su padre durante un concierto en Madrid, en julio de 2007. / REUTERS
No era racista. Decía que alguna de la mejor “música negra” la habían compuesto blancos. Y que una de las mejores canciones cubanas —Romance en La Habana— era de un costarricense, Ray Tico. A veces me decía que se imaginaba descendiente de las antiguas tribus perdidas israelitas de Etiopía. Y eso sería la explicación de que durante toda su vida se hubiera entendido especialmente bien con los judíos, “ellos siempre me ayudaron”.
Cuando tocabas sus manos te daba la sensación de que ahí residía el misterio, eran fuertes y delicadas. Como su música. Bebo no tocaba el piano. Lo acariciaba. Su sentido del tiempo era mágico. Te dejaba suspendido entre dos notas. El alma se te encogía. Poseía “el secreto”. Algo más allá de la técnica o del virtuosismo. Con una nota te llevaba a otro continente, a otra época. Bebo era the real thing.
Yo tuve la inmensa suerte de conocer a Bebo Valdés, el privilegio de ser su amigo, y por ello le doy, una vez más, gracias a la vida.