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Thursday, January 30, 2014

José Emilio Pacheco / La poesía del Tiempo


José Emilio Pacheco: la poesía del Tiempo

Una mirada analítica sobre la creación de José Emilio Pacheco

Un autor que investiga y hace historia sin perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil




José Emilio Pacheco. / AFP


1. “Escribir es vivir en cierto modo”
José Emilio Pacheco nació en Ciudad de México el 30 de junio de 1939 y  murió enla misma ciudad el 26 de enero de 2014. En afortunada síntesis, el crítico mexicano Adolfo Castañón escribió que “Pacheco encarna ejemplarmente entre nosotros a esa especie, acaso en extinción que es la del hombre de letras, la del virtuoso polígrafo que cultiva el poema, trama novelas y cuentos, elabora traducciones, practica la crónica y el ensayo, investiga y hace historia sin nunca perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil, que infunde toda su obra, y en particular su poesía, un filo crítico y autocrítico que lo hace entrañable y le abre las puertas de la gratitud al dar voz a los que no la tienen" .
Como narrador, fue autor de cuentos y novelas, entre ellas la muchas veces editada Las batallas del desierto, una hermosa novela de iniciación. Su labor crítica se desarrolló por decenios en una obra en marcha que él no permitió editar como libro, la célebre secciónInventario del semanario Proceso, que mezcla reseñas con memorias, traducciones con notas sobre clásicos mexicanos y universales, en fin, una obra múltiple que llega a incluir ficciones y fragmentos de obras de teatro. Su trabajo de traductor incluye versiones de los Cuatro cuartetosde Eliot, De profundis de Oscar Wilde, Cómo es de Beckett, Un Tranvía llamado deseo de Tennessee Williams y Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Su labor de crítico incluyó la ejemplar Antología del modernismo y en la edición y estudio preliminar de El cerco de Numancia de Cervantes.

Siempre corregía, inlcuso lo publicado, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible
Pero la parte central de su obra, la que lo convierte en “poeta y escritor”, según la contradictoria y ya establecida fórmula de las enciclopedias que divide el oficio entre el género y una de sus especies, es su trabajo poético, que se ha reunido completo en tres ocasiones, una en 1980, otra en el año 2000, con el título de Tarde o temprano que luego en 2010 fue ampliada, y que incluye más de doce volúmenes que cambian cada vez que se reeditan debido a la costumbre que tenía de excluir poemas y de corregir cada vez los ya publicados, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible.
Su trabajo poético le valió un reconocimiento creciente y varias distinciones consagratorias entre los que enumero, además de los premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, varios que tienen el denominador común de su importancia y de llevar el nombre de poetas: premio José Asunción Silva (Bogotá, 1996), Octavio Paz (México, 2003), Ramón López Velarde (Zacatecas, 2003), Pablo Neruda (Santiago de Chile, 2004), Alfonso Reyes (Monterrey, 2004) y Federico García Lorca (Granada, 2005).
2. “El tiempo que destruye todas las cosas”
El tema más notorio en la poesía de Pacheco es el tiempo. Sus críticos han resaltado y sus lectores lo notan de entrada. Los mismos títulos de sus libros apuntan a este asunto central. Baste recordar que las compilaciones de su poesía reunida se llama Tarde o temprano y tiene libros titulados No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Desde entonces y Siglo pasado.
La obra toda de José Emilio Pacheco está dominada por un pesimismo irredimible, por una conciencia de la destrucción. Oigamos un poema deIrás y no volverás titulado Contraelegía:
Mi único tema es lo que ya no está.
Sólo parezco hablar de lo perdido.
Mi punzante estribillo es nunca más.
Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
este variar segundo tras segundo,
porque sin él lo que llamamos vida
sería de piedra.
Esta conciencia del daño que el tiempo hace a todo incluye también al poeta, a la conciencia del poeta, a su desolado conformismo. Dice en un breve poema de Desde entonces titulado Antiguos compañeros se reúnen:
Ya somos todo aquello
contra lo que luchábamos a los veinte años.
Aquí se ve cómo uno de los grandes talentos de Pacheco era el poema corto. No tiene desperdicio. Es afilado, agudo, penetrante, redondo y todo eso lo convierte en memorable.
3. “Ha sido la realidad lo que ha pasado”
Hay otra constante en José Emilio Pacheco, otra constante inscrita en el tiempo que todo lo abarca y lo destroza: su crítica de los poderes, su permanente e insoslayado enfrentamiento con la violencia del poderoso, con la máquina de guerra del que mande. La historia es una sucesión de atropellos y de asesinatos. En Fray Antonio de Guevara reflexiona mientras espera a Carlos V dice el poeta:
Vamos de guerra en guerra. Todo el oro
de Indias se consume en hacer daño.
La espada
incendia el Nuevo Mundo.
La cruz
sólo es pretexto para la codicia.
La fe
un torpe ardid para sembrar la infamia.
4. “Especies en peligro (y otras víctimas)”
La antología titulada La fábula del tiempo, publicada en 2005 por Ediciones Era y preparada por un muy apreciable poeta mexicano, Jorge Fernández Campos, él dice:“tal vez José Emilio Pacheco en esencia es un gran fabulista” y no en vano lo dice, pues escrito en su “tema de temas”, el tiempo, a lo largo de todos sus libros aparece en reino animal, hasta el punto de que otro poeta mexicano hizo una selección temática de poemas de Pacheco: pájaros, peces, ballenas, hormigas, zopilotes, langostas, hormigas, moscas, caballos, cerdos, monos, halcones, ratones, grillos, sapos, hienas, en fin, cantidades de animales, como elCordero:
Ocúltate en la zarza.
Que no te atrapen. El mundo
sólo tiene un lugar para los corderos:
los altares del sacrificio.
5. “La vida jamás estará escrita”
El último poema de la compilación de Tarde o temprano del año 2000,sobre su poesía reunida, parece una coda demoledora sobre sí mismo. Se titula Despedida y dice:
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.
El otro hilo conductor de la poesía de José Emilio Pacheco es la poesía sobre la poesía, la autocrítica –que abarca a la persona y a los poemas-, los poemas sobre poetas, los poetas inventados, cuya obra y cuya biografía él mismo escribe. Estos últimos son Fernando Tejada y Julián Hernández. Hernández es demoledor y termina un poema, Arte poética II, enunciando una ley inexorable:
Escribe lo que quiera.
Di lo que se antoje:
de todas formas vas a ser condenado.
(*) Darío Jaramillo es poeta y narrador colombiano.


Wednesday, October 30, 2013

Octavio Escobar / Cielo parcialmente nublado / Apreciaciones



CIELO PARCIALMENTE NUBLADO
LA CALIDAD LITERARIA
Por Darío Jaramillo Agudelo


La primera impostergable virtud de Cielo parcialmente nublado es su calidad literaria. Es muy impresionante la capacidad de Octavio Escobar para desarrollar una historia en una novela valiéndose casi exclusivamente de los diálogos, unos diálogos que fluyen porque el autor tiene el oído para construirlos, asunto que no se refiere solamente a la redacción de un libreto, sino que tiene raíces más profundas y más sutiles: es que los personajes también surgen, se vuelven tangibles para el lector a través de las conversaciones que se suceden deleitosamente para quien lee la novela.

Son muchas más virtudes pero creo que tengo espacio para otra: es un lugar común repetir la idea de que solamente lo tercamente local tiene dimensiones universales. Aquí la localidad es Manizales, que se convierte en algo más que un escenario a través del comportamiento de los personajes, de su visión sobre la ciudad, muy principalmente la visión del personaje central, que trasmite un antes y un después de Manizales con un intervalo entre uno y otro. Ese carácter de lo local sin ñoñerías lo pueden percibir con más facilidad los nativos de Manizales que alguien ajeno a esa ciudad como yo, porque yo tengo la posibilidad de afirmar su sabio y descarnado universalismo.

Octavio Escobar
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Acotaciones a Cielo parcialmente nublado
Por Antonio María Flórez

          Parco en obra nueva se ha mostrado Octavio Escobar en los últimos años, especialmente en Colombia. Desde su atípica y reconocida 1851. Folletín de cabo roto (Intermedio, 2007), el escritor manizaleño no publicaba novela en su país natal, salvo reediciones; aunque, eso sí, en España se le cuenta su excelente Destinos intermedios, editada por Periférica en 2010. Ahora, de la mano de Intermedio Editores, que de nuevo apuesta por la narrativa colombiana contemporánea, Escobar saca a la luz Cielo parcialmente nublado (2013). Novelas distanciadas en el tiempo y en su temática, participan todas ellas de algo ya común en su obra: el manejo exquisito y cuidado de su prosa, el carácter visual de la misma y la agilidad de unos diálogos sustanciosos que son el soporte fundamental de la narración; aparte de su interés reconocido en interpretar la historia pasada y reciente de su país, con una agudeza analítica y una sensibilidad tal, que nos hablan de un artista comprometido y ya en la plenitud de su capacidad creadora.

     Muchos son los escritores colombianos que hace tiempo lograron superar el pesado fardo del influjo magistral y castrante de la obra de García Márquez y que tienen un amplio reconocimiento en el país y fuera de sus fronteras: Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Tomás González, Cano Gaviria, Adalberto Agudelo, Álvarez Gardeazábal, William Ospina, Jaime Echeverri; hecho mucho más evidente en los más jóvenes, donde esta influencia es prácticamente nula y la figura del de Aracataca es respetada como el clásico que ya es, sin que interfiera en sus enfoques y temáticas; “transmutantes” los podríamos llamar si nos acercamos al apelativo que hace unos años usara Orlando Mejía para caracterizar a esa nueva generación de creadores compuesta por nombres como los de Jorge Franco, Juan Gabriel Vásquez, Abad Faciolince Sergio Álvarez, Pedro Badrán, Guido Tamayo, Juan Cárdenas, Gabriel Pabón, Triunfo Arciniegas y, por supuesto, Octavio Escobar Giraldo, todos ellos muy atentos al devenir histórico reciente del país, la hibridación de la cultura popular y la urbana, el escepticismo ideológico, la asunción de las tecnologías digitales y otras preocupaciones de la contemporaneidad como los fenómenos de la globalización.




          Colombia, país poseedor de inmensas riquezas, también ha sido una nación sufridora de grandes desigualdades sociales. Y en virtud de ello, ha padecido desde su nacimiento, infinitud de conflictos, buena parte de ellos ligados a la posesión de la tierra y al desplazamiento forzado. La Guerra de los Mil días, la Masacre de las bananeras, el Bogotazo, la Violencia, la Operación LASO y la toma de Marquetalia durante el Frente Nacional, la Guerra de guerrillas utópica, la Narcoviolencia, el Paramilitarismo reciente, son hitos y procesos que han significado desastre, horror, muerte, destrucción; pero siempre han conllevado aparejados sucesivos procesos de paz; en ocasiones meros encuentros, diálogos tentativos, que no han conducido a nada o a muy poco, defraudando la voluntad y las aspiraciones del pueblo llano de obtener la tan anhelada paz, basada, entre otras cosas, en una reforma agraria suficiente, en el acortamiento de las desigualdades socioeconómicas y en el logro de un estado soñado de bienestar. Aspiraciones presentes en los actuales encuentros que adelantan el Gobierno y las FARC en Cuba, que ya fueron defraudadas en los llamados diálogos del Caguán en 1999, sucedidos entre los mismos actores que ahora negocian en La Habana, esperanzadoramente para algunos.

         La historia que se nos cuenta en Cielo parcialmente nublado es lineal, simple y creíble; enmarcada en un hecho puntual y significativo de la historia reciente del país. Andrés Giraldo, emigrante afectivo de larga data, ya prácticamente arraigado en España, mientras pasa unas vacaciones familiares en Extremadura, recibe una preocupante llamada de su madre desde Manizales, informándole del extraño comportamiento de su esposo (loco, lo llama), por lo que lo insta a que regrese a su ciudad natal a ayudar a solventar el problema. Su padre se ha dedicado a guardar recuerdos en un baúl, quiere vender la casa familiar y está dispuesto a irse del país, dado que no confía en los resultados de las conversaciones de paz que ha iniciado el gobierno del conservador Andrés Pastrana con los insurgentes de las FARC, liderados por el mítico guerrillero Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo que, como condición previa para sentarse a negociar, ha impuesto la desmilitarización de un inmenso territorio de 42.000 Km2, el Caguán, reconocido por ser afecto a los “alzados en armas”. Esta condición no la entiende ni la aprueba buena parte de la población colombiana que ve en aquel gesto la aspiración solapada del Presidente de obtener el Premio Nobel de la Paz y, por parte de la guerrilla, barruntan que es una estrategia para ganar tiempo y espacio en su lucha por el poder; proceso que se inicia con mal pie ya que Tirofijo, días después, en la mediática jornada de instalación de las mesas, deja su silla vacía –metáfora de su desprecio al Establecimiento-, y hace leer su discurso reivindicatorio a uno de sus comandantes más rocosos e ideologizados. “Lo anómalo instalado en la normalidad”, Simón Viola dixit, parafraseando a Vila-Matas. Pues bien, ése es el espíritu que preside esta novela: cómo un hecho ajeno a la cotidianidad, aunque trascendental para todos, afecta la vida en general de las personas.

         Andrés Giraldo, en ese breve viaje de unos días (a finales del 98 y principios del 99 recientes) se topa con sus fantasmas juveniles y con una ciudad hermosa y visitable, pero anclada en el pasado, émula de Vetusta: la tradicionalista, elitista, hipócrita y anodina ciudad que tan bien retratara Clarín en su Regentadecimonónica. Su breve periplo por la nostalgia lo obligará a enfrentarse a Anacé, la causa cierta de su huida migrante, por un embarazo no programado e impropiamente resuelto; también con la Nena Estrada, hedonista e insinuante, estupendo retrato de esa doble moral tan propia de la ciudad andina; al igual que con Germán Alfonso Vélez, político, paradigma de una sociedad arribista y espuria; y así mismo con el siquiatra Guillermo Gómez, sujeto atípico que nos habla de que otros comportamientos y vislumbres son posibles en aquella ciudad que pierde ese fuelle que la impulsó en su época fundacional. Y, por supuesto, ese viaje le permite reencontrarse con su mejor amigo en Bogotá preparándolo para su vuelo al pasado y el choque con su entorno familiar después de tantos años. Familia simple la suya, de clase media, de vivir anodino, cuya tranquilidad de nuevo se ve amenazada como cuando él cometió su imprudencia con la prima Anacé. Un padre desencantado y consecuente con el espíritu de la época, tocado marginalmente por el conflicto, como la ciudad, pero profundamente afectado por las consecuencias del mismo; una madre cariñosa y manipuladora que se encarga de remover su afecto recurriendo a la memoria objetual y gastronómica; una hermana encantadora que se le muestra como una mujer autónoma, osada y liberal, que ha logrado romper parcialmente con los convencionalismos sociales y recatos morales de la ciudad en virtud de que ya no vive en ella y “pasa” de la misma, y que le servirá de guía en su nuevo trasegar por los lugares que le hacen evocar sus vivencias de antaño; esos, sus espacios cotidianos de entonces, que mira con nostalgia, pero ya con una cierta distancia porque ahora su espíritu y su corazón están ligados a un futuro más amable al otro lado del océano, para dar sentido a su desarraigo afectivo y a la asunción de su nuevo paraíso.

         Así, pues, nos enfrentamos a una obra que se significa siguiendo cuatro líneas claras de enfoque y desarrollo. En primer lugar, su marcado carácter histórico situacional al centrarse en un momento crítico de la historia reciente de Colombia, pero asumido no desde la visión del héroe y de los grandes acontecimientos, si no desde la que tienen las personas comunes y corrientes, aquellos que están por ahí sin jugar un papel determinante, aquellos que ni fu ni fa, aquellos que casi nunca los determinan pero que sufren las consecuencias de esos magnos hechos; a la manera de una “antiOdisea”, como lo señala el autor, impregnada del espíritu alienante y desesperanzado de El extranjero.  En segundo lugar, es la semblanza de una ciudad poco tratada literariamente en los últimos tiempos (salvo los brillantes ejercicios narrativos de Adalberto Agudelo en Pelota de trapo y Toque de queda, y las interesantes apuestas divergentes de Jaime Echeverri en Corte final y de Eduardo García Aguilar en Tierra de leones), contrario a lo que sucede con Bogotá y Medellín, abundantemente abordadas por las nuevas generaciones, especialmente desarrollando temáticas muy relacionadas con la violencia. Esta Manizales, retratada con gran acierto, se nos muestra como lo que es, una ciudad amable y odiable a la vez, a la que el narcotráfico ha tocado marginalmente; amena en ocasiones, anodina a veces, arribista casi siempre, deudora de un pasado que la lastra en exceso y la hace avanzar paquidérmicamente. En tercer lugar, la caracterización de una familia de clase media prototípica andina, conformada por unos seres de vivir moroso, superficiales, sin mayores ambiciones que perpetuarse en la muelle monotonía de su estatus mediocre, seres absolutamente anticlimáticos, ajenos al ajetreado fluir magmático de las ancestrales montañas del Cumanday; seres irresolutos, que dejan las cosas en remojo y que se confunden ante la perplejidad de ciertas circunstancias vitales que los desbordan; salvo algunas de las mujeres retratadas, aquí perfiladas con un carácter más impulsivo. Por último, el tema de la emigración y el desarraigo valorando sus causas y consecuencias en un sujeto concreto que sigue atado a los suyos por la vía de la nostalgia y cuyo peso se diluye con el paso del tiempo; ya ni siquiera el afecto es capaz de remover su decisión de no retornar, por comodidad o cobardía, eludiendo la conducta propia de los héroes que retornan triunfantes, recurso habitual en otros autores o medios como el cine o las telenovelas. En Andrés Giraldo las razones de su exilio son ajenas a lo político social, tienen más que ver con su inmadurez y su falta de agallas para enfrentarse a una situación compleja que no sabe resolver adecuadamente en su juventud o, quizás, sea esta la razón usada como recurso perfecto para dar aquel brinco al vacío que determinó su vida futura, ese salto hacia adelante que le permitió escapar de la vida mole que le esperaba si se hubiese quedado en su ciudad natal.

         Pero en el fondo de todo está el miedo, ese sentimiento que nació con el hombre en la más remota de las edades (G. Delpierre) y éste es el sentimiento que en realidad sobrevuela toda la novela de Octavio Escobar: el temor a la muerte, al daño físico, a perder los bienes, las propiedades, a que la cotidianidad se altere, a que las cosas no sean como antes, a sufrir la incomodidad de que otros tengan la razón o, incluso, de que el poder cambie de manos. Decía G. Ferrero que “toda civilización es producto de una larga lucha contra el miedo” y que éste casi siempre es un acicate para el valor y para el avance. Pero uno de los efectos del miedo, según Don Quijote, es turbar los sentidos, como bien se lo afirma a Sancho confundiendo dos rebaños de carneros con los ejércitos de Pentapolín y Alifanfarón; y eso tal vez sea lo que le ocurre al padre del protagonista, que el miedo le esté trastornando el entendimiento, que el no saber qué pueda ocurrir en esos diálogos de paz aún no iniciados, lo esté volviendo “loco”, como le afirma su esposa por teléfono al hijo ausente. “Todos los hombres tienen miedo”, decía Sartre, y es natural sentirlo ante una situación presentida o conocida de riesgo para nuestra seguridad, para nuestra vida. Pero miedo y cobardía no son sinónimos, tal como lo sugiere Jean Delumeau en uno de sus ensayos sobre el tema; y temor es lo que parece adivinarse en el comportamiento de Jaime Giraldo, de su esposa, de su hija; pero la actitud de Andrés no se corresponde con la propia ante una amenaza, ni ahora ni antes, ¿no será y fue, más bien aquello, fruto de su falta de espíritu, de su ausencia de valor, de sus recatos morales? Porque de esto es también de lo que trata la novela: de aquellos otros seres inmersos en la perplejidad, que van por la vida dejando las cosas en remojo, que tienen una tendencia mimética a la inacción, incapaces de resolver y resolverse, que se acobardan ante situaciones que puedan alterar su vida muelle.

         Cielo parcialmente nublado,  metáfora y réplica de la condición meteorológica habitual de la ciudad, es una novela en la que la ambientación es adecuada y las anécdotas tienen las pinceladas justas y necesarias para perfilar el conflicto y su resolución. La prosa es precisa, fluida y efectiva. El uso del idioma es exquisito y se enriquece con dichos y modos propios de Caldas, sin que ello lastre su lectura. Es llamativo el recurso que utiliza acogiendo las noticias del diario La Patria, para sustanciar esos hechos “históricos” que se suceden en un periodo de tiempo tan corto. Resalta la agilidad de los diálogos, su luminosidad y cómo contribuyen certeramente al avance de la historia. Esta nueva novela de Octavio Escobar es una obra madura, que recuerda la brillantez estilística de William Trevor y la lucidez estructural de John Banville, que se lee con gran facilidad, que se asimila con naturalidad y cuya temática es de una actualidad evidente, aportando interesantes puntos de reflexión sobre la realidad colombiana contemporánea. Sin estridencias verbales, sin excesos formales, la historia cautiva por su simpleza y diafanidad, llevando al lector sin asperezas a ese desconcertante final en el que “filamentos de lluvia atravesaban la ventanilla”. Pero el regreso del emigrante es así y de los antihéroes sólo podemos esperar perplejidad. Indudablemente nos encontramos ante una de las más llamativas y amenazantes novelas colombianas de la actualidad, muy a pesar y en virtud de una silla vacía.


Juan Manuel Roca
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas


CIELO PARCIALMENTE NUBLADO
UN CUADRO CLÍNICO Y COLECTIVO
Juan Manuel Roca

Sumergirse en la novela de Octavio Escobar Giraldo, “Cielo parcialmente nublado” es, de alguna forma, hacerlo en la historia clínica del país, de una buena parte de él que vive gobernada por sus miedos. Miedo al mañana, miedo al presente y, sobre todo, miedo a caminar en la cotidianidad del alma minada y colectiva.

Es el retrato hablado y sobre todo dialogado de personajes que esperan a cada paso una presencia ominosa, como si hubieran optado por usar lentes oscuros, a esperar siempre lo peor, como recordando el aserto de Brecht: “el que ríe es que no ha recibido la terrible noticia”.

Es la metáfora de un país que por haber vivido tanto tiempo en guerra pareciera temerle más a la paz, apoyada siempre en los acuerdos fallidos de nuestra historia, y olvidada por supuesto la desmovilización del M-19 en 1990.

El centro en el que monta su narración Escobar Giraldo se asienta en un despliegue inusual de diálogos creíbles, casi anodinos como suelen ser los que están gobernados por la rutina o la depresión, que van tejiendo un gran tapiz donde la incertidumbre y la repetición de hechos agobiantes nos mete de lleno en la violencia de las horas.

Y esto resulta un valor importante de la novela, pues a nuestros narradores parece habérseles olvidado que la gente habla. Octavio Escobar es, como pocos, un verdadero maestro del diálogo.

Todo resulta muy modoso, sin sangre ni estridencias, sin balaceras cercanas, y es en esa atmósfera de entre-casa por donde, a través de las conversaciones más llanas, desvitalizadas y paranoides, se filtra como por una fisura en la chatura aldeana, el miedo. No hay un solo asalto en esta historia de realismo mágico y todo está diseccionado con cuidado de cirujano. Parece el retrato colectivo de Manizales, de cierta modorra de tiempo detenido, pero también del país aturdido por los medios.

El miedo a que una guerrilla desbordada y cruenta se apodere del gobierno ante la ineptitud del presidente Pastrana en la zona despejada del Caguán, y que casi justifica, no sin ligeros reparos, que una sociedad ensimismada y conservadora como la de Manizales piense que los paras sean “también unas bestias” pero que al menos “están de parte del orden”, se da en un ámbito de sospechas en el campo minado de las suposiciones cruentas, que suelen darse en una larga guerra como la nuestra. 

Estos pases hipnóticos que, asaltando a don José Lezama Lima se podrían llamar el “enemigo rumor”, sumergen con frecuencia a toda una colectividad, nos dice sin palabras, como al desgaire y de manera elusiva, la dolorosa pero divertida novela de Escobar Giraldo.

Escobar sabe oír, sabe aprehender la franja no siempre lunática de nuestros habituales temores, le da voces y murmullos al aturdimiento producido por una realidad hipnótica que a veces no nos deja ver otra cosa que un destino miserable. Todo documentado en la percepción que de todos los hechos tiene la opinión pública, que es la opinión de los que no tienen opinión, arrancando de la realidad más inmediata, distorsionada por el espejo deforme y necio de una cierta y avasallante locura.

La cosa empieza con una llamada telefónica y a lo largo del libro se sostendrá un asunto de cosa hablada, como contradiciendo a quien afirma que “la realidad no es verbal”. Acá los sucesos tienen ocurrencia más en la palabra que en el acaecer cotidiano, toda vez que es una ficción fundada no en lo que sucede sino en lo que podría suceder.

El regreso de Andrés, el protagonista de la novela a la neblina espiritual de Manizales, su ciudad natal, tras una década en España, ante el imperioso llamado familiar a causa de la supuesta locura de su padre, está lleno de unos guiños de humor soterrado, de esas incongruencias que casi siempre se deslizan ante el atisbo de una tragedia.

A manera de ejemplo de lo anterior su mujer, una española llamada Mariángeles, solo atina a decir ante la noticia telefónica de la locura de su suegro, que lo siente mucho y sobre todo que la noticia del desatino paterno se dé precisamente “en plenas fiestas”, en pleno diciembre y antes del acontecimiento hispano de la llegada de los Reyes Magos.

Agrego, como simple lector, que estos sucesos se dan en cercanías del mes en que la capital de Caldas se viste de Manola, juega al realengo, bebe manzanilla, hace un despliegue de monteras y canta pasodobles absurdos entre toreros, reinas de belleza y cabalgatas.

El de Andrés es un retorno a casa forzado, como ocurre también con la tiranía de los recuerdos. A partir de ese momento el narrador y con él de la misma manera su protagonista, sufre una especie de desdoblamiento que lo lleva a atrapar una coral de voces que entonan una opereta desafinada, en un orfeón que anuncia como una Casandra colectiva la llegada de un inevitable desastre.

Es un verdadero acierto del autor que todo se inicie con el repicar de un teléfono, pues todo el desarrollo posterior de la novela está estructurado en centenares de diálogos, en sucesos  eminentemente verbales, en una muy justa y verosímil manera de aprehender el habla y las costumbres de una clase social que siempre vive a la espera de perder las pequeñas conquistas: una casa, una posición, una vida muelle, un paisaje inalterable, una certeza.

Y todo esto tiene ocurrencia, repito como lo hace el novelista en un clima de zozobra, en medio de la más cotidiana realidad: un desayuno, un abrazo familiar, el futbol nuestro de cada día, el anuncio de un diluvio expresado sin la menor de las dudas, una cortina que agita el viento, un cura que funge de clarividente, una silla vacía, los ecos del llamado proceso 8.000, todo, absolutamente todo parece anunciar la llegada de algo o de alguien oprobioso escondido bajo la banda sonora del temor.

Todo está envuelto, como en el título meteorológico del libro, en un cielo parcialmente nublado, en un aire enrarecido desde un pequeño apocalipsis de bolsillo. Así, resulta muy afortunado el título del libro, más aún porque la locura del padre también es parcial, como lo es en suma y de manera constante la locura política y social que a su vez engendra pequeñas locuras individuales, distorsiones de lo que presuntuosamente llamamos a cada tanto la realidad.

La novela atrapa los tiempos que hoy parecen surreales de los diálogos de paz de 1999, una época donde dos personajes que ahora podrían resultar esperpénticos, el presidente de esos días, el pomposo y hueco Andrés Pastrana y el guerrillero más viejo y legendario a la sazón, “Tirofijo”, entraban a cada tanto en la casa de una familia corriente a través de su televisor, como los más altos emisarios de una realidad oprobiosa a la que asistían como a una víspera del horror, como a nuevas y terribles jornadas luctuosas.

Los demás personajes del libro son una especie de anti-héroes que viven las guerras intestinas del día a día, que libran una pequeña guerrita de rumores en la que los campos minados son las sospechas: las granadas de mano son los hechos imaginados, los disparos son los asertos dictados por el miedo,  el desplazamiento forzado ya no se da de una región a otra, sino desde una comodidad pequeño burguesa que resulta acosada por los malos augurios. Se trata del desplazamiento forzado del hombre satisfecho hacia un territorio mental de incertidumbres.

Es una novela que cuenta la historia reciente del país desde el otro lado del catalejo, desde el lado de quienes han vivido el conflicto en los telediarios, así haya tocado una y más veces a sus puertas. Es un correlato del miedo, de ese sentimiento sobre el que prevenía un viejo filósofo que afirmaba que no hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. Que solo hay que tener miedo del propio miedo.

Octavio Escobar Giraldo, como algunas veces lo ha hecho desde una estética muy diferente Gabriel García Márquez y como también ocurre en parajes escritos por Hernando Téllez, crea una tensión tremenda al no hablar de la violencia que tiene ocurrencia, sino al señalarla en un paréntesis entre una que ya pasó y una violencia por venir. Es allí, donde los primeros caídos, que muchas veces practican una autofagia de  pájaros agoreros, sustituyen su abulia por las más variadas fantasmagorías.

Es como si la debacle de ayer ocultara la de hoy pero anunciara la de mañana.

Se trata de una novela fundacional, muy diferente a todo lo que se escribe actualmente cuando los narradores centran su interés en los diferentes y reiterados conflictos de la vida nacional.

Su falta de temor ante los diálogos, algo a lo que ha sido refractaria casi toda nuestra narrativa, la salud sin pretensiones de su palabra, la ausencia de caimanes que bostezan mariposas, nos lleva a pensar que ya casi solo es exuberante la sencillez, como afirma Thoreau, y que en ello radica sin duda la salud del lenguaje. “Una frase perfectamente saludable es muy rara”, decía, lúcido como siempre, el mismo Henry David Thoreau.

De esto está llena la novela “Cielo parcialmente cubierto”, que es una aguja encontrada en el inmenso pajar de la narrativa colombiana.


Bogotá, septiembre 11 de 2013





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Saturday, September 28, 2013

Alvaro Mutis / En la crudeza de la tierra caliente

foton
Álvaro Mutis
Ciudad de México, 2009
Fotografía de Daniel Mordzinski

Angustia inapelable de la aventura

No es hasta 1986 cuando publica el largo libro de su vida

La trilogía del Gaviero es también centro de gravedad de su poética



Entre 1960 y 1982, Álvaro Mutis publica, al margen de su tarea lírica, una serie de textos en prosa de diversa índole temática. Pero no es hasta 1986, cuando aquellos textos preparatorios, incluida su poesía hasta ese momento, cuando el gran escritor colombiano publica lo que podríamos denominar el largo libro de su vida. O el centro de gravedad de su poética. Estamos hablando de su trilogía formada por La nieve del Almirante, Ilona llega con la lluvia(1988) y Un bel morir (1989). En estas novelas, Mutis crea su personaje capital y uno de los más significativos que dio la narrativa latinoamericana en el siglo XX: estamos hablando de Maqroll el Gaviero. Lo que publique años más tarde no es sino variaciones sobre un mismo tema: la supervivencia de Maqroll en su eterno viaje iniciático. De ahí la forma de su trilogía, sobre todo de La nieve del Almirante: estructura de diario, de fragmentos donde se registra el devenir diario de las desilusiones, la nostalgia implacable. Maqroll siempre es el protagonista de toda su narrativa, aunque en algunas novelas últimas, como Abdul Bashur, soñador de navíos (1990) o Tríptico de mar y tierra (1993), su comparecencia apenas se haga notar. Así que hablar de Álvaro Mutis es hablar de su “alter ego” Maqroll.
Decía Lichtenberg que hacer lo contrario puede que sea también una forma de imitar. Por su parte, Harold Bloom apelaba a la enfermedad romántica de la angustia ante la tradición. Pues bien, en 1997 se publica en nuestro país un libro esencial para entender la estirpe de Maqroll y también, de paso, la mecánica ficcional de Mutis. Se trata de Contextos para Maqroll (Igitur, Montblanc). En este libro de artículos y conferencias, Mutis nos ayuda a descifrar a su héroe. A contextualizarlo, a detectar cómo nace, de qué tensión contradictoria, de qué angustia inapelable se ha echado a la aventura. Porque en el fondo cuando hablamos de Maqroll estamos hablando de un aventurero del espíritu. Por ello Mutis en su libro sobre Maqroll nos remite a Valery Larbaud, autor de A. O. Barnabooth (además de traductor de Ulises, de James Joyce, autor al que Mutis homenajea en su obra) y de André Malraux, el autor de La condición humana. Dos autores, dos libros, que ayudaron no poco a configurar el derrotero de Maqroll. Ellos le aportaron su cosmopolitismo intransigente con la frivolidad del mundo (que no de su levedad) y el sentido del dolor y la muerte.

Un reaccionario entrañable

La habilidad literaria de Mutis descansaba en su apasionada vocación de heterodoxia



El escritor colombiano, Álvaro Mutis, en su casa de México D. F. / MARCELO SALINAS
Hace apenas dos meses crucé mis últimas palabras con Álvaro Mutis. Fue telefónicamente y sonaron desde el principio a despedida. Un viaje a México me llevó a quererlo ver como otras veces, pero esta vez me pidió que no me acercara a su casa. Estaba muy cansado después de un accidente doméstico del que no acababa de recuperarse. Carme, su mujer, ya me había advertido de que todo iba lento. Demasiado lento. Cuando escuché su voz comprendí que no habría probablemente más oportunidades de disfrutar de su conversación de criollo virreinal. Aquel hilo de voz no podía esconder que la edad pesaba sobre los hombros de Mutis con las alas de la eternidad. Se le notaba apagado, sin ganas de desplegar aquel aliento infatigable con el que disfrutaba bromeando con sus oyentes. “Seguro, nos veremos pronto”, me dijo con ese saber estar colombiano que ponía en cuanto hacía y decía. Y entonces, mientras la luz del atardecer del D. F. se adueñaba de las cosas con un colorido estremecedor, los dos supimos que no habría otra vez. Y así fue.
Hoy, al evocar su figura solo puedo decir que Álvaro Mutis fue un seductor de la palabra. Uno de esos caballeros del pasado, que todavía creían posible los milagros de la belleza intemporal que es capaz de plasmar la literatura cuando se afronta con vocación de trascendencia. Su voz como poeta y su talento como novelista le valieron premios acá y allá de nuestro Atlántico hispano. Unos y otros certificaron lo que se palpaba con la experiencia mágica de leerlo: que era grande, muy grande. De hecho, sus novelas son una reflexión sobre la inevitabilidad de la decadencia. De cómo abordarla con la elegancia de la épica aventurera, también en el corazón de los trópicos. Precisamente, una de las cosas que más le agradeceré como lector es haberme devuelto la dicha de asomarme a ella gracias a ese personaje que bautizó como Maqroll el gaviero. Y no solo porque resuenen a su paso las pisadas literarias de Conrad, Melville, Stevenson, Mac Orlan o Mohrt, sino porque en su alma late el aliento de ese Mediterráneo milenario en el que se entrecruza la sabiduría de quienes miran la línea del horizonte sin la ansiedad de rendir cuentas al presente.
Reaccionario entrañable para el que el mundo dejó de tener interés tras la caída de Constantinopla o la degollina de Luis XVI y María Antonieta, su habilidad literaria descansaba en su apasionada vocación de heterodoxia compulsiva. Una heterodoxia provocadora que nunca dejaba de sonreír ante el espectáculo de las ideologías y de lo políticamente correcto, criaturas a sus ojos de una Modernidad suicida que no le interesaba lo más mínimo. Quizá porque era de otra estirpe. La de aquellos que, como su amigo Nicolás Sánchez Dávila, no dudaban en afirmar que: “El progreso es el azote que nos escogió Dios”. Lo dicho: un fascinante provocador. Lo echaremos de menos.




Alvaro Mutis
Foto de Daniel Mordzinski

En la crudeza de la tierra caliente

Mutis, el Gaviero, nos enseñó el desamparo que viene desde muy adentro pero que se corrobora con un desastre que nunca llega


Álvaro Mutis retratado en Madrid en abril de 2009. / GORKA LEJARCEGI
El trópico no es solo exuberancia. También es humedad, lento deshacerse, podredumbre. Detrás de aquél verdor de postal, muy lentamente, los árboles se entregan a una muerte parsimoniosa e inexorable que les vendrá con los años pero que desde siempre está allí, fatal, invisible, disfrazada de un esplendor que disimula la decadencia y un horror que se impone como ley sin necesidad de manifestarse explícitamente a los sentidos.
Allí, entre la lluvia, también el destino de los hombre se debate entre un pasado que regresa ("entre el vocerío vegetal de las aguas me llega la intacta materia de otros días salvada del ajeno trabajo de los años"), un presente donde la humedad ha invadido todo con el óxido de la destrucción y un futuro que nunca es, que nunca llega, que pesa más por su lentitud que por su inminencia. Esto sucede afuera, sí, "pero al cabo es en nosotros donde sucede el encuentro y de nada sirve prepararlo ni esperarlo. La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa".
Mutis, el Gaviero, nos enseñó la desamparo que viene desde muy adentro pero que se corrobora con un desastre que nunca llega y que se escenifica en los ríos "que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales", en "la lluvia sobre los cafetales", allí, con "un gótico recogimiento bajo la estructura de vigas metálicas invadidas por el óxido".
Una pasión rabiosa pero, a la vez, estoica. Un tono de delirio que elude la grandilocuencia enunciando apenas el hostil retrato de una miseria que parte de las raíces de la selva húmeda: "sólo entiendo algunas voces. La del ahorcado de Cocora, la del anciano minero que murió de hambre en la playa, cubierto inexplicablemente por brillantes hojas de plátano; la de los huesos de mujer hallados en la quebrada 'La Osa'; la del fantasma que vive en el horno del trapiche", dice Mutis en un poema escrito antes de sus veinticinco años.
Se necesitaba un tono nuevo para mencionar así la crudeza de la tierra caliente, su fatal descomposición. Una voz que el joven Mutis inventa y entona a partir de los poemas de Saint John Perse y los de Neruda, pero que se ajusta a sus temas y a su propia manera de sentir y que se torna personalísima desde su primer libro, La balanza.
Sin embargo, no se queda allí, en ese paisaje húmedo. La voz del poeta retrocede hasta la muerte de Felipe II, recrea los viajes de El Gaviero, y se detiene en la elegía a Marcel Proust: "algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica, de lavado vendaje de mendigo, extiende por tu cuerpo como un leve sudario de otro mundo o un borroso sello que perdura". Entonces, lo que Mutis dijo de Proust, hoy, particularmente hoy, se torna en un lamento por él mismo: "el silencio se hace en tus dominios, mientras te precipitas vertiginosamente hacia el nostálgico limbo donde habitan, a la orilla del tiempo, tus criaturas".