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Monday, July 22, 2013

Henry Miller / Carta de despedida a Anaïs Nin




Henry Miller
CARTA DE DESPEDIDA
A ANAÏS NIN


"Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible"


Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en la sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre

Henry


Sunday, July 21, 2013

Henry Miller / Dos cartas para Anaïs Nin


Henry Miller
DOS CARTAS PARA ANAÏS NIN


Terriblemente, terriblemente vivo, afligido, absolutamente consciente de que te necesito. He de verte, te veo brillante y maravillosa y al mismo tiempo le he escrito a June y me siento desgarrado, pero tú lo entenderás, debes entenderlo. Anais, no te apartes de mí. me envuelves como una llama brillante. Anais, por Dios, si supieras lo que siento en este momento. Quiero conocerte mejor. Te quiero. Te quise cuando viniste a sentarte en mi cama -esa segunda tarde fue toda como una cálida neblina- y de nuevo oigo cómo pronuncias mi nombre, con ese extraño acento tuyo. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Ven a mí, aproxímate a mí, será de lo más hermoso, te lo prometo. No sabes cuánto me gusta tu franqueza, es casi humildad. Sería incapaz de oponerme a ella. Esta noche he pensado que debería estar casado con una mujer como tú. O es que el amor, al principio inspira siempre esos pensamientos?. No temo que quieras herirme. Veo que tú también posees fuerza, de distinto orden, más escurridiza. No, no te romperás. Dije muchas tonterias sobre tu fragilidad. Siempre he sentido un poco de vergüenza, pero la última vez menos. Acabará desapareciendo toda.
Tienes un sentido del humor delicioso; lo adoro. Quiero verte reir siempre. Te lo mereces. He pensad
o en sitios a donde deberíamos ir juntos, sitios oscuros, aquí y allí, en París, por el simple hecho de decir "aquí vine con Anaïs", "aquí comimos, bailamos o nos emborrachamos juntos".
Ay!, verte borracha alguna vez, qué privilegio!, casi me da miedo de proponértelo
; pero Anais, cuando pienso cómo aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer.
Pienso que si he de pasar todo el fin de semana sin verte, resultará intolerable. Si es preciso, iré a Versailles el domingo - lo que sea, pero he de verte. No temas tratarme con frialdad. Me bastará con estar cerca de ti, con mirarte admirado. Te quiero, eso es todo.








Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado… No sé cual de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.
No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático (¿suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?).
Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco… no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y Voilà, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo misera
ble, además de egoísta.
Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo que es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo pedírtelo todo? Puedo ¿Verdad? Ven enseguida y fóllame. Descarga conmigo. Rodéame con las piernas. Caliéntame.




Saturday, July 20, 2013

Anaïs Nin / El aventurero húngaro

Balthus
Anaïs Nin
EL AVENTURERO HUNGARO
Fragmento

Hubo una vez un aventurero húngaro de sorprendente apostura, infalible encanto y gracia, dotes de consumado actor, culto, conocedor de muchos idiomas y aristocrático de aspecto. En realidad, era un genio de la intriga, del arte de librarse de las dificultades, de la ciencia de entrar y salir discretamente de todos los países.
Viajaba como un gran señor, con quince baúles que contenían la ropa más distinguida, y con dos grandes perros daneses. La autoridad que de él irradiaba le había valido el sobrenombre del Barón. Al Barón se le veía en los hoteles más lujosos, en los balnearios y en las carreras de caballos, en viajes alrededor del mundo, en excursiones a Egipto y en expediciones al desierto y Africa.
En todas partes se convertía en el centro de atracción de las mujeres. Al igual que los actores más versátiles, pasaba de un papel a otro a fin de complacer el gusto de cada una de aquéllas. Era el bailarín más elegante, el compañero de mesa más vivaz y el más decadente de los conversadores en los téte-á-tétes; sabía tripular una embarcación, montar a caballo y conducir automóviles. Conocía todas las ciudades como si hubiera vivido en ellas toda su vida. Conocía también a todo el mundo en sociedad. Era indispensable.
Cuando necesitaba dinero, se casaba con una mujer rica, la saqueaba y se marchaba a otro país. Las más de las veces, las mujeres no se rebelaban ni daban parte a la policía. Las pocas semanas o meses que habían gozado de él como marido les dejaban una sensación que pesaba más en su ánimo que el golpe de la pérdida de su dinero. Por un momento, habían sabido lo que era vivir por todo lo alto, lo que era volar por encima de las cabezas de los mediocres.
Las levantaba tan alto, las sumía de tal manera en el vertiginoso torbellino de sus encantos, que su partida tenía algo de vuelo. Parecía casi natural: ninguna compañera podía seguir su elevado vuelo de águila.
Viajó a Roma y tomó una suite en el Grand Hotel. Resultó que esa suite era contigua a la del embajador español, que se alojaba allí con su esposa y sus dos hijas. El Barón les encantó. La embajadora lo admiraba. Se hicieron tan amigos y se mostraba tan cariñoso con las niñas, que no sabían cómo entretenerse en aquel hotel, que pronto las dos adquirieron la costumbre de acudir, en cuanto se levantaban por la mañana, a visitar al Barón y despertarlo entre risas y bromas que no les estaban permitidas con sus padres, más severos.
Una de las niñas tenía alrededor de diez años, y la otra doce. Ambas eran hermosas, con grandes ojos negros aterciopelados, largas cabelleras sedosas y piel dorada. Llevaban vestidos cortos y calcetines blancos también cortos. Profiriendo chillidos, corrían al dormitorio del Barón y se echaban en la gran cama. El quería jugar con ellas, acariciarlas.
Como muchos hombres, el Barón se despertaba siempre con el pene particularmente sensible. En efecto, se hallaba muy vulnerable. No tuvo tiempo de levantarse y calmar su estado orinando. Antes de que pudiera hacerlo, las dos niñas echaron a correr por el brillante pavimento y se le lanzaron encima, encima de su prominente pene, oculto en cierta medida por la gran colcha azul.
Las chiquillas no se dieron cuenta de que se les habían subido las faldas, ni de que sus delgadas piernas de bailarinas se habían enredado entre sí y habían caído sobre el miembro del Barón, tieso bajo la colcha. Riéndose, se le subieron encima, se sentaron a horcajadas como si fuera un caballo, presionando hacia abajo, urgiéndole, con sus cuerpos, a que imprimiera movimientos a la cama. En medio de todo ello, quisieron besarle, tirarle del pelo y mantener con él conversaciones infantiles. La delicia del Barón al ser tratado así creció hasta convertirse en un agudísimo suspense.
Una de las chicas yacía boca abajo, y todo lo que el Barón tenía que hacer para procurarse placer era moverse un poco contra ella. Lo hizo como jugando, como si pretendiera empujarla fuera de la cama.
—Seguro que te caes si te empujo así. —No me caeré —replicó la niña, agarrándose a él a través de las cobijas, mientras él se movía como si fuera a hacerla rodar.
Riendo, la impulsó hacia arriba, pero ella permanecía apretada, frotando contra él sus piernecitas, sus braguitas y todo lo demás, en su esfuerzo por no deslizarse fuera. El seguía con sus movimientos mientras se reían. Entonces, la segunda niña, deseando culminar el juego, se sentó a horcajadas frente a su hermana, y el Barón pudo moverse con más fuerza, pretextando que tenía que soportar el peso de ambas. Su miembro, oculto bajo la gruesa colcha, se levantó más y más entre las piernecitas, y así fue como alcanzó el orgasmo, de una intensidad que raras veces había conocido, rindiéndose en la batalla que las chicas acababan de ganar de una forma que jamás sospecharían.
En otra ocasión, cuando acudieron a jugar con él, ocultó las manos bajo la colcha. Después, levantó la ropa con el dedo índice y las desafió a que se lo agarraran. Con gran entusiasmo, empezaron la caza del dedo, que desaparecía y reaparecía en distintas partes de la cama, cogiéndolo firmemente. Al cabo de un momento, no era el dedo, sino el pene lo que tomaban una y otra vez; tratando de liberarlo, el Barón lograba que lo agarraran cada vez con más fuerza. Desaparecía por entero bajo las cobijas, lo cogía con la mano y lo impulsaba hacia arriba para que se lo volvieran a coger.
Fingió ser un animal que pretendía agarrarlas y morderlas, y en ocasiones lo lograba muy cerca de donde se proponía hacerlo, con gran placer por parte de las chicas. También jugaron al escondite. El “animal” tenía que saltar sobre ellas desde algún rincón oculto. Se escondió en el armario y se cubrió con ropa. Una de las niñas abrió, y él pudo mirarla por debajo de su vestido. La agarró y la mordió, jugueteando, en los muslos.
Tan acalorados eran los juegos, tanta la confusión de la batalla y el abandono de las chiquillas, que muy a menudo la mano del Barón iba a parar a los lugares que él quería.







Friday, July 19, 2013

Anaïs Nin / La mujer del velo

Fotografía de Vadim Stein
Anaïs Nin

LA MUJER DEL VELO

Cierta vez, George fue a un bar sueco que le agradaba, y se sentó en una mesa, dispuesto a pasar una velada de ocio. En la mesa inmediata descubrió una pareja muy elegante y distinguida, el hombre vestido con exquisita corrección y la mujer toda de negro, con un velo que cubría su espléndido rostro y sus alhajas de colores brillantes. Ambos le sonrieron. Apenas se hablaban, como si se conocieran tanto que no tuvieran necesidad de palabras.
Los tres contemplaban la actividad del bar —parejas bebiendo juntas, una mujer bebiendo sola, un hombre en busca de aventuras— y los tres parecían estar pensando en lo mismo.
Al cabo de un rato, el hombre atildado inició una conversación con George, que no desperdició la oportunidad de poder observar a la mujer a sus anchas. La encontró aún más bella de lo que le había parecido. Pero en el momento en que esperaba que ella se sumara a la conversación, dijo a su compañero unas pocas palabras, que George no pudo captar, sonrió y se marchó. George se quedó alicaído: se había esfumado el placer de aquella noche. Por añadidura sólo tenía unos pocos dólares y no podía invitar al hombre a beber con él, para descubrir, quizá, algo más acerca de la mujer. Para su sorpresa, fue el hombre quien se volvió hacia él y dijo:
—¿Le importaría tomarse una copa conmigo?
George aceptó. Su conversación pasó de sus experiencias en materia de hoteles en el sur de Francia al reconocimiento por parte de George de que andaba muy mal de fondos. La respuesta del hombre dio a entender que resultaba sumamente fácil conseguir dinero. No aclaró cómo e hizo que George confesara un poco más.
George tenía en común con muchos hombres un defecto: cuando estaba de buen humor le gustaba contar sus hazañas. Y así lo hizo, empleando un lenguaje enrevesado. Insinuó que tan pronto ponía un pie en la calle se le presentaba alguna aventura, y afirmó que nunca andaba escaso de mujeres ni de noches interesantes.
Su compañero sonreía y escuchaba.
Cuando George hubo terminado de hablar, el hombre dijo:
—Eso era lo que yo esperaba de usted desde el momento en que lo vi. Es usted el hombre que estoy buscando. Me encuentro con un problema tremendamente delicado. Algo único. Ignoro si ha tratado mucho con mujeres difíciles y neuróticas. Pero a juzgar por lo que me ha contado diría que no. Yo sí que he tenido relaciones con esa clase de mujeres. Tal vez las atraigo. En este momento me encuentro en una situación complicada y no sé cómo salir de ella. Necesito su ayuda. Dice usted que le hace falta dinero. Bien, pues yo puedo sugerirle una manera más bien agradable de conseguirlo. Escúcheme con atención: hay una mujer rica y bellísima; en realidad, perfecta. Podría ser amada con devoción por quien ella quisiera y podría casarse con quien se le antojara. Pero por cierto perverso accidente de su naturaleza, sólo gusta de lo desconocido.
—¡A todo el mundo le gusta lo desconocido! —objetó George, pensando inmediatamente en viajes, en encuentros inesperados, en situaciones nuevas.
—No, no en ese sentido. Ella siente interés sólo por hombres a los que nunca haya visto y a los que nunca vuelva a ver. Por un hombre así hace cualquier cosa.
George rabiaba por preguntar si aquella mujer era la que había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.
—Debo velar por la felicidad de esa mujer —continuó—. Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.
—Comprendo —dijo George—. Yo sería capaz de sentir lo mismo.
—Ahora —concluyó el elegante desconocido—, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras.
George se ruborizó de placer. Abandonaron juntos el bar. El hombre llamó un taxi y dio a George cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la casa ni la calle a la que iban, puesto que nunca debía repetirse aquella experiencia.
George se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la mujer que había conocido en el bar, evocando a cada momento su espléndida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agradaba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.
El trayecto no fue muy largo. Se sometió de buen grado a todo el misterio. Para no llamar la atención del conductor ni del portero, la venda le fue retirada de los ojos antes de apearse del taxi, pero el desconocido había previsto astutamente que el fulgor de las luces de la entrada cegaría a George por completo. No pudo ver nada, salvo luces brillantes y espejos.
Fue conducido a uno de los interiores más suntuosos que había visto en su vida, todo blanco y con espejos, plantas exóticas, exquisito mobiliario tapizado de damasco, y una alfombra tan blanda que no se oían sus pisadas. Se le condujo por una habitación tras otra, todas de tonos distintos, con espejos, de tal modo que perdió por completo el sentido de la perspectiva. Por fin llegaron al último cuarto, George enmudeció por la sorpresa.
Estaba en un dormitorio con una cama con dosel, puesta sobre un estrado. Había pieles por el suelo, vaporosas y blancas cortinas en las ventanas, y espejos, más espejos. Le satisfacía poder producir tantas repeticiones de sí mismo, infinitas reproducciones de un hombre apuesto a quien el misterio de la situación había conferido un fulgor de expectación y viveza que nunca había conocido. ¿Qué significaba aquello? No tuvo tiempo de preguntárselo.
La mujer del bar entró en la habitación, y nada más aparecer, el hombre que había conducido a George a aquel lugar se desvaneció.
Se había cambiado de vestido. Llevaba una llamativa túnica de raso que dejaba al descubierto sus hombros y quedaba sostenida por un volante fruncido. George experimentó el deseo de que, a un gesto suyo, el vestido cayera, se deslizara como una reluciente vaina y dejara aparecer su piel brillante, luminosa y tan suave al tacto como el raso.
Tuvo que contenerse. Aún no podía creer que aquella hermosa mujer estuviera ofreciéndose a él, un completo extraño.
Llegó a sentirse tímido. ¿Qué esperaba de él? ¿Cuál era su propósito? ¿Acaso tenía un deseo insatisfecho?
Disponía de una sola noche para ofrecerle todos sus dones de amante. Nunca volvería a verla. ¿Daría tal vez con el secreto de su naturaleza y la poseería en más de una ocasión? Se preguntaba cuántos habrían ido a aquella habitación.
Era extraordinariamente hermosa, con algo de raso y terciopelo en su persona. Sus ojos eran obscuros y húmedos, su boca refulgía, su piel reflejaba la luz. Su cuerpo, perfectamente proporcionado, combinaba las líneas incisivas de una mujer delgada y una provocativa madurez.
Tenía cintura estrecha, lo que realzaba la prominencia de sus senos. Su espalda era la de una bailarina, y cada ondulación ponía de manifiesto la opulencia de sus caderas. Sonreía. Su boca, entreabierta, era delicada y plena. George se le acercó y apoyó sus labios en aquellos hombros desnudos. Nada podía ser más suave que su piel. ¡Qué tentación de tirar del frágil vestido desde esos hombros y dejar al descubierto los pechos, tensos bajo el raso! ¡Qué tentación de desnudarla inmediatamente!
Pero George sintió que aquella mujer no podía ser tratada de manera tan sumaria, que requería sutileza y habilidad. Nunca había meditado tanto cada uno de sus gestos, nunca les había conferido tanto sentido artístico. Parecía decidido a un largo asedio, y como ella no daba señales de urgencia, se demoró sobre los hombros desnudos, inhalando el tenue y maravilloso olor que desprendía aquel cuerpo.
Hubiera podido tomarla allí y en aquel momento, tan poderoso era el encanto que exhalaba, pero primero quería que ella hiciera una señal, que se mostrara activa, y no blanda y flexible como la cera bajo sus dedos.
La mujer parecía sorprendentemente fría y dócil, como si no sintiera nada. No había un solo estremecimiento en su piel; su boca se había abierto, dispuesta a besar, pero no respondía.
Permanecieron de pie junto a la cama, sin hablar. George recorrió con sus manos las satinadas curvas de aquel cuerpo, como para familiarizarse con él. Ella se mantuvo inmóvil. A medida que la besaba y la acariciaba, George se dejó caer lentamente de rodillas. Sus dedos advirtieron la desnudez bajo el vestido. La condujo a la cama; ella se sentó. George le quitó las zapatillas y le sostuvo los pies entre sus manos.
Le sonrió, cariñosa e invitadora. El le besó los pies, y sus manos se introdujeron bajo los pliegues del largo vestido y remontaron las suaves piernas hasta los muslos.
Abandonó sus pies a las manos de George, que ahora los mantenía apretados contra su pecho, mientras sus manos acariciaban las piernas. Si la piel era fina en ellas, ¿qué no sería cerca del sexo, donde siempre es más suave? Pero ella tenía los muslos apretados, y George no pudo continuar su exploración. Se puso en pie y se inclinó para besarla. Ella se recostó y, al echarse hacia atrás, sus piernas se abrieron ligeramente.
George le paseó las manos por todo el cuerpo, como para inflamar hasta el último rincón con su contacto, acariciándola de nuevo desde los hombros hasta los pies antes de intentar deslizar la mano entre sus piernas, que se abrieron un poco más, hasta permitirle llegar muy cerca del sexo.
Los besos de George revolvieron el cabello de la mujer; su vestido había resbalado de los hombros y descubría en parte los senos. Se lo acabó de bajar con la boca, revelando los pechos que esperaba: tentadores, turgentes y de la mas fina piel, con pezones rosados como los de una adolescente.
Su complacencia le incitó casi a hacerle daño para excitarla de alguna forma. Las caricias le afectaban a él, pero no a ella. El dedo de George halló un sexo frío y suave, obediente, pero sin vibraciones.
George empezó a creer que el misterio de aquella mujer radicaba en su incapacidad para ser excitada. Pero no era posible. Su cuerpo prometía tanta sensualidad; la piel era tan sensible, tan plena su boca. Era imposible que no pudiera gozar. Ahora la acariciaba sin pausa, como en sueños, como si no tuviera prisa, aguardando a que la llama prendiera en ella.
Los espejos que los rodeaban repetían la imagen de la mujer yacente, con el vestido caído de sus pechos, sus hermosos pies descalzos colgando de la cama y sus piernas ligeramente separadas bajo la ropa.
Tenía que arrancarle el vestido del todo, acostarse en la cama con ella y sentir su cuerpo entero contra el suyo. Empezó a tirar del vestido y ella le ayudó. Su cuerpo emergió como el de Venus surgiendo del mar. La levantó para que pudiera tenderse por completo en el lecho y no dejó de besar todos los rincones de su piel.
Entonces sucedió algo extraño. Cuando se inclinó para regalar sus ojos con la belleza de aquel sexo y su color sonrosado, ella se estremeció, y George casi gritó de alegría.
—Quítate la ropa —murmuró ella.
Se desvistió. Desnudo, sabía cuál era su poder. Se sentía mejor desnudo que vestido, pues había sido atleta, nadador, excursionista y escalador. Supo que podía gustarle.
Ella le miró.
¿Se sentía complacida? Cuando se inclinó sobre ella, ¿se mostró más receptiva? No podía afirmarlo. Ahora la deseaba tanto que no podía aguardar más, quería tocarla con el extremo de su sexo, pero ella le detuvo. Antes quería besar y acariciar aquel miembro. Se entregó a la tarea con tal entusiasmo, que George se encontró con sus nalgas junto a la cara y en condiciones de besarla y acariciarla a placer.
George fue presa del deseo de explorar y tocar todos los rincones de aquel cuerpo. Separó la abertura del sexo con dos dedos y regaló sus ojos con el fulgor de la piel, el delicado fluir de la miel y el vello rizándose en torno a sus dedos. Su boca se tornó cada vez más ávida, como si se hubiera convertido en un órgano sexual autónomo capaz de gozar tanto de la mujer que si hubiera continuado lamiendo su carne hubiera alcanzado un placer absolutamente desconocido. Cuando la mordió, experimentando una sensación deliciosa, notó de nuevo que a ella la recorría un estremecimiento de placer. La apartó de su miembro a la fuerza por miedo a que pudiera obtener todo el placer limitándose a besarlo y a quedarse sin penetrarla. Era como si el gusto de la carne los volviera a ambos hambrientos. Y ahora sus bocas se mezclaban, buscándose las inquietas lenguas.
La sangre de la mujer ardía. Por fin, la lentitud de George parecía haber conseguido algo. Sus ojos brillaban intensamente y su boca no podía abandonar el cuerpo de su compañero. Entonces la tomó, pues se le ofrecía abriéndose la vulva con sus adorables dedos, como si ya no pudiera esperar más. Aun entonces suspendieron su placer, y ella sintió a George con absoluta calma.
Pero al momento señaló el espejo y dijo riendo:
—Mira, parece como si no estuviéramos haciendo el amor; como si yo estuviera sentada en tus rodillas, y tú, bribón, has estado todo el tiempo dentro de mí, e incluso te estremeces. ¡Ah, no puedo soportar más esta ficción de que no tengo nada dentro! Me está ardiendo. ¡Muévete ya, muévete!
Se arrojó sobre él, de modo que pudiera girar en torno al miembro erecto, y de esta danza erótica obtuvo un placer que la hizo gritar. Al mismo tiempo, un relámpago de éxtasis estallaba en el cuerpo de George.
Pese a la intensidad de su amor, cuando George se marchó ella no le preguntó su nombre ni le pidió que volviera. Le dio un ligero beso en sus labios, casi doloridos, y le despidió. Durante meses, el recuerdo de aquella noche le obsesionó y no pudo repetir la experiencia con ninguna otra mujer.
Un día se encontró con un amigo que acababa de cobrar unos artículos y lo invitó a beber. Contó a George la increíble historia de una escena de la que había sido testigo. Estaba gastándose pródigamente el dinero en un bar, cuando un hombre muy distinguido se le acercó y le sugirió un agradable pasatiempo: observar una magnífica escena de amor, y como el amigo de George era un voyeur redomado, aceptó la sugerencia inmediatamente. Fue conducido a una misteriosa casa, a un apartamento suntuoso, y recluido en una habitación obscura desde donde pudo contemplar cómo una ninfómana hacía el amor con un hombre especialmente dotado y potente.
A George le dio un vuelco el corazón.
—Descríbeme a esa mujer —pidió.
El amigo describió a la mujer con la que George había hecho el amor, incluido el vestido de raso. Describió también la cama con dosel, los espejos: todo. El amigo de George había pagado cien dólares por el espectáculo, pero había valido la pena y había durado horas.